Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



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domingo, 21 de julio de 2013

12/7/2013 – La mina de Ansovell

En sus estudios en los archivos, Pep ha recibido noticias de una mina de hierro del siglo XVIII cerca de Ansovell, que él cree que debe estar al pie del Cadí, donde se produce un cambio de estratos. Como Carles aún está en la playa, accedo a ir a buscar esta mina. Mis lectores quizás recordarán unas salidas algo frustrantes por esta zona el año pasado en busca de lo que se ha identificado como el camino Cardoner. En la primera, empezamos desde Ansovell y mientras nos acercamos al pueblo, se inicia una discusión sobre si el aparcamiento era antes o después del pueblo.

“¿No aparcamos aquí?”, pregunta Pep, señalando un pequeño espacio a la entrada del pueblo que me parece extrañamente familiar. “Yo recuerdo que entramos … y que pasamos por la iglesia”, contesto mientras doblamos una esquina y pasamos al lado de la iglesia. “Y que en la salida del pueblo, encontramos una verja y tuvimos que dar marcha atrás”, dice Pep al ver la verja que nos cierra el paso. De repente, lo recuerdo todo como si fuera ayer, cómo hicimos todo el recorrido del pueblo, primero en un sentido y luego en el sentido contrario, para aparcar en el espacio que Pep había indicado al principio.

Vista del Cadí desde el pueblo de Ansovell

Hacemos la primera subida que nos lleva al Santuario de Boscalt. Pep me señala una larga pendiente de bosque que acaba en una ‘tartera’ o pedregal al pie del Cadí: 500 metros de desnivel en línea recta. “Tiene que estar allí”, me asegura. Aprovechando que vamos por una pista llana, iniciamos una larga conversación que gira en torno a la historia y su valor para la sociedad. Tan absortos estamos en la discusión que pasamos de largo el punto de inicio de la subida y tenemos que subir por el bosque sin camino hasta llegar al Coll de les Basses.

Desde Boscalt; nuestro destino es la tartera a la derecha

A partir de aquí se inicia una subida penosa con fuerte pendiente por un camino perdedor, a veces indicado por montículos de piedras. Cada vez que levanto la cabeza, el Cadí parece igual de lejos que cuando iniciamos la subida. Además, hace calor y las moscas forman una nube alrededor de mi cabeza. Intuyendo una rebelión latente, Pep se mantiene a una distancia prudencial, nunca alejándose tanto que ya no le veo pero tampoco lo suficientemente cerca para que le pueda pedir que nos paremos un rato.

Al jabalí hay que esperarle sentado

Pero de repente la subida acaba y salimos en un extenso llano entre dos lomos. Un lago colmatado, dice Pep, es decir, un pequeño lago glaciar que se fue llenando de sedimento. Por el tamaño de los pinos, hace tiempo que no viene ningún pastor aquí pero al final del prado vemos los restos de una barraca y una pequeña ‘pleta’ o aprisco. 

 Vista del prado (Prat de l'Orri)

Y de la pleta

Y delante, una inmensa tartera y las murallas del Cadí. Pero de la mina, ni rastro. Pep quiere subir el lomo izquierdo, el más rocoso, en busca de indicios. Una vez arriba, nos paramos. Pep mira alrededor suyo con satisfacción. “Qué lugar más hermoso”, dice. “¿No sientes el poder de la piedra, la fuerza de la geología, la tozudez de la Naturaleza, el impulso imparable de la vida que lo conquista todo?”. “Sólo veo una tartera asquerosa, tengo hambre y las moscas no me dejan en paz”, contesto, pragmático.

Evidentemente, no le he dado la respuesta que quería oír porque me manda a investigar el otro lomo mientras él sube más arriba. En el otro lomo, encuentro un pequeño llano. Miro alrededor mío. Sólo veo árboles. Me planto. “Ya está bien de buscar minas”, pienso, y empiezo a comer mi bocadillo, caminando de aquí para allá para despistar a las moscas.

La tartera, vista de cerca

Al cabo de un rato, viene Pep. No ha encontrado nada. “¿Tú qué has visto?”, me pregunta. “Árboles”, contesto escuetamente.

Seguimos almorzando y luego iniciamos la bajada por el mismo sitio. Pero con el sol de mediodía, las moscas se han transformado en mariposas, cientos y cientos de mariposas y con una variedad de especies que hace mucho tiempo que no veo. Así da gusto caminar por la montaña. En el Coll de les Basses, nos desviamos para explorar algunas variantes, incluyendo un canal seco que traía agua de un torrente al Santuario de Boscalt.

Al pasar por el Santuario, Pep ve algunas piedras rojizas apiladas al lado de la pista y se fija en el tono cobrizo de la roca alrededor nuestro. Le señalo una fosa excavada el otro lado de la pista. Pep investiga un poco en el bosque. “Parece que hubo algunas prospecciones por aquí”, me informa. Se hace un silencio mientras digiere los nuevos datos. “Quizás no hacía falta subir tanto”, concluye.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,9 km; 590 metros de desnivel acumulado.

sábado, 8 de septiembre de 2012

31/8/2012 – La Portella Blanca

Desde la última entrada, ha llovido, las temperaturas han bajado y ha entrado viento del norte. Quería volver a intentar llegar a la Portella Blanca y propuse a Pep hacer el camino desde Porta, en Francia, ahora parte del Camí dels Bons Homes, una ruta creada desde Berga hasta Montségur para explotar el filón de los cátaros. Carles no puede venir, está en la playa.


El día está despejado y aparcamos en el aparcamiento público en Porta. Sabíamos que hacía viento pero nada nos preparó para el huracán glacial que nos embistió nada más salir del coche. Nos volvemos a refugiar en el coche mientras el viento aúlla a nuestro alrededor. "¿Qué temperatura marcaba?", pregunto. "Creo que eran 7 grados", dice Pep. "Hay un bar aquí. Igual hay algo bueno en la tele", propongo a modo de actividad alternativa. Pero nosotros somos unos valientes y no hemos venido aquí a pasar el día en el bar. Nos abrigamos y volvemos a salir. Cruzamos la carretera lo más rápido que podemos y empezamos a subir la pista que nos llevará a la Ribera de Campcardós, un valle protegido del norte.

Efectivamente, a medida que entramos en el valle, el viento amaina. Ya no tenemos que apretar los dientes y luchar contra los elementos y podemos empezar a fijarnos en nuestro entorno. Vamos subiendo por campos parcelados. Más arriba son campos de forraje, cada parcela con su barraca de piedra. Aquí los amantes de la piedra seca estarían de enhorabuena. Y más arriba todavía, son prados de pasturar.

Entrando en la zona de barracas

Pasamos por encima de un lago seco, convertido otra vez en río y justo cuando vemos la tierra blanca que da a la Portella Blanca su nombre, el viento vuelve a golpear con fuerza pero ahora con la temperatura que corresponde a 2300 metros de altura en lugar de 1500 metros. Volvemos a sacar la ropa de invierno de las mochilas.

 El lago seco, mirando hacia Porta

Una zona de meandros

Ahora nos toca subir una amplia planicie, sin ninguna protección contra el viento. A la derecha, vemos un grupo de jabalís comiendo. Nosotros estamos a sotavento y no se dan cuenta de nuestra presencia hasta que ya le hemos dejado atrás. Nos desviamos ligeramente para ver los restos de una avioneta que se estrelló allí hace más de 30 años. “Y luego dicen que volar es seguro”, comenta Pep, a quien saber que sólo tiene aire debajo de los pies le produce un profundo malestar.

Uno de los restos de la avioneta

La última subida hacia la Portella Blanca, en el fondo. El viento era casi ártico; incluso los caballos se cansaron y en la bajada los encontramos abajo entre los árboles

El último kilómetro, con 200 metros de desnivel y el viento en contra, se hace eterno pero por fin pasamos al lado catalán. Nos quedamos un rato contemplando los valles donde tuve que rendirme la semana pasada antes de dar la vuelta e iniciar el descenso.

El paso fronterizo

Vista del Valle de la Llosa desde la Portella Blanca

Buscamos un sitio resguardado para almorzar y contemplamos el paisaje. Abro mi última botella de cerveza inglesa, Poacher’s Choice, nuestra preferida como sabrán mis lectores asiduos. Los senderistas van pasando a unos 200 metros de nosotros pero no nos ven, escondidos en un hueco bajo una roca. Valoramos las posibilidades de reciclarnos en bandoleros de verano: a una media de 100 euros por cabeza, serían 1.000 euros por una tarde de trabajo pero lo acabamos descartando. El segundo día, ya tendríamos policías de 3 países encima nuestro.

Vista del viaje de vuelta

Acabada la tertulia, salimos de nuestro refugio para encararnos nuevamente con el viento pero ahora lo tenemos a la espalda y es más soportable. En la zona de prados, interrumpimos a los buitres del valle que estaban almorzando una vaca que, por el olor, ya debía llevar varios días muerta. Curiosamente, en la subida, no la habíamos visto.

Algunos buitres esperan que nos vayamos para continuir con el festín

Después de tantos kilómetros, me es imposible mantener el ritmo de Pep en la bajada, así que cada uno baja solo, separado por unos 100 metros, con la compañía de sus pensamientos. Seguramente cuando viene Carles, habla de cosas más serias y más fructíferas pero me gustaría pensar que conmigo, Pep se ríe más.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 20 km; 1.025 metros de desnivel acumulado.

domingo, 2 de septiembre de 2012

24/8/2012 – Vall de la Llosa

Ya van tres semanas que no hemos podido salir por el intenso calor pero esta semana, el hombre del tiempo por fin nos dice que el calor empezará a remitir.

Pep nos había hablado de una fragua de mineral de hierro a la entrada del Vall de la Llosa. Yo había subido ese valle hace unos 10 años, precisamente con Pep y algunos más, pero sólo recordaba bien el castillo y la Cabaña dels Esparvers al final. Me hacía ilusión volver a hacer esta ruta y, si era posible, llegar hasta la Portella Blanca, ya que nunca había estado allí.

Aparcamos el coche en el último aparcamiento gratuito en la pista polvorienta entre Viliella y Cal Jan, donde te dejan aparcar en la era por 2 euros. Andamos un kilómetro hasta Cal Jan y, a partir de aquí, iniciamos la subida. Dejamos las ruinas del castillo a la izquierda.

 Cal Jan; la última casa habitada antes de pasar la Portella Blanca

El castillo de la Llosa y la iglesia de la Mare de Deu dels Angels (izquierda) con el sol de la mañana. Al fondo, el Cadí

Aunque voy al gimnasio, acuso las 3 semanas sin hacer rutas largas y empiezo a sudar. Pep y Carles se mantienen unos 100 metros por delante de mí, hablando de sus cosas. Sólo me esperan cuando salen de la ruta.

Nada más iniciar la ruta, Carles y Pep me dejan atrás, absortos en sus archivos y documentos

Un rostro inquietante nos observa desde la Barraca de la Farga

El agua baja con brío por el Riu de la Llosa pero que nadie se engañe. Aquí hay una sequía pertinaz. La hierba es amarilla, con una estrecha franja verde que marca el curso de los torrentes y riachuelos. Me recuerda el mapa del Nilo en mi atlas: una cinta verde con el amarillo del desierto a cada lado.
Entramos en una zona de prados con restos de cabañas, corrales o establos. Pep se desvía de la pista y, detrás de los corrales, encontramos escoria del mineral cocido, y detrás de esto, muros de la antigua fragua y canales que traían agua del río. Recojo muestras para la colección geológica de mi madre.

Los establos o corrales cerca de la fragua. Se ve claramente la estrecha franja de verde que marca el curso del arroyo

Seguimos restos de antiguos caminos que siguen el curso del río. Da gusto ver un poco de verde pero el último camino acaba en una carbonera, lo que obliga a emprender una dura subida hasta llegar otra vez a la pista principal.

Llegando a la Barraca de l'Isidro, Pep y Carles siguen absortos en su conversación. En el fondo, el Bony d'Engaït

Entramos en otra zona de prados, pasamos la Barraca de l’Isidro y allí se acaba la pista y continúa un sendero. Miro el altímetro; todavía quedan 500 metros de desnivel hasta la Portella Blanca. Las fuerzas me flaquean. “No podré llegar hasta la Portella Blanca”, le digo a Pep. “Pues menos mal que vas al gimnasio”, me replica Pep irónicamente. Carles, siempre discreto, calla, pero me confiesa el día siguiente que ya le fue bien acortar la ruta.

La Barraca dels Esparvers

Llegamos a las cabañas dels Esparvers, situadas en unos prados resecos. Aquí hay una división de caminos, uno a Vallcivera y otro al riu d’Engaït y la Portella Blanca. Tomamos el segundo camino para buscar un lugar para comer. Volvemos a pillar la hora punta y, en poco tiempo, nos cruzamos con 5 caminantes.

Confluencia de caminantes en la hora punta de mediodía. Se formó un atasco monumental en el poste indicador.

Comemos al lado del río. La conversación toca brevemente la situación económica y política de Cataluña pero, ante la falta de motivos para el optimismo, no tardamos en buscar otro tema.

Para volver al coche, deshacemos el mismo camino pero, por algún mecanismo que no alcanzo a comprender, parece tres veces más largo que el camino de ida. Cuando llegamos al coche, hago subir a Carles delante mientras yo me pongo en el asiento de detrás para descansar. “Si Pep se duerme, ya le entretendrás tú con cuentos”, le digo.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 16,5 km; 570 metros de desnivel acumulado.

miércoles, 15 de agosto de 2012

2/8/2012 – Els Engorgs

Pep está aquí otra vez pero de momento no tiene agenda minera y magnánimamente nos da libre elección del lugar. Desde la última vez que estuvimos en la Cerdanya, nos han quedado ganas de conocer Els Engorgs y le pedimos que nos organice una ruta turística por esa zona.

Aparcamos el coche en el mismo sitio en el Campllong pero esta vez tomamos la pista que va al valle a la derecha. Pasamos al lado de prados recién segados. El camino deja la pista, ahora rotulado con el número 101. Primero es plano pero luego, entrando en el bosque de pino negro, la pendiente se hace más empinada. Suerte del relajante sonido del torrente al lado y la sombra, que ayudan a encarar la subida con filosofía.

Una pequeña cascada casi fuera del bosque

Entrando en los prados

Salimos del bosque y entramos en los prados. Vemos una impresionante oruga en un arbusto. “¿No la vas a fotografiar?” me pregunta Pep. Ante mi falta de entusiasmo, Pep me apunta con un dedo acusador. “Eso es típico de ti. Dices que te gustan las mariposas pero sólo cuando están revoloteando con esas alas tan bonitas. Cuando son gusanos, no. Dices que te gusta la montaña, pero sólo cuando hay agua, árboles, vistas bonitas y un camino despejado. Cuando se trata de subir una cuesta pelada a pleno sol, ya te echas para atrás”. Con esta lógica aplastante, no me queda más remedio que sacar la foto.

La oruga del esfinge de las lechetreznas. ¡A que es guapa!

Luego consultando con mi interlocutor en el Catalan Butterfly Monitoring Scheme, me dice que es la oruga de una mariposa nocturna, el esfinge de las lechetreznas. El color tan llamativo es para avisar a todos los depredadores que es venenosa.

El camino acaba en una pleta grande con tres barracas de distintas épocas y distintos estados de conservación. A partir de aquí, subimos como podamos al lado de un desfiladero hasta empalmar con el GR que viene de Malniu.

La gran barraca de la pleta

Y una vista de la subida

Una última subida y tenemos a la vista el circo de Els Engorgs y el refugio libre. Las vacas y los caballos han comido la hierba y las flores y sólo queda en abundancia el acónito azul (o ‘tora’ en catalán), una planta atractiva pero mortalmente venenosa, y también millones de pequeños saltamontes que espantamos con nuestros pasos.

Pep propone hacer un rodeo detrás del refugio para visitar los lagos. Seguimos subiendo, dejando el refugio y el GR a la izquierda. En los lagos, los saltamontes son sustituidos por ranitas, invisibles hasta que se muevan. También nos acompañan los silbidos de las marmotas, alertando de nuestra presencia invasora, y alguna que se deja ver.

Esta rana pensaba que estaría invisible sobre las rocas

Hacemos un recorrido completo de los lagos, pasando por las Mulleres d’Engorgs, el Estany Llarg, el Estany de la Portella y, ya otra vez en el GR, los Estanys dels Minyons, donde almorzamos bajo la sombra de una gran roca, y detrás las cuestas rojizas y amenazadoras del Bony del Manyer. Desde hace tiempo, hay un viento bastante fuerte y frío del NO que obliga a moverse o buscar abrigo. En el GR, se ha producido una especie de hora punta y pequeños grupos de senderistas pasan delante nuestro, algunos cruzando la Portella d’Engorgs desde el Valle de la Llosa y otros viniendo en la dirección contraria desde Malniu. Tenemos una vista enorme delante nuestro, con los lagos en el primer plano.

 El Estany Llarg

Y una parte de la vista desde nuestro comedor

“¿Alguna queja?”, me pregunta Pep. “Bueno, quitando la fuerte pendiente por el bosque, el trozo escalando las rocas sin camino, lo mucho que pica el sol y el viento, ninguna”, contesto.

Bajamos por el otro lado del torrente, pasando por más pletas y barracas, primero sin camino y luego empalmando nuevamente con la ruta 101 en un complejo de corrales que aprovechan un pequeño llano. Seguimos bajando hasta cruzar el río por un pequeño puente de troncos donde conectamos con la ruta de subida. Ahora, sólo nos queda deshacer el camino hasta llegar al coche.

Los corrales donde arrancaba nuestro camino de bajada

Conduciendo de vuelta a Berga con el calor de la tarde, a Pep le empieza a entrar sueño; es el conductor y no conviene que se duerma. “Cuéntame algo, Steve”, me implora. Después de buscar desesperadamente un tema durante unos minutos, me decanto por las sangrientas ofensivas del Frente Occidental en la Primera Guerra Mundial, que le mantienen suficientemente entretenido hasta llegar a casa.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 14,75 km; 900 metros de desnivel acumulado.

jueves, 26 de julio de 2012

20/7/2012 – El Bony del Manyer o Crónica de una obsesión (2ª parte)

Le quedaba a Pep una mina por investigar, el Bony del Manyer cerca del Engorgs en el norte de la Cerdanya. Los documentos hablan de una explotación minera allí pero hasta hora nadie ha podido decir con certeza dónde estaba. “Hay que ir a Meranges”, me dice por teléfono, y me viene a la cabeza la imagen de los Estanys de Malniu, donde no había estado nunca.


Nos cita a las 7 de la mañana. A esa hora, yo todavía no respondo a estímulos así que me pongo en el asiento de atrás para que Pep y Carles puedan hablar tranquilamente de sus pergaminos mientras yo intento recuperar un poco del sueño interrumpido. Llegamos al pueblo de Meranges pero el desvío a los Estanys, lo pasamos de largo y aparcamos en el Pla de Campllong, a la entrada de una pista que se adentra hacia Els Engorgs. “Bueno, tampoco he estado en Els Engorgs”, pienso. Pero veo que desecha esta pista y va por otra de menor entidad. “Daremos mucha vuelta si vamos por Els Engorgs”, explica Pep y me señala unas montañas rojizas detrás de un valle empinado.

Foto tomada nada más salir del coche, cuando aún no sabía qué me iba a deparar el futuro. A la derecha, el valle que lleva a Els Engorgs. Desde el centro hacia la izquierda, el Serrat de l'Agulló, que íbamos a subir hasta arriba.

Pla de Campllong, mirando hacia el sur. En el fondo, Tosa d'Alp

Pero sus intentos de buscar un camino que sube ese valle fracasan y opta por un ataque frontal del Serrat de l’Agulló, subiendo la cuesta en línea recta, primero por un denso bosque de pino negro, luego por una zona de rocas y finalmente por otro bosque más clareado de pino negro. En resumen, más de 700 metros de desnivel de golpe. Ante mis quejas, Pep me argumenta que lo hace por mi bien. “Si hubiéramos ido por otro camino más largo, no habrías llegado hasta el final. Hemos hecho el camino más corto”.
La subida se hace más penosa por el hecho de que llevo unas piedras que recogí la semana pasada en Puymorens para llevar a mi madre y me había olvidado de sacarlas. Resisto la tentación de deshacerme de ellas, sabiendo la ilusión que le hacen esas rocas.

 Els Engorgs

Vista con zoom. La mancha roja es el tejado del refugio

Al final, la infernal subida se acaba y salimos a un lomo. A la derecha se ve Els Engorgs, un circo muy atractivo partido por la mitad por un torrente que oímos incluso desde donde estamos nosotros y, al lado, la barraca que es el refugio. Y abajo a la izquierda, se ven unos prados con las ruinas de una ‘pleta’ o aprisco y unas vacas que pastan tranquilamente.

Las ruinas de la pleta. Adosado, se ve el dibujo circular de una posible barraca

Pero nuestro destino es otro. Pep señala unos picos rojizos y pelados con 300 metros más de subida por delante. A mí no me apetece entrar en ese paisaje marciano y me planto. Al igual que en el Señor de los Anillos, se produce una división de la Comunidad: Carles y Pep continúan arriba y yo busco un flanqueo para luego bajar a la pleta, donde nos reuniremos.

Ante esta vista, yo me negué a seguir subiendo. Cogí el camino que se ve más a la izquierda para subir al llano de hierba. La posible zona minera es la roca oscura a la derecha

Bajo cuidadosamente la cuesta hasta llegar al camino de animales que sube a otro lomo ancho desde donde podré bajar al prado. Cuando estoy subiendo, me suena el teléfono. Es Pep. “Desde aquí, vemos unas estructuras al lado de unas piedras oscuras. Estás al lado. Ves a echar un vistazo, hermoso, y de paso coge otra piedra para tu madre, que yo la quiero ver”. ‘Al lado’ quiere decir un desnivel de 100 metros y 15 minutos de subida hasta llegar a lo que parecen ser las ruinas de una barraca, un caos de piedras y algunas zanjas. Le llamo para pasar el informe y cojo una piedra.

Lo que posiblemente fue la barraca de los mineros

Deshago la subida y un camino de vacas me permite evitar una zona de rocas. Finalmente, bajo una cuesta de hierba hasta llegar al prado donde están las vacas. Me pongo bajo la sombra de un pino, saco el almuerzo y me lo como todo. Lo malo es que di la cerveza a Carles para no llevar tanto peso. Si la hubiera tenido yo, también me la habría bebido toda. Después de todo lo que he aguantado, me lo merezco. Habiendo agotado todos mis recursos de entretenimiento, me estiro y dormito. Al cabo de una hora, llegan Pep y Carles. No han visto nada excepto una vista maravillosa del Estany de Calm Colomer y lo más plausible parece ser donde me envió a mí a investigar, lo que indicaría una explotación más bien marginal, nada que ver con la Mina de Puymorens.

Cuando ellos han comido, exploramos la ‘pleta’ y otra más antigua, al lado de una fuente enterrada, donde están las vacas. Iniciamos el descenso, primero siguiendo un barranco, luego un trozo de pista y finalmente, los últimos 300 metros de desnivel por una cuesta empinada por el bosque. Salimos en la pista, delante del único puente que cruza el torrente y a 200 metros del coche. “¿Qué te parece?”, me dice Pep, con una sonrisa de satisfacción. “Más preciso imposible”.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. La parte mía: aprox. 8,5 km; 850 metros de desnivel acumulado.

13/7/2012 – Las Minas de Puymorens o Crónica de una obsesión (1ª parte)

Hace días que no hemos podido salir pero hoy por fin los astros son favorables. Desde hace tiempo, Pep quiere ir a Francia; cerca del Coll de Puymorens había una mina de hierro que abastecía las fraguas de Castellar de n’Hug, Bagà y Ripoll. Carles no puede venir; está tomando unos merecidos días de descanso con su familia en la costa. Hace dos días, el Sr. Rajoy proclamó otra serie de recortes que nos va a hacer más pobres a todos excepto a los responsables de esta crisis, aplaudido por los demás diputados del PP.

Intentando digerir lo que supone vivir en un país en vías de quiebra, Pep y yo ponemos rumbo al norte. Me gusta la Cataluña francesa y tengo ganas de conocerla mejor. Por fin llegamos al Coll de Puymorens. “Nous sommes arrivés”, digo. “Bien. Allons-y, alors”, contesta Pep. Situados culturalmente, tomamos una pista que pasa encima de la pequeña estación de esquí y se encamina hacia el Port d’Envalira.

Rodeados de las montañas majestuosas del Pirineo, vamos subiendo poco a poco entre caballos y vacas y debajo nuestro, ajenos a nuestra conversación, desfila una cola interminable de coches camino de aquella aberración urbanística que es el Pas de la Casa.

Vista de los Pics de Font Negre desde la parte superior de las pistas de esquí

Doblamos una esquina y de repente vemos abajo el edificio (todo un complejo) de la mina moderna, ahora en ruinas. Donde estamos nosotros, hay restos de una explotación más antigua, consistente en pequeños hoyos excavados para sacar el mineral que afloraba a la superficie. Pep está muy emocionado. Por fin tiene delante de sus ojos lo que ha leído tantas veces en los viejos documentos y, en su imaginación, ya está viendo a los arrieros cargando el mineral en los lomos de las mulas y poniendo rumbo al sur, a la comarca nuestra. Me hace subir unos 150 metros hasta llegar al límite de la zona de explotación y luego me hace bajar unos 200 metros por una cuesta precaria, pasando por viejas canteras, hasta llegar al camino principal.

Restos de una antigua explotación

“Esto en los años 50 tiene que haber sido un desastre ecológico de primer orden pero ahora se ha recuperado bastante”, observa Pep. Caminamos hacia el suroeste, pasamos delante de una antigua bocamina, cruzamos un típico torrente pirenaico y yo descanso bajo la única roca que da un poco de sombra mientras Pep continúa un poco más para sacar fotos del edificio de la mina desde el otro lado del valle.

Vista de la Mina de Puymorens, con el edificio y los trabajos de restauración del terreno

Saco una botella de cerveza y volvemos a constatar un hecho incontestable. Si tienes una botella de medio litro de cerveza inglesa, es mejor no compartirla. Pero, puestos a compartirla, es mucho mejor compartirla entre dos que entre tres. La solución podría pasar por declarar abstemio a Carles.

Es hora de volver. Deshacemos el camino hecho pero ahora vamos al edificio de la mina nueva. Es un edificio largo con todas las instalaciones en la planta baja, incluyendo vestuarios y cocina, y, supongo, los dormitorios arriba. Una construcción nueva albergaba una turbina que generaba electricidad para los transportadores que llevaban residuos para llenar la cantera atrás creada por las explotaciones antiguas y para restaurar la zona afectada por la minería.

 Vista del edificio de la mina

Y de las cocinas

Volvemos por la larga pista hasta el coche. En la carretera de bajada a Bourg-Madame, nos cruzamos con un convoy de motoristas, con evidentes señales, principalmente a nivel abdominal, de ser cincuentones, a pesar de los cascos integrales, subidos a unas motos relucientes de grandes dimensiones. “Incroyable”, decimos al unísono.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 12,5 km; 500 metros de desnivel acumulado.