Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



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lunes, 16 de junio de 2025

13/6/2025 – El término parroquial de Sant Julià de Freixens

Desde hace días, hace un calor más propio de julio. Y llevo tres días sin poder abrir las ventanas, ni siquiera para dormir, porque están quitando la Uralita del tejado de unos bajos en la finca al lado. Y en el camino al Mikado, ya intuyo que mi rendimiento hoy no será óptimo.

Pep me había pedido traer los mapas de Sant Julià de Freixens y en el coche, me enteré de que el objetivo era seguir los límites de la antigua parroquia, un estatus que perdió en el siglo XIV. Joan enumera un sinfín de casas mencionadas en los documentos que ha leído. Pero también había otro motivo que en aquel momento no llegué a comprender y que explicaré más adelante.

Aparcamos en la carretera, cerca del camping El Berguedà. Empezamos caminando por la carretera hacia La Foradada pero Pep no tarda en agobiarse por el paso continuo de vehículos y baja en línea recta por el bosque hasta encontrar el camino de la Xarxa Lenta que va al mismo sitio.

En aquel descenso precario, me doy cuenta que tendré que ser muy consciente de dónde pongo los pies y cómo muevo las rodillas y que, efectivamente, hoy no será mi mejor día.

Salimos otra vez a la carretera y empezamos a subir el camino que antes se usaba para bajar a la carretera desde Vallcebre. Arriba hay un molino que aprovecha el espacio disponible de una manera muy curiosa, construido en el siglo XIX, y que he mencionado en alguna entrada anterior. Pep lleva a los jóvenes a verlo pero yo me quedo en el puente esperándolos. Me parece que la vegetación ha tapado gran parte de su interior desde la última vez que estuvimos aquí.

El teleférico encima de La Foradada

El próximo paso es subir la línea de la ‘cinglera’ hasta el Mirador de Cap Deig, ya que aparentemente marcaba el límite de la parroquia. Son 150 metros de desnivel y ya hace mucho calor. La roca calcárea reverbera con la luz y el calor del sol y el gradiente cada vez cuesta más de subir.

Vista general de las Cingles de Vallcebre y la hendidura de La Foradada

Uno de mis lectores ingleses del blog, un ecologista profesional que también se llama Paul, me dice que debería ser más duro con Pol e insistir más en las incongruencias de sus creencias religiosas. Una broma sobre garrapatas es muy poca cosa, me dijo en nuestro último Zoom. Pero ¿cómo puedo ser duro con él si es el que más me cuida: me ayuda a cruzar las vallas, me envía fotos, y en los pasos difíciles, noto su mirada atenta.

Vista de Sant Julià de Freixens, con la Cantina y la Escola a la izquierda, la línea de vegetación que marca la Ruta de Picasso debajo de la iglesia y las ruinas de El Cofinar encima de la iglesia

Seguimos subiendo por la pendiente hasta llegar a la casa llamada La Batalla y luego por un camino medio borrado que sube una especie de vaguada y luego pasa al lado de la Roca de Girbets. Aquí el paisaje se abre, vemos grandes prados pero nosotros continuamos por el bosque, separados por una valla de alambre. La casa de La Muga está cerca pero no la vemos.

El punto culminante será la Roca del Castellar y todavía faltan 60-70 metros de desnivel. Llegamos a una valla formada por dos cuerdas paralelas. Miro cómo la pasan los demás, cada uno a su manera, y me dispongo a pasar entre las dos cuerdas. De repente, noto un golpe seco en el codo que me catapulta al suelo. ¿Por qué electrificar la valla en un lugar tan alejado de todo?, me pregunto. En eso llegamos a un estanque poblado de carpas rojas, como si fuera una fuente de alguna capital. ¿Qué hacen aquí y quién las trajo? Tampoco hay respuesta. De repente, salen tres caballos del bosque, ansiosos de conocernos, pero quizás porque huelen las manzanas que traemos para el almuerzo. Puede que sean la respuesta a la primera pregunta. Se quedan sin manzanas pero están de buen humor y se dejan acariciar. Nos siguen un rato hasta que giramos para subir el cortafuego de una línea eléctrica, momento en que deciden que estamos locos y entran otra vez en el bosque. Al haber tallado los árboles, vemos que toda la cuesta está formada por pequeños bancales y arriba, hay una estructura que podría ser una casa medieval.

Los caballos

Con la mayor parte del desnivel superado, vamos llaneando hacia la Roca del Castellar. Se ve que había un asentamiento ibérico, ya que se ha encontrado abundante cerámica, pero la aproximación es desde la cara norte por una especie de ‘tartera’. Yo he avisado que no subiré con ellos y Pep me nombra guardián de las mochilas. Tras preguntarles el contenido de sus bocadillos, veo que no llevan nada que me pueda tentar y les aseguro que sus pertenencias estarán seguras conmigo. Después de bajar unos 50 metros, Pep me dice: “Me han puesto dos condiciones para dejarte cuidando las mochilas: que esté cerca del agua y que haya sombra”, y muestra una pequeña península entre dos pequeños arroyos donde hay árboles que dan sombra.

Me acomodo bajo un árbol y leo las últimas noticias sobre el ataque de Israel a Irán mientras como mi bocadillo. Tanta muerte y destrucción, pienso, y ninguno de esos hombres tan poderosos cree que debe temer la crisis medioambiental que ya tenemos aquí.

Después de media hora vuelven. En realidad, les he ido oyendo casi todo el rato mientras iban subiendo y luego bajando. Por temas de sombra, me siento al otro lado del pequeño arroyo, lo cual suscita comentarios sobre el Canal de la Mancha, la insularidad de los británicos y el Brexit. A mí personalmente, el Brexit no me ha hecho ningún favor.

Iniciamos el descenso por la cuesta, al principio siguiendo un camino de animales al lado del arroyo y luego sin camino. Será un descenso muy largo y mi rodilla me avisa que hoy no es el día de hacer tonterías. Bajo a mi ritmo, asegurando los pasos. Una orquídea a cada 10-15 metros me va marcando el camino. Cruzamos la carretera de Saldes y seguimos bajando sin camino hasta llegar a la pista de Ca l’Agustinet. Cada 200 metros hay un cartel que dice que es propiedad privada. ¿Tanto molestamos? A partir de ahora, seguiremos en gran parte lo que era promocionado como la Ruta de Picasso, conmemorando el viaje del pintor a Gòsol. Sin embargo, los tramos sin pista denotan una falta de mantenimiento. ¿No funcionó y se quedó sin presupuesto? Más preguntas sin respuesta.

La gran casa de El Solà y el Cadí detrás

Por fin llegamos a la iglesia de Sant Julià de Freixens. Lo que era la Cantina y la Rectoría han sido restauradas, la Cantina con cierto aire New Age y campanitas chinas que tintinean. 

La Cantina, restaurada con mucho cariño

Subimos a las ruinas de la casa encima de la iglesia, El Cofinar, y allí, por fin, se me revela el segundo propósito de esta salida. Resulta que la familia de Joan por línea materna pasó varias generaciones en esta casa. Al bajar al cementerio, hay varios nichos donde están enterrados antepasados suyos y una tumba con una cruz donde descansan los restos de su tatarabuela.

Joan señala la tumba de su tartarabuela

Seguimos bajando por la Ruta de Picasso, ahora bastante perdedora, pero al llegar a la altura de Cal Coix, Pep gira a la derecha para buscar el Torrent de Bosoms. Entramos en el bosque y vuelvo a perder a los demás. Tras unas subidas y bajadas, nos volvemos a encontrar y entramos en el camí ral, flanqueado con piedras por cada lado para que los animales no entraran en lo que eran campos.

El camino nos lleva directamente al Torrent de Bosoms, muy cerca del molino, pero vemos una caída casi vertical de unos 12 metros que nos impide bajar. “A ver por dónde podemos bajar”, murmulla Pep mientras se asoma al borde. Justo entonces aparecen cuatro jóvenes del camping cercano en la otra orilla, buscando un buen sitio para bañarse. “Igual desde donde están ellos, tienen mejor perspectiva y nos pueden echar una mano”, pienso. “¿Veis algún sitio para bajar?”, les grito. Nos miran sorprendidos, sin saber qué contestar.

“¡No me lo puedo creer!”, exclama Pep, incrédulo, levantando las manos a la cabeza mientras se aleja cuesta abajo a toda prisa. “¡Nunca he pasado tanta vergüenza! ¿Cómo se te ocurre preguntar a esos jóvenes?”. Le intento explicar lo de la perspectiva, pero ya no me está escuchando.

Bajamos unos 70 metros antes de encontrar un sitio donde se puede cruzar, con cierta dificultad. Cuando llego a la otra orilla, Pep me está esperando. “No te lo perdonaré nunca”, me espeta. “Después de mí, eres la persona que más sabe del Berguedà. Ni con un brazo roto, deberías pedir ayuda a gente como esa. ¿Qué saben ellos? Bueno, con una pierna rota quizá sería permisible, pero con un brazo roto no; un brazo roto no impide caminar”.

Llegamos al camino que va al Molino de Bosoms. Pep sigue moviendo la cabeza, superado por la gravedad de mi falta: “Veinticinco años de enseñanza, impartida con constancia y esmero, borrados en un instante”, lamenta. “Desde que cumplí los 70, he perdido algunas inhibiciones”, argumento en mi defensa.

Llegamos a la balsa del molino y vemos otras dos chicas que bajan a refrescarse. “Ni se te ocurra preguntarles donde está el Molino de Bosoms”, me advierte Pep. Me tapo la boca con la mano y niego con la cabeza. Una vez alejado el peligro, continuamos por el camino a la Font de la Foradada y la carretera, pero cuando llegamos a la altura del camping, Pep gira a la izquierda como para entrar en el camping. Luego sube a cierta distancia de la valla por un caos de ramas y vegetación cortada. “Quizás sería mejor coger el otro camino”, sugiero temerosamente. “No pienso hacerte caso”, me contesta y sigue subiendo. Al final, llegamos a la carretera, justo delante del coche.

En el camino de vuelta, Pep enciende la radio. La locutora anuncia la propuesta del Departament d’Educació de prohibir los móviles en las aulas hasta el bachillerato. Pep asiente con la cabeza. “Sí, señor”, dice y luego me mira a mí. “A ti te voy a hacer lo mismo”, me dice. “Prohibido mirar el móvil durante las salidas. A ver si prestas más atención”.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,3 km; 580 metros de desnivel acumulado (100 metros menos para mí). Pero mis piernas no creen el GPS y me dicen que hemos caminado el doble.

 

martes, 11 de marzo de 2014

14/2/2014 – El camí ral desde el Collet d’Eina hasta Hostalets

En entradas anteriores, he hablado de la Ruta de Picasso. Conmemora la estancia del artista en el pueblo de Gòsol en 1906 y pretende seguir el recorrido del antiguo camí ral. Sin embargo, por razones sin duda justificadísimas, sale del pueblo de Guardiola y en vez de seguir el valle, sube al Vilar (ver la salida del 30/9/2011), flanquea a media altura hasta el Col dels Fangassos, cruza el río Saldes a la altura del Castellot y no se junta con el camí ral auténtico hasta els Hostalets.

Sin embargo, el camino auténtico arranca desde el camí ral de Berga a Bagà en el Collet d’Eina, donde el río Saldes se junta con el Llobregat y marcha más o menos paralelo a la carretera actual pero unos 75 metros más alto. Hace unos cuantos años, antes de empezar el blog y antes de saber que existían los mapas de la Minuta, lo habíamos descubierto casi por accidente pero intuyendo su presencia por el relato del ilustre excursionista Cesar August Torras en su guía de itinerarios del Berguedà.

Hoy nos proponíamos hacer todo el recorrido del camí ral desde el Collet hasta Hostalets, gracias al track de la Minuta en el GPS de Carles. También había otro tema: desde hace más de 10 años, cada vez que bajaba la carretera desde Saldes, veía un camino que marchaba hacia arriba, a la altura del Castellot. Intuía que debía ir al Mas de Pei pero nunca lo había seguido. Propuse a Pep que lo hiciéramos hoy.

Aparcamos en un espacio al lado de la carretera frente a esa colita (ver Glosario) que hoy, por fin, iba a dejar de serla. Tras una corta subida, entramos en los campos del Mas de Pei y el camino sigue un afloramiento de rocas en el bosque, donde vemos una multitud de estructuras muy sospechosas y que sugieren algo muy antiguo.

Habiendo establecido la conexión con el Mas de Pei, giramos hacia el este con la intención de buscar el camí ral, primero por campos y luego por bosque pero sin camino. Entramos en una pista muy antigua que nos lleva al pie de una tolva de hormigón. Hemos encontrado la Mina de Durruti, una mina pequeña explotada durante la Guerra Civil. Subimos hasta el comienzo del cargador; allí hay una caseta de piedra y unos hundimientos, que sería la antigua mina. Desde aquí, sale un camino que enlaza en unos 50 metros con el camí ral. Lo habíamos anotado en su día como una colita pero sin sospechar lo que había al final.

La tolva del cargador de la mina de Durruti

A partir de aquí, seguimos el camí ral hacia el este. Tiene un perfil inconfundible y al pasar por zonas de roca, está bastante limpio. Los puntos despejados dan buenas vistas sobre el valle del Saldes. Llegamos a la última cresta para bajar al Collet y el camino inicia un descenso en línea prácticamente recta. Ya no está tan limpio y se va tapando a medida que bajamos. Anotamos caminos que van marchando hacia la derecha para investigarlos a la vuelta.


Diferentes tramos del camí ral

Llegamos abajo, a la altura de la fábrica de cemento (es proveedor de cemento para la Sagrada Familia en Barcelona, utilizando piedra extraída de una mina en el Collet). Anotamos el camino de Castellot y Cal Griera y lo seguimos hasta que quede cortado por la carretera actual. Al volver a subir, vemos que esos caminos que marchaban son en realidad curvas del camí ral que quedaron cortadas al hacer el tubo que baja agua desde el canal de la Foradada hasta la central eléctrica en el puente de Guardiola. Desde el tubo, hay buenas vistas del castillo de Guardiola. Desde hace un par de años, se han hecho campañas para limpiar el bosque y poner al descubierto la muralla y un par de torres, además de la torre de homenaje, que es lo único que se ve desde la carretera de Guardiola, encima del túnel.

El castillo de Guardiola

Seguimos hacia el Mas de Pei. El camino se convierte en pista y luego vuelve entrar en el bosque, dejando a la derecha el cortafuegos de una línea eléctrica. Dejamos a la derecha el Mas de Pei, donde hay un par de hombres trabajando, y entramos en la pista de la casa, saliendo en la carretera de Saldes. Aquí, según el GPS de Carles, cruza la carretera, entra en el bosque y sale en la pista de Hostalets al lado de la casa de Griera.

Aquí Pep nos informa que quiere ir al Molino de Bosoms. “No tengo fotos”, dice a modo de justificación. Yo quería seguir una colita en la dirección opuesta, hacia Castellot, pero Pep es inflexible. “La próxima vez”, me dice.

Seguimos la pista. “El camí ral se marcha a la derecha”, dice Carles de repente. Allí, en una pequeña cresta, se ve un trazado muy tenue que baja hacia el río y vemos una palanca de hormigón. Lo reservamos para investigar a la vuelta.

Antes de cruzar el río, dejamos la pista para seguir el camino señalizado al Molino de Bosoms. Era uno de los molinos importantes de la zona, aprovechando el agua del Riu de Vallcebre que bajaba desde la Foradada. En la balsa del molino, comemos.

La balsa del Molí de Bosoms

Después de comer, subimos el camino señalizado, primero muy marcado, con curvas pronunciadas. Es el camino de la casa de Rialp, ahora el Camping El Berguedà. En un llano, el camino de la casa gira hacia la izquierda y entra en el camping. El camino señalizado va hacia la derecha, ahora menos marcado, y nos lleva a la base de una de las torres del teleférico de Vallcebre. A partir de aquí, el camino es de nueva creación, hecho por la misma mini-excavadora que destrozó el camino de Les Llenes (ver la misma salida del 30/9/2011). En la carretera, frente a la Foradada, damos la vuelta.

Al llegar a la pista abajo, vamos a la casa de Hostalets, con el cargador que marcaba el punto final del teleférico que traía carbón de las minas de Espà y Saldes al lado. A partir de aquí, la Ruta de Picasso sigue bastante fielmente el camí ral. Bajamos hasta la palanca. El GPS de Carles vuelve a estar sobre el camino y lo seguimos hacia arriba, hasta llegar al trazado tan tenue que vimos cerca de la Griera y, desde aquí, hasta el coche por la carretera.

El pequeño puente del camí ral debajo de Hostalets

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 11 km; 420 metros de desnivel acumulado.

El camí ral según C.A. Torras (los tiempos son para ir a caballo, no a pie):

Desde la estación de tren de Guardiola:
20 m. Collet d’Eina.
25 m. S’atravessa’l [riu] Saldes per un pont de pedra molt alt y antich, pintorescament situat. Faldars emboscats. Se remonta la vora dreta del riu per prop de la corrent.
30 m. Se deixa’l curs de l’aigua pujant el viarany, en ferma zigzagada, per entre espessa pinosa.
35 m. El camí, ja enlairat, va planejant y s’endinza en la gorja, que’s va extrenyent, presentant un feréstech y gegantesch aspecte. El passant va fent-se més y més espadat y abrupte, de tons enèrgichs y mascles. Hermosa boscuria, d’espessos y drets pins esprimatxats, cobreix les aspres cayents de l’engorjat, succehint-se a tandes la pinosa y la bella roureda.
El viarany, molt estret, sospès en lo alt de la tenebrosa gola, sobre la vora dreta del Saldes, corre per damunt de pavoroses timbes.
50 m. Can Pey. Hermós panorama de montanyes, dret a ponent. Realçat pel majestuós Pedraforca, que s’enquadra bellament en l’horitzó, avançat, ab aspecte fantastich y enlairant soberch ses originales y agudes puntes.
Se baixa en dirección al SO.

Mas de Pei y atrás, Pedraforca. Quizás no tan diferente de cómo lo habría visto C.A. Torras

1 h 5 m. Can Griera.
1 h 10 m. S’atravessa a gual la rivera de Vallcebre. En amunt, a l’esquerra, hi ha’l molí de Bosoms. En avall se barregen el Vallcebre y el Saldes.
Tot aquest reclot es molt pintoresch, essent enrondat tot ell per montanyes d’aspecte ferèstech.
Enforch ab el camí que ve de Figols, sota’l molí de Bosoms.

miércoles, 19 de febrero de 2014

7/2/2014 – Las nieves de Conangle

El viernes siguiente, Pep tenía una reunión y no podía venir; me lo dijo el miércoles por la noche. El jueves a primera hora fui corriendo al hotel para anular la salida; ya estaba bien de pasar frío, pensé. “Steve no quiere salir conmigo”, Carles chivaría más tarde a Pep. “No aporto interés narrativo a su blog”.

Seguimos con los caminos de la Minuta de Vallcebre. Ahora Pep quiere ir hacia arriba, al barrio llamado La Muntanya, detrás del Grau de Vallcebre y luego volver por uno de los ‘graus’ de las Cingles de Conangle y pasar por otro grupo de casas que conforman un barrio llamado Belians.

Aparcamos el coche en el pueblo de Vallcebre y emprendemos la subida por la carretera. El camino antiguo hacía una línea más recta pero con tantas casas, se ha perdido. De todos modos, parece que lo de las fichas va en serio y Carles no da abasto, sacando fotos de todo y apuntándolas en una libreta nueva de estreno.

La bonita casa de El Masot

De la nieve que tuvimos abajo hace dos semanas, prácticamente no queda nada pero en los campos de Vallcebre, todavía se ven grandes extensiones de blanco. Sin embargo, hace sol y los pájaros cantan; parece que la primavera se acerca. A medida que subimos, vamos viendo cada vez más placas de nieve y hielo. Detrás del Grau de Vallcebre, hay nieve en todas las zonas donde no toca el sol, sobre todo en la carretera que va a Fumanya.


Vista hacia el noreste; abajo se ve la cúpula del observatorio astronómico de Cal Metge

Nos desviamos un momento para visitar el mirador, con vistas panorámicas de todo Vallcebre y, de hecho, de toda la línea de montañas que conforman el Parque de Cadí-Moixeró. El mirador está construido a la salida de unos túneles, construidos a su vez para pasar el teleférico desde las minas del Coll de Pradell.

 Los túneles del teleférico

Y el mirador con su vista. Carles no para de sacar fotos para sus fichas

Abajo, en el pueblo de Vallcebre, hace sol pero se ven chubascos de nieve en el Moixeró y Tosa d’Alp y unas nubes muy negras se asoman detrás del Cadí. Diez minutos después, ya está nevando en las montañas de Gisclareny y se acerca al valle de río Saldes.

Volvemos a la carretera y contemplamos unos planos mostrando todos los caminos señalizados y las vías ferratas. De repente, me doy cuenta que los pájaros han callado y en su lugar, hay un silencio sepulcral. Doy la vuelta y miro hacia el norte. Las nubes negras que hace tan sólo media hora parecían tan lejanas, ahora las tenemos encima.

Cuando se lo digo a Pep, me mira con expresión irritada por haber interrumpido su estudio de los planos. “Aquí no nevará”, sentencia. Poco después, emprendemos la marcha por la carretera de Fumanya, bajo un cielo cada vez más negro. Mientras Pep y Carles van delante, hablando de sus cosas, yo intento no resbalar sobre el hielo, imaginándome los titulares de mañana: “Tres excursionistas desparecidos tras la tormenta del siglo en Vallcebre. Todo parece indicar que fue una imprudencia”.

Una antigua explotación a cielo abierto cerca de la carretera hacia Coll de Fumanya. Aquí se ven pisadas de dinosaurio todavía en buen estado

Una foto ampliada mostrando las huellas

La nieve en el suelo nos impide ver el punto de salida de la carretera para buscar el camino del paso de Conangle. Cuando por fin lo encontramos se oye un sonido de repiqueteo en los árboles, como si estuviera granizando, pero no llega nada al suelo. Cinco minutos después, empiezan a llegar al suelo unas bolitas como las que se toman en remedios homeopáticos. Se va haciendo cada vez más intenso a medida que subimos al ‘grau’.

El camino hacia el grau de Conangle

Por fin llegamos y pasamos a la cara este. Buscamos un refugio entre las rocas para comer nuestros bocadillos mientras observamos una cortina de bolitas que se va haciendo cada vez más densa. Comemos con prisa y decidimos abandonar nuestro refugio precario. Temiendo por mi electrónica, guardo el GPS y la cámara en la mochila. Pep saca una capelina roja de la mochila y se la pone. Con lo apretado que la tiene abrochada bajo el mentón y la mochila debajo, se parece a un cruce siniestro entre David el gnomo y una Caperucita Roja jorobada. Lástima que he guardado la cámara pero de todos modos me veta cualquier foto.

A pesar de la lluvia de bolitas, podemos ver que estamos siguiendo un camino hecho con mucha arte, que busca la manera más fácil de bajar la roca, con zigzags muy cerrados, y reforzado en los bordes con piedras. Salimos de las rocas, entrando en una cuesta de pinos. Aquí se bifurca el camino y vamos a la izquierda, hacia Vallcebre.

El cielo se despeja yendo hacia Els Estanys

Deja de granizar y Carles saca su GPS, donde tiene grabados los caminos de la Minuta. Nos lleva a la casa dels Estanys, una casa apartada a medio camino entre Vallcebre y la ermita de Santa Magdalena. Aquí vivió un tal Jep Busoms, un cabecilla algo sanguinario de una revuelta absolutista contra las reformas liberales de la década de 1820. De su casa queda poca cosa y él fue fusilado en Olot en 1828. La casa no sale en el mapa del Alpina, así que aquí están las coordenadas UTM: x=402140, y=4672065.

A partir de aquí, vamos por pistas y caminos conocidos hasta el pueblo de Vallcebre. Mientras Pep y Carles miran un puente, aprovecho, por fin, para tomar un cortado en el bar.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,5 km; 440 metros de desnivel acumulado.

sábado, 8 de febrero de 2014

24/1/2014 – A la sombra de la Roca de Castellar

Está resultando imposible sacar a Pep de Vallcebre. Sufro por mis lectores por la falta de atractivos turísticos pero la verdad es que desde hace tiempo estoy llenando mis mapas con rayas rojas en unos cuantos lugares donde antes había muy poco.

En la carretera de Saldes, pasada la bifurcación a Vallcebre pero bastante antes de llegar a Maçaners, se ve a la izquierda una gran pared de roca blanca, es la Roca de Castellar. Hace unos 6 ó 7 años, antes de empezar el blog y antes de saber que existían los mapas de las Minutas, habíamos explorado un poco a ciegas la periferia del municipio de Vallcebre, simplemente porque lo teníamos todo en blanco en los mapas. En esas salidas, habíamos visto un camino que bajaba desde los campos cerca de la casa de La Muga hacia la carretera de Saldes.

Pep proponía dividir la salida en dos partes: primero, dilucidar los caminos a Vallcebre bajo la Roca de Castellar y luego buscar la casa de Ca l’Esgarrifós, en el camí ral de Gòsol, hoy la Ruta de Picasso.

Aparcamos el coche en la carretera pasado el cruce de Vallcebre. El hombre del tiempo había pronosticado frío y viento del norte. Frío hay pero viento no; hay placas de nieve helada de una nevada anterior por todas partes.

Anotamos los restos de una torre del teleférico  que bajaba de l’Espà a Hostalet, al lado mismo de la carretera, nos adentramos en el bosque y enseguida vemos las marcas amarillas de la Xarxa Lenta. La verdad es que el Ayuntamiento de Vallcebre ha trabajado mucho en la recuperación de caminos antiguos y ahora dispone de una red muy completa, integrada en la Xarxa Lenta.

El camino de La Muga

Viendo como Pep y Carles se afanan en fotografiar una pila de piedras que antes era una barraca (o quizás algo más antiguo, dicen ellos), no puedo reprimir una sonrisa. “Eso que hacemos nosotros, eso es lo que perdurará y pasará a la historia, no esa crónica de trivialidades que escribes tú”, me dice Pep. “Te equivocas”, contesto. “Algún día harán una película basada en mi blog”. “Sí”, añade Carles. “Y mi papel lo hará George Clooney”. Ya veremos quién se ríe el último, pienso.


Estamos sobre el camino de la Minuta. Pasamos entre campos aterrazados perdidos en el bosque y luego ganamos altura, pasando al pie de la Roca de Castellar. Es un camino muy recomendable y nos lleva directo a la Muga. ¡Pero no es mi camino! En la subida, dejamos otro camino que marcha hacia abajo y que probablemente enlaza con él.

Pasando al pie de la Roca de Castellar

Salimos en los campos de La Muga. Me detengo un momento para sacar fotos y al volver a emprender la marcha, resbalo sobre una placa de nieve helada y caigo como un saco de patatas al suelo. Suerte que hice judo de niño y lo único herido es mi dignidad.

 La vista hacia el norte desde el Pla de la Perdiu

La casa de La Muga

En La Muga, una casa habitada, el camino continúa hacia Vallcebre pero nosotros damos la vuelta. Vuelvo a resbalar sobre la misma placa de hielo pero esta vez consigo mantenerme de pie. Seguimos el camino que dejamos en la subida y efectivamente enlaza con el camino que vimos hace tantos años ya, que sale en el Pla de la Perdiu. No ha cambiado nada.

Volvemos a bajar, llegamos a la carretera y cruzamos, entrando en la pista que va a la casa de El Solà y ahora parte de la Ruta de Picasso. Pep aún alberga esperanzas de encontrar el camino desde Sant Julià de Freixens hasta Vallcebre. En la última curva de la carretera antes de llegar a Sant Julià de Freixens, se mete en el bosque y por fin lo encuentra: un surco inconfundible que sigue una amplia cresta. Lo seguimos hacia arriba, entrando nuevamente en la carretera donde lo estuvimos buscando infructuosamente hace dos semanas y donde las obras de la carretera se encargaron de borrarlo. Damos la vuelta y lo seguimos hacia abajo, cruzando la carretera de Saldes y entrando en la pista que va a Sant Julià de Freixens.

 La iglesia de Sant Julià de Freixens, con las montañas del Catllaràs detrás

La 'Tumba de la Señora', en el cementerio de la iglesia. Sus orígenes son medievales; observad el dibujo a la izquierda

Almorzamos en los bancos al lado de la iglesia de Sant Julià. Con energías renovadas, ponemos rumbo hacia el oeste para buscar Ca l’Esgarrifós. En un punto donde la pista que va a El Solà gira hacia el norte, el camino antiguo continúa hacia el oeste, subiendo una pequeña cuesta, y allí abajo, se ve una forma cuadrada de dos hileras de piedras, que es todo lo que queda de la casa de Ca l’Esgarrifós. 

Los restos de Ca l'Esgarrifós

Este tramo de la Ruta de Picasso es quizás uno de los mejor conservados, con muros a cada lado para separarlo de los campos y un poco del empedrado original. Intento ponerme en la piel de un viajero de ciudad subiendo a lomo de mula, pasando al lado de esta humilde casa. Intento imaginar un mundo sin pistas forestales y sin carreteras, los caminos no están señalizados pero siempre están limpios, conservados y reparados por los propios habitantes, los montones de piedras son casas con gente que entra y sale de ellas, y los campos son labrados. Por debajo de esta pátina bucólica, también habría la pobreza, la falta de recursos, mala salud, el poder del cacique local y una minería incipiente que empezará a transformar el paisaje.

Y el camino que sube detrás de la casa

Mi viaje en el tiempo dura 300 metros, cuando el camino vuelve a entrar en una pista, ya muy cerca del coche.


Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,2 km; 480 metros de desnivel acumulado.

martes, 4 de febrero de 2014

17/1/2014 – El Boixader de Vallcebre

Por fin estamos al completo. Pep me había dicho el día antes que quería ir a la zona de la pequeña ermita de Santa Magdalena, llamada el Boixader, donde también había caminos de la Minuta. Como indica su nombre, es básicamente una zona de boj y pinos.

En años anteriores, había constatado que era una zona complicada. Hay unos cuantos caminos limpiados y señalizados: uno este-oeste que bordea el arisco y dos o tres en sentido norte-sur, y otros todavía sin señalizar y muy tapados. Aquí se mezclan caminos de comunicación, caminos de una antigua explotación forestal y alguno creado a partir de la nada para completar una ruta senderista. Como he dicho, una zona complicada.

Antes de ir al Grau de la Mola, Pep quería buscar el camino antiguo, indicado en la Minuta, desde Sant Corneli al Grau de la Granota. Aparca el coche encima de Sant Corneli y encontramos los restos del camino en una cresta después de atravesar unos campos. Mientras Pep y Carles intentan seguir el trazado, vuelvo a la carretera y me entretengo fotografiando la niebla que sube desde el valle del Llobregat. 

 La niebla llena el valle del Llobregat, mirando hacia el sur

Y que acaba entrando en los campos de Sant Corneli

Por fin, vuelven; el camino se perdió poco después de cruzar la carretera. “Tampoco encontramos la casa de Capdevila; por esa casa pasaba el camino”. Les señalo el buzón a pie de carretera donde pone “Casa Capdevila” y al final de la pista, se ve la casa, ahora reconstruida. Como muchos académicos, a veces se olvidan de lo obvio.

Subimos el Grau de la Mola. Es una fisura amplia en la Cingle que permite superar la roca vertical sin esfuerzo. Como he dicho en otra entrada, era una vía importante. Pep quería encontrar el camino a Vallcebre desde el Grau. Descarta un camino que baja en diagonal a la derecha, que parece morir al poco rato, y seguimos el camino señalizado hacia la derecha, que sigue la línea de la Cingle. Tras pasar el cortafuegos bajo la línea de alta tensión, vemos un camino que baja hacia la izquierda, hacia las casas del barrio llamado Les Comes.

El camino que sube el Grau de la Mola

A medida que bajamos, el camino va perdiendo entidad pero de repente, entramos en un camino transversal, limpio y señalizado, que no conocíamos antes. A la derecha, vemos que marcha hacia el Grau de la Granota; a la izquierda, hacia las casas del barrio de Belians. Pero no acabamos de enlazar sino que nos distrae un camino que sube. Vamos dejando caminos que marchan hacia la derecha y la izquierda, cruzamos el camino señalizado que baja desde el Grau de la Mola hacia Santa Magdalena y acabamos en el camino señalizado que va del Grau de la Mola al Grau de Cal Gat.

Bajamos por otro camino de desembosque que yo tenía como colita. Llevamos unas cuantas horas en la umbría sin ver el sol y el frío se empieza a notar. Por fin, salimos del bosque, cruzamos antiguos campos y entramos en la pista que va a la ermita de Santa Magdalena desde las casas de Belians.

La pequeña ermita de Santa Magdalena, perdida en el bosque (foto de 2005)

Pero no vamos a la iglesia sino que seguimos bajando hacia el noreste por la cresta por campos abandonados. Tiene toda la pinta de ser un camino antiguo. Cruzamos otra pista y salimos bajo la línea de alta tensión con Cal Victoria a la vista. Ya estamos al sol, bajo el cortafuegos, una banda ancha de terreno sin árboles, con sólo roca y hierba. El viento, aunque viene del sur, es gélido. Buscamos un sitio resguardado para comer, bañados por la energía electromagnética irradiada desde la línea eléctrica encima de nuestras cabezas. A ver si nos carga un poco las pilas que, con nuestra edad, bien nos hace falta.

Después de almorzar, subimos la cuesta desnuda bajo las líneas, buscando el camino transversal señalizado que dejamos esta mañana. Lo encontramos y esta vez lo seguimos hasta empalmar con una pista conocida. En la misma pista vemos otro camino que sube y entramos de nuevo en una zona laberíntica. A medida que vamos subiendo, nos damos cuenta que algunos de los caminos que veíamos marchando hacia la derecha y la izquierda en realidad eran grandes curvas de un mismo camino.

Bajo la línea de alta tensión, donde comimos, mirando hacia la Moixa y el Cadí

Aquí, el uso mixto de los caminos, unos sinuosos para ir a pie, cortados por otros rectos para bajar troncos, daría para una tesis doctoral. A medida que vamos subiendo hacia el Grau de la Mola, el camino se hace cada vez más borroso. A fuerza de ir hacia adelante y hacia atrás, vamos aclarando su trazado pero estoy seguro de que si vuelvo mañana, lo volveré a perder y haré un trazado diferente.

Finalmente, salimos en el Grau de la Mola, por el mismo camino que había descartado Pep por la mañana. Pep asume con naturalidad el error; no es la primera vez que le pasa.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9,7 km; 550 metros de desnivel acumulado.

sábado, 25 de enero de 2014

10/1/2014 – El Camino de Sant Julià de Freixens a Vallcebre

Hoy, es Carles que no puede venir. No es la primera vez que Pep se entusiasma con una zona que durante años había descartado, por no decir despreciado. Esta vez le ha tocado a la zona central de Vallcebre, entre el núcleo del pueblo y la Foradada. Mirando el mapa antiguo de la Minuta, muchos caminos ahora son pistas pero hay el camino desde Sant Julià de Freixens, que se bifurcaba desde el camí ral del Collet a Saldes y Gòsol (ahora convertido en la Ruta de Picasso) y que Pep está convencido que no pasaba por la carretera actual.

Al no venir Carles, ninguno tiene los caminos de la Minuta en el GPS y vamos medio ciegos. Suerte que Pep lleva parte de la ruta en la cabeza. Aparcamos el coche en el mirador de Cap Deig en la carretera e intentamos encontrar la bajada hacia la iglesia de Sant Julià de Freixens, dejando las mochilas en el coche. El resultado es un fracaso rotondo. Las obras de la carretera actual lo han removido todo, borrando cualquier indicio del camino.

Al otro lado de la carretera, vemos algún resto, convertido en antigua pista, que iba hacia el ‘grau’ pero no tarda en ser cortado por la carretera. Volvemos al coche. Mirando hacia arriba, veo una abertura sospechosa en las rocas y planteo la posibilidad de que el camino pasara por ahí.

Paso del antiguo camino encima de la carretera actual, en Cap Deig

Nos ponemos en marcha para subir la pequeña cuesta. Un payès que viene en coche por la pista de La Barceloneta, nos toma por unos excursionistas extraviados y nos pregunta dónde queremos ir. Intento explicarle en mi catalán británico que estamos buscando caminos antiguos y le enseño la abertura en la roca. “Por allí pasaba la antigua carretera”, dice. Así que lo que fue camino en los años 20 ya era carretera en los años 60.

Llegamos al punto en cuestión y confirmamos que por allí pasaba el camino. Damos la vuelta y buscamos la continuación hacia Vallcebre. En los campos encima de la casa de Cal Berto vemos dos hileras paralelas de piedras, signo inequívoco del camino. Lo perdemos en el Torrent de la Jou y lo volvemos a encontrar subiendo hacia el cementerio.

El trazado del camino antiguo cerca de Cal Berto

Entramos en el pueblo. Hoy, Pep tampoco me deja tomar café en el bar del pueblo. En su mente ordenada, no hay lugar para esos pequeños vicios que tenemos los demás mortales. Volvemos a tomar el mismo camino que la semana pasada, saliendo de Cal Maçana, pero esta vez continuamos hasta el molino, siguiendo otro camino antiguo de la Minuta. 

Las ovejas buscan calor bajo la línea de alta tensión

Cal Andorrà; la casa antigua se ha convertido en pajar

Se acerca la hora de comer y las mochilas, con la comida y el agua, están en el coche. “¿Cómo vamos a subir al coche?”, pregunto ingenuamente, pensando en que tenía otro camino antiguo para subir. Pero no, busca la línea de roca blanca que es la continuación de la Cingle de la Foradada. Aquí no hay ningún camino pero se ha marcado un paso entre las rocas que sube hacia arriba. Tiene algunos puntos que se acercan incómodamente al borde del precipicio pero, como contrapartida, ofrece unas vistas espléndidas hacia el norte, con Gisclareny, el Cadí y Pedraforca.

Pica el sol e, intentando no mirar demasiado el abismo a la derecha, paso toda la subida pensando en la botella de agua que me está esperando en el coche. Por fin, llegamos, cogemos las mochilas y buscamos un lugar soleado en las rocas.

Tenemos una vista prácticamente de 360º. Mientras comemos, la vamos recorriendo con los ojos, anotando mentalmente los caminos que van cruzando valles, collados y bosques. “La verdad es que hemos estado en todas partes”, resumo. “Cierto”, contesta Pep. “Ahora toca repasar y enseñar a los jóvenes”.

Parte de la vista desde nuestro comedor

Cómo aún tenemos tiempo, Pep quiere intentar una vez más encontrar la bajada a Sant Julià de Freixens, desplazándonos un poco más hacia el este. Pero el resultado es el mismo. Definitivamente, aquí el camino desapareció sin dejar rastro.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,5 km; 350 metros de desnivel acumulado.

miércoles, 1 de enero de 2014

13/12/2013 – Grau del Moro, Grau de la Foradada, Grau de les Granoteres

Hoy llegamos al Mikado con una novedad importante: no una sino dos preguntas, y una fecha, el 9 de noviembre de 2014. Los dos grandes partidos estatales se han puesto de acuerdo para defender la unidad de España e insisten en que la consulta no se celebrará.

“¿Dónde vamos?”, pregunta Pep. “¿Dónde quieres ir?”, es mi contrapregunta cautelosa. “Donde quieras. Estoy abierto al diálogo”, responde Pep pero aún recuerdo la acusación en octubre de que no le dejaba acabar los sitios y propongo hacer los tres últimos ‘graus’ que nos quedan en la Cinglera de Vallcebre.

Salimos de Berga con 0ºC pero en la carretera de Saldes ya son -5ºC y la hierba al lado de la calzada está blanca de escarcha. “Desde luego”, dice Pep, “pudiendo elegir cualquier sitio en el Berguedà, nos tienes que traer al más frío”.

Aparcamos el coche en el pequeño parking fuera del camping, delante de la carretera que va a Sant Corneli. Caminamos carretera arriba hasta la Foradada. Hace frío. El primer ‘grau’ es el Grau del Moro, que sale desde la fuente a pie de carretera. Después de un corto flanqueo, entra en una falla en la pared y la sube, con la ayuda de peldaños cortados en la roca y cadenas.

 Subiendo el Grau del Moro

Y una vez arriba

Llegamos arriba. Ya no tenemos tanto frío y giramos hacia la Foradada. Aquí se abrió a barrenadas un paso hasta la carretera, más que nada para el mantenimiento del teleférico que entre los años 40 y 60 transportaba el carbón desde el Coll de Pradell hasta el Collet, donde pasaba el antiguo ‘carrilet’ de Guardiola a Manresa.

El paso de la Foradada

Una de las estructuras curiosas cerca de la Foradada es el molino, que aprovecha un hueco en las rocas encima del torrente. El agua se hacía llegar por un canal de obra, bajaba por la maquinaria y salía por una especie de portal.

El molino

Todavía es muy pronto para ir al tercer y último ‘grau’, así que decidimos seguir un camino señalizado de la Xarxa Lenta que no conocíamos y que va a Vallcebre. Pronto se bifurca y subimos el camino de la derecha, reservando el camino de la izquierda para la vuelta. Entramos en el pueblo por Ca l’Andorrà. No me dejan tomar un café en el bar del pueblo y volvemos a salir por el otro camino, que pasa al lado de Cal Maçana, antiguo hostal.

El pueblo de Vallcebre

Entramos en un bonito camino que va bordeando los campos, cruza una pista y luego entra en un pequeño robledo con unas piedras muy sospechosas desparramadas por el suelo. 

 La primera parte del camino, que pasa entre los campos

Y la segunda parte, ya en el robledo

Llegamos a una carretera asfaltada y giramos a la derecha. Caminamos por un paisaje eminentemente agrícola con campos, prados y casas diseminadas. El contraste entre sol y sombra es marcado. Pasamos al lado de Cal Ton y finalmente nos plantamos delante del poste indicador del Grau de les Granoteres.

Antes de enfrentarnos al precipicio, decidimos reponer fuerzas y comemos. La seguridad del Camp de la Martina parece muy lejos y muy abajo; el poste avisa que el ‘grau’ no tiene conexión. Mientras Carles y yo compartimos chocolate, Pep baja a explorar. Unos 10 minutos después, vuelve. “Un camino magnífico, espectacular. Aunque hay un trozo de roca con hielo que no te gustará”, añade, mirándome a mí. Pero no me dejo asustar y paso el tramo de roca sin problemas y entramos en una especie de cañón.

 La entrada del 'grau'

Pasando por el cañón

El camino está acondicionado y baja por una estrecha fisura en la roca. La última bajada tiene peldaños de hierro y cadenas y salimos a una faja intermedia con caminos a la izquierda y derecha.

Pep y Carles me esperan al pie de la última bajada acondicionada del 'grau' 

Giramos a la derecha y el camino parece acabar en una gruta formada por una roca adosada. Vemos clavos que marcan vías de escalada. Probamos el camino a la izquierda. Ha sido limpiado, se supone por escaladores, y se ve alguna vía. Sin embargo, el camino se hace cada vez más precario y tampoco tiene intención de bajar sino que va siguiendo una repisa cada vez más estrecha. Al final, parece que nuestro escalador se cansó de limpiar y nos deja tirados sin más opciones que dar la vuelta.

La explanada pasada la pseudogruta, pero aún faltaba un último escalón de bajada

Volvemos a pasar por la pseudogruta y tras un flanqueo un poco delicado, el camino se vuelve a ensanchar y forma una explanada. Me paro para tomar fotos y cuando continúo, veo que Pep y Carles ya han bajado un tramo de roca que, esta vez, no tiene cadenas ni ningún otro tipo de ayuda, y me están esperando.

“Cuidado, Steve”, me dice Pep. No falla. Podría decírmelo antes de pasar, para que me fijara en cómo lo hace él pero no, cuando ya ha alcanzado un lugar seguro, da la vuelta y me dice que tenga cuidado. “No soy tan torpe como él quiere hacerme creer”, digo para mí mismo en tono desafiante. Me deshago de todos mis bienes terrenales: bastón, mochila, cámara y sombrero, para que no me estorben, y bajo la roca.

Aunque no lo parezca, el 'grau' baja por una fisura escondida aquí, saliendo en la roca cuadrada en el centro. La pseudogruta está a la izquierda.

A partir de aquí, es un descenso por el bosque hasta llegar al prado grande que veíamos desde arriba. Bajamos por un paisaje helado hasta llegar al coche.


Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9 km; 600 metros de desnivel acumulado.