Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



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miércoles, 11 de junio de 2025

6/6/2025 – Regreso a la Torre de Foix

Entro en el Mikado y encuentro a Joan y Pol que ya han llegado. “Solo seremos nosotros tres hoy”, me bromean, “así que te puedes imaginar qué desnivel tendrás que hacer con nosotros”. De hecho, me ha sorprendido ver a Joan aquí. Una vez acabada la zona de Brocà, como quién escupe los huesos del pollo tras haber quitado toda la carne, pensaba que Joan nos dejaría abandonados después de extraernos todo el jugo. “Mientras estéis en el municipio de Guardiola o cerca, seguiré viniendo”, aclara. Pero Pep ya me había dicho que volveríamos a la Torre de Foix.

Aparcamos cerca del camping El Berguedà. Nada más bajar del coche, Carles se da cuenta de que le falta algo. “He dejado el móvil en casa”, lamenta. Evidentemente, sus negocios inmobiliarios tendrán que esperar. Pero su teléfono también tiene un mapa muy detallado del Institut Cartogràfic, que ya no se puede bajar, donde tiene marcadas todo tipo de estructuras y también un punto azul que marca su ubicación y cuya importancia se revelará más adelante.

Pol se apunta a la nueva tendencia anti-garrapatas

Pep, por su parte, ha traído dos mapas impresos donde ha marcado una serie de casas entre aquí y la Torre de Foix que propone mostrar a los dos jóvenes. Primero, vamos hacia Cal Griera y anotamos una casa medieval. Seguidamente, cruzamos la carretera de Saldes y caminamos hacia el este. Dentro del bosque, por debajo del Mas de Pei, sin quitar los ojos de sus mapas, Pep nos lleva sucesivamente a dos casas medievales más y una estructura sin determinar. Pol incluso encuentra un fragmento de cerámica medieval.

El canal que lleva agua al tubo que alimenta la pequeña central hidroeléctrica de Guardiola 

La casa de Mas de Pei con la base de teleférico en el primer plano

Salimos a los campos del Mas de Pei, con vistas impresionantes de Pedraforca, Gisclareny y la cara sur del Cadí. Los cimientos de una torre cerca de la casa dan fe del paso de la línea del teleférico desde Vallcebre. Se han talado árboles, quizás para hacer más prados pero de momento es un caos de ramos y tierra removida por las máquinas.

La masa imponente de Pedraforca, con la iglesia de Sant Julià de Freixens en el primer plano

Y las cuestas de Gisclareny con la cara sur del Cadí detrás

Giramos hacia el norte, cruzamos la carretera de Sant Corneli y luego giramos hacia la izquierda. Otra casa medieval; esta tiene un nombre gracias a la documentación, Mas Noguera. Seguimos subiendo hasta encontrar el camino que nos llevará a Soldevila. Lo que se ve ahora son pajares restaurados. La casa original está escondida en la vegetación y es mucho más antigua.

La vista hacia el sur desde Soldevila

Pep quiere mostrar a los jóvenes la casa que volvimos a visitar a principios de mayo, ahora con un nombre, Mas Fàbrega. Bajamos la pista de Soldevila hasta llegar a la carretera de Sant Corneli, la cruzamos y seguimos bajando con paso seguro en línea recta hacia la casa, guiados por la brújula en el cerebro de Pep. Pero en cierto momento, del mismo modo que el ejército alemán en 1914, en vez de rodear París por el oeste, dio un giro fatídico para pasar por el este de París, dando lugar a la Batalla del Marne, en nuestro avance se produce un cambio de rumbo. Al bajar el track en casa, veo que cuando estamos a 100 metros escasos de la casa, Pep gira para flanquear hacia el norte, cruzando un barranco, hasta llegar a una estructura a unos 180 metros de distancia. Es algo pero no es la casa. Continuamos hacia el norte hasta llegar a una pista. Pep gira hacia Carles. “¿Verdad que no entramos en una pista la última vez?”, pregunta.

Y entonces se me hace la luz. Sin el teléfono de Carles y su mágico punto azul, su brújula interna solo funciona a medias. “Mira los mapas míos. Allí está todo”, le insisto. Pep remueve los mapas con una frustración creciente. “Siempre traes todos los mapas excepto el que hace falta”, me acusa. “Es este”, señalo. “Míralo bien, en el borde derecho”. Por fin, Pep encuentra la casa en el mapa y se restablece la calma. En 5 minutos, siguiendo una elipse, encontramos la casa.

Pep no se aclara

Iniciamos el regreso. La primera parada es la iglesia de Sant Climent y la casa de Torre de Foix. La iglesia ha sido restaurada desde que estuve aquí hace unos cuantos años. En aquel entonces, el tejado se estaba derrumbando. Ahora luce una nueva solidez, al igual que la casa, cuyo núcleo es claramente medieval.

La iglesia de Sant Climent y la casa de Torre de Foix

Subimos nuevamente a la carretera de Sant Corneli. Ya es la hora de comer. “¿Qué te parece si subimos el Grau de Sant Climent?”, propone Pep. “¿Qué hay allí?”, pregunto desconfiado. “Una vista impresionante. Un sitio bonito para comer”, me contesta con su voz más seductora. Son casi 200 metros de desnivel pero hoy no tengo objeciones. Era uno de los ‘graus’ o pasos más asequibles para superar las Cingles de Vallcebre; incluso se podía hacer con animales.

Arreglo floral en el Grau de Sant Climent

Nos queda una última casa, Mas Vilaverd, que dejamos de lado para visitar Mas Noguera. Volvemos a bajar el mismo grau y entramos en un camino ya conocido con las marcas de la Xarxa Lenta. Pero, de nuevo, sin el teléfono de Carles, todo son dudas, titubeos e incertezas. Sin embargo, consultando mi mapa, la acabamos encontrando. Situada dentro del bosque, es quizás la más misteriosa, con restos de muros adornados de musgo. La pared que aguantaba la casa contra el talud de tierra todavía está bastante intacta, a pesar de haber sido abandonada en el siglo XIV.

Finalmente, encontramos la manera de llegar otra vez a la carretera de Sant Corneli y, desde aquí, estamos en el coche en menos de media hora. Incluso desde las pocas semanas que estuvimos en esta zona, varias ruinas, poco más que pilas de piedras, ahora tienen nombre, gracias a la lectura de documentación nueva. Contemplando los restos de Mas Vilaverd, Pep lo resumió a la perfección: "A veces, a pesar de no tener sustancia, los nombres aguantan más que las piedras". 

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,6 km; 375 metros de desnivel acumulado.


jueves, 22 de mayo de 2025

2/5/2025 – La Torre de Foix

Hoy, Pol no puede venir. Por lo tanto, no haremos un tour americano (siete capitales europeas en cinco días), lo cual siempre es de agradecer. Además, el hombre del tiempo nos había avisado del paso de un frente que traería lluvia. Debatiendo dónde ir en el Mikado, Carles confiesa que no tiene muy controlada la zona de la Torre de Foix. “Pues que no se hable más”, dice Pep. “Además, me irá bien. En noviembre, tengo que dar una charla sobre la casa”.

Aparcamos un kilómetro pasado la Torre de Foix en dirección hacia el complejo hotelero del Jou. De momento, el cielo es azul pero las cumbres del Moixeró y la Tosa d’Alp están cubiertas de una fina neblina y no tardamos en notar la llegada de un velo gris que es el preludio del frente. Pep consulta el radar de su móvil. “La lluvia aún está lejos pero conviene no alejarnos mucho del coche”. Propone explorar los prados abajo y visitar la explotación a cielo abierto, y, si el tiempo aguanta, subir el Grau de Soldevila.


De momento, la cosa pinta bien

El primer objetivo es una pila de piedras descubierta en una salida anterior y que Pep había apuntado como posible casa medieval. Al llegar, vemos la misma pila, con una cierta ordenación que podría sugerir unos muros.

Después de subir un par de elevaciones “por simple curiosidad” y con la casa de Foix unos 400 m al norte, ponemos rumbo al sur para entrar en la zona donde hubo la explotación a cielo abierto. El cielo está cada vez más tapado y Pep vuelve a consultar el radar. “Está por Cardona. Démonos prisa”.


Les Cingles de Vallcebre

Enseguida notamos el cambio de terreno. Desde los verdes prados, ahora pasamos a una tierra más árida con una vegetación más bien escuálida, cortada por barrancos profundos que tenemos que cruzar. El objetivo es una pared rocosa con estratos paralelos de distintos colores, oscilando entre marrón y negro.


Los estratos que Pep quería ver de cerca

A finales del siglo XVIII, nos cuenta Pep, el propietario de la casa de Foix, Josep de Solanell i de Foix i de Graell, recorrió Vallcebre, Figols, Fumanya, Peguera, La Nou, Malanyeu y La Pobla de Lillet con un notario. Había pedido autorización a la Intendencia de Minas para hacer prospecciones y donde se veían afloramientos de carbón mineral, mandaba a unos ‘masovers’ extraer una muestra y hacer que ardiera, todo ello descrito con gran detalle por el notario. De este modo, marcó los límites de lo que era la cuenca carbonífera del Berguedà, con la excepción de Saldes. Su idea era sustituir el carbón vegetal con carbón mineral en las fraguas y la incipiente industria manufacturera de Ripoll. Sin embargo, no consiguió el permiso para explotar los yacimientos y tuvo que pasar un siglo más antes de que se iniciara la minería a escala industrial en el Berguedà.


Mirando otra vez hacia el norte; la cosa se va complicando

Después de fotografiar los estratos, bajamos a la vaguada y ascendemos al otro lado, solo pausando para inspeccionar un trozo de tierra arenosa que ha encontrado Carles, repleta de fragmentos de roca lisa con un grosor fino y uniforme, lisos por una cara y con una textura de piel de naranja por la otra. ¿Huevos de dinosaurio? La superficie que cubren no puede medir más de 20 metros cuadrados.


¿Algún paleontólogo nos puede aclarar esto?

Al llegar a la carretera otra vez, solo se ve un gris uniforme hacia el sur. “La lluvia está en Berga”, proclama Pep desde su móvil. “Se acabó el paseo”. Empiezan a caer las primeras gotas.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 3 km; 100 metros de desnivel acumulado.


jueves, 14 de septiembre de 2023

8/9/2023 – Engañado en Puigventós

Nosotros también somos víctimas del cambio climático y durante dos meses, nos hemos quedado encerrados en casa, esperando temperaturas más frescas. Cuando por fin nos vemos otra vez en el Mikado, Jaume ya no puede venir ya que sus clientes están empezando a reclamar sus luces navideñas. Por su parte, Pol ha cambiado de colegio y por fin, podrá disfrutar de un día libre durante la semana, el lunes.

Reunidos los tres para iniciar el curso escolar, surge la pregunta eterna: ¿Dónde vamos? Tras algunos titubeos, Carles menciona que fue a la zona de Puigventós en una salida familiar y vio algunas cosas curiosas. “Que no se hable más”, dice Pep. Vuelvo a casa a buscar los mapas y ponemos rumbo a los Rasos de Peguera.

Aparcamos en la carretera debajo de la casa de Puigventós, dedicada al turismo rural. Su dueño también ha señalado algunas rutas de senderismo, con el Cim d’Estela como destino estrella. Al lado de un campo, hay una trumfera restaurada y señalada y otra no señalada, que es solo un hueco en la tierra. Subimos por los campos y entramos en el bosque, donde se ha habilitado una zona de juegos para niños en un claro, con casa de Ricitos de Oro incluida.

La trumfera

Y la casa en el bosque

Aquí, Carles nos muestra un camino que siguió de bajada con su familia (la subida la hizo por la pista) y que era el camino antiguo para subir al Col d’Estela. Está marcado con pintura verde y naranja, seguramente mucho antes de que el senderismo fuera un tema de interés institucional. Pep abre mi mapa y ¡oh sorpresa!, el inicio está marcado. No tengo recuerdos claros pero debe datar de alguna salida solitaria y temerosa que hice cuando aún era joven y guapo. “Steve venía con miedo pero hizo cosas”, concede Pep, disimulando su admiración.

Subimos con un gradiente constante. El camino es claro y está bien cuidado. Salimos a la pista delante de un bebedero seco para ganado, identificado como Font de la Balma de Puigventós. Por un camino menos claro, seguimos subiendo, pasando por la Balma y el origen del bebedero, también seco. Luego una carbonera en la pista y la Font del Pastor Sebastià, también seca. Subiendo con Pep le ha dado una nueva visión de esta cuesta, confiesa Carles, ya que hemos seguido un trayecto que no pudo con su familia.

Una de las fuentes secas

Llegamos al Coll d’Estela. Van pasando parejas rumbo al Cim d’Estela desde el otro lado, desde Corbera. Pero lo que Carles quería mostrar a Pep era un pequeño túmulo. Veo una pequeña elevación de hierba con piedras semi-enterradas que parecen dibujar un círculo. “No sabremos si hay algo debajo hasta que se haya hecho una excavación”, dice Pep. Dudo que lo lleguemos a ver nosotros.

Aún es pronto y Pep propone mirar de enlazar con el camino del Grau del Casalot que bajamos hace unos cuantos años, en 2016. Mirando el mapa, hay una pista que sale de la zona de juego y se acerca bastante a un camino que dejamos a la izquierda en aquella bajada. La pista acaba en un depósito de agua y continúa un camino que nos deja precisamente en el punto de subida.

Vista del Cim d'Estela

“¿Qué os parece si comemos arriba?”, propone Pep. “¿Cuánto desnivel hay?”, pregunto, desconfiado. Carles abre su teléfono donde tiene un mapa bastante bueno del ICC (que ya no se puede bajar) y allí tiene marcado dónde estamos y dónde está el grau. Las curvas de nivel están en color marrón, muchas finas y de color claro y unas pocas más gordas. “A ver, las de 25 metros”, dice, y empieza a contar. “Uno, dos, tres, cuatro, … hay bastantes …cinco, seis …”. “No lo estás haciendo bien”, interrumpe Pep. “Las de 25 metros son las gordas, no las finas”. Y las cuenta. “Mira, no llegan a tres”. Y me mira fijamente como Lord Kitchener a los pobres jóvenes ingleses en la Primera Guerra Mundial. “Tú puedes subir 75 metros, ¿verdad?”, me reta. “Por supuesto”, contesto, al igual que los entusiastas reclutas de 1914, y nos ponemos en marcha hacia arriba.

Unos quince minutos después, todavía no hemos salido del bosque y no se ven por ningún sitio las rocas del grau. “Me parece que los 75 metros los hicimos hace rato”, protesto. “¿Seguro que las líneas gordas no son de 100 metros?”. “Debe quedar poco”, contesta Pep, tirando pelotas fuera, y aprieta el ritmo. La pendiente es cada vez más empinada. Lo que es una maravilla bajando es una tortura subiendo. Unos 10 minutos después, veo las rocas del grau, pero todavía hay que negociar el pasillo de roca antes de salir arriba al prado.

Mientras comemos, pido a Carles que me muestre el mapa y lo estudio con detalle. Las curvas de nivel no tienen número pero todo parece indicar que las líneas finas son de 20 metros, con 5 líneas finas entre cada línea gorda, que serían de 100 metros. “Esto no va a quedar así”, pienso, rencoroso. “Cuando llegue a casa y baje el track, veremos quién ha engañado a quién”.

Después de comer, bajamos por el prado hacia la carretera de Rasos de Peguera, “para que sea más suave”, dice Pep, conciliador. La pista que tanto le indignó en 2016 ya está medio borrada. En la carretera, salimos en la primera curva por un camino que yo desconocía y que baja por la ribera izquierda del Torrent dels Porxos.

Antes de salir otra vez en la carretera, el camino se bifurca. Hacia la izquierda, parece ir hacia nuestro camino del grau. Nosotros giramos a la derecha y salimos a la carretera encima de la casa dels Porxos. Seguramente, era el camino que usaban desde esa casa para subir a los Rasos. A partir de aquí, queda un largo trecho de carretera hasta llegar al coche.


La vista hacia el suroeste desde cerca del Coll d'Estela

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,2 km; 525 metros de desnivel acumulado.

PD. Cuando bajé el track al ordenador, medí con precisión el desnivel de la subida al grau. 220 metros.

 



domingo, 16 de abril de 2023

23/12/2022 – Hipocondría en Espunyola

Ya falta poco para Navidad y vengo al Mikado con una novedad. Desde el verano, noto que mi postura ha empeorado y, para corregirla, empecé Feldenkrais (buscadlo en Wikipedia). Efectivamente, me está ayudando a mejorar la postura y los músculos, al cambiar de posición, producen molestias y decido hacerme unas resonancias de la columna, para ver cómo está la cosa ya que tengo cierta edad.

El día antes, recogí los resultados y, una vez descifrado el lenguaje médico, me pintaron un cuadro mucho peor de lo que me imaginaba en base a las sensaciones que tenía. El día 2 de enero, tengo hora con el traumatólogo para que me lo ponga todo dentro de un contexto y proponga un tratamiento. Pero, mientras tanto, me siento delante de mi café con una sensación de gran fragilidad. Lo explico a Pep y le pido una salida sin sobresaltos, ya que una de las cosas en que hicieron hincapié mis lecturas es que se debe evitar caminar sobre terreno irregular.

Aparcamos en el mismo sitio, encima del Molí de Traserra. Nada más bajar del coche, Carles nos informa que renuncia al mando, que es muy estresante y, con su carácter tan conciliador, dar órdenes se le da fatal.

Hoy hará mejor día que la semana pasada y dedicamos la primera parte a seguir un camino marcado que parece buscar las casas agrupadas alrededor de Cal Majoral. Luego bajamos hacia la Rasa de Traserra, que cruzamos debajo del molino. Seguimos bajando y entramos en el camino que dejamos sin explorar el otro día. Con tanta explotación forestal antigua, el camino se acaba perdiendo pero no sin antes haber descubierto las ruinas de una casa a media cuesta, de nombre desconocido.


Bajando a la riera desde el molino

Seguimos bajando por un terreno muy irregular. Tengo la sensación que mi cuello bambolea  como esos perros que antes se ponían en los coches, y que puede separarse de mis hombros en cualquier momento.

Llegamos a la casa de Taupera, un paraíso de fin de semana, y allí vemos un posible camino que baja a la Riera de l’Hospital, la misma que fluye debajo de Torrents. Sin embargo, el camino desparece al poco rato para convertirse en una pista abandonada invadida por las zarzas. Pep va abriendo camino delante y yo sigo en la última posición; es un progreso lento pero bastante cómodo para mí.


Cal Taupera

Sin embargo, nos va alejando del objetivo que Pep ha elegido para hoy, que es la casa de Cervins. Baja a la pequeña riera y sube por el otro lado, agarrándose a troncos y rocas para superar la fuerte pendiente inicial, seguido de Carles. “¿No tenemos otra opción?”, pregunto desde el otro lado. “No tengo problemas para seguir bajando esta pista”. “No hay elección”, contesta Pep. Me pongo en manos de Dios y cruzo la riera, intentando no hacer caso a la ansiedad creciente.

Nos alejamos de la riera y entramos en una pista que nos lleva a Cervins, una casa en buen estado pero no habitada de forma permanente. Aquí damos la vuelta y seguimos una pista que va hacia el norte, pero resulta que la pista no nos va a llevar a buen puerto porque gira hacia la izquierda, alejándonos del coche. Subimos una cuesta sin camino, con fuerte pendiente. Ni siquiera encontrar los restos de un camino aligera la subida y vuelvo a oír las pulsaciones en los oídos.

Entramos en otra pista que, esta vez sí, va hacia el norte y pronto vemos una casa y ruidos de gente trabajando. “La carretera no estará lejos”, pienso. “Estamos salvados”. Pep consulta el mapa que tiene Carles en su teléfono. “Nos hemos equivocado de valle”, me dice. “Es el siguiente”. “O sea, ¿todo esto lo hemos hecho para nada?”, pregunto. “Así es”, contesta. Y me señala la cresta al otro lado del valle. “Si dependiera de mí, subiría hasta arriba de esa sierra y luego iría de llano hasta la carretera. Pero te dejo elegir. Podemos hacer esto o rodear la sierra por abajo por la pista y luego subir el valle hasta el molino”. “Te lo digo cuando estemos abajo”, le contesto. “Pero que sepáis que no estoy en mi mejor momento”.

Giramos casi 180 grados y tomamos una pista para bajar el valle, que resulta ser la Rasa de la Boixadera en lugar de la Rasa de Traserra. Cuando llegamos abajo, miro hacia arriba la cuesta que nos tocaría subir según el plan de Pep, otra vez sin camino. Repaso mi estado mental, que no está para tirar cohetes, y tomo mi decisión. “Volvamos por las pistas”, le digo. Y así hacemos.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9 km; 310 metros de desnivel acumulado.



16/12/2022 – Carles toma el mando

De momento, dejamos La Pobla de Lillet y el Alt Berguedà en general. Buscaremos zonas más cálidas y precisamente, Carles ha visto una estructura en Espunyola en sus salidas solitarias que ha atraído el interés de Pep.

“Hoy manda Carles”, me dice Pep nada más entrar en el Mikado. “Ya hace tiempo que tenía ganas de ver su nuevo hallazgo”.

Es un día de mucha niebla. La visibilidad queda limitada a unos 100 metros. Aparcamos en la carretera que sale de Cal Majoral para subir a Capolat, donde empieza el camino para bajar a la fuente del Molino de Traserra. El camino está muy bien conservado y debe ser de uso frecuente. Coincidimos con un vecino que está bajando para llenar unas cuantas garrafas. La fuente está metida en el fondo de una fisura horizontal estrecha, como una enorme sonrisa desdentada, por encima de la cual cae un pequeño hilo de agua que es todo lo que permite la actual sequía. Y al otro lado de la riera, la casa del molino, a medio arreglar.

El camino que baja a la fuente del Molino de Traserra

Pep conversa con el hombre, que entra con una garrafa y al cabo de unos segundos, vuelve a salir. “Prefiero esperar afuera mientras se llena”, explica. “Si cae aquella losa, quedaré aplastado como una cucaracha”.

La bauma de la fuente, que está al fondo de todo

Nos despedimos y seguimos el valle hacia abajo, pero manteniendo la altura. Carles nos guía con paso certero. Entramos en una pista, que seguimos, dejando un camino que baja a la derecha. Aquí hubo una explotación forestal intensa hace unas décadas y por todas partes hay pistas. Subimos el cortafuegos de una línea eléctrica hasta llegar a un llano. Allí, dentro de una zona arbolada, se ve una línea de piedras formando dos costados de un cuadrado. Es antiguo y Pep lo anota como una posible torre medieval. Exploramos un poco pero sin ver nada más destacable.

“Vamos a la casa de La Serra y luego buscamos el camino que dejamos, a ver dónde va”, dice Pep.

“¿Pero no estaba Carles al mando hoy?”, pregunto extrañado. “Es verdad, lo siento. Es la costumbre”, contesta Pep. Gira hacia Carles. “Disculpe, don Carles. ¿Dónde quiere que vayamos?”.

Carles mira hasta donde le permite la niebla y tras unos momentos de reflexión, dice con voz firme: “Vamos a la casa de La Serra y luego buscamos el camino que dejamos, a ver dónde va”. “Así se habla”, digo con fervor.

Caminamos por la niebla hacia La Serra, dejando un camino a la izquierda que probablemente enlaza con el otro camino más abajo. La Serra no tiene nada destacable y damos la vuelta. Bajamos por el camino, que se pierde en la cuesta pero enlaza con el otro, que seguimos. Nos lleva a una pequeña estructura hundida en el suelo, de función desconocida, y poco después, llegamos a una casa en ruinas, que no conocíamos pero resulta ser Cal Rofa, según el ICC. Y detrás de la casa, otra sorpresa. Un rectángulo cavado en el suelo y forrado de mortero que habría sido una cisterna en otros tiempos.

Cal Rofa

Volvemos a la casa. “¿Dónde vamos ahora?”, preguntamos a Carles. Carles vuelve a mirar alrededor suyo, preso de la duda. “Parece que un camino baja desde la casa”, sugiero. “Bajemos el camino”, ordena Carles. Y así hacemos, pero desaparece al poco rato y tenemos que volver a subir. “Ríñele”, dice Pep, señalándome. “Es por su culpa que hemos bajado”.

“Muy mal”, me dice Carles, y como castigo, me envía en una misión fútil a buscar cosas en los campos que suben desde la pista, más hacia el sur. Evidentemente, no hay nada y así le informo a la vuelta. El cielo empieza a despejarse y de repente vemos todo el paisaje que nos rodea.

Bajamos la cuesta, siguiendo lo que a ratos parece un camino, hasta salir a la pista que nos lleva a Els Torrents y la iglesia anexa. Pep y yo habíamos venido aquí en nuestras salidas en febrero pero volvemos para que Carles vea los restos de muros medievales que esconde la casa. La iglesia es moderna pero se construyó sobre algo más antiguo.

La casa y la iglesia de Torrents

Es hora de volver y buscamos una pista que sube el valle de la Rasa de Traserra pero más cerca del fondo. Tras medio kilómetro, vemos un camino muy marcado que baja y, al otro lado, lo que parece ser un camino que marcha hacia el suroeste. Bajamos y cruzamos la riera pero el camino nos aleja del coche y lo dejamos para la próxima salida. Seguimos subiendo la riera por la otra ribera y, en poco rato, estamos otra vez en el molino.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,3 km; 170 metros de desnivel acumulado.


jueves, 16 de diciembre de 2021

12/11/2021 – Coforb

Hoy toca Coforb. Es un día gris, húmedo, con un aire de otoño avanzado. Nos acompaña Marta. Aparcamos en la carretera de Coforb, cerca de la Casa del Pla, y caminamos hacia el sur, donde la estrecha meseta de Coforb y Capolat de repente cae en el picado hacia la plana del Berguedà. Con algunos momentos de lluvia fina, bajamos por un camino que nos lleva a una repisa al pie de la primera línea de rocas. El camino se convierte rápidamente en una pista naturalizada que permite disfrutar de las vistas.

Yendo hacia el camino del Molinot

Cuando atrapo a Pep y Marta, están en una balma que había sido habitada en algún momento, discutiendo sobre metodología.

“A ver”, dice Marta, “en la ficha tengo que poner si el acceso es fácil, moderado o difícil”.

Pep levanta los brazos en exasperación: “Esto es históricamente irrelevante. No aporta nada a su valor como patrimonio”.

“Algo tengo que poner”.

“Pues, pon que todos tienen un acceso difícil. Así no vendrá nadie y no lo estropearán”.

“No colará”.

Entroncamos con el camino que sube desde Avià al Molinot, del que hice una crónica en diciembre de 2012. Visitamos el molino viejo, el molino nuevo (restaurado con mucho amor y dinero), la casa medieval de Cal Silvestre, y la presa que desviaba el agua al molino.


El pequeño estanque detrás del Molinot

Y la casa con la balsa del antiguo molino

Seguimos subiendo y visitamos dos hornos de tejas y el antiguo molino de Curtichs (muy perdidos) para luego pasar al lado de La Closa y bajar hacia La Ventaiola, el único lugar donde el municipio deja el llano alto y baja hacia Avià, por un tema de venta de propiedades entre nobles.

Aquí hay una prensa de viña, una casa medieval y una balma. Ya hemos bajado 200 metros, que luego habrá que subir, y es la una y media. Necesito calorías. “¿Cuánto falta para comer?”, pregunto. “Diez minutos”, dice Marta. Y por una vez, padre e hija dejan de discutir, intercambian miradas de complicidad y se ponen a reír. “Aquí hay juego sucio”, pienso. “Ahora hacen piña contra mí”.

Tras pasarlo de largo, retrocedemos y acertamos el camino a la casa de Ventaiola, de la que quedan algunos muros y, tras cruzar la riera de Clarà con dificultad, llegamos a la balma. Aquí hay un camino que continúa y enlaza con el camino del Molinot. Sin embargo, ahora está cubierto de vegetación y completamente intransitable. Damos la vuelta y, por fin, transcurrido más de media hora desde mi pregunta inicial, nos paramos para comer cerca de Ventaiola. 

“¿Qué pasó con los diez minutos?”, pregunto, dolido. “Mi padre me lo decía a mí”, contesta Marta. “Es una buena cifra, ni mucho ni poco; siempre convence”.

Volviendo a subir el camino del Molinot por segunda vez hoy, pero desde más abajo

Al no poder continuar desde la balma, ahora tenemos que dar un largo rodeo por la pista que cruza la riera y finalmente, por caminos secundarios, entramos en el camino del Molinot e iniciamos una larga subida. Por suerte, los colores de las hojas están en su mejor momento y cuando, por fin, salimos en la carretera cerca de la casa de Barons, con las nubes ya disipadas, el sol está en la posición perfecta para dar un tono dorado a todo. Ahora solo queda caminar por la carretera hasta llegar al coche.

La casa de La Coma con la luz de la tarde

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 12,8 km; 490 metros de desnivel acumulado.

5/11/2021 – Les Fonts

Si la semana pasada hicimos todo lo que era al este del Pantano de Espunyola, esta semana Pep quiere recorrer el lado oeste. El jueves le había explicado mi cansancio existencial de la semana anterior y le pedí que no fuera tan ambicioso.

Hoy parece que hará buen tiempo. Esta vez, nos acompaña Rosa. Aparcamos en el mismo sitio y nada más bajar el coche, Pep sube sin camino, casi en línea recta. Hacemos casi 100 metros de golpe pero, para mi gran sorpresa, me voy encontrando bien.

Llegamos a la casa de Paredada, metida en un hueco entre rocas que la protege del viento. Es de época moderna y miro las ruinas sin interés. Sin embargo, la casa medieval del mismo nombre, que aprovecha una balma unos 100 metros al sur, me parece mucho más interesante y escucho las explicaciones de Pep mientras Rosa toma notas.


La casa medieval de Paredada

De ahí pasamos a la Cingle de Malla, con unas vistas magníficas, los robles que empiezan a cambiar de color y las rocas rojizas del acantilado. Hoy va a ser un buen día. Felicito a Pep por acertar en el ritmo de caminada. “Pero si voy al mismo ritmo que siempre”, me contesta extrañado.

Una pequeña parte de la vista desde la Cingle de Malla 

Pasamos al Salt de Sallent, un precipicio por donde baja agua cuando llueve mucho, y la balma-vivienda detrás, habitada hasta épocas relativamente recientes.

Luego al Mirador del Roc Codós, acondicionado para disfrutar de las vistas. Aquí me quedo mientras Pep y Rosa bajan a anotar un horno de aceite de enebro. Después, los restos de un horno de tejas, la fuente que da nombre a la casa encima, Les Fonts, restaurada con mimo en un emplazamiento envidiable, con todo lo necesario para que las familias estresadas de la vida urbana puedan desconectar unos días y ‘cargar pilas’, como se suele decir.


Montserrat vista desde el Mirador del Roc Codós, a contraluz 

Les Fonts

De aquí a las casas medievales de Carreus, un poco más al norte, donde comemos con vistas despejadas al sur. 

La iglesia de Sant Martí de Capolat y detrás, el Santuario dels Tossals, visto desde las ruinas de Carreus

Desde aquí, es un tiro de piedra a la casa de Comamorera, con su pajar convertido en vivienda, y luego, siguiendo caminos, atravesamos la Serra de la Malla para llegar al Pantano y el coche. En este trayecto final, oímos un ruido como de bellotas que caen al suelo. Resulta ser granizo. “¡Nieve!”, grita Rosa con júbilo.


Bajando por el bosque al coche

En el coche, escuchamos el parte del tiempo. “Chubascos de granizo en el Berguedà”, dice el meteorólogo. Increíble.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,9 km; 350 metros de desnivel acumulado.

sábado, 11 de diciembre de 2021

29/10/2021 – Sant Salvador

El 9 de octubre, tenía un vuelo a Inglaterra y, para el día 8, pedí a Pep una salida sin riesgo de infartos o caídas por precipicios. Y como no venían investigadores, Pep accedió magnánimamente y pasamos un día soleado paseando por campos y bosques entre Avià y Espunyola. A mi vuelta de una estancia algo accidentada en el Reino Unido, el 22 de octubre nos desplazamos un poco más hacia el oeste para adentrarnos más en el municipio de Espunyola. En ambas salidas, uno de los puntos clave fue una pasarela de piedras sobre la Riera de Clarà. El problema era que faltaba una de las piedras, lo que obligaba a dar un pequeño salto y aterrizar sobre la piedra siguiente sin perder el equilibrio y acabar en el agua. En la primera salida, cruzar la pasarela fue opcional pero no así en la segunda, si queríamos volver al coche. Evidentemente, con mi fama de torpe, la expectación fue máxima. Para los amantes de los números: 8/10/2021 – 12,2 km, 200 m; 22/10/2021 – 12,8 km; 240 m.

Reto superado

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Pero hoy hay quórum: vienen Rosa y la hija de Pep, Marta, historiadora profesional y quizás la persona que más sabe del linaje de los nobles de Portella. Mientras vamos en el coche hacia Espunyola, Pep me explica el apretado programa de hoy, que incluye varias balmas o pequeñas cuevas que en algún momento estuvieron habitadas. Como sabrán mis lectores, las balmas no son santo de mi devoción, ya que el acceso nunca es fácil. Además, hace un día gris y frío que parece confirmar los malos augurios que presiento.

Mientras tanto, Rosa y Marta hablan entre ellas. De repente, oigo desde atrás un estrépito de palabras malsonantes que me obligan a tapar las orejas. “¿Pero qué educación le has dado a tu hija?”, pregunto atónito a Pep. Pep mira fijamente la carretera sin contestar pero al menos la conversación atrás vuelve a ser más decorosa.

Dejamos la carretera para subir la pista que va al Pantano de Espunyola, donde aparcamos. Cruzamos al otro lado del pantano y tomamos una pista que va hacia Sant Salvador. Antes era un camino entrañable que iba siguiendo la línea de los riscos; ahora es una pista sin alma que ha aniquilado el camino pero en contrapartida ha despejado las vistas. Bajamos momentáneamente a la primera balma. Dejo trabajar a los historiadores.

El Pantano de Espunyola desde una perspectiva que engaña 

Continuamos por la pista. Las vistas serían magníficas si no fuera por las nubes bajas que quitan perspectiva. Bajamos al camino de la Bofia; este camino sí que se ha conservado, al igual que el camino que baja a Espunyola. 

Vistas de la Cingle de Sant Salvador; la pista fea a la izquierda no se ve

El camino de La Bofia

La Bofia es una gruta que normalmente tiene un estanque en su interior pero hoy está seco. Llegamos a Sant Salvador, antigua torre medieval que luego fue convertida en casa de pagès. Se ve claramente la división entre la construcción antigua y la moderna. Dentro de las ruinas, se podía ver un interesante ejemplo de opus spicatum pero ahora la vegetación lo ha tapado todo y además es imposible pasar. Cerca hay un punto geodésico pero con las nubes rozándonos, todo es gris. No hay sol, hace frío, me siento cansado; venir aquí ha sido un terrible error.


Aquí se ve claramente la división entre lo viejo y lo nuevo

Mirando hacia Sant Salvador. El cielo empieza a despejarse. El camino de la Bofia se ve abajo

Damos la vuelta y volvemos por la misma pista para luego desviarnos hacia arriba y entrar en otra pista paralela, de la cual nos volvemos a desviar para ir a dos balmas más. No consigo compartir el entusiasmo de los demás mientras Pep señala algunos indicios de su antigüedad. 

Pep comenta los méritos técnicos de la balma

Volvemos a la pista y seguimos hacia el norte, girando ligeramente hacia el noreste. Se nos aproxima una valla alta, que nos acompañará hasta llegar a un cruce de pistas, donde una verja sólida barre el paso a los vehículos y al lado, una estrecha abertura permite el paso de las personas. Subimos la cuesta hacia la pista principal que da entrada a la finca de Torneula, con la valla a nuestra derecha. En la pista, nuevamente una verja y un paso estrecho para personas. Y además, señales que prohíben la recogida de setas sin autorización y declinando toda responsabilidad en caso de incidentes con el ganado.

Estamos en el Serrat de les Tombes. La gente del lugar hablaba de tumbas excavadas en la roca, de ahí su nombre. Sin embargo, hace unos 20 años se descubrió una que estaba intacta. Pep llevó a Marta cuando aún era niña para ver la excavación (todavía se acuerda, tanto le impresionó ver los huesos). Para evitar el espolio, se volvió a tapar con tierra una vez finalizada la excavación. Ahora marcamos con el GPS su localización y 4 túmulos sospechosos más. 

Volvemos a la valla. La última vez que estuve aquí (mucho antes del blog), no había nada de eso. “¿Qué pasó aquí?”, pregunto a Pep. “Hubo un problema con unos boletaires hace un par de años y el propietario tuvo que matar una vaca”, contesta. Me viene a la memoria el reportaje en la prensa local. Una mujer con un perro suelto se interpuso entre una vaca y su cría. Las vacas son muy protectoras de sus terneras y se puso muy agresiva. Cuando llegaron los agentes rurales, la vaca todavía estaba muy nerviosa. Como todavía había mucha gente urbanita pululando por allí, no vieron posibilidades de garantizar a la vaca la tranquilidad necesaria para serenarse y, temiendo otro incidente, obligaron al propietario a disparar a la vaca, matándola.  


Lo que hace un propietario escarmentado

No sé cuánto le costó al propietario vallar toda su finca pero seguro que no fue barato. Y, pensando mal, no me sorprendería que la persona que protagonizó el incidente volviera a casa convencida de que había tenido la mala suerte de topar con una vaca asesina.

Mientras caminamos de vuelta por la pista hacia el Pantano, me entretengo con pensamientos lúgubres sobre nuestra desconexión de la vida rural. Pep quiere comer en las ruinas de Casanova de Foubes pero sale de la pista demasiado pronto y hacemos un círculo enorme – que seguro que añade un par de kilómetros más a la salida – antes de volver a la pista exactamente en el mismo punto donde lo dejamos.

La segunda vez, lo acierta y llegamos por una pista antigua a la casa. Por fin, parece que el día se va a despejar y se ven pequeños trozos de cielo azul. Mientras comemos, pregunto a Marta porqué, contra todo pronóstico, decidió seguir las huellas de su padre y estudiar historia. “Me gustaban los romanos”, contesta escuetamente. Evidentemente, no ha visto ‘Gladiator’; eran todos unos psicópatas.

Casanova de Foubes

Antes de volver al coche, Pep todavía tiene tiempo para recorrer un fragmento del antiguo camí ral de Espunyola a Capolat que ha sobrevivido. En el coche, me confiesa que no ha podido cubrir todos los objetivos que había previsto; resuelvo hablar con él antes de la próxima salida.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,2 km; 300 metros de desnivel acumulado.


martes, 23 de noviembre de 2021

1/10/2021 – Els Tossals

Es la segunda salida al municipio de Capolat para nuestros jóvenes investigadores y el 4º aniversario del referéndum del 1 de octubre de 2017. Las escenas de violencia policial dieron la vuelta al mundo pero el gobierno de Rajoy y el ‘deep state’ español consiguieron sus propósitos, ya que hoy Cataluña no es un país independiente.

Mientras se anuncian en la radio algunos actos conmemorativos, nosotros ponemos rumbo a la carretera de Sant Llorenç de Morunys. Hoy viene Pol, ahora con la plaza de máster asegurada, y un compañero de estudios, Joan, que estudia exactamente lo mismo que Pol.

Aparcamos al otro lado del túnel de La Mina y entramos en la pista que lleva al camino de los Matamatxos (o Mataburros). Ya hay una crónica de esta ruta que escribí en mayo de 2015. En esa ocasión, fui acompañado por Carles y mi hijo. Hoy, salimos en otoño, con el cambio de color que justo empieza. En el pequeño aparcamiento, hay un par de coches de boletaires y nos ponemos en guardia.

No tardamos en encontrar las primeras setas y Pep decide dar una clase de historia práctica. Alegando razones de edad y prestigio científico, entrega la bolsa a Pol y nombra a él y Joan recolectores y porteadores oficiales de setas. A cambio de llevar el peso creciente de la bolsa (y de una segunda que llevará Joan), deberán entregar el 50% del botín a nosotros, recreando de este modo el mundo feudal de siervos y señores en el que unos deben compartir el fruto de su labor con otros, basándose en la propiedad autoproclamada de un recurso (las bolsas). Y lo más sorprendente: lo aceptan sin rechistar e incluso lo asumen con entusiasmo. Aquí hay una lección para todos.

El camí dels Matamatxos

A medida que progresamos por los altibajos del camino, Pep va explicando a los dos neófitos los misterios de las umbrías, señalando el rastro dejado por el arrastre de troncos y las carboneras.

La bolsa de Pol se va llenando rápidamente. “¿Cómo es que no está todo arrasado aquí?”, pregunto a Pep. “Este camino no tiene ningún problema”. “Hay que caminar para llegar aquí y con esas subidas, debe dar pereza”, explica Pep. La verdad es que es una ruta encantadora a cualquier estación del año, excepto el invierno, cuando no le toca nunca el sol y es un auténtico congelador.

Salimos de la umbría y giramos hacia el sur. Dejamos la casa de Vilella a la derecha y luego enfilamos el camino que sube al Grau de Vilella. Desde aquí, en mayo de 2015, giré a la derecha para bajar a Travil pero hoy giramos a la izquierda para ganar la cresta de Tossals.

Subiendo al Grau de Vilella

A pesar de tener mejor acceso, seguimos viendo setas y desde hace tiempo, estamos llenando la bolsa de Joan. Al lado de la pista, Pep se agacha para coger un rovellón y una vez extraído, alisa la tierra. “El boletaire auténtico es como un ninja”, dice solemnemente, “una sombra que llega, arranca la seta y desaparece sin dejar rastro”.

La vista hacia el norte desde Els Tossals. Al fondo, la Serra del Verd, Cadí, Pedraforca y Ensija. En el plano medio, la pared de roca al pie de la cual se sitúan las tres balmas de la semana pasada


La vista hacia el sur

Vamos caminando por la cresta, con vistas largas hacia el norte y el sur. Me vienen recuerdos de la Semana Santa de 1999. Mi hermana había venido a quedar unos días y un amigo, que luego sería mi profesor de yoga, nos invitó a una salida para conocer a otros amigos suyos que también caminaban, con sus respectivas familias. Resulta que hicimos Els Tossals, desde el Santuario dels Tossals hasta Travil. Allí fue donde conocí a Pep y me fue explicando todos los secretos de aquel lugar. Supe reconocer a un maestro verdadero de su tema y, desde entonces, no hemos dejado de explorar caminos.

Pido que almorcemos en el mismo lugar donde almorzamos aquel día, un lugar despejado con una vista magnífica hacia el norte, y así hacemos.

Continuamos hacia el Mal Pas, una estrecha repisa sobre una roca lisa de unos 30 metros de alto que bordea el final de un barranco. Me parece más expuesto que la última vez que pasé, hace unos cuantos años, pero Pep me asegura que está igual. Después de pasar el barranco, procurando no mirar hacia la derecha, volvemos a entrar en el bosque y finalmente llegamos al Santuario dels Tossals.


Las ruinas del Santuario dels Tossals

Desde que vine la última vez, se ha excavado y limpiado el interior, dejando a la vista la estructura del edificio. En la excavación, se descubrieron los restos de un castillo anterior. La actual iglesia está en ruinas. La razón es que la gente del lugar solía usar el edificio para fornicar y el capellán, como digno representante de la ira divina, voló el edificio con dinamita una noche para que nunca más se pudiera usar para cometer actos impíos.

Para subir las máquinas para despejar y excavar, se hizo una pista sobre el camino anterior, destruyendo una gran parte del mismo. Ahora se ha pavimentado con hormigón con cierto gusto, respetando el relieve natural, y cerca del santuario, se ha suavizado la pendiente con escalones espaciados, hechos con una piedra de color arena que armoniza con el entorno. La verdad es que ahora no duele tanto a la vista.


Cataluña indómita

Antes de llegar al Coll de Jou, bajamos al camino de Matamatxos y de allí al coche, donde repartimos las setas. Ha sido un día largo.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 11,5 km; 580 metros de desnivel acumulado.