Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



martes, 23 de noviembre de 2021

1/10/2021 – Els Tossals

Es la segunda salida al municipio de Capolat para nuestros jóvenes investigadores y el 4º aniversario del referéndum del 1 de octubre de 2017. Las escenas de violencia policial dieron la vuelta al mundo pero el gobierno de Rajoy y el ‘deep state’ español consiguieron sus propósitos, ya que hoy Cataluña no es un país independiente.

Mientras se anuncian en la radio algunos actos conmemorativos, nosotros ponemos rumbo a la carretera de Sant Llorenç de Morunys. Hoy viene Pol, ahora con la plaza de máster asegurada, y un compañero de estudios, Joan, que estudia exactamente lo mismo que Pol.

Aparcamos al otro lado del túnel de La Mina y entramos en la pista que lleva al camino de los Matamatxos (o Mataburros). Ya hay una crónica de esta ruta que escribí en mayo de 2015. En esa ocasión, fui acompañado por Carles y mi hijo. Hoy, salimos en otoño, con el cambio de color que justo empieza. En el pequeño aparcamiento, hay un par de coches de boletaires y nos ponemos en guardia.

No tardamos en encontrar las primeras setas y Pep decide dar una clase de historia práctica. Alegando razones de edad y prestigio científico, entrega la bolsa a Pol y nombra a él y Joan recolectores y porteadores oficiales de setas. A cambio de llevar el peso creciente de la bolsa (y de una segunda que llevará Joan), deberán entregar el 50% del botín a nosotros, recreando de este modo el mundo feudal de siervos y señores en el que unos deben compartir el fruto de su labor con otros, basándose en la propiedad autoproclamada de un recurso (las bolsas). Y lo más sorprendente: lo aceptan sin rechistar e incluso lo asumen con entusiasmo. Aquí hay una lección para todos.

El camí dels Matamatxos

A medida que progresamos por los altibajos del camino, Pep va explicando a los dos neófitos los misterios de las umbrías, señalando el rastro dejado por el arrastre de troncos y las carboneras.

La bolsa de Pol se va llenando rápidamente. “¿Cómo es que no está todo arrasado aquí?”, pregunto a Pep. “Este camino no tiene ningún problema”. “Hay que caminar para llegar aquí y con esas subidas, debe dar pereza”, explica Pep. La verdad es que es una ruta encantadora a cualquier estación del año, excepto el invierno, cuando no le toca nunca el sol y es un auténtico congelador.

Salimos de la umbría y giramos hacia el sur. Dejamos la casa de Vilella a la derecha y luego enfilamos el camino que sube al Grau de Vilella. Desde aquí, en mayo de 2015, giré a la derecha para bajar a Travil pero hoy giramos a la izquierda para ganar la cresta de Tossals.

Subiendo al Grau de Vilella

A pesar de tener mejor acceso, seguimos viendo setas y desde hace tiempo, estamos llenando la bolsa de Joan. Al lado de la pista, Pep se agacha para coger un rovellón y una vez extraído, alisa la tierra. “El boletaire auténtico es como un ninja”, dice solemnemente, “una sombra que llega, arranca la seta y desaparece sin dejar rastro”.

La vista hacia el norte desde Els Tossals. Al fondo, la Serra del Verd, Cadí, Pedraforca y Ensija. En el plano medio, la pared de roca al pie de la cual se sitúan las tres balmas de la semana pasada


La vista hacia el sur

Vamos caminando por la cresta, con vistas largas hacia el norte y el sur. Me vienen recuerdos de la Semana Santa de 1999. Mi hermana había venido a quedar unos días y un amigo, que luego sería mi profesor de yoga, nos invitó a una salida para conocer a otros amigos suyos que también caminaban, con sus respectivas familias. Resulta que hicimos Els Tossals, desde el Santuario dels Tossals hasta Travil. Allí fue donde conocí a Pep y me fue explicando todos los secretos de aquel lugar. Supe reconocer a un maestro verdadero de su tema y, desde entonces, no hemos dejado de explorar caminos.

Pido que almorcemos en el mismo lugar donde almorzamos aquel día, un lugar despejado con una vista magnífica hacia el norte, y así hacemos.

Continuamos hacia el Mal Pas, una estrecha repisa sobre una roca lisa de unos 30 metros de alto que bordea el final de un barranco. Me parece más expuesto que la última vez que pasé, hace unos cuantos años, pero Pep me asegura que está igual. Después de pasar el barranco, procurando no mirar hacia la derecha, volvemos a entrar en el bosque y finalmente llegamos al Santuario dels Tossals.


Las ruinas del Santuario dels Tossals

Desde que vine la última vez, se ha excavado y limpiado el interior, dejando a la vista la estructura del edificio. En la excavación, se descubrieron los restos de un castillo anterior. La actual iglesia está en ruinas. La razón es que la gente del lugar solía usar el edificio para fornicar y el capellán, como digno representante de la ira divina, voló el edificio con dinamita una noche para que nunca más se pudiera usar para cometer actos impíos.

Para subir las máquinas para despejar y excavar, se hizo una pista sobre el camino anterior, destruyendo una gran parte del mismo. Ahora se ha pavimentado con hormigón con cierto gusto, respetando el relieve natural, y cerca del santuario, se ha suavizado la pendiente con escalones espaciados, hechos con una piedra de color arena que armoniza con el entorno. La verdad es que ahora no duele tanto a la vista.


Cataluña indómita

Antes de llegar al Coll de Jou, bajamos al camino de Matamatxos y de allí al coche, donde repartimos las setas. Ha sido un día largo.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 11,5 km; 580 metros de desnivel acumulado.

24/9/2021 – La Balma Roja

Hoy es el primer día de nuestro repaso de Capolat. Nos acompañan Pol y Rosa, dos estudiantes brillantes que encaran un futuro incierto. El primero está pendiente de una plaza para hacer un máster en docencia para enseñar historia; la segunda es una antropóloga física (huesos, para entendernos) que está pendiente de una plaza para cursar un doctorado.

Hoy Pep quiere comenzar por el punto más septentrional de Capolat, donde toca el municipio de Castellar de Riu, justo donde yo había anunciado al mundo entero que no volveríamos nunca más.

Aparcamos delante de la casa de Can Blanc y después de bajar del coche, Pep nos explica su programa ambicioso para hoy. Primero, seguir el tramo del camí ral de Berga a Sant Llorenç de Morunys que está dentro del municipio de Capolat, luego visitar el castillo de Terrers y tres casas medievales entre Terrers y Can Blanc, y finalmente subir hasta las rocas encima de Can Blanc, donde hay tres cuevas o abrigos a pie de risco. Miro hacia arriba con recelo; temo lo peor.

Empezamos caminando por la pista hacia la casa de Terrers, marcando los fragmentos del camí ral original que se apartan de la pista y, de este modo, han conseguido sobrevivir. En un punto estratégico, Pep se para y señala con el bastón el cerro de Terça al otro lado del valle. “Más allá de límites municipales, hay que entender esta zona como un punto fronterizo entre casas nobles, con los conflictos que ello provocaba”, dice. “En frente, había el castillo de Terça, donde mandaban los Berga. Y en el pequeño alto detrás de Terrers, había el castillo de Meda, que marcaba el límite de los dominios de los Cardona”.


Pep señala el castillo de Terça

Llegamos a la casa de Terrers. El camí ral continúa hacia el oeste y lo seguimos hasta la casa de La Ribera, situada en el límite con Llinars. Es una zona muy frondosa, con pinos jóvenes y robles, y la mariposa del boj aún no ha llegado aquí. Además, donde ha sobrevivido el camí ral, busca un paso entre rocas cubiertas de musgo y plantas, lo que le añade atractivo estético.


Un tramo del camí ral antes de llegar a La Ribera

Damos la vuelta y subimos al castillo. Queda poca cosa: algunas piedras de los cimientos, algunos dibujos en el suelo que marcarían la silueta de muros y edificios anexos. En su tiempo, habría sido una construcción importante. Señalo hacia Terça. “Hay un cerro entre medio. No tengo claro que se pudieran ver”, observo. Esta imagen que describe Pep una y otra vez de dos torres que se vigilaban con desconfianza empieza a tambalearse. Lo que ambas sí que podían vigilar sin restricciones era el camí ral.

Bajamos a los campos debajo de Can Blanc y recorremos 3 casas medievales casi en línea. Su estado de conservación varía desde una pila desordenada de piedras en el suelo hasta un perímetro rectangular bien delimitado con algunos muros intactos.

Ponemos rumbo hacia el norte. Cruzamos la pista y seguimos una pista de desembosque que va subiendo en zigzag. Hasta aquí bien, pienso. Pero ya me conozco; con el cambio de gradiente, empezaré a sufrir. Pep deja la pista y sube en línea recta, dejando a nuestra izquierda una pared de roca. Con los ojos fijados en el objetivo, Pep ya no para. ¿Para qué?, si para él es lo mismo que caminar sobre plano. Los dos jóvenes sí que se van parando, fingiendo un cansancio que seguro que no sienten y cuya finalidad, sospecho, es evitar que me quede descolgado del todo del grupo. Al final, llegamos a la Balma Roja, donde nos espera Pep. Es una larga pared calcárea con huecos y voladizos que crean lugares de refugio. En algunos puntos, se ven señales de humo y aquí se encontró cerámica prehistórica.

Parte de la Balma Roja

Aquí comemos, con una temperatura muy cálida. Interrogo a Rosa sobre sus antecedentes académicos. Hacer la transición del mundo universitario al profesional ya era una carrera de vallas en mis tiempos. Hoy, hay el doble de vallas, con la perspectiva de pasar años de precariedad.

Iniciamos un flanqueo difícil hacia las otras dos balmas, más pequeñas, superando mil obstáculos. No sería tan malo si no pudiera escuchar el latido de mi corazón en los oídos al pasar la sangre por las carótidas en su camino hacia el cerebro y que se resiste a bajar de 120. Medito dejarlo correr y bajar hacia la pista, pero con la pendiente y la falta de camino, seguro que acabaría abocado al precipicio que bordeamos en la subida, obligándome a realizar un flanqueo igual de precario. Además, ¿qué harían sin mi GPS, que no pierde nunca la señal?

Por fin, llega el momento de bajar. A pesar de la pendiente, los árboles permiten pasar continuamente de un punto de agarre a otro y llegamos sin novedad a otra pista de desembosque, que nos lleva al coche.

“¿Cómo estás?”, me preguntan preocupados los jóvenes desde los asientos de detrás. “Lo que no te mata, te hace más fuerte”, contesto.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 11,2 km; 480 metros de desnivel acumulado.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

17/9/2021 – Ultima salida a Castellar del Riu

Ha sido un largo paréntesis. Primero un mes de excavaciones, luego agosto, calor, vacaciones, mal tiempo, compromisos, y finalmente hoy, los astros se ponen de acuerdo, hace buen tiempo y estamos libres para salir.

“A partir de la semana que viene, iremos a Capolat”, me dice Pep en el Mikado. “Pol y Rosa serán encargados de catalogar el patrimonio histórico de Capolat y nosotros les acompañaremos”. Pol ya vino con nosotros a Vilosiu en marzo y Rosa es otra investigadora joven.

En realidad, Pep hizo un extenso inventario para el ayuntamiento de Capolat en la era pre-blog y tan saturado quedó de la zona que no hemos vuelto desde entonces, excepto en alguna salida aislada que hice con Carles. Pero esta vez, es un encargo oficial de la Diputación que les tocará a estos jóvenes y, claro, solo nosotros les podemos decir dónde está todo lo que necesitan saber. Hace tiempo que mis lectores reclaman un repaso serio de los caminos de Capolat y parece que, por fin, su ansía de conocimientos podrá ser satisfecha.

Pero queda el problema de la salida de hoy. Tengo marcado un inicio de camino que arranca desde el camí ral encima de Ca l’Ingla y que marcha hacia la zona de Terça. Propongo que lo seguimos, a ver si abre nuevos horizontes. Encima de Ca l’Ingla, el camí ral fue convertido en una pista que discurre un poco más al sur de la carretera asfaltada, uniéndose a la carretera debajo de Can Rabeu.

Pep accede a mi propuesta y ponemos rumbo a Castellar de Riu. Aparcamos en la carretera cerca de Can Rabeu y caminamos por una pista que cruza la cresta y se une a la pista/camí ral. Caminamos hacia el este hasta el punto donde se ensancha el pequeño valle que viene desde Campllong. Es en este punto donde arranca mi camino. Justo allí, Pep ve un camino que sale de la pista hacia el noreste y tiene toda la pinta de ser un vestigio del antiguo camí ral. Lo guardamos para la vuelta.

Cruzamos la riera y entramos en mi camino. Parece muy marcado pero desaparece cuando entra en un gran claro, desde el cual marcha una pista. Entramos en la red de pistas forestales con una tendencia hacia la casa de Terça. Ha llovido mucho en la última semana y, en la zona de umbría, empiezan a salir setas de todo tipo. Finalmente, Pep ve un rovellón del tamaño de una moneda de 1 euro pero lo deja; todavía es pronto, dice. Sin embargo, a medida que proseguimos, empezamos a ver alguno más y Pep se pone más nervioso. “Los cogeré en el camino de vuelta”, dice, aun resistiéndose a sacar la bolsa.


En la larga pista que viene desde Campllong 

Sin embargo, cuando entramos en la pista principal que va de Campllong a la carretera de Sant Llorenç de Morunys, oímos voces de personas que también están buscando setas y Pep ya no puede más. Saca la bolsa. “Nos robarán todo lo que hemos ido encontrando”, justifica. El ritmo de caminada se reduce considerablemente; las prioridades han cambiado y exigen un ritmo más pausado.

Un hombre con cesta sale del bosque y entra en la pista y otro se oye detrás; más adelante, un todoterreno aparcado y luego una señora de nuestra edad con bata de hacer labores y un perrito muy agresivo que no para de acosarnos hasta expulsarnos de sus dominios.

La casa de Terça; los escasos restos del castillo se encuentran sobre un pequeño peñasco detrás

Tomamos la pista que baja hasta la casa de Terça, todavía bastante entera, con una estructura metálica nueva para guardar las balas de forraje. Aquí giramos para ir volviendo al camí ral. Con la lluvia, ha vuelto el verdor y, con el sol, todo es muy acogedor y relajante. “Un baño de bosque”, resume Pep. Busco el término japonés en Google – shinrin-yoku.

Ya cerca del camí ral, paramos para comer en un resto de camino antiguo que debía venir hacia el camí ral desde Terça. Construido sobre una pequeña repisa encima del Torrent del Pla de Campllong, es un lugar que invita a quedarse un rato. Pep repasa su espolio; no está mal, tiene la bolsa media llena. Reclamo mi 20%. Ya no habrá más porque dentro de nada, pasaremos a la solana.

Llegados a la pista, seguimos el trozo de camino. Aún descubrimos un segundo trozo intacto más adelante, cada uno unos 150 m de largo. Ya en la carretera, seguimos un largo trozo del antiguo camino de Ca l’Ingla, que va paralelo a la carretera, unos 2 m a la izquierda.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,7 km; 170 metros de desnivel acumulado.

jueves, 19 de agosto de 2021

16/7/2021 – El camino de Can Blanc a Castellar

“La última vez que fuimos a Castellar, no hicimos lo que pensaba”, me dice Pep, mientras sorbe el café en el Mikado. “Hicimos el camino a Cal l’Ingla y el camino a la iglesia. Según la Minuta, tanto el camí ral como el camino a Castellar tienen otro trazado”.

Aparcamos en el mismo sitio. Va a hacer otro día magnífico, sin un calor excesivo. Tenemos una visión de todo el valle; detrás, Els Portxos y las montañas de Rasos de Peguera, y delante, la salida del valle en la carretera de Sant Llorenç de Morunys y, detrás, la Sierra dels Tossals. “Aquí es donde se encontraban los dominios de los Berga y los Cardona, con el castillo de Terça a la izquierda y el castillo de Terrers a la derecha, ambos dominando el camí ral de Berga”, me explica Pep. “De hecho, había mucha rivalidad entre los dos linajes, que a veces desembocaba en conflictos armados”.

Mirando hacia Rasos, hoy con más calor 

De repente, me encuentro transportado en el tiempo hasta junio de 2016. Mientras yo estaba aquejado de una tos molesta, que luego resultaría ser una bronquitis, Pep fue explicando a Carles la historia de los dos castillos en unas salidas por Llinars, en un bucle reiterativo que se fue repitiendo a lo largo de varias semanas.

Pero enseguida ponemos manos a la obra. Bajamos por la misma pista a Ca l’Ingla pero, en vez de subir por el camino una vez cruzada la riera, continuamos por la pista que desemboca en un campo enorme, recién segado. Caminamos hasta el borde del campo, donde hay un barranco ancho y profundo de roca arenisca blanda y quebradiza. Imposible que haya un camino aquí. Un poco más hacia el este, veo que el terreno se aplana y efectivamente, tras caminar unos 100 metros, vemos un camino que baja hasta el fondo del valle, unos 10 metros abajo, y luego lo cruza y sube hasta enlazar con el camino que viene de Terça hasta Ca l’Ingla. Había otro camino más abajo que marchaba hacia la izquierda pero quedó muerto en las rocas.

El barranco del Torrent de Castellar

Seguimos por el camino de Terça hasta llegar al Torrent del Pla de Campllong. Desde aquí marcha un camino a la izquierda que queda muerto en las rocas otra vez, pero alineado con el camino anterior. “El camí ral venía por aquí pero quedó cortado por un desprendimiento”, concluye Pep. 

Ca l'Ingla desde el camino de Terça

Cruzamos el torrente y vamos a la fuente de Ca l’Ingla, abandonada y muy deteriorada por los animales. “Todos estos lugares se tendrían que restaurar y hacer visitables”, dice Pep, utópicamente. “Forman parte de nuestro patrimonio y no deberían quedar así”.


El camino de la fuente

Y la fuente

Volvemos a la carretera y buscamos por dónde subir. “La última vez, giramos hacia el este desde l’Arbellera pero no teníamos altura suficiente y acabamos en la iglesia. La Minuta marca otro camino que sube más desde l’Arbellera”, explica Pep. Subimos sin camino claro hasta los campos al lado de l’Arbellera. Desde aquí, una pista sube con zigzags, que seguimos. Luego Pep intenta un flanqueo pero sin resultado, y acabamos subiendo por un camino de arrastrar troncos hasta entrar en otra pista. Después, vamos por pistas hacia la casa de Castellar y finalmente, cruzando prados. Muy relajante pero poco concluyente y, con la Casa Gran a la vista, Pep da la vuelta.

Volvemos por la misma pista pero en vez de bajar, continuamos de llano y de repente, se abre un camino delante de nosotros. Donde antes solo había confusión y oscuridad, ahora todo es luz y claridad. “Cuando todo parecía perdido, Dios ha guiado nuestros pasos”, exclamamos. Seguimos el camino hasta entrar en las pistas encima de l’Arbellera y ahora sí, podemos distinguir qué es camino, qué es pista y qué es pista sobre camino.


El camino que baja a l'Arbellera

Para comer, elegimos el mismo punto al pie del cerro de l’Arbellera, con la vista hacia la Cingla de Corba y mientras comemos, miramos los mismos buitres que van y vienen. En el prado delante, las mariposas revolotean entre las flores. Es un lugar muy solitario y bastante intacto. “Si tuviera mucho dinero”, dice Pep, pensando en voz alta, “compraría todo este valle y lo preservaría como reserva natural e histórica. En muy poco espacio, la riqueza histórica aquí es enorme”.

Desde aquí, encontramos el camino que continúa la bajada y, esta vez, seguimos correctamente su trazado hacia el sureste, luego hacia el suroeste, y finalmente hacia el sur por una antigua pista que se habrá hecho sobre el camino, hasta salir en la carretera cerca del coche y con Ca l’Ingla delante nuestro al otro lado del Torrent de Castellar.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,8 km; 290 metros de desnivel acumulado.

9/7/2021 – Torrents

Aparcamos en la pista de La Ribera a medio kilómetro de Torrents, asustados por un tramo con baches y mucha piedra. Caminando hacia la casa, vemos que lo peor ya lo habíamos pasado y, en el patio de Torrents, vemos aparcada una humilde furgoneta encima de una rampa imposible. No hay nada como conocer cada centímetro del camino.

Nos recibe Toni Casassas, miembro de la familia propietaria y cuidador de la casa, al menos cuando hace buen tiempo. Viendo las grietas en la puerta de entrada, admite que hace mucho frío en invierno. Nos hace subir a la sala principal. Una mesa con piedras, estanterías con libros (la mayoría donados, dice), algún cuadro. Fuera, en la terraza, unos bancos de piedra, un pozo y una larga vista hacia el norte.

Nos presenta Bernat, un amigo de la familia, estudioso de lenguas amazónicas e investigador posdoctoral en la Universidad de Gante. Toni es artista, fotógrafo, creador de vídeos, diseñador. Lleva 2 o 3 años escribiendo un libro sobre la historia de Castell de l’Areny, basado sobre todo en las casas y las familias que allí vivían, con muchas fotos antiguas. El primer contacto con Pep se produjo a raíz de este libro, ya que Pep fue recomendado como una persona que le podría ayudar a documentarse. En su ordenador, nos muestra algunas páginas del libro. También hay una entrevista que hizo a Pep y aprovecha la ocasión para sacarle algunas fotos para el libro.

Toni y Bernat

Y nos ponemos en marcha. Toni siempre camina con un largo bastón que le da un aire medieval, como Little John de la banda de Robin Hood. De hecho, a pesar de su cámara y su ordenador, tiene un aire de otro tiempo, mientras Bernat parece el retrato robot de académico, pero con ropa de montaña.

La primera parada son las dos casas de Coma Gran. La de abajo la habíamos encontrado en la era pre-blog pero la de arriba, no la encontramos en el lugar donde la ponía el mapa del Alpina.

En la larga pista que va hacia el Gorg de l’Olla (que luego entraría en el siniestro valle de Cercosa), pregunto a Bernard por la estructura de los idiomas amazónicos. Dice que hay 300 pero el que ha estudiado más construye frases a partir de prefijos añadidos a los verbos. Solo lo hablan 600 personas, pero dice que tiene buena salud porque se transmite íntegramente de una generación a la siguiente. Otros morirán porque solo lo hablan unos pocos ancianos mientras algunos han sido resucitados por generaciones jóvenes a partir de grabaciones y otro material. Un poco como el idioma celta de Cornualles, le propongo.

Cruzamos el Gorg de l’Olla y subimos a la primera casa, Coma Gran de Baix. La segunda, Coma Gran de Dalt, está 50 metros más arriba. ¿Por qué dos casas tan cerca? ¿Eran familia y decidieron partir los campos en dos? ¿O se abandonó una para trasladarse a la otra? Imposible saber.


Coma Gran de Dalt

Como ya he dicho en otras entradas, la mariposa del boj ha destruido todo el boj en esta zona. Sin embargo, ahora vemos que empiezan a brotar hojas nuevas de las ramitas aparentemente muertas. La tozudez de la vida nunca deja de asombrar.

El denso bosque de pinos impide ver el otro lado del valle. Le cuento a Toni mi malestar respecto al valle de Cercosa. “Seguro que algo terrible pasó en aquella casa (la de Cercosa). Siempre me ha dado mal rollo”. “A mí me gustan esos paisajes cerrados”, contesta Toni. “Vengo a menudo aquí, sobre todo en invierno. Me siento más cómodo aquí que ante un panorama abierto”. Hablando con él, intuyo el peso de la creatividad. No siempre es fácil de gestionar.

Retrocedemos por la pista medio kilómetro y bajamos otra pista que cruza la Riera de Cercosa. Cuando acaba la pista, continuamos por lo que parecen ser antiguos campos hasta llegar a unas paredes adosadas contra un talud. Pep las inspecciona y confirma su origen medieval. No tenía constancia de su existencia; solo un topónimo puesto a voleo en el mapa: La Gavarrera.

La posible Gavarrera

Subimos a una cresta y el paisaje cambia abruptamente. Ahora son cuestas erosionadas, sin vegetación, traidoras a las que no conviene acercarse. 

El paisaje al otro lado de la casa medieval

Giramos al suroeste y bajamos al lecho de la riera de Cercosa y seguimos el curso río abajo durante otro medio kilómetro. Es momento de pedir a Bernat que nos explique un poco cómo se organizan los pueblos amazónicos: la estructura de las aldeas, las familias, los jóvenes, la división del trabajo, la caza, la espiritualidad y la muerte.


La riera de Cercosa

Salimos de la riera y cruzamos un largo llano, luego un pequeño barranco y otro llano, mucho más corto. Y, al igual que los postres, cuando se guarda lo mejor para el final, Toni muestra sonriente un pequeño montículo de piedras esparcidas por un pliegue en el terreno, cubierto por arbustos y avellanos. Los ojos de Pep se iluminan. “¿El molino medieval?”, pregunta. Toni asiente. El llano detrás sería la balsa del molino pero no encontramos ningún resto de un canal o una presa. 

Subimos al Pla del Monjo. Es hora de despedirnos. Aún no hemos comido nuestros bocadillos y le propongo a Pep la pequeña ermita de Sant Ramón. Nos sentamos sobre un muro bajo a la sombra de la iglesia. Al lado nuestro, una hilera de hormigas va y viene, trayendo todo lo que encuentran en el bosque y lo suben unos 3 metros verticales hasta donde deben tener su nido, bajo el tejado. Pep pone un trozo de pan en su camino. Enseguida, unos 15 o 20 hormigas se abalanzan sobre el trozo, cortándolo en trocitos más pequeños que luego suben al nido. Prueba con un trozo de embutido; el mismo entusiasmo. Pongo un trozo de pan de centeno. No despierta interés y se convierte en un obstáculo a rodear. Finalmente, 2 o 3 se paran para inspeccionarlo. Como experimento científico, proporciona un buen indicador del índice glucémico de nuestros bocadillos respectivos.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,1 km; 260 metros de desnivel acumulado.

domingo, 15 de agosto de 2021

2/7/2021 – El camino de Can Blanc a Sant Vicenç

“He estado mirando el mapa de la Minuta. Había un camino que iba desde Can Blanc a Castellar sin pasar por Cal l’Ingla. No lo tenemos”, me dice Pep nada más entrar en el Mikado. “Y hay un tramo del camí ral a Berga que tampoco tenemos bien”.

Aparcamos en la carretera, entre Ca l’Ingla y Can Blanc. Hará un día de pleno verano pero sin agobiar. Después de las lluvias de junio, todo está muy verde.

Lo primero es el camí ral. Buscamos la manera de bajar al Torrente de Castellar. Entramos en la pista que va a Ca l’Ingla, que cruza el Torrent de Castellar. Después de cruzar el arroyo, vemos un camino que sube a nuestra izquierda y, después de un par de curvas, ya tenemos Ca l’Ingla a la vista.

Otra vista de Ca l'Ingla con las ruinas de Casa d'en Cots a la izquierda del cobertizo

Damos la vuelta, volvemos a cruzar el torrente en la dirección contraria y seguimos el camí ral hacia Can Blanc, que bordea los campos hasta unirse a la carretera actual. Cerca hay una prensa medieval, y un poco más lejos, la casa medieval de Sarga. Todo este valle está lleno de restos históricos.

Ahora Pep busca un camino que sube hacia Castellar. Vamos siguiendo trazas tenues hacia el noreste. A veces se ven, a veces solo se ven campos y restos de la explotación forestal. Yo creo que Pep se guía más por el mapa de la Minuta que tiene guardado en la cabeza que por las pruebas sobre el terreno. Seguimos subiendo, a veces sobre pistas antiguas, a veces siguiendo un surco tenue.

El nebuloso arranque del camino desde Can Blanc (detrás)

Y la vista hacia el este, con el característico pico de Cim d'Estela

Salimos a una pista que, con poco desnivel más, nos lleva a la iglesia de Sant Vicenç. Inspeccionamos la iglesia. Está en muy mal estado. Una enorme puerta de hierro se abre sobre una pequeña antesala y luego la nave de la iglesia, con el techo en el suelo. Es curioso, pero los restos de la torre que veía desde el otro lado del torrente en la salida anterior, aquí no se ven, a pesar de estar al lado del edificio. Pasamos a la pared norte, hecha con piedras talladas de época medieval y también donde está el antiguo cementerio. Aquí han crecido árboles que dan una sombra muy bienvenida y aprovechamos el momento para hacer un descanso.

La puerta de la iglesia de San Vicenç y el cementerio a la derecha

Pero, a diferencia de la salida anterior, Pep quiere caminar un poco más antes de comer. Volvemos por la misma pista, y continuamos de llano hasta llegar a la casa de l’Arbellera. Aquí, en un llano con el pequeño cerro de la casa detrás nuestro, nos sentamos a comer. Delante, tenemos las rocas de la Cingla de la Corba, con l’Escletxa en frente, donde se encontraron restos neolíticos, ibéricos y medievales y el Grau de l’Olivell más hacia la izquierda.

Miramos el ir y venir de una pareja de buitres que tienen el nido en un lugar inaccesible en las rocas. Estas aves se han ido afianzando en la parte central de la comarca y ahora es relativamente fácil verlas patrullando las sierras. Pregunto a Pep por l’Escletxa, ya que últimamente ha ido allí en un par de ocasiones por distintos motivos. Yo no he estado nunca allí pero Pep me describe una especie de fisura entre las rocas, que luego se amplía para formar una cámara grande. Aquí, en los años 70, se encontró un esqueleto que podría ser de época neolítica, y también herramientas y otros objetos de época tardorromana y medieval.

“Yo no creo que fuera simplemente un refugio de pastores”, aventura Pep. “¿Por qué crees eso?”, le pregunto. “Los objetos son demasiado suntuosos. Me inclino más por algún tipo de santuario. Además, el lugar es muy especial, pero … es solo una opinión mía”.

Es hora de ponerse en marcha. Continuamos hacia el este por una pista y luego, por la izquierda, vemos que se marcha un camino que va trazando una curva amplia hacia el sur. “Cerca de aquí, hay unos restos que podrían ser una casa medieval”, observa Pep. Nos desviamos ligeramente y me muestra una pila de piedras bajo un afloramiento de roca que abriga del viento del norte. Desde aquí, seguimos otro camino bastante tenue que continúa hacia el sur y luego va girando hacia el sureste, hasta dejarnos prácticamente delante del coche.

“Mi contacto en Torrents me dice que tiene cosas nuevas para mostrarme”, me dice Pep, mientras bajamos hacia Berga. “La semana que viene, le haremos una visita”.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,1 km; 225 metros de desnivel acumulado.

11/6/2021 – La Pedrera

“Vamos a Ca l’Ingla”, me dice Pep en el Mikado. “Hay una casa marcada en el mapa del Institut Cartogràfic y no hemos ido nunca. Se llama La Pedrera”.

Ca l’Ingla es una casa más o menos intacta en la carretera que baja desde Campllong hasta la carretera de Sant Llorenç de Morunys. Antiguamente parte del camí ral de Berga a La Seu, se asfaltó un largo tramo hasta que les acabó el presupuesto, poco antes de llegar al límite municipal de Castellar del Riu con Capolat. Hace muchos años que no voy por allí y accedo con entusiasmo. 

Aparcamos cerca de la casa. Hace un buen día y no hará demasiado calor. Miro hacia el oeste, a la derecha la gran casa de Can Blanc, con los acantilados detrás, y a la izquierda, los llanos de Terça. Es un lugar privilegiado, poco frecuentado y lleno de restos históricos, y lo tengo a 15 minutos en coche de casa.


El tramo final del valle, con Els Tossals delante y Port del Comte en el fondo

Tras una breve visita a Ca l’Ingla y las ruinas de su vecina, Casa d’en Cots, cruzamos la carretera y ponemos rumbo el noreste por un camino que tiene muy buen aspecto, con el empedrado aún conservado. 

La Casa d'en Cots

Ca l'Ingla

Al entrar en campos, pierde entidad y seguimos subiendo por una especie de cortafuegos, sin un camino claro. Abajo hemos dejado una bifurcación a la derecha. Entramos nuevamente en campos y poco después, vemos las ruinas de la casa de La Pedrera. Es una casa moderna, del siglo XIX. Subimos por los campos sin ver un camino claro, hasta llegar a una pista.


Los restos de La Pedrera

En la pista, giramos a la derecha y vemos un camino que reservamos para la bajada. Damos una vuelta por los alrededores, a ver si hay algo medieval. No lo hay y volvemos. Desde aquí, arranca un camino que nos lleva a un llano bajo la gran casa de Castellar del Riu, donde había un poblado medieval. Pero no es el camino que busca Pep. Bajamos hacia la izquierda, dejando los campos y entrando en el bosque encima de un valle profundo. Es el camino a la iglesia de Sant Vicenç y vemos las ruinas de la torre que se asoma por encima de los árboles. El camino también es muy popular entre las vacas, que lo han convertido en un barrizal al llegar al puente.


Lo poco que se ve de la torre de la iglesia


El puente de San Vicenç

Damos la vuelta; ya tenemos el camino de La Pedrera a la iglesia. Nos volvemos a plantar delante del camino nuevo para bajar. Solo son las once y media pero Pep ya quiere comer y nos sentamos delante de la pista. Miro el GPS, preocupado. “Últimamente, mi hermana me critica mucho por los pocos kilómetros que hacemos. Opina que nos esforzamos poco. Creo que ‘patético’ fue la palabra exacta”.

“No sé cómo puedes ser tan egoísta. Ya es hora que aprendieras a pensar un poco en los demás”, me reprocha Pep. “Hace 2 días, hice 900 metros de desnivel por el Cadí con un arqueólogo. Tengo derecho a tomármelo con un poco de calma”. “Un Leo que me acusa de egocéntrico”, pienso. “Tiene gracia”. Seguimos comiendo en silencio.

Cuando acabamos, Pep mira mi mapa. “Bueno, cuando llegamos abajo, podemos mirar esta pista, que acaba en este torrente. A ver si tiene continuidad. Así sumará un poco más”, dice, conciliador. “Se agradece”, contesto.

El camino empieza muy claro pero, con tanta explotación del bosque, se difumina, recuperándose a ratos. Pero Pep ya lo da por bueno y lo bautiza el “camino superior de la iglesia”. Por todas partes, hay pequeños afloramientos de roca entre los pinos, que sería muy atractivo si no fuera por las ramas tiradas en el suelo que dificultan el paso. Volvemos a ver un tramo claro de camino, que nos lleva a la carretera. Es evidente que va directo a Ca L’Ingla. En una curva, vemos otro camino que sale a la derecha y nos lleva a la bifurcación que vimos al principio. Hemos atado todos los cabos en esta zona. Solo nos queda mirar la pista. Acaba en un gran claro donde los camiones cargaban y daban la vuelta. No hay continuidad.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,8 km; 220 metros de desnivel acumulado.

sábado, 31 de julio de 2021

28/5/2021 – Última visita a Comellas

“Tenemos que volver a Comellas”, me dice Pep en el Mikado. “Ha quedado un último fleco”. De momento, no quiere ser más explícito.

Aparcamos en la Collada de Comellas, en la pista, y bajamos por el camino que ya es la tercera vez que lo hacemos. Luego Pep se desvía para ir a l’Era Gran y, desde allí, bajamos una cresta por un camino hasta entrar en unos campos con unas paredes muy altas y todavía en buen estado. Pep dedica un tiempo a mirarlas y luego se encoge de hombros.

“¿Qué pasó?”, le pregunto. “Es que el otro día estaba mirando las fotos aéreas de los años 50 y vi estos muros. Pensé que podrían ser casas pero no, solo son campos”, me explica. El impacto visual de estas largas líneas de piedras es innegable y las seguimos hacia el este por lo que parecen ser caminos transversales pero solo son de vacas.

Los campos ordenados bajo Comellas

Entramos en el bosque y Pep busca el collado por donde se bajaría a Cal Miralles y luego sigue la cresta hacia el sur. Llegamos a la pista de Coll Jovell y giramos a la izquierda. Desde el collado, subimos al Puig Jovell y seguimos nuevamente la cresta hacia el sur. La cara oeste fue cultivada en algún momento, aprovechando una zona más llana, y en el límite de la zona llana, un posible camino que no tarda en difuminarse. ¿Fue un camino para venir a trabajar aquí? ¿Quién sabe? En realidad, Pep ya no está buscando nada. Deambula por si hay algo.

Llegamos a otra pista que ya conocemos y que nos lleva a la pista de Coll de Serrallonga y La Ribera. Giramos hacia el oeste.

“Vamos a comer en la cresta amable”, propone Pep. Es el nombre que hemos dado a la cresta que bajamos el 23 de abril, el día de Sant Jordi y la rosa imposible, y que nos pareció tan acogedora después de las asperezas de Cal Espanya.

Iniciamos la subida, que de entrada es menos amable que la bajada. Pero no nos quejamos y ya casi arriba, buscamos un sitio para comer. Estamos charlando tranquilamente cuando veo un pequeño insecto redondo y negro que me sube el pantalón. Lo quito con el dedo. “Mira, una garrapata”, digo a Pep, sin mucha preocupación porque, después de todo, la he enviado bien lejos.

La reacción de Pep es inmediata. Se pone de pie de un salto y empieza a torcerse por todas partes para ver si él también tiene una. No tiene nada pero ya no quiere sentarse y acabamos los bocadillos de pie.

Resulta que Pep tiene 4 fobias (“leves”, me puntualiza): no le gustan los aviones, sobre todo cuando no están quietos en el suelo; no le gustan las agujas (para inyectar); no le gustan las multitudes; y no le gustan las garrapatas. La cresta amable de repente ha perdido muchos puntos a sus ojos y ya no es amable sino llena de peligros ocultos.

Subimos hasta la pista de Coll de Jovell, la cruzamos y continuamos para enlazar con el camino que hicimos de bajada desde l’Era Vella. Todo este trayecto formaría parte del antiguo camino desde La Ribera a Comellas y más allá, hacia Sant Romà de la Clusa. Ahora lo tenemos completo.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 5,5 km; 340 metros de desnivel acumulado.

PD.- Cuando llego a casa, miro El Temps en TV3, charlo un poco con mi mujer y, después de media hora, sin prisas, me encamino hacia la ducha. Al quitar el pantalón, veo una forma redonda sobre el muslo, ahora un poco más grande. ¡Es la garrapata! Evidentemente, decidió que tendría más éxito si subía la pierna por debajo del pantalón y no por encima. Ahora que tiene la comida tan cerca, no me quiere soltar pero al final, encuentro la manera de hacerla desprenderse. Y la envío al cielo de las garrapatas.


sábado, 5 de junio de 2021

14/5/2021 – Entre Comellas y La Ribera (2ª parte)

Nada más ver a Pep en el Mikado, le muestro mi mapa, con los caminos ya marcados hace más de 15 años. “No me importa que custodies los mapas, pero al menos me los tienes que dejar mirar”. También le muestro la casa marcada en el mapa del Alpina, aunque cuando estuvimos allí, no vimos nada.

Pep decide que todo esto se tiene que comprobar. Aparcamos en el mismo sitio y bajamos la misma pista al Coll de Serrallonga. Todavía no han reparado la fuga de agua. Llegamos a la curva donde, según el Alpina, estaría la casa pero no vemos nada. “Igual está más abajo”, pensamos. Y bajamos una cresta llena de arbustos de boj muertos. De repente, noto telarañas por la cara y los brazos, como en esas películas de terror. Protesto a Pep, que va delante, que no está limpiando el paso para que yo, que soy más delicado, no tenga que bajar con el temor de ver una tarántula subiendo el jersey.

“Ven a ver eso”, me dice. Llego a donde está él y enfoco la vista. Por todas partes, hay hilos de una telaraña más buen gruesa y que no se rompe fácilmente. Y al final de la telaraña cuelga una oruga verde. Son las orugas de la mariposa del boj, que se cuelgan de las ramas de los pinos, esperando engancharse a algún animal (en este caso, nosotros) que luego las llevará con toda comodidad a una zona donde aún quedan arbustos intactos. Miro abajo y veo orugas subiendo el pantalón y el jersey. Me quito el sombrero y también hay orugas. Pasamos unos minutos quitando polizontes indeseados y luego nos alejamos a toda prisa.

Orugas de la mariposa del boj esperando pasaje

Una vez fuera de la zona de boj, concluimos que la casa marcada en el Alpina está mal puesta y en realidad, es la casa que Pep encontró la semana pasada. Volvemos a la pista de La Ribera y subimos por los campos hasta llegar al camino transversal que tenía marcado. Confirmamos que viene de La Riera y llega a los campos, pero no va más allá. Su fin era exclusivamente venir a trabajar. Me asombro que fuera capaz de seguir esos caminos medio borrados cuando todavía era un relativo novato y que además, los plasmara en el mapa sin más ayuda que mis ojos y un altímetro.

El resto de la mañana lo dedicamos a subir y bajar crestas y seguir pistas de desembosque abandonadas hace años hasta acumular un desnivel suficiente para volver a casa con un mínimo de dignidad.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,3 km; 425 metros de desnivel acumulado.

7/5/2021 – Entre Comellas y La Ribera (1ª parte)

 Pep ha estado estudiando el mapa de la Minuta otra vez y dice que había un camino que enlazaba Cal Comellas con el núcleo de La Ribera, después de conectar con el camino que venía del Col Jovell.

Aparcamos en la pista que va a Sant Romà de la Clusa, en la bifurcación que va al Coll de Serrallonga. Como es de costumbre, Pep me secuestra los mapas. Camino con menos peso, pero con el inconveniente de no poder impugnar sus decisiones por falta de referencias. Bajando por la pista, vemos que baja agua desde la pista de Sant Romà, donde hay un colector que lleva agua a Vilada.

Al llegar a la riera, vemos un camino que sube y nos desviamos para seguirlo. Resulta ser un fragmento del camino antiguo de Comellas a La Ribera, que enlaza con otro fragmento de lo que habría sido el camino de Vilada. Gana fuerza la idea de que la pista al Coll de Serrallonga se hizo sobre el camino antiguo de la Minuta.

A medida que continuamos, vemos campos aterrazadas que van subiendo por lo que ahora es bosque. Esta visión será un constante durante todo este flanqueo. A Pep le fascina la extensión; kilómetros y kilómetros de muros de piedra seca que convirtieron todas las laderas orientadas al sur en campos de cultivo.


Campos interminables que suben las cuestas

En el Coll de Serrallonga, seguimos la pista que baja hacia las Eres de Vilada. Queda algún fragmento de un camino antiguo pero nada más y damos la vuelta para volver a la pista principal. Con La Ribera a la vista, surgen los primeros caminos con un poco de cara y ojos: uno que baja a La Ribera, al lado de una casa medieval que hasta ahora desconocíamos y dos que suben por los campos.

Torres de ventilación de una ciudad subterránea

Bajamos el camino de cresta hacia La Ribera y luego buscamos un camino transversal, que no existe. En realidad, Pep me confiesa más tarde, estaba eliminando posibilidades para un trayecto alternativo del camino de La Minuta. Una vez satisfechos que aquí solo hay antiguos campos, subimos sin camino hasta recuperar la pista. Ahora solo queda comer algo y volver al coche.

Vista del paraíso rural de La Ribera desde arriba

En el transcurso de la conversación, Pep me revela que ha estado hablando con el nuevo responsable del Archivo Comarcal. Resulta que el archivero y el director del Parque de Cadí-Moixeró han llegado a un acuerdo para que el segundo ceda al primero toda la información que hemos ido pasando sobre caminos y estructuras en el Parque, cartografiados por Ana Seuba, que es la única que saca algún dinero del tema. Pero hay mucho más, porque el nuevo archivero quiere buscar financiación para que todo lo que hemos ido haciendo en el resto de la comarca pueda acabar en el Archivo, de nuevo con Ana Seuba como cartógrafa. A nivel administrativo, hay que plasmar todo esto en un Convenio y Pep está buscando un nombre. Lo normal es poner “Fondo” y luego el nombre de la persona o personas que aporta la documentación. A Pep no le parece ético poner solo nuestros nombres, porque en realidad son decenas de personas que de un modo u otro nos han ayudado a lo largo de los años. Al final, propongo “Fondo de Investigación Territorial del Berguedà”, que le gusta bastante. Ahora solo falta el visto bueno de Carles.

Avanzado el tema del Convenio, solo nos queda deshacer la pista hasta el coche.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9,25 km; 315 metros de desnivel acumulado.

PD. Cuando llego a casa, miro mis mapas. Resulta que el camino de bajada a La Ribera y los dos caminos de subida, ya los tenía marcados a raíz de una salida solitaria de la que no me acuerdo. En el caso de los dos caminos de subida, se unen con un camino transversal que venía directamente de la casa de La Riera. Además, el Alpina marca una casa en la pista que seguimos, en la curva anterior a la cresta donde está la casa medieval.