Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



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lunes, 4 de julio de 2016

29/4/2016 – Salselles (Buscando el camino del Lluçanés)

Para hoy, Pep propone ir hacia el sur en vez del norte. Y yo le propongo que sigamos la pista que recorre la ribera sur del Torrent de Salselles en vez de la ribera norte. Igual nos sale alguna cosa nueva e interesante.

Aparcamos en el mismo sitio que la semana pasada, encima del puente que pasa por el camping. Sin embargo, ha llovido estos días y al entrar en la pista, que pasa por la umbría, se nota sus efectos enseguida, con muchos tramos fangosos.

Como he elegido yo la ruta, no tengo derecho a quejarme, me recuerda Pep, y vamos progresando intentando no hundirnos en el barro. En todo el recorrido hasta el puente que cruza el Torrente, sólo vemos un camino, que Pep no duda en descalificar como forestal. Sin embargo, al bajar el track al mapa, pienso que podría ser el camino a la casa de Angelats.

Al llegar al puente, giramos hacia el sur y pasamos por las ruinas de Angelats. La pista continúa hacia el sur pero Pep quiere ir hacia el este, a la casa de Vila-d’heures. Pasamos por el bosque, siguiendo los postes de hormigón que marcan el límite del municipio de Borredà hasta llegar a una pista transversal.

Giramos a la izquierda y llegamos a un cruce importante donde vemos los postes de la Xarxa Lenta. Carles saca el mapa antiguo del ejército, previo al vuelo de los americanos, que se basó en los mapas de las Minutas para cartografiar los caminos. Por lo visto, donde estamos ahora era un camino importante que cortaba la curva de la Riera de Merlès y venía del Pont de Montclús rumbo al Lluçanés.


Salselles desde la pista camino a La Roqueta. Al fondo, las montañas del Valle de la Portella

Pero ahora es una pista. Giramos hacia el norte. El mapa marca una línea de casas. A la primera, Cal Bermelló, le pasó la pista por encima y sólo queda una línea tenue de piedras que marcaba el perímetro de la casa. Después, Cal Perot y Cal Rabat, unas casas pobres en ruinas y apenas visibles en la vegetación, hasta llegar a La Roqueta, también en ruinas, pero con vistas bonitas. 

La casa de La Roqueta

Comemos sobre una explanada rocosa mirando hacia el Lluçanés, una tierra de bosques, casas con campos y cerros suaves y ondulantes, y detrás las montañas del Ripollés. “No lo mires mucho”, me dice Pep. “Esto es tierra prohibida para nosotros. Allí no tenemos nada que hacer”. Propone volver a Salselles por el Collet del Boix y el Serrat del Cel.

El Lluçanés. Aquí no tenemos jurisdicción

Avanzamos un poco más hacia el norte, hasta llegar a un cruce de pistas y luego bajamos por un camino a la izquierda. Aquí entramos en un pequeño laberinto bajo la casa de La Roqueta que algún día habrá que desentrañar. Vamos dejando arranques de camino que Pep no quiere seguir porque no van en la dirección que él quiere. Es muy confuso todo.

Por fin, un camino más claro nos deja en el Collet del Boix pero allí el camino vuelve a perderse. Vagamos bajo la Carena de la Pica, buscando algo que se pareciera a un camino que nos podría llevar a Salselles. Finalmente, entre terrazas de antiguos campos, vemos algo que podría ser un camino y lo seguimos. Ya a las puertas del pequeño pueblo, Pep me señala una piedra, que sería la base de una cruz de término. Volvemos al Camping por la pista de la semana pasada, pero sin ninguna película que comentar, se me hace mucho más larga.

La base de la cruz de término

En toda la salida de hoy, he tenido la clara sensación de que alguien en algún momento decidió deliberadamente convertir en pistas forestales todos los caminos públicos marcados en la Minuta, sin duda con la loable intención de mejorar las comunicaciones. El resultado es una bonita red de pistas para hacer en 4x4 pero yo me voy de aquí con cierta insatisfacción.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 12 km; 290 metros de desnivel acumulado.

22/04/2016 – Salselles (Caminos a la Boatella)

Hoy por fin toca Salselles. Lo había propuesto ya a principios de año como lugar a visitar. Se trata de una antigua parroquia incorporada al municipio de Borredà, bordeando la ribera izquierda de la Riera de Merlès. La Minuta de Borredà, muestra unos cuantos caminos y tenía la esperanza de que algunos todavía se conservaran como tales.

Subiendo la carretera al lado de la Riera de Merlès, aún paramos un par de veces para mirar agujeros en la roca. Desde su desembocadura en el río Llobregat hasta el límite norte del municipio de Borredà, la riera está llena de molinos.

Aparcamos cerca del puente que va la camping del Merlès. Debajo, más agujeros en la roca y, un poco más abajo, los restos de la balsa y obrador del molino. Aguas arriba, se ve la casa del molino de Vilardell. Este molino marcó el límite sur de nuestra campaña en Boatella en el invierno de 2009-2010, cuando decidí empezar el blog.

El molino de Vilardell

Emprendemos la larga pista desde el camping hacia el pequeño pueblo de Salselles y, mientras andamos, Pep nos cuenta la película biográfica de Marcelino Sanz de Sautuola, miembro de la alta burguesía asturiana y descubridor científico de las pinturas rupestres de Altamira.

Su descubrimiento fue rechazado por la comunidad científica del tiempo, encabezada por el francés Cartailhac, y por poco no le acusaron de fraude. También tuvo en contra a la Iglesia y quedó desacreditado en la sociedad. No fue hasta 20 años después, ya muerto, que se descubrieron pinturas similares en Francia y se reconoció la autenticidad de las pinturas españolas.

“Si eso me pasara a mí y supiera que tengo razón, no me afectaría lo que pensaran los demás”, concluye Pep. “No me lo creo”, contesto. “Tienes que situarte en el contexto del siglo XIX. Estar bien considerado en la sociedad formaba parte de tu identidad. Sin nuestros conceptos del siglo XXI, estaríamos igual que todos los demás”.

Pero Pep tiene una fe enorme en su autonomía intelectual y no se deja convencer. En eso llegamos a Salselles. Pasamos por las ruinas de una casa grande y llegamos a la iglesia. Antes de la puerta, unas columnas cuadradas que habrían formado una especie de pasillo. Entramos en la iglesia. Encima de la puerta, lo que habría sido el coro, luego una gran nave con arcos labrados, una pequeña capilla a la izquierda, luego el edificio se vuelve a ensanchar, acabando con un espacio donde habría estado el altar y el pulpito del cura.

Nos acercamos a Salselles

Mirando los distintos elementos, Pep empieza a leernos la historia de la iglesia. “Hubo una iglesia románica original, orientada de este a oeste. Luego, en el siglo XVII o XVIII, hubo una gran ampliación. Se cambió la orientación de norte a sur, creando el altar y las capillas con estilo gótico. Se aprovechó la puerta original de la iglesia para conectar una rectoría. Más tarde, en el siglo XIX, se hizo el coro y, al final de todo, las columnas fuera. “Resumiendo”, digo, cuando ya llevamos 40 minutos aquí, “alguien se gastó mucha pasta para estar más cerca de Dios”. “Piensa que aquí era un santuario y venía gente a hacer retiros. Eso explica la casa detrás, que seguramente era una hospedería”, añade Pep.

El interior de la iglesia, mirando hacia el sur

Y mirando hacia el norte

Mientras Pep y Carles siguen inspeccionando el resto del pequeño núcleo, yo les espero a la entrada del camino que quería seguir, al lado de Can Pou, escuchando los pájaros, que por aquí hay muchos. Cuando por fin salen, Pep retoma un tema ya conocido: “No entiendo porqué vienes con nosotros si no te interesa la historia”. Intento adoptar un ademán digno: “Me debo a mis lectores. El blog cumple una función informativa imprescindible”. “Tu blog es puro cotilleo”, dice Pep, despectivamente. “Apenas dedicas dos líneas a las cosas realmente importantes. Además”, concluye, “está todo distorsionado. Es como leer un partido del Barça en la prensa deportiva de Madrid”. “Te equivocas”, contesto. “Son precisamente esos detalles humanos que le dan al blog su interés. Y que conste que no cuento nada que no haya pasado”.

Seguimos el camino hacia el norte. Es un camino auténtico que va directamente hacia Boatella. En las pendientes, las motos han cortado profundos surcos. Cruzamos una pista y continuamos por el camino hasta llegar a la casa de La Pica. “Aquí hay paredes medievales”, dice Pep. “Parece una torre. Pero, ¿por qué una torre aquí, en medio de un valle? Me empieza a gustar esta zona”.

La casa de La Pica. Observad las ampliaciones sucesivas; la parte a la izquierda parece la más antigua

Continuamos hacia el norte por una pista, hasta salir a otra pista que recorre la cresta, la Carena de la Riera. A partir de aquí, hay caminos que bajan hacia Boatella pero ya no los seguimos sino que giramos hacia el oeste. Aquí comemos. Carles estudia el mapa del Alpina. En la Serra de Vila-seca, hay tres casas colocadas prácticamente en línea.

Continuando por la pista, pasamos delante de una casa nueva llamada La Xuriguera. Está equipada como casa rural de lujo, con piscina, terraza y un extenso jardín. “No quiero ni pensar cuánto debe costar alquilarla”, pienso. 

La Xuriguera ... para una boda inolvidable, por ejemplo

Llegamos a una curva de la pista, con la casa de La Serra a la vista. Con Carles como guía, subimos hacia el Serrat de la Atalaia y caminamos por la cresta, confiando en encontrar pronto la primera casa. Vemos bosque pero ninguna casa. Empiezan a verse antiguos campos pero todavía no hay ninguna casa. Se nos acaba la cresta y por fin encontramos un camino, que luego empalma con otro y que algún día habrá que explorar en profundidad. Salimos a una zona despejada y vemos otra cresta al norte, al otro lado del valle. Hemos ido en la dirección contraria. “Suerte que no llevaba yo el mapa”, pienso. “La bronca que me habría caído”.

Conseguimos llegar a la casa de Vila-Seca, todavía habitable pero sin modernizar. Aquí llega la cresta que teníamos que haber seguido. “Aquí hay trabajo”, dice Pep, satisfecho. Una vez más, tengo que constatar mi papel de catalizador. Y luego Pep dice que no sabe porqué vengo. ¡Mi presencia es absolutamente necesaria! Gracias a mi sugerencia de la Riera de Merlès, ha descubierto infinidad de molinos y agujeros en las rocas. Y ahora aquí, en Salselles, se le ha abierto un mundo nuevo y ya sabe dónde venir el próximo invierno.

La casa de Vila-Seca, más auténtica 

Con esos pensamientos, bajamos lo que queda de la cuesta y seguimos la pista hasta el camping. Nada más llegar al coche, empieza a tronar.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 13,8 km; 320 metros de desnivel acumulado.

15/4/2016 – La Riera de Merlès (Puigcercós)

“¿Dónde vamos?”, pregunto a Pep, ya en el coche. “Hoy, vamos a donde no quisisteis ir la semana pasada: Mora Vella. ¡La banca siempre gana!”, proclama triunfalmente.

Aparcamos delante de la pista de Les Heures. Pasamos nuevamente debajo de la Balma de Les Heures pero esta vez no paramos sino que cruzamos el Rec de Les Heures y continuamos hacia el sur por lo que parece ser un camino ancho, pero es difícil saberlo. Esta zona está llena de pistas antiguas que se han naturalizado. Un corzo se va corriendo, con un ruido de ramas rotas.

Salimos del bosque a la vista de Mora Vella o Mora de Dalt, ahora en ruinas. Pep inspecciona la pared norte; las piedras en la base podrían ser medievales, dice. Mientras Pep y Carles intercambian comentarios sobre las maravillas de esta casa, paso al otro lado. Me parecen ver unas piedras que tienen un aspecto raro en la pared. “Aquí también hay algo que deberías mirar”, aviso a Pep. Cuando llega, clava la vista en el suelo, donde hay una piedra con un agujero que yo ni siquiera había visto. “Una piedra de prensa medieval. Excelente hallazgo”, dice Pep. “Supongo que te referías a esto, ¿no?”. “Por supuesto”, miento. Señalo la pared detrás como si quisiera descartar definitivamente algo que evidentemente no podía ser: “Y esta pared, ¿qué te parece?”. Pep le dedica una mirada breve. “Nada. Todo de época moderna”.

Retrocedemos hasta una pista que nos sube al Serrat dels Corbs, el mismo sitio donde acabamos la semana pasada antes de iniciar la bajada. Al otro lado del valle, vemos otra vez la casa de Puigcercós, nuestro destino. Giramos hacia el norte y dejamos la pista principal para tomar otra secundaria que planea debajo de la cresta. Cuando muere al cabo de 500 metros, inicia un camino despejado que bordea el valle del Torrent Llarg sin subidas ni bajadas, salvando una cuesta empinada y boscosa. Es quizás el momento más relajante del día.

El camino que va a Puigcercós

Empieza a hacer calor y nos quitamos los jerseys. Nuestro camino muere en una fuente desde la cual arranca una corta pista de desembosque que entra en aquella pista que pareció tan interminable a mi hijo la semana pasada. Subimos al cruce del estanque y tomamos la única pista que quedaba, a la derecha, y al cabo de media hora nos plantamos en la casa.

Comemos bajo una encina al lado de la casa. Aquí es más montañoso, lo que ha propiciado la supervivencia de caminos. Hemos visto el arranque de algunos caminos más que Pep ya está reservando para el próximo invierno. Con las ruinas de la casa delante, nos transportamos mentalmente a un pasado remoto. “La verdad, no me veo corriendo detrás de aquel corzo con una lanza en la mano”, admite Pep. “No haría falta. Ya haría 20 años que nos hubiéramos muerto”, le contesto. “Y Carles sería un anciano”.

Las ruinas de la casa de Puigcercós

Empieza a soplar el viento y es hora de ponerse en marcha. Vamos por una pista que sigue el valle del Rec de Les Heures hasta llegar a una cresta, donde vemos un camino que la cruza. Giramos para bajar. Es un camino que también eligen las motos y la erosión ha dejado profundos surcos en algunos tramos de mucho pendiente. Eso de las motos es cada vez más polémico. Dejando de lado el aspecto legal, hay gente que dice que las motos ayudan a conservar los caminos y otros que dicen que los estropean. Pero lo cierto es que no hay la misma permisividad de antes y los forestales empiezan a denunciar a los motoristas que circulan por los senderos.

Llegamos al camino antiguo de la Riera de Merlès, ligeramente al norte de la casa de Les Heures. 

El camino antiguo de Les Heures

Bajamos a la riera. Allí, hay el molino de Vilartimó, con la casa arreglada arriba y la estructura del molino abajo, colgado sobre el agua, con una evidente factura medieval, dice Pep. Un poco más arriba, la presa del molino, y un poco más abajo, la presa del cercano molino de Les Heures. Cruzamos saltando las rocas y subimos a la pista al otro lado, en la ribera izquierda, y empezamos a bajar.

 El viejo molino de Vilartimó

Y la vista mirando río abajo

Pasamos delante del molino de Les Heures y poco después, el puente de las Goles de Les Heures, que cruzamos. Diez minutos después, estamos en el coche. La cantidad de molinos que hay en esta riera no deja de asombrarme. Algún día, alguien tendrá que hacer un estudio serio sobre el tema.

El molino de Les Heures

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 14,3 km; 450 metros de desnivel acumulado.

jueves, 28 de abril de 2016

8/4/2016 – La Riera de Merlès – La Balma de Les Heures

Mal tiempo, Semana Santa y el 90 cumpleaños de mi padre nos han impedido salir hasta hoy. Pep propone continuar subiendo el valle de la Riera de Merlès, reanudando desde donde lo dejó con Carles en marzo. Esto implicaría entrar en el municipio de La Quar, en la zona de Les Heures. Hoy, nos acompaña mi hijo Anthony, que ha subido a Berga para desestresarse. La verdad es que ha aprendido a disfrutar de nuestras salidas y aprovecha la ocasión para escuchar las sabias palabras de Pep.

En el coche, vamos remontando la carretera que bordea la Riera de Merlès. Mientras Pep aparca cerca de la casa de Montclús, Anthony comparte sus reflexiones durante el viaje: “Os hace falta un perro. Una mascota que espere impacientemente el momento de abrir la puerta del coche para salir corriendo a descubrir cosas nuevas”. Nos quedamos pensativos unos segundos. “No”, contesto finalmente. “Para eso no nos hace falta el perro. Ya lo hace Carles”.

Liquidado el tema del perro, cruzamos a la ribera izquierda de la Riera por un puente y vamos caminando hacia el norte por una pista. La estrategia es ir bajando a la Riera cada vez que se ve una extensión importante de roca para ver si hay agujeros. Tras las lluvias del último mes, el agua baja con una alegría que hace muchos meses que no hemos visto.

Uno de los tramos de la Riera de Merlès

Así vamos contando agujeros hasta llegar al Gorg de les Heures, un lugar donde la Riera se estrecha, formando un angosto pasillo y luego se ensancha, con una amplia explanada de roca muy popular en verano para bañarse. Mientras Pep va corriendo de un lado a otro, documentando agujeros de antiguas pasarelas, nosotros le contemplamos desde el puente, compartiendo un pequeño tentempié y conversando. “¡Filistinos!”, nos reprocha cuando llega al puente. “A mí basta la historia para alimentarme”.

La entrada al Gorg de Les Heures

Pero enseguida le pasa la indignación; cruzamos la carretera y entramos en una zona de bosque bajo la casa de Les Heures. Siguiendo el pequeño valle del arroyo, llegamos a unos campos donde el valle se ensancha. Allí hay un cerezo en flor, un roble centenario y, a la derecha, una serie de terrazas con unas construcciones en el hueco de una roca. Es la Balma de Les Heures. Quitando a Pep, ninguno de nosotros había estado aquí antes. Es un entorno idílico, perfecto para picnics. Exploramos el interior de la Balma. Su último uso era como almacén y corral pero Pep está convencido que en la Edad Media, era una vivienda.

 El entorno de la Balma de Les Heures, que se ve al fondo

 Vista del interior

Y desde la 'terraza'

Subimos a una pista detrás de la Balma e iniciamos un largo ascenso con una pendiente suave, primero subiendo el Rec de Les Heures, pasando por el Baga de les Heures y luego entrando en el valle del Torrent Llarg. Esta zona también se escapó de los incendios de 1994 y es un bosque maduro de pino albar. Mientras Pep y Carles van delante, yo sigo unos 50 metros detrás, disfrutando del bosque y el canto de los pájaros. Y detrás mío, viene Anthony, como un alma en pena, arrastrando los pies y consultando su móvil cada 10 minutos. Más tarde, me confesará que aquella pista se le hizo eterna. “Las pistas son para hacer en coche, no para caminar”, sentencia.

Llegamos a un cruce de pistas. Allí hay un estanque con pequeñas carpas rojas. “Alguien vació allí una pecera”, pienso. Pep propone comer en la casa de Puigcercós y continúa por la pista al otro lado del cruce, que sube con bastante pendiente. De repente se para. “No vamos bien”, y damos media vuelta y giramos por la pista que estaba a la izquierda en el cruce, hacia el sur. Salimos del bosque en una especie de planicie, con la casa de Colldesegrià a la vista. “Por aquí hay unas tinas”, musita. “Nunca las he encontrado”, y gira hacia el oeste. Pero al cabo de unos 100 metros, desiste. “No las vamos a encontrar y se nos hará tarde” y da media vuelta. Miro a Pep preocupado. No estamos acostumbrados a tanta indecisión.

Vemos la casa de Puigcercós desde el otro lado del valle. En el fondo, Puigmal nevado

Salimos a la cresta y, al otro lado del valle, vemos la casa de Puigcercós en ruinas, sobre otro llano. “Había que tomar la pista a la derecha en el cruce”, concluye Pep. Continuamos por la pista hacia el sur. “¿Por dónde queréis bajar?”, pregunta Pep. “Podemos bajar por aquí e ir La Mora o continuar un poco más y bajar por Montclús. Los dos sitios me interesan pero por La Mora habrá más asfalto”. “Que haya el mínimo de asfalto”, interpone Anthony. “Pues, en honor a nuestro invitado, así se hará”, dice Pep.

Continuamos por la pista, parando en una explanada de roca para comer. Pasamos bajo una línea de alta tensión y poco después, Pep encara ya la bajada, sin camino como es su costumbre. Vamos bajando como podemos por una pendiente fuerte y rocosa, con plantas espinosas que nos rascan y pinchan. Detrás mío, Anthony intenta buscar la ruta menos dolorosa pero con poca suerte. Está claro que jugar al tenis en Barcelona no prepara para bajar estas cuestas.

Ante sus quejas, desde más abajo Carles contesta: “Es culpa tuya. Tú elegiste venir aquí”. “Sí, ‘mínimo de asfalto’, dijiste”, corroboro. “Con lo bonito que es el asfalto”, concluye Carles. Pero cuando parece que tendremos bajar toda esa cuesta dando tumbos, vemos un camino a unos 200 metros hacia el norte y nos lanzamos directamente hacia él como si fuera una balsa salvavidas. Cuando llegamos, parece hecho más por motos que por personas pero está despejado y nos lleva hacia abajo sin más percances.

Desde allí, Pep nos lleva hacia un rectángulo de piedras en un llano rocoso encima de la casa de Montclús. “Aquí excavaron”, dice Pep. “Había cerámica del siglo IX-X”. Medio kilómetro después, estamos en el coche.

Todo lo que queda de la casa medieval de Montclús

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 17,2 km; 450 metros de desnivel acumulado.

La primavera avanza imparable en Montclús

P.S. El día siguiente, Anthony no se levantó hasta mediodía. Estaba destrozado, pobrecito.

viernes, 15 de abril de 2016

19/2/2016 – Buscando el camino de Gironella

La semana anterior, nos quedamos en casa por mal tiempo, o buen tiempo. Llovió.

Hoy Carles no puede venir. Llegamos a Santa Maria de Merlès con una temperatura de -4ºC. Pep ha pasado a un mapa el trazado de un camino de la Minuta que iba desde Santa Maria de Merlès en línea casi recta a la casa de Salvans, y después a la casa de Biure, camino a Gironella.

Santa Maria de Merlès con el frío de la mañana

Ahora hay una ruta de la Xarxa Lenta que intenta seguirlo pero acaba dando rodeos por las pistas. Después de dejar atrás el núcleo del pueblo, vemos restos del antiguo camino que bordean los campos, que seguimos. Llegamos a la casa de Salabert, ahora convertida en granja de vacas. Desde la entrada, vemos el camino antiguo que bordea la casa por el sur pero es imposible llegar por la vegetación.

La Xarxa Lenta hace tiempo que había marchado por otra pista. La nuestra tiene un rótulo que dice “Camino particular”. “¡Sí, hombre!”, dice Pep, y continuamos. Pasamos por delante de la casa y entramos en los campos. Hay decenas, cientos de vacas y terneras. No parecen tener fin y todas nos miran con mala cara. “No sabéis que allí dice ‘camino particular’”, nos parecen decir.

Ante la presión vacuna, bajamos a la izquierda en cuanto podamos para buscar el camino antiguo. Lo encontramos bordeando el campo, llegamos al Torrent de Pinya, que cruzamos, saliendo a una pista con una flecha blanca sobre un fondo verde. Pep vuelve a sacar su mapa. “Según esto, para llegar a Torvella, hay que subir a la cresta primero por la derecha, como si fuéramos a Sangnari”, dice. Miro por encima de su hombre. “Yo creo que da la vuelta por la izquierda, sin subir, hasta casi llegar al collado de Torvella”.

Siguiendo el camino que baja al Torrent de Pinya

Probamos por la derecha. Aquí no hay nada y volvemos a bajar a la pista. Probamos por la izquierda. Tampoco vemos nada pero por lo menos es un camino limpio. Llegamos a la carretera de Puig-reig y giramos a la derecha para subir a Torvella, donde antes había una torre y una iglesia. Allí vemos como llega el camino antiguo al collado y la seguimos hacia atrás. Se pierde en un campo, justo antes de llegar a la pista. Imposible verlo desde la pista.

Volvemos al collado de Torvella y Pep toma otra pista hacia el noroeste. Ya son pasadas las 12 y hace una temperatura más agradable. Comemos sobre una roca plana, con la casa de Salvans a la vista y una visión de 360º. 

Mirando hacia el norte desde nuestro comedor. Al fondo, Tosa d'Alp 

Llegamos a la casa de Salvans, donde hay un importante cruce de caminos. Un poste de la Xarxa Lenta señala a la izquierda, hacia Biure, y también hacia la derecha, para ir a Santa Maria de Merlès, pero no vemos pintura en el suelo. Pep se inclina por bajar en línea recta; a mí me parece que hay que ir por la derecha, por una pista.

Vamos por la derecha. Pep me muestra las marcas grabadas en la roca de un horno de aceite de enebro pero al pasar la próxima curva, me doy cuenta que me equivoqué de camino. Decenas de novillas de esa peluda raza escocesa con cuernos largos – y cuyo destino es sin duda el matadero – nos miran con ojos hostiles, agrupadas alrededor de un comedero. Intentamos rodearlas pero las rocas nos lo impiden. Levanto nerviosamente los dos primeros dedos en signo de V. “Paz”, les digo. Hasta ahora, este sencillo gesto siempre me ha funcionado. Sea como sea, las novillas se limitan a mirarnos. Y después, Pep encuentra un horno de cal del que no tenía constancia.

El dibujo cortado en la roca por donde bajaba el aceite de enebro después de calentar la madera en unos recipientes colocados sobre los círculos

Sin embargo, nuestro camino no va en la dirección correcta y al final tenemos que dar la vuelta. “Por las vacas, no”, imploro a Pep. Bordeamos un risco hasta encontrar la manera de bajar a la pista siguiente, donde volvemos a encontrar las marcas amarillas de la Xarxa Lenta. Pasamos por la casa de Sangnari, ahora dedicada al turismo rural, donde volvemos a perder la Xarxa Lenta. Bajamos a un torrente y luego subimos peleando por la vegetación hasta llegar a una pista.

La casa de Sangnari

Voy caminando por la pista totalmente desorientado. Veo a lo lejos la casa de Salabert (la del camino particular) pero no sabría decir dónde estoy. De repente, veo un poste con una flecha blanca sobre un fondo verde. “Eso me suena”, digo a Pep. “Menos mal”, me contesta, y bajamos a cruzar el torrente para buscar el camino de esta mañana.
                                   
Deshacemos la ruta. Esta vez conseguimos seguir el camino hasta su empalme con la pista, su trazado camuflado por las zanjas de los campos. Seguimos deshaciendo nuestra ruta hasta llegar a Santa Maria de Merlès. Desde el centro de recuperación de fauna de Camadoca, una cigüeña nos mira, de pie sobre el césped.

La casa de Salabert con el trazado del camino a la izquierda de la pista

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 16,1 km; 370 metros de desnivel acumulado.

miércoles, 10 de febrero de 2016

22/1/2016 – Santa Maria de Merlès

Para hoy, Pep ha elegido volver a la Riera de Merlès pero más arriba, centrándonos en el pequeño núcleo de Santa Maria. Allí hay la iglesia, la rectoría, la escuela, la casa del maestro, el Ayuntamiento y el Hostal Nou (ahora cerrado al público); la iglesia es del siglo XVIII y el resto del siglo XX.

El pequeño núcleo del municipio de Santa Maria de Merlès con el frío de la mañana

El termómetro del coche marca -3ºC y el sol aún tardará en subir por encima de los cerros del valle. Caminamos hacia el norte por la carretera; a poca distancia, las casas de Escrigues, la Cortada y Cal Masover d’Escrigues, casas enormes con siglos de historia. En el cruce, giramos a la derecha para bajar a la riera. Allí está el molino d’Escrigues, un edificio moderno, pero los agujeros cortados en la roca delatan un origen mucho más antiguo.

 La casa fortificada de La Cortada

El Molino de Escrigues

Caminamos por la ribera aguas abajo hasta llegar a la presa y el canal que lleva agua a una antigua fábrica textil, y al lado, el puente románico. Subimos al núcleo antiguo, con la iglesia románica de Sant Martí y la rectoría antigua. Y encima el castillo, que domina todo el valle desde una roca. Del castillo sólo quedan los restos de una pared; las piedras del resto del castillo, mucho más grande, se habrán utilizado para construir casas a lo largo de la historia. Al pie de la roca, señales de estructuras adosadas de antigüedad indeterminada.

El puente románico de St. Martí

La iglesia antigua de St. Martí con la iglesia moderna de Sta. Maria detrás


Todo lo que queda del castillo

Pep quiere ir más arriba, llegando a la casa fortificada de la Serra de Degollats, antes de bajar otra vez a la riera. Entramos en la umbría. Aquí sólo hay antiguas pistas forestales llenas de zarzas, humedad y frío. Pep quiere salir de esta umbría sin interés lo antes posible pero la cuesta es muy empinada y nos vemos obligados a seguir el zigzag alargado de la pista. Pegando las zarzas con los bastones para abrir paso, lejos del sol, si la semana pasada paseamos por la cara amable del Baix Berguedà, hoy nos toca ver la cara hostil, al menos hasta volver a las zonas soleadas.

Nuestra pista asquerosa se vuelve más despejada, con las huellas de un tractor y finalmente entra en la pista que lleva a la casa de Riambau y poco después, salimos a la carretera.

Giramos a la derecha y caminamos por la carretera hasta llegar a la casa de la Serra de Degollats. Un perro nos ladra histéricamente pero mantiene su distancia. Giramos a la derecha por una pista señalizada que sigue el lomo de la Serra de Sant Joan. El perro deja de seguirnos y vuelve a su puesto de vigilancia, satisfecho de habernos expulsado y salvado la casa de un saqueo seguro.

Con el sol, el camino se va haciendo más amable. Antes de iniciar el descenso, comemos, aprovechando para pasar revista a la actualidad. Sin embargo, cuando el sol se esconde detrás de una nube, la temperatura baja sensiblemente y nos volvemos a poner en marcha. El camino se estrecha y bordea un afloramiento rocoso. Al pasar por un bosque de pinos, vemos interminables hileras de procesionaria que, engañadas por el buen tiempo, han bajado de sus nidos un mes antes de tiempo y están intentando cavar un agujero en la tierra dura y roca del camino. Los restos de otras orugas, congeladas al caer la noche, dan fe del fracaso colectivo.

Llegamos a una carretera asfaltada y cerca, la casa fortificada de La Costa de la Cavalleria. Aquí, en los siglos XVI y XVII, había muchos problemas con bandoleros y las grandes casas tuvieron que convertirse en pequeñas fortalezas.

La Costa de la Cavalleria con su torre fortificada

Nuestro camino se aleja de la carretera y se convierte en una pista. Hace un giro al norte que no nos conviene y Pep toma una pista media borrada hacia el sur que al poco rato se convierte en camino y nos lleva directamente hacia donde queremos, bajando hacia la riera. “Siempre sabe encontrar el camino”, dice Carles maravillado. “Es un don”. “Eso lo sabe hacer cualquiera”, dice Pep, restando importancia al tema.

Entramos en una pista y pasamos por la casa de Cal Sicull, modernizada sin respetar sus elementos originales y con las puertas y ventanas tapiadas con planchas de acero. “A esa casa le han robado el alma”, observa Carles.

Parte del peculiar jardín de La Torre

Llegamos al río y se suceden hornos y agujeros de antiguas pasarelas. Salimos a la carretera y pasamos una fábrica reconvertida en granja de cerdos y, al lado, la casa de La Torre de Merlès, las terrazas de los antiguos campos convertidos en un jardín con césped, lleno de estatuas de todo tipo, desde diosas griegas hasta patos. 

Pasamos por las ruinas del Molí de Mas, mostrando elementos medievales donde han caído los tochos y, al lado, la casa actual y otro jardín lleno de pequeñas estatuas. Al otro lado del río, la inmensa casa del Mas, cuyos orígenes se remontan al siglo XIV. Y un poco más arriba, la presa moderna del molino, construida aprovechando las estacas de la presa medieval. 

El Molino del Mas, en estado ruinoso

La presa del Molino del Mas

Y mirando desde la presa hacia la gran casa del Mas

Y antes de llegar al puente románico de Sant Martí, la fábrica vieja, seguramente textil, ahora abandonada salvo una pequeña parte convertida en vivienda y alimentada por el canal que bordeamos esta mañana cerca del puente románico. Abajo, una señora de mediana edad y con aire de antigua hippie cuida un huerto.

“Todo este valle es un museo al aire libre, cayendo a trozos”, observo a Pep. “Y así, casi todo el Baix Berguedà”, contesta Pep. “El desaprovechamiento es monumental”.


Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 14,6 km; 330 metros de desnivel acumulado.

8/1/2016 – La Riera de Merlès (de Cal Pallot a la Mare de Deu de Pinós)

Hubo el parón obligado por las fiestas navideñas. A estas alturas del invierno, aunque no hace un frío especial, conviene cambiar de escenario y para eso está el Baix Berguedà, que en realidad conozco muy poco. Hace tiempo, propuse a Pep que fuéramos al tramo inferior de la Riera de Merlès, en el municipio de Puig-reig, y que desconozco totalmente.

Pep ha preparado diligentemente una serie de itinerarios, empezando por el conjunto medieval de Cal Pallot. Hoy nos acompaña mi hijo, Anthony, que ha subido a pasar un par de días desde la gran urbe al sur.

Tras recorrer una larga pista forestal en el coche, aparcamos cerca de Cal Pallot. Esta casa tiene algunos restos medievales pero a cuatro pasos, hay más de 1.000 años de historia escritos en las piedras. Primero, la iglesia de Sant Andreu y, al lado, unas tinas medievales y una prensa y luego unas tumbas antropomórficas excavadas en la roca, con distintos tamaños para distintas edades, y, evidentemente, muy anteriores a las tinas.

La prensa de vino cerca de la iglesia de Sant Andreu de Cal Pallot

Una de las tumbas y detrás, la iglesia

Bajamos por un camino que ahora es GR y un pequeño desvío nos lleva al molino medieval, totalmente tapado por la vegetación. Remontamos la riera para buscar la presa del molino, finalmente encontrando los agujeros delatadores en un tramo en el que sobresalen estratos de roca.

Aquí estaba la prensa del molino de Cal Pallot

Cruzamos la riera y subimos por la pista, pasando por la casa de La Molina, para buscar el camino antiguo que subía hasta la Torre de Ginebret y que, Pep cree, forma parte del antiguo camino de Cardona a Vic. Toda esta zona se quemó en los grandes incendios de 1994 pero, dice Pep, el fuego debía haber llegado aquí por la noche, cuando quemaba con menos intensidad. Aunque los troncos todavía se ven chamuscados, los árboles están vivos.

Subimos por la umbría. Algún resto del antiguo camino aún se puede ver pero se construyó una multitud de pistas después de los incendios para sacar la madera y han borrado muchos caminos. Mientras subimos, el viento hace crujir los pinos de manera inquietante. Al otro lado del valle, vemos la iglesia de La Guardia y debajo, terrazas inacabables de antiguos viñedos.

El Santuario de La Guàrdia

Llegamos a donde estaba la torre medieval de Ginebret, que controlaba el tránsito por el valle y el antiguo camino que ahora estamos siguiendo y estaba conectado visualmente con La Guardia. Sin embargo, de la torre, sólo quedan algunas piedras esparcidas por el suelo. El resto, reciclado hace tiempo para reparar casas.

Continuamos por la pista. Salimos del bosque y entramos en campos y no tardamos en ver la iglesia románica de la Mare de Deu de Pinós. En la Edad Media, Dios estaba en todas partes. Era imposible viajar sin tener siempre cerca una prueba de su presencia. Al lado, la casa de Ginebret y una gran tina en un campo.

 La iglesia de la Mare de Deu de Pinós

Y la tina

Damos la vuelta y volvemos a bajar la pista. Pep quiere visitar dos casas en ruinas, Cal Tomás y Els Canals, al otro lado de la riera y se desvía para cruzar la riera corriente arriba del puente de La Molina. Acabamos bajando sin camino y llegamos a la ribera, buscando un cruce entre la vegetación. Con tantos días sin llover, el agua ha bajado mucho pero no encontramos un punto con piedras suficientes para cruzar sin descalzarnos.

Pep pasa primero. “Cuidado que resbala”, nos advierte. Mientras Carles cruza, Pep va buscando lugares mejores para cruzar. “Aquí, Steve”, me dice. “Un poco más arriba, al lado del pino”. Cuando consigo llegar al pino, ha desaparecido y además, todos han cruzado excepto yo. Tampoco veo que sea mejor sitio aquí. “Siempre pasa lo mismo”, pienso mientras quito las botas. “Me mete en el berenjenal y luego, en el momento más crítico, desaparece”. Donde el agua pasa encima de los estratos de roca, es poco profunda pero la piedra resbala mucho al estar recubierta por una fina capa de vegetación y fango.

Pisando con mucho cuidado, llego al otro lado sin caer al agua. Los demás ya están buscando lugar para comer. “Desapareciste”, le digo a Pep. “Tenía otras prioridades”, me contesta y luego me explica que mi hijo eligió un paso temerario sobre un tronco y decidió que era más importante vigilarle a él que a mí.

Dejando bien alto el pabellón británico

Después de comer, continuamos a las casas, las dos muy cerca la una de la otra. Como muchas casas por aquí, se dedicaban a la viña y, en vez de era para batir del trigo, tenían una tina al lado de la casa donde cabían varios miles de litros. “Aquí, todo el mundo alcohólico”, observo a Pep. “Antes, quien bebía vino vivía más tiempo que el que bebía agua”, contesta Pep, refiriéndose a la poca salubridad del agua en aquel tiempo.

Cal Tomás. A la derecha, donde se guardaban los cerdos y adosada a la pared de la casa, la tina

El camino a La Molina, que tiene continuación hasta Puig-reig

Subimos a un camino marcado como GR y que sigue el valle a media altura. Ponemos rumbo a Cal Pallot. Es un camino muy atractivo y apenas tiene desnivel. Sin embargo, continúa hacia Puig-reig, sin bajar al coche y, al final, Pep nos hace bajar la cuesta a la brava.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 13,3 km; 450 metros de desnivel acumulado.