Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



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jueves, 19 de agosto de 2021

9/7/2021 – Torrents

Aparcamos en la pista de La Ribera a medio kilómetro de Torrents, asustados por un tramo con baches y mucha piedra. Caminando hacia la casa, vemos que lo peor ya lo habíamos pasado y, en el patio de Torrents, vemos aparcada una humilde furgoneta encima de una rampa imposible. No hay nada como conocer cada centímetro del camino.

Nos recibe Toni Casassas, miembro de la familia propietaria y cuidador de la casa, al menos cuando hace buen tiempo. Viendo las grietas en la puerta de entrada, admite que hace mucho frío en invierno. Nos hace subir a la sala principal. Una mesa con piedras, estanterías con libros (la mayoría donados, dice), algún cuadro. Fuera, en la terraza, unos bancos de piedra, un pozo y una larga vista hacia el norte.

Nos presenta Bernat, un amigo de la familia, estudioso de lenguas amazónicas e investigador posdoctoral en la Universidad de Gante. Toni es artista, fotógrafo, creador de vídeos, diseñador. Lleva 2 o 3 años escribiendo un libro sobre la historia de Castell de l’Areny, basado sobre todo en las casas y las familias que allí vivían, con muchas fotos antiguas. El primer contacto con Pep se produjo a raíz de este libro, ya que Pep fue recomendado como una persona que le podría ayudar a documentarse. En su ordenador, nos muestra algunas páginas del libro. También hay una entrevista que hizo a Pep y aprovecha la ocasión para sacarle algunas fotos para el libro.

Toni y Bernat

Y nos ponemos en marcha. Toni siempre camina con un largo bastón que le da un aire medieval, como Little John de la banda de Robin Hood. De hecho, a pesar de su cámara y su ordenador, tiene un aire de otro tiempo, mientras Bernat parece el retrato robot de académico, pero con ropa de montaña.

La primera parada son las dos casas de Coma Gran. La de abajo la habíamos encontrado en la era pre-blog pero la de arriba, no la encontramos en el lugar donde la ponía el mapa del Alpina.

En la larga pista que va hacia el Gorg de l’Olla (que luego entraría en el siniestro valle de Cercosa), pregunto a Bernard por la estructura de los idiomas amazónicos. Dice que hay 300 pero el que ha estudiado más construye frases a partir de prefijos añadidos a los verbos. Solo lo hablan 600 personas, pero dice que tiene buena salud porque se transmite íntegramente de una generación a la siguiente. Otros morirán porque solo lo hablan unos pocos ancianos mientras algunos han sido resucitados por generaciones jóvenes a partir de grabaciones y otro material. Un poco como el idioma celta de Cornualles, le propongo.

Cruzamos el Gorg de l’Olla y subimos a la primera casa, Coma Gran de Baix. La segunda, Coma Gran de Dalt, está 50 metros más arriba. ¿Por qué dos casas tan cerca? ¿Eran familia y decidieron partir los campos en dos? ¿O se abandonó una para trasladarse a la otra? Imposible saber.


Coma Gran de Dalt

Como ya he dicho en otras entradas, la mariposa del boj ha destruido todo el boj en esta zona. Sin embargo, ahora vemos que empiezan a brotar hojas nuevas de las ramitas aparentemente muertas. La tozudez de la vida nunca deja de asombrar.

El denso bosque de pinos impide ver el otro lado del valle. Le cuento a Toni mi malestar respecto al valle de Cercosa. “Seguro que algo terrible pasó en aquella casa (la de Cercosa). Siempre me ha dado mal rollo”. “A mí me gustan esos paisajes cerrados”, contesta Toni. “Vengo a menudo aquí, sobre todo en invierno. Me siento más cómodo aquí que ante un panorama abierto”. Hablando con él, intuyo el peso de la creatividad. No siempre es fácil de gestionar.

Retrocedemos por la pista medio kilómetro y bajamos otra pista que cruza la Riera de Cercosa. Cuando acaba la pista, continuamos por lo que parecen ser antiguos campos hasta llegar a unas paredes adosadas contra un talud. Pep las inspecciona y confirma su origen medieval. No tenía constancia de su existencia; solo un topónimo puesto a voleo en el mapa: La Gavarrera.

La posible Gavarrera

Subimos a una cresta y el paisaje cambia abruptamente. Ahora son cuestas erosionadas, sin vegetación, traidoras a las que no conviene acercarse. 

El paisaje al otro lado de la casa medieval

Giramos al suroeste y bajamos al lecho de la riera de Cercosa y seguimos el curso río abajo durante otro medio kilómetro. Es momento de pedir a Bernat que nos explique un poco cómo se organizan los pueblos amazónicos: la estructura de las aldeas, las familias, los jóvenes, la división del trabajo, la caza, la espiritualidad y la muerte.


La riera de Cercosa

Salimos de la riera y cruzamos un largo llano, luego un pequeño barranco y otro llano, mucho más corto. Y, al igual que los postres, cuando se guarda lo mejor para el final, Toni muestra sonriente un pequeño montículo de piedras esparcidas por un pliegue en el terreno, cubierto por arbustos y avellanos. Los ojos de Pep se iluminan. “¿El molino medieval?”, pregunta. Toni asiente. El llano detrás sería la balsa del molino pero no encontramos ningún resto de un canal o una presa. 

Subimos al Pla del Monjo. Es hora de despedirnos. Aún no hemos comido nuestros bocadillos y le propongo a Pep la pequeña ermita de Sant Ramón. Nos sentamos sobre un muro bajo a la sombra de la iglesia. Al lado nuestro, una hilera de hormigas va y viene, trayendo todo lo que encuentran en el bosque y lo suben unos 3 metros verticales hasta donde deben tener su nido, bajo el tejado. Pep pone un trozo de pan en su camino. Enseguida, unos 15 o 20 hormigas se abalanzan sobre el trozo, cortándolo en trocitos más pequeños que luego suben al nido. Prueba con un trozo de embutido; el mismo entusiasmo. Pongo un trozo de pan de centeno. No despierta interés y se convierte en un obstáculo a rodear. Finalmente, 2 o 3 se paran para inspeccionarlo. Como experimento científico, proporciona un buen indicador del índice glucémico de nuestros bocadillos respectivos.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,1 km; 260 metros de desnivel acumulado.

sábado, 31 de julio de 2021

28/5/2021 – Última visita a Comellas

“Tenemos que volver a Comellas”, me dice Pep en el Mikado. “Ha quedado un último fleco”. De momento, no quiere ser más explícito.

Aparcamos en la Collada de Comellas, en la pista, y bajamos por el camino que ya es la tercera vez que lo hacemos. Luego Pep se desvía para ir a l’Era Gran y, desde allí, bajamos una cresta por un camino hasta entrar en unos campos con unas paredes muy altas y todavía en buen estado. Pep dedica un tiempo a mirarlas y luego se encoge de hombros.

“¿Qué pasó?”, le pregunto. “Es que el otro día estaba mirando las fotos aéreas de los años 50 y vi estos muros. Pensé que podrían ser casas pero no, solo son campos”, me explica. El impacto visual de estas largas líneas de piedras es innegable y las seguimos hacia el este por lo que parecen ser caminos transversales pero solo son de vacas.

Los campos ordenados bajo Comellas

Entramos en el bosque y Pep busca el collado por donde se bajaría a Cal Miralles y luego sigue la cresta hacia el sur. Llegamos a la pista de Coll Jovell y giramos a la izquierda. Desde el collado, subimos al Puig Jovell y seguimos nuevamente la cresta hacia el sur. La cara oeste fue cultivada en algún momento, aprovechando una zona más llana, y en el límite de la zona llana, un posible camino que no tarda en difuminarse. ¿Fue un camino para venir a trabajar aquí? ¿Quién sabe? En realidad, Pep ya no está buscando nada. Deambula por si hay algo.

Llegamos a otra pista que ya conocemos y que nos lleva a la pista de Coll de Serrallonga y La Ribera. Giramos hacia el oeste.

“Vamos a comer en la cresta amable”, propone Pep. Es el nombre que hemos dado a la cresta que bajamos el 23 de abril, el día de Sant Jordi y la rosa imposible, y que nos pareció tan acogedora después de las asperezas de Cal Espanya.

Iniciamos la subida, que de entrada es menos amable que la bajada. Pero no nos quejamos y ya casi arriba, buscamos un sitio para comer. Estamos charlando tranquilamente cuando veo un pequeño insecto redondo y negro que me sube el pantalón. Lo quito con el dedo. “Mira, una garrapata”, digo a Pep, sin mucha preocupación porque, después de todo, la he enviado bien lejos.

La reacción de Pep es inmediata. Se pone de pie de un salto y empieza a torcerse por todas partes para ver si él también tiene una. No tiene nada pero ya no quiere sentarse y acabamos los bocadillos de pie.

Resulta que Pep tiene 4 fobias (“leves”, me puntualiza): no le gustan los aviones, sobre todo cuando no están quietos en el suelo; no le gustan las agujas (para inyectar); no le gustan las multitudes; y no le gustan las garrapatas. La cresta amable de repente ha perdido muchos puntos a sus ojos y ya no es amable sino llena de peligros ocultos.

Subimos hasta la pista de Coll de Jovell, la cruzamos y continuamos para enlazar con el camino que hicimos de bajada desde l’Era Vella. Todo este trayecto formaría parte del antiguo camino desde La Ribera a Comellas y más allá, hacia Sant Romà de la Clusa. Ahora lo tenemos completo.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 5,5 km; 340 metros de desnivel acumulado.

PD.- Cuando llego a casa, miro El Temps en TV3, charlo un poco con mi mujer y, después de media hora, sin prisas, me encamino hacia la ducha. Al quitar el pantalón, veo una forma redonda sobre el muslo, ahora un poco más grande. ¡Es la garrapata! Evidentemente, decidió que tendría más éxito si subía la pierna por debajo del pantalón y no por encima. Ahora que tiene la comida tan cerca, no me quiere soltar pero al final, encuentro la manera de hacerla desprenderse. Y la envío al cielo de las garrapatas.


sábado, 5 de junio de 2021

14/5/2021 – Entre Comellas y La Ribera (2ª parte)

Nada más ver a Pep en el Mikado, le muestro mi mapa, con los caminos ya marcados hace más de 15 años. “No me importa que custodies los mapas, pero al menos me los tienes que dejar mirar”. También le muestro la casa marcada en el mapa del Alpina, aunque cuando estuvimos allí, no vimos nada.

Pep decide que todo esto se tiene que comprobar. Aparcamos en el mismo sitio y bajamos la misma pista al Coll de Serrallonga. Todavía no han reparado la fuga de agua. Llegamos a la curva donde, según el Alpina, estaría la casa pero no vemos nada. “Igual está más abajo”, pensamos. Y bajamos una cresta llena de arbustos de boj muertos. De repente, noto telarañas por la cara y los brazos, como en esas películas de terror. Protesto a Pep, que va delante, que no está limpiando el paso para que yo, que soy más delicado, no tenga que bajar con el temor de ver una tarántula subiendo el jersey.

“Ven a ver eso”, me dice. Llego a donde está él y enfoco la vista. Por todas partes, hay hilos de una telaraña más buen gruesa y que no se rompe fácilmente. Y al final de la telaraña cuelga una oruga verde. Son las orugas de la mariposa del boj, que se cuelgan de las ramas de los pinos, esperando engancharse a algún animal (en este caso, nosotros) que luego las llevará con toda comodidad a una zona donde aún quedan arbustos intactos. Miro abajo y veo orugas subiendo el pantalón y el jersey. Me quito el sombrero y también hay orugas. Pasamos unos minutos quitando polizontes indeseados y luego nos alejamos a toda prisa.

Orugas de la mariposa del boj esperando pasaje

Una vez fuera de la zona de boj, concluimos que la casa marcada en el Alpina está mal puesta y en realidad, es la casa que Pep encontró la semana pasada. Volvemos a la pista de La Ribera y subimos por los campos hasta llegar al camino transversal que tenía marcado. Confirmamos que viene de La Riera y llega a los campos, pero no va más allá. Su fin era exclusivamente venir a trabajar. Me asombro que fuera capaz de seguir esos caminos medio borrados cuando todavía era un relativo novato y que además, los plasmara en el mapa sin más ayuda que mis ojos y un altímetro.

El resto de la mañana lo dedicamos a subir y bajar crestas y seguir pistas de desembosque abandonadas hace años hasta acumular un desnivel suficiente para volver a casa con un mínimo de dignidad.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,3 km; 425 metros de desnivel acumulado.

7/5/2021 – Entre Comellas y La Ribera (1ª parte)

 Pep ha estado estudiando el mapa de la Minuta otra vez y dice que había un camino que enlazaba Cal Comellas con el núcleo de La Ribera, después de conectar con el camino que venía del Col Jovell.

Aparcamos en la pista que va a Sant Romà de la Clusa, en la bifurcación que va al Coll de Serrallonga. Como es de costumbre, Pep me secuestra los mapas. Camino con menos peso, pero con el inconveniente de no poder impugnar sus decisiones por falta de referencias. Bajando por la pista, vemos que baja agua desde la pista de Sant Romà, donde hay un colector que lleva agua a Vilada.

Al llegar a la riera, vemos un camino que sube y nos desviamos para seguirlo. Resulta ser un fragmento del camino antiguo de Comellas a La Ribera, que enlaza con otro fragmento de lo que habría sido el camino de Vilada. Gana fuerza la idea de que la pista al Coll de Serrallonga se hizo sobre el camino antiguo de la Minuta.

A medida que continuamos, vemos campos aterrazadas que van subiendo por lo que ahora es bosque. Esta visión será un constante durante todo este flanqueo. A Pep le fascina la extensión; kilómetros y kilómetros de muros de piedra seca que convirtieron todas las laderas orientadas al sur en campos de cultivo.


Campos interminables que suben las cuestas

En el Coll de Serrallonga, seguimos la pista que baja hacia las Eres de Vilada. Queda algún fragmento de un camino antiguo pero nada más y damos la vuelta para volver a la pista principal. Con La Ribera a la vista, surgen los primeros caminos con un poco de cara y ojos: uno que baja a La Ribera, al lado de una casa medieval que hasta ahora desconocíamos y dos que suben por los campos.

Torres de ventilación de una ciudad subterránea

Bajamos el camino de cresta hacia La Ribera y luego buscamos un camino transversal, que no existe. En realidad, Pep me confiesa más tarde, estaba eliminando posibilidades para un trayecto alternativo del camino de La Minuta. Una vez satisfechos que aquí solo hay antiguos campos, subimos sin camino hasta recuperar la pista. Ahora solo queda comer algo y volver al coche.

Vista del paraíso rural de La Ribera desde arriba

En el transcurso de la conversación, Pep me revela que ha estado hablando con el nuevo responsable del Archivo Comarcal. Resulta que el archivero y el director del Parque de Cadí-Moixeró han llegado a un acuerdo para que el segundo ceda al primero toda la información que hemos ido pasando sobre caminos y estructuras en el Parque, cartografiados por Ana Seuba, que es la única que saca algún dinero del tema. Pero hay mucho más, porque el nuevo archivero quiere buscar financiación para que todo lo que hemos ido haciendo en el resto de la comarca pueda acabar en el Archivo, de nuevo con Ana Seuba como cartógrafa. A nivel administrativo, hay que plasmar todo esto en un Convenio y Pep está buscando un nombre. Lo normal es poner “Fondo” y luego el nombre de la persona o personas que aporta la documentación. A Pep no le parece ético poner solo nuestros nombres, porque en realidad son decenas de personas que de un modo u otro nos han ayudado a lo largo de los años. Al final, propongo “Fondo de Investigación Territorial del Berguedà”, que le gusta bastante. Ahora solo falta el visto bueno de Carles.

Avanzado el tema del Convenio, solo nos queda deshacer la pista hasta el coche.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9,25 km; 315 metros de desnivel acumulado.

PD. Cuando llego a casa, miro mis mapas. Resulta que el camino de bajada a La Ribera y los dos caminos de subida, ya los tenía marcados a raíz de una salida solitaria de la que no me acuerdo. En el caso de los dos caminos de subida, se unen con un camino transversal que venía directamente de la casa de La Riera. Además, el Alpina marca una casa en la pista que seguimos, en la curva anterior a la cresta donde está la casa medieval.

sábado, 22 de mayo de 2021

23/4/2021 – Las Casas del Raval (2ª parte)

Hoy es Sant Jordi. Es costumbre en Cataluña que los caballeros regalen una rosa a las damas y las damas un libro a los caballeros. A mí me parece un poco machista, como si las mujeres no supieran leer. Pero la bronca que tendrás en casa si no traes la rosa impide desmarcarse de la tradición. Este año, por cosas de la pandemia, las rosas solo se pueden adquirir en floristerías, y en Berga solo hay dos. De momento, no se permiten los múltiples puestos callejeros que normalmente venden rosas en cada esquina.

Pero hoy, hay cosas más importantes. Después de tantos días de lluvia de este abril atípicamente frío, por fin parece que hoy hará un tiempo primaveral. Pep ha ido al traumatólogo. Le ha diagnosticado una hiperpronación. Si es así, se solucionaría con plantillas. Sea como sea, últimamente no tiene molestias.

Aparcamos en el mismo sitio que la última vez. Pep quiere conocer las casas de la famosa tercera cresta y de paso encontrar el camino a Vilada, que sale en el mapa de la Minuta. Le indico a Pep que ya tengo un camino marcado en el mapa que arranca desde las casas cerca de la carretera de Castell de l’Areny y pasa por el Coll Jovell. “No puede ser”, me contesta. “En la Minuta, el camino pasa más abajo”.

Volvemos a bajar a Cal Miralles y encaramos la tercera cresta. Encontramos las dos casas: Cal l’Espanya y Cal Cisquet, y caminos transversales que las unen con las casas en la segunda cresta y desde allí, con los caminos que van hacia Castell de l’Areny. 

Cal l'Espanya con la estructura del horno

Caminamos por un bosque áspero, poco amigable, con zarzas que cuelgan de los árboles y se enganchan a mi ropa, mi mochila, mi sombrero y mis brazos. Alrededor nuestro, es un estruendo de pájaros. Desde todos los rincones, nos insultan y nos vapulean sonoramente. “Tampoco nos quieren aquí”, pienso abatido.

Seguimos una pista nueva desde Cal Cisquet que nos deja cerca de una fuente y un camino muy marcado, precisamente el camino que tengo marcado en mi mapa. Tras una exploración infructuosa, Pep tiene que admitir que es el camino de la Minuta, que descubrí yo hace más de 15 años, y ponemos rumbo al Coll Jovell. Aquí acaba una pista que viene desde la carretera de Sant Romà de la Clusa y pasa debajo de Comellas. No se ve ningún camino que continúe hacia el sur y además, hay demasiado pendiente.


El camino de la Minuta que sube hacia Coll Jovell, con el árbol viejo de rigor

Propongo caminar por la pista hasta una cresta de pendiente suave donde había marcado un camino. Encontramos el camino, aunque Pep duda de su antigüedad, pero lo bajamos de todos modos. Tras aguantar la furia pajaril debajo del Coll Jovell, entramos en un mundo lleno de amabilidad: árboles espaciados, hierba ordenada y cortada por las vacas, sol y luz, un camino nítido y sin obstáculos, y pájaros que nos piulan amistosamente, como si nos invitaran a quedarnos y disfrutar de la temperatura cálida y las buenas vistas.

Salimos en otra pista transversal. El camino no tiene continuidad hacia abajo y quedamos aquí a comer. Pep me cuenta que, con su asociada de estudios, Roser, están trabajando en un libro sobre las fraguas del Berguedà. Ya tienen editorial, el Museo de la Industria de Terrassa, y todo parece indicar que será la bomba de ventas de no ficción en catalán de Sant Jordi de 2022. “Pero voy a hacer muchos enemigos”, reconoce Pep, con aire preocupado. “Echa por tierra todo lo que se ha escrito hasta ahora sobre las fraguas berguedanas. Pero mis manos están atadas; la documentación es irrefutable. No es culpa mía si solo nosotros hayamos tenido la paciencia de leerla toda”.

Para volver, propongo continuar por esta pista. Desde aquí, arranca una pista secundaria que se convierte en un camino, según mi mapa, que va al Coll Jovell. Pero tengo mis dudas, basadas en mi falta de experiencia en aquel tiempo, de si realmente vi un camino. De todos modos, no me ha quedado ningún recuerdo de aquella salida. Y así hacemos. Y efectivamente, no hay ningún camino.


Cal Comellas

Volvemos a salir al Coll Jovell y deshacemos la pista hasta llegar al coche. De vuelta en Berga, mi próxima misión es encontrar una rosa. “Y no traigas esas rosas que regalan en el supermercado”, me advierte mi mujer. “Son de mala calidad y se marchitan enseguida”. Pero resulta misión imposible. Hace horas que las dos floristerías vendieron todas sus rosas. Tras recorrer toda la ciudad, llevo un punto de libro con una acuarela pintada a mano de una rosa. Por suerte, es aceptada.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,85 km; 340 metros de desnivel acumulado.

9/4/2021 – Las casas del Raval (1ª parte)

Hoy amanece nublado y parece que en algún momento del día, lloverá. Cuando entra Pep en el Mikado, a pesar de tener la cara media tapada con la mascarilla, tengo la sensación que algo no va bien. “Las rodillas”, me dice. “Ya llevo un año con molestias, a ratos sí, a ratos no, y hoy me molestan bastante”.

En mis mapas, tengo dos líneas de casas que bajan dos lomos desde Comellas hasta la carretera de Castell de l’Areny, entre Cal Marc y Cal Ballester. Son casas que salen en el mapa del Alpina y las había buscado, una vez solo y otra vez con Carles, pero Pep no las conocía. De todos modos, todo esto se hizo en la era pre-GPS y es muy posible que no estén en el lugar correcto.

En el coche, reina el pesimismo. “Bueno, en algún momento, las salidas se tendrán que parar. Al menos, para leer documentos antiguos, no hace falta tener rodillas buenas”, dice Pep, intentando ver el lado positivo. Aparcamos en la pista que va a Sant Romà de la Clusa, encima de la casa de Comellas. Las nubes cubren las cimas de las montañas y parece que va a llover en cualquier momento. Tras inspeccionar mis mapas, Pep propone buscar una casa que nunca conseguí encontrar y cuyo nombre está escrito en letra grande en el mapa, aunque sin indicar dónde está, Cal Sord.

“Dejemos los mapas aquí. Total, será un paseo corto antes de que se ponga a llover y así no se mojarán”, propone Pep. Salimos del coche. Hace frío. La verdad es que los dos tenemos ganas de dejarlo correr y buscar un bar para contar batallitas. Bajamos por una cresta hacia el noreste, más o menos por donde ponía el nombre en el mapa. Vemos campos pero sin rastro de la casa. El tenue camino de bajada se convierte en una pista y de repente vemos un camino transversal. Lo seguimos a la izquierda; sale del bosque y acaba entrando en una de las curvas de la pista que sube de la carretera de Castell de l’Areny a la pista de Sant Romà de la Clusa. Allí vemos una fuente y un coche abandonado, acribillado de balas. 

Blanco del aburrimiento de los cazadores 

Las nubes empiezan a levantarse, con Castell de l'Areny en el fondo

“Parece un camino hacia Castell de l’Areny”, dice Pep. Mira el cielo. “¿No te parece que hace menos frío?”, me pregunta. En efecto, la temperatura ha subido unos grados y las nubes no parecen tan compactas.

Volvemos a la cresta y seguimos el camino en la otra dirección. Poco a poco se van abriendo claros en las nubes y el sol empieza a imponerse. Vuelven a aparecer campos y llegamos a una segunda cresta. “Ya no me duelen las rodillas”, dice Pep. “Me encuentro perfectamente”. Aparecen las ruinas de la primera casa. Al haber dejado los mapas en el coche, no tenemos ninguna referencia y mis recuerdos de aquella salida con Carles hace más de 10 años son muy nebulosos. Pero nada de eso perturba el buen humor de Pep mientras explora el entorno de la casa. 

La primera casa, que todavía no tiene nombre

La propia cresta se compone de una doble hilera de rocas que van bajando y el pequeño espacio entre las dos hileras ha sido escalonado para crear una larga escalera de pequeños campos. El efecto estético es muy atractivo. “Para que ir a Babilonia”, dice Pep, “si aquí también tenemos nuestros jardines colgantes”, con un estado de ánimo que ya roza la euforia.


Los campos escalonados entre rocas

Seguimos bajando la cresta hasta tener la piscina de Cal Marc a la vista y volvemos a subir por la ladera este. En total contamos 5 casas, formando una especie de barrio. Cuando bajo el track y miro el mapa del Alpina, veo que la primera casa – y la más grande – ni está marcada ni tiene nombre. Toda la cuesta lleva el nombre de Raval, que es el nombre que se suele dar a los barrios extramuros de las ciudades medievales. ¿A quién pertenecía esta tierra? ¿Quién decidió construir todas estas casas? ¿Y por qué? La respuesta tendrá que esperar las pesquisas de Pep en los archivos históricos.

Cal Roget


Seguimos subiendo hasta llegar a un camino transversal muy marcado y, muy cerca, Cal Miralles, la única casa arreglada de la cuesta. Aquí había llegado poco después de explorar infructuosamente la zona donde pondría esas palabras “Sin interés” que tendrían unas consecuencias nefastas que en aquel momento ni sospechaba. Subía la tercera cresta, siguiendo una línea de casas que estaban marcadas en el flamante y renovado mapa Alpina. E irrumpí, sudado y rodeado de moscas, en la pista frente a Cal Miralles, delante de una mesa donde una pareja se disponía a disfrutar de un almuerzo íntimo, sin más compañía que el canto de los pájaros como orquesta privada. Parece que tengo un don para presentarme en los momentos más inoportunos pero fueron muy amables y me indicaron por dónde tomar el camino para seguir subiendo hacia la pista de Sant Romà de la Clusa.


Castell de l'Areny, ahora con el cielo despejado

Este es el camino que ahora subimos, buscando algún indicio que nos pudiera indicar la ubicación de Cal Sord, hasta salir en el gran prado encima de Cal Comellas. Buscamos las ruinas de unas estructuras que llevan el nombre de l’Era Vella. Aquí comemos y, tras una breve tertulia, Pep propone un último intento de encontrar Cal Sord. Volvemos a bajar a Cal Miralles y seguimos el camino transversal en la otra dirección. No tarda en convertirse en una pista que cruza la primera cresta y entra en un pequeño valle sin árboles. Y allí vemos la casa, orientada al sur, plenamente visible ahora que hemos dejado atrás el bosque y muy cerca de la pista de Sant Romà de la Clusa.


Cal Sord

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6 km; 315 metros de desnivel acumulado.

sábado, 10 de abril de 2021

12/3/2021 – Las casas del Puig – Una trilogía (3ª parte)

Nos levantamos con un día gris y la previsión es de lluvia a mediodía. Pero el hombre del tiempo nos ha engañado tantas veces y nos ha hecho pasar tantos días soleados en casa que hoy decidimos hacer caso omiso de las advertencias y probar suerte.

Pep ha aprovechado estas dos semanas para consultar el mapa municipal de la Minuta. “La pista que cogimos el primer día al Puig Nou se hizo sobre el camino antiguo. Y la continuación es el camino que hicimos entre Puig Nou y Puig Vell”. También admite à contrecoeur que aquel camino de animales forma parte de ese camino largo, ya que, según la Minuta, pasa debajo de El Solà. “Solo nos queda encontrar el último tramo hasta Castell de l’Areny”, concluye.

Pero primero hay que ver qué tiene de auténtico y qué de falso el tramo del GR4 desde la casa de Ballester hasta Castell de l’Areny. Aparcamos en la carretera pasado el Rec del Solà. El cielo está muy tapado, con nubes bajas que reducen la visibilidad a medio kilómetro. 


La entrada del camino de Castell de l'Areny, vetada por el GR

Entramos en el camino barrado por la X en rojo y blanco y no tardamos en ver que es un camino auténtico y de solera. Cruza el Rec del Solà y luego sube la cuesta hasta entrar en la pista, donde recuperamos las marcas del GR. En el próximo barranco, el camino vuelve a marcharse momentáneamente de la pista para cruzar el pequeño arroyo, donde también anotamos una carbonera y una barraca. Está claro que los diseñadores del GR optaron por seguir íntegramente la pista y no malgastar esfuerzos en limpiar estos fragmentos residuales del camino original.

Con la Roca dels Coloms a la vista, la trayectoria del GR hacia el pueblo está resuelta y damos la vuelta. Subimos un camino que habíamos visto en la cresta anterior que nos sitúa en una pista superior. Justo debajo de la pista, hay un horno de tejas de grandes dimensiones, que seguramente abastecía todas las casas de los alrededores.


Detalle del horno de tejas

Llegamos otra vez delante del pueblo de Castell de l’Areny, elevado encima del pequeño valle. Medio oculto en la niebla, tiene un aire muy misterioso. Y además lo estamos viendo desde detrás, que no es la vista habitual. Parece que han puesto un pequeño zoo. Oímos un pavo real y, de tanto en tanto, el rebuzno de un asno.

Pep está satisfecho que hemos encontrado el arranque del camino de la Minuta y damos la vuelta para subir hacia El Solà. Pasada una fuente reventada por la pista, vemos un camino tenue que sube hacia la izquierda. Con un trazado apenas perceptible, nos lleva en diagonal hacia arriba hasta situarnos a pocos metros de la casa. Ahora, bajando hacia el otro lado, podemos ver un trazado medio borrado de la continuación, que empalmará con el camino de animales que ya no es de animales. Ahora tenemos el camino completo.


Parte del 'camino' de Castell de l'Areny a El Solà


Paisaje fantasmagórico encima de El Solà

Como próximo proyecto, Pep tiene curiosidad por ver un camino que marqué hace mucho tiempo, que sube desde la casa de Cal Pere Onclet y pasa debajo de la cara este de Els Castellons. Cogemos otra pista que sube hacia el noreste, da la vuelta de Els Castellons, se convierte en un camino y muere en una carbonera. Flanqueamos por antiguos campos, con el ruido de una sierra mecánica en una pista enorme un poco más abajo, abierta donde antes no había nada. Iniciamos el camino que tenía marcado, alejándonos de la sierra, y finalmente nos situamos en la cresta que baja hacia el Puig Vell. Aquí comemos mientras la temperatura va bajando paulatinamente. Y cuando el frío ya es demasiado incómodo, nos ponemos en marcha otra vez. 


La lluvia se acerca en el Puig Vell

Llegamos a la casa de Puig Vell y, con un cielo cada vez más amenazador, cruzamos la pista y seguimos bajando, ahora por la cresta con el largo muro a nuestra izquierda. Entramos en el bosque. Los pinos parecen plantados a cada lado de una pista borrada, formando una especie de pasillo. Caen algunas gotas. Pep aprieta la marcha y 15 minutos después, estamos en el coche.

 

Bajando la cresta hacia la carretera

“Ya podemos cambiar de lugar”, concluye Pep. “Aquí no hay nada más”.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,7 km; 315 metros de desnivel acumulado.

26/2/2021 – Las casas del Puig – Una trilogía (2ª parte)

“Tenemos que consolidar las conexiones entre las casas”, me dice Pep por teléfono el día anterior. “Además, todas tendrán caminos para bajar a Vilada y subir a Castell de l’Areny”. Llego al Mikado el día siguiente con una novedad: una fuerte contractura lumbar por exceso de entusiasmo en la clase de yoga del día anterior que me ha dejado bien tieso. Pienso que caminar me irá bien pero espero no tener que agacharme mucho, y así se lo hago saber a Pep.

Aparcamos el coche en la primera curva de la carretera de Camp-rubí, encima de las casas de La Ribera. Allí tenía marcado un camino que va a la casa de Puig Nou que había buscado con un amigo hace muchos años y que además está marcado en el mapa de Alpina. Tras algunas dudas iniciales, lo encontramos y marcha hacia el noroeste, paralelo a la carretera de Castell de l’Areny. 

El camino que sube por los campos de Puig Nou

No tardamos en encontrar nuestro primer cruce de caminos, con un camino que marcha hacia abajo, hacia el molino. Poco después, entramos en los campos de Puig Nou, con sus piedras cubiertas de musgo, lo que da un aire un tanto fantasmagórico, acentuado por el aspecto moribundo del boj, devorado el año pasado por la mariposa invasora.


La teoría de los árboles viejos como identificadores de caminos antiguos, ideada por mí y atribuida falsamente a Carles por Pep

El camino empieza a serpentear hacia arriba y dejamos el bosque. Poco después, tenemos la casa a la vista. Desde la casa, tomamos una pista que va en bajada. Antes de llegar al barranco que separa Puig Nou de Puig Vell, vemos un camino que cruza la pista. Primero lo seguimos hacia abajo. Un fragmento de una olla de hierro nos está esperando y Pep lo recoge. “Cuestan de encontrar”, me dice. “Las ollas rotas generalmente se volvían a fundir”. El camino nos lleva a la vista de La Closa, en la carretera de Castell de l’Areny, confirmando la teoría de Pep. Miramos algunas pequeñas derivaciones antes de volver a subir a la pista y continuar el camino al otro lado, que se une al camino que encontramos la semana pasada entre las dos casas. “Era el camino de Puig Vell a Vilada”, concluye Pep.

El Puig Vell desde otro ángulo

Desde Puig Vell, bajamos un poco por la amplia cresta hacia el suroeste, buscando nuevos caminos. Seguimos una especie de pista muy borrada o quizás un camí ramader, porque a nuestra izquierda la casa levantó un muro que va siguiendo toda la pendiente, como si quisiera evitar que entraran los animales en los campos. No encontramos ningún camino y volvemos a la casa. 


El muro perimetral que baja desde el Puig Vell

Seguimos la pista inferior hacia El Solà, la que muere en el barranco, pero con un supuesto camino de animales. Ahora Pep entra en este camino con un espíritu más abierto. Tiene cierta categoría y entra en los campos debajo de El Solà, donde se difumina.

Comemos cerca de la casa y después, Pep quiere mirar las conexiones desde aquí hacia Castell de l’Areny y cogemos una pista que va bajando hacia el norte. Yo tenía caminos marcados de alguna de mis excursiones en solitario pero, por no mirar el mapa, perdemos la conexión y acabamos volviendo hacia el sur por el laberinto de pistas que han devastado el bosque bajo El Solà. No vimos ningún camino más en el resto del trayecto. Al llegar a un gran prado cerca de la carretera, entre Ballester y Cal Marc, vemos las marcas del GR4, un sendero de gran recorrido que sale de Puigcerdà y acaba en Montserrat, cruzando el Catllaràs en dos ramales. Por un camino muy marcado que baja hacia la riera, pone las rayas blanca y roja en cruz, para indicar que por allí no, y las dos marcas paralelas se ven en una pista nueva, que de camino tradicional no tiene nada. “Eso lo tenemos que desentrañar la próxima vez”, dice Pep antes de marchar hacia el coche.

 

El molino de Riu, muy deteriorado ya

En el coche, camino a casa, Pep pone la radio. Anuncia la aprobación por la Unión Europea de la vacuna de Janssen, que es de una sola dosis. “Esta la que quiero yo”, dice Pep. “Yo también”, segundo.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,3 km; 420 metros de desnivel acumulado.

miércoles, 7 de abril de 2021

19/2/2021 – Las casas del Puig – Una trilogía (1ª parte)

Por fin, se ha levantado el confinamiento municipal, que ahora pasa a ser comarcal. Nosotros, de momento, no pedimos más. Carles solo tiene libre el miércoles, así que Pep va alternando entre él y yo, como los burgueses de antes que hábilmente manejaban una doble vida entre la esposa y la amante.

En la última salida que hicimos en diciembre, nos habíamos apartado del plan con la primera distracción que se cruzó en nuestro camino y, en vez de ir hacia el norte, fuimos hacia el sur. Pep está resuelto que esto no volverá a ocurrir y me advierte muy seriamente que, hoy, tenemos que ir hacia el norte y pasar las tres casas de esta cuesta: Puig Nou, Puig Vell y El Solà.

Hoy hace un tiempo primaveral. Lejos queda el frío gélido que duró el último tercio de diciembre y la mayor parte de enero. Aparcamos el coche cerca de la casa de Cal Pla, en la entrada de la pista que nos da una entrada fácil a esta zona. Hace muchos años, cuando teníamos casi todos los mapas en blanco, había hecho unas cuantas salidas por aquí solo. Encontré un paisaje devastado por la explotación forestal, con pistas que parecían haber borrado todo resto de camino antiguo, y había vertido mi decepción sobre los pobres mapas, que no tenían culpa de nada. Concretamente, había escrito las palabras “Sin interés” varias veces y con letra grande, de modo que cubriera toda la cuesta. Y no había vuelto más.

En la primera curva de la pista, Pep ve los restos de una casa desconocida hasta ahora para nosotros. “Muy interesante”, observa Pep, tras examinarla. Continuamos por la pista y llegamos a Puig Nou. Es una casa grande, con varias dependencias y anexos. Pep dedica varios minutos a inspeccionar todas estas estructuras. “Pues yo lo encuentro interesante”, concluye.


Las ruinas de Puig Nou

Vemos un camino que marcha hacia Puig Vell. En mis visitas aquí, no lo había visto sino que había pasado por la pista un poco más arriba. Está bien conservado y nos lleva directamente a la casa, empalmando con la pista poco antes de llegar. Ya tenemos la conexión entre las dos casas. Puig Vell es otra casa imponente, con un pozo al lado. Finalmente, Pep no aguanta más: “Por culpa de esas dos palabras que pusiste en el mapa, han tenido que pasar 20 años antes de venir aquí. Las pérdidas para la ciencia son incalculables. No entiendo qué es lo que no encontrabas interesante”.


El camino de Puig Nou a Puig Vell

Y la casa de Puig Vell

“Es una buena pregunta”, pienso. En mi mapa, había marcado 3 pistas que iban hacía la última casa, El Solà. Pero solo la mediana tenía una conexión. En las otras dos, había marcado que morían en el barranco. Caminamos por la inferior, que efectivamente se muere. Veo un camino que marcha de la pista hacia abajo. La seguimos durante unos 20 metros. “Es de animales”, concluye Pep. “Además, nos deja debajo de la casa”.

Volvemos y subimos un poco más hasta encontrar la pista mediana, ahora naturalizada y medio borrada. Lleva a la fuente de la casa, al otro lado del barranco. En su día, yo había marcado un camino desde la fuente a la casa. Ahora se ha convertido en una señora pista de 5 metros de ancho. “Un contenedor”, me pide Pep, visiblemente enojado. Esta semana, ha habido protestas en varias ciudades por el encarcelamiento de un rapero que escribió unas canciones muy poco respetuosas con un rey, que ahora resulta que tampoco merece el respeto que antes tuvo. Y en los disturbios, lo más habitual es quemar contenedores de basura. Miro a mi alrededor; no hay.


Como quedó el camino a la fuente

En eso llegamos a la casa. Tiene un tejado nuevo, que también había visto hace 20 años. Pero el resto de la casa está vacía, con huecos para las ventanas y las puertas. 


El Solà

Para acabar el día, Pep propone ir al punto más alto, que tiene el topónimo de Els Castellons, a ver si su nombre significa algo más que un picacho con una forma más o menos abrupta. Pero solo hay pinos y aquí comemos. En el silencio que sigue, reflexiono sobre porqué escribí esas palabras tan fatídicas, “Sin interés”. En aquel tiempo, hacía poco que había empezado a buscar caminos por mi cuenta. En esas salidas solitarias, en realidad solo buscaba caminos, lo demás no me importaba demasiado. Y no los encontré sino solo pistas recién abiertas y medio bosque tirado al suelo. “Es el problema de tener expectativas”, concluyo.

Para volver al coche, Pep propone bajar en línea recta por una de las largas crestas, y a ver si, de paso, encontramos alguna casa medieval. No encontramos ninguna.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,5 km; 300 metros de desnivel acumulado.

jueves, 31 de diciembre de 2020

18/12/2020 – Amnesia en La Ribera

Uno podría pensar que Pep ha estado en todas partes y lo conoce todo pero tiene una zona inexplorada de tamaño considerable entre Vilada y Castell de l’Areny. Yo sí que había ido varias veces al principio de tener los mapas. Se ha levantado el confinamiento municipal de fin de semana y ahora es comarcal, lo que nos da más libertad de movimiento. Por lo tanto, volvemos a los viernes como día de salida, pero a Carles no le va bien de momento por motivos laborales.

Como estaríamos solos, propongo a Pep ir a esta zona, advirtiéndole que, cuando fui yo, hace más de 10 años, la parte entre La Ribera y Castell de l’Areny había quedado bastante devastada por la explotación forestal.

Aparcamos en la carretera que va a Camp-rubí, encima del grupo de casas de La Ribera. Nada más salir del coche, Pep me coge los mapas. La idea era subir hacia el norte por un camino que tenía marcado y caminamos hacia la curva en la carretera unos 100 metros atrás. Sin embargo, como es de todos sabido, el hombre propone y Dios dispone y antes de llegar, vemos otro camino cuyo arranque tenía marcado. Pensando que era otro camino para subir, lo cogemos y en vez de subir, va paralelo a la carretera y además, al poco rato, pasamos por las ruinas de una casa que los dos desconocíamos. “Empezamos las salidas pensando que lo conocemos todo”, observa Pep.

El camino está muy tapado con zarzas y ramas y tardamos un tiempo desproporcionado en cubrir el corto tramo hasta que se reengancha con la carretera. Otra cosa que nos ha llamado la atención enseguida es el estado del boj. Se ve que la oruga de la mariposa del boj ha llegado aquí también y ha dejado los arbustos sin hojas. Por todas partes, vemos ramas medio desnudas con restos de hojas muertas y hojas nuevas que empiezan a brotar. Y en cada ramita, hojas muertas juntadas y pegadas para formar una especie de cápsula, donde supongo que estará la crisálida. Si esta plaga continúa, habrá un cambio notable de paisaje.

Siguiendo la carretera hacia Camp-rubí, me parece ver un camino abajo y en la cresta, bajamos. El camino no se acaba de ver claro pero unos 40 metros abajo, aparece otra casa. Hoy será una mañana de descubrimientos, pienso, y pido el mapa a Pep. Al desplegar las hojas, veo que tenía marcada la casa (con el nombre de El Casal) y toda una red de caminos que recorre el fondo del valle desde distintos puntos. Pep me jura que es la primera vez que viene aquí, así que debo haber venido yo aquí, solo o con Carles, en la era pre-blog y pre-GPS, a juzgar por algunas imprecisiones. Sea como sea, no tengo ningún recuerdo; es como si lo estuviera viendo por la primera vez. Esto empieza a ser preocupante.

 

El Casal, con el horno de pan en la esquina de la pared norte

Los campos de El Casal

Tras inspeccionar la casa, recorremos los campos en dirección NE hasta llegar a un camino tenue que baja hacia la riera de Camp-rubí con pequeñas eses. “¿Cómo pudiste venir aquí, solo y sin GPS y marcar todos esos caminos?”, me pregunta Pep, maravillado. Como no recuerdo nada de lo que hice, solo puedo encogerme de hombros. “Era joven y audaz”, ofrezco a modo de explicación.


La riera de Cercosa

Cruzamos la riera de Camp-rubí en la confluencia con la riera de Cercosa. El agua ha ido erosionando los estratos verticales de marga, creando un curioso efecto estriado. Subimos al otro lado y entramos en unos prados grandes debajo de la casa de Torrents y, durante unos minutos, disfrutamos del sol antes de bajar otra vez a las tinieblas. Propongo subir la pista por la ribera izquierda del torrente hasta que empalma con un camino que tenía marcado desde Torrents. No tengo ningún recuerdo del camino pero intuyo que fue importante. La pista entra en una zona de cultivo y vemos el camino que viene a nuestro encuentro. Empieza de forma sutil, cruzando antiguos campos pero, al entrar en el bosque, va cobrando entidad y no tarda en ser una auténtica autopista y todavía transitado. Pep lo propone como camino de Torrents al Molino de Soldevila.

 

Bonanza efímera bajo Torrents, mirando hacia el oeste

Caminamos hasta un collado y allí buscamos el sitio más soleado para comer. En ese rincón de bosque, disfrutando de la calidez efímera del sol y lejos del enemigo invisible que acecha en las ciudades, hablamos de distintos temas pero con el coronavirus como tema recurrente. Es evidente que tardaremos mucho en rehacernos de las secuelas del virus, sobre todo en lo emocional y social.

Aquí, en este collado, el camino bifurca: por la izquierda, baja a la riera de Cercosa en una línea directa a Torrents y, por la derecha, busca un collado inferior para bajar a la riera de Camp-rubí. Ambos estaban marcados en mi mapa desde esas salidas cuya memoria ha quedado borrada.

Al otro lado, buscamos un camino que sube a Cal Costa y encontramos dos, uno más tenue que bordea los campos y otro más marcado que llega a la riera más al norte. Al volver a la carretera debajo de Cal Costa, nos saluda un corredor que presumiblemente vive en una de las dos casas, Cal Pla o Cal Costet, ya que ambas están habitadas.

 

El camino de Cal Costa a la riera de Camp-rubí

Nos ha salido una cantidad inesperada de trabajo aquí. Desentrañar la red de caminos que conectaba las distintas casas nos llevará unas cuantas salidas.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,5 km; 330 metros de desnivel acumulado.