Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



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lunes, 16 de junio de 2025

13/6/2025 – El término parroquial de Sant Julià de Freixens

Desde hace días, hace un calor más propio de julio. Y llevo tres días sin poder abrir las ventanas, ni siquiera para dormir, porque están quitando la Uralita del tejado de unos bajos en la finca al lado. Y en el camino al Mikado, ya intuyo que mi rendimiento hoy no será óptimo.

Pep me había pedido traer los mapas de Sant Julià de Freixens y en el coche, me enteré de que el objetivo era seguir los límites de la antigua parroquia, un estatus que perdió en el siglo XIV. Joan enumera un sinfín de casas mencionadas en los documentos que ha leído. Pero también había otro motivo que en aquel momento no llegué a comprender y que explicaré más adelante.

Aparcamos en la carretera, cerca del camping El Berguedà. Empezamos caminando por la carretera hacia La Foradada pero Pep no tarda en agobiarse por el paso continuo de vehículos y baja en línea recta por el bosque hasta encontrar el camino de la Xarxa Lenta que va al mismo sitio.

En aquel descenso precario, me doy cuenta que tendré que ser muy consciente de dónde pongo los pies y cómo muevo las rodillas y que, efectivamente, hoy no será mi mejor día.

Salimos otra vez a la carretera y empezamos a subir el camino que antes se usaba para bajar a la carretera desde Vallcebre. Arriba hay un molino que aprovecha el espacio disponible de una manera muy curiosa, construido en el siglo XIX, y que he mencionado en alguna entrada anterior. Pep lleva a los jóvenes a verlo pero yo me quedo en el puente esperándolos. Me parece que la vegetación ha tapado gran parte de su interior desde la última vez que estuvimos aquí.

El teleférico encima de La Foradada

El próximo paso es subir la línea de la ‘cinglera’ hasta el Mirador de Cap Deig, ya que aparentemente marcaba el límite de la parroquia. Son 150 metros de desnivel y ya hace mucho calor. La roca calcárea reverbera con la luz y el calor del sol y el gradiente cada vez cuesta más de subir.

Vista general de las Cingles de Vallcebre y la hendidura de La Foradada

Uno de mis lectores ingleses del blog, un ecologista profesional que también se llama Paul, me dice que debería ser más duro con Pol e insistir más en las incongruencias de sus creencias religiosas. Una broma sobre garrapatas es muy poca cosa, me dijo en nuestro último Zoom. Pero ¿cómo puedo ser duro con él si es el que más me cuida: me ayuda a cruzar las vallas, me envía fotos, y en los pasos difíciles, noto su mirada atenta.

Vista de Sant Julià de Freixens, con la Cantina y la Escola a la izquierda, la línea de vegetación que marca la Ruta de Picasso debajo de la iglesia y las ruinas de El Cofinar encima de la iglesia

Seguimos subiendo por la pendiente hasta llegar a la casa llamada La Batalla y luego por un camino medio borrado que sube una especie de vaguada y luego pasa al lado de la Roca de Girbets. Aquí el paisaje se abre, vemos grandes prados pero nosotros continuamos por el bosque, separados por una valla de alambre. La casa de La Muga está cerca pero no la vemos.

El punto culminante será la Roca del Castellar y todavía faltan 60-70 metros de desnivel. Llegamos a una valla formada por dos cuerdas paralelas. Miro cómo la pasan los demás, cada uno a su manera, y me dispongo a pasar entre las dos cuerdas. De repente, noto un golpe seco en el codo que me catapulta al suelo. ¿Por qué electrificar la valla en un lugar tan alejado de todo?, me pregunto. En eso llegamos a un estanque poblado de carpas rojas, como si fuera una fuente de alguna capital. ¿Qué hacen aquí y quién las trajo? Tampoco hay respuesta. De repente, salen tres caballos del bosque, ansiosos de conocernos, pero quizás porque huelen las manzanas que traemos para el almuerzo. Puede que sean la respuesta a la primera pregunta. Se quedan sin manzanas pero están de buen humor y se dejan acariciar. Nos siguen un rato hasta que giramos para subir el cortafuego de una línea eléctrica, momento en que deciden que estamos locos y entran otra vez en el bosque. Al haber tallado los árboles, vemos que toda la cuesta está formada por pequeños bancales y arriba, hay una estructura que podría ser una casa medieval.

Los caballos

Con la mayor parte del desnivel superado, vamos llaneando hacia la Roca del Castellar. Se ve que había un asentamiento ibérico, ya que se ha encontrado abundante cerámica, pero la aproximación es desde la cara norte por una especie de ‘tartera’. Yo he avisado que no subiré con ellos y Pep me nombra guardián de las mochilas. Tras preguntarles el contenido de sus bocadillos, veo que no llevan nada que me pueda tentar y les aseguro que sus pertenencias estarán seguras conmigo. Después de bajar unos 50 metros, Pep me dice: “Me han puesto dos condiciones para dejarte cuidando las mochilas: que esté cerca del agua y que haya sombra”, y muestra una pequeña península entre dos pequeños arroyos donde hay árboles que dan sombra.

Me acomodo bajo un árbol y leo las últimas noticias sobre el ataque de Israel a Irán mientras como mi bocadillo. Tanta muerte y destrucción, pienso, y ninguno de esos hombres tan poderosos cree que debe temer la crisis medioambiental que ya tenemos aquí.

Después de media hora vuelven. En realidad, les he ido oyendo casi todo el rato mientras iban subiendo y luego bajando. Por temas de sombra, me siento al otro lado del pequeño arroyo, lo cual suscita comentarios sobre el Canal de la Mancha, la insularidad de los británicos y el Brexit. A mí personalmente, el Brexit no me ha hecho ningún favor.

Iniciamos el descenso por la cuesta, al principio siguiendo un camino de animales al lado del arroyo y luego sin camino. Será un descenso muy largo y mi rodilla me avisa que hoy no es el día de hacer tonterías. Bajo a mi ritmo, asegurando los pasos. Una orquídea a cada 10-15 metros me va marcando el camino. Cruzamos la carretera de Saldes y seguimos bajando sin camino hasta llegar a la pista de Ca l’Agustinet. Cada 200 metros hay un cartel que dice que es propiedad privada. ¿Tanto molestamos? A partir de ahora, seguiremos en gran parte lo que era promocionado como la Ruta de Picasso, conmemorando el viaje del pintor a Gòsol. Sin embargo, los tramos sin pista denotan una falta de mantenimiento. ¿No funcionó y se quedó sin presupuesto? Más preguntas sin respuesta.

La gran casa de El Solà y el Cadí detrás

Por fin llegamos a la iglesia de Sant Julià de Freixens. Lo que era la Cantina y la Rectoría han sido restauradas, la Cantina con cierto aire New Age y campanitas chinas que tintinean. 

La Cantina, restaurada con mucho cariño

Subimos a las ruinas de la casa encima de la iglesia, El Cofinar, y allí, por fin, se me revela el segundo propósito de esta salida. Resulta que la familia de Joan por línea materna pasó varias generaciones en esta casa. Al bajar al cementerio, hay varios nichos donde están enterrados antepasados suyos y una tumba con una cruz donde descansan los restos de su tatarabuela.

Joan señala la tumba de su tartarabuela

Seguimos bajando por la Ruta de Picasso, ahora bastante perdedora, pero al llegar a la altura de Cal Coix, Pep gira a la derecha para buscar el Torrent de Bosoms. Entramos en el bosque y vuelvo a perder a los demás. Tras unas subidas y bajadas, nos volvemos a encontrar y entramos en el camí ral, flanqueado con piedras por cada lado para que los animales no entraran en lo que eran campos.

El camino nos lleva directamente al Torrent de Bosoms, muy cerca del molino, pero vemos una caída casi vertical de unos 12 metros que nos impide bajar. “A ver por dónde podemos bajar”, murmulla Pep mientras se asoma al borde. Justo entonces aparecen cuatro jóvenes del camping cercano en la otra orilla, buscando un buen sitio para bañarse. “Igual desde donde están ellos, tienen mejor perspectiva y nos pueden echar una mano”, pienso. “¿Veis algún sitio para bajar?”, les grito. Nos miran sorprendidos, sin saber qué contestar.

“¡No me lo puedo creer!”, exclama Pep, incrédulo, levantando las manos a la cabeza mientras se aleja cuesta abajo a toda prisa. “¡Nunca he pasado tanta vergüenza! ¿Cómo se te ocurre preguntar a esos jóvenes?”. Le intento explicar lo de la perspectiva, pero ya no me está escuchando.

Bajamos unos 70 metros antes de encontrar un sitio donde se puede cruzar, con cierta dificultad. Cuando llego a la otra orilla, Pep me está esperando. “No te lo perdonaré nunca”, me espeta. “Después de mí, eres la persona que más sabe del Berguedà. Ni con un brazo roto, deberías pedir ayuda a gente como esa. ¿Qué saben ellos? Bueno, con una pierna rota quizá sería permisible, pero con un brazo roto no; un brazo roto no impide caminar”.

Llegamos al camino que va al Molino de Bosoms. Pep sigue moviendo la cabeza, superado por la gravedad de mi falta: “Veinticinco años de enseñanza, impartida con constancia y esmero, borrados en un instante”, lamenta. “Desde que cumplí los 70, he perdido algunas inhibiciones”, argumento en mi defensa.

Llegamos a la balsa del molino y vemos otras dos chicas que bajan a refrescarse. “Ni se te ocurra preguntarles donde está el Molino de Bosoms”, me advierte Pep. Me tapo la boca con la mano y niego con la cabeza. Una vez alejado el peligro, continuamos por el camino a la Font de la Foradada y la carretera, pero cuando llegamos a la altura del camping, Pep gira a la izquierda como para entrar en el camping. Luego sube a cierta distancia de la valla por un caos de ramas y vegetación cortada. “Quizás sería mejor coger el otro camino”, sugiero temerosamente. “No pienso hacerte caso”, me contesta y sigue subiendo. Al final, llegamos a la carretera, justo delante del coche.

En el camino de vuelta, Pep enciende la radio. La locutora anuncia la propuesta del Departament d’Educació de prohibir los móviles en las aulas hasta el bachillerato. Pep asiente con la cabeza. “Sí, señor”, dice y luego me mira a mí. “A ti te voy a hacer lo mismo”, me dice. “Prohibido mirar el móvil durante las salidas. A ver si prestas más atención”.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,3 km; 580 metros de desnivel acumulado (100 metros menos para mí). Pero mis piernas no creen el GPS y me dicen que hemos caminado el doble.

 

miércoles, 11 de junio de 2025

6/6/2025 – Regreso a la Torre de Foix

Entro en el Mikado y encuentro a Joan y Pol que ya han llegado. “Solo seremos nosotros tres hoy”, me bromean, “así que te puedes imaginar qué desnivel tendrás que hacer con nosotros”. De hecho, me ha sorprendido ver a Joan aquí. Una vez acabada la zona de Brocà, como quién escupe los huesos del pollo tras haber quitado toda la carne, pensaba que Joan nos dejaría abandonados después de extraernos todo el jugo. “Mientras estéis en el municipio de Guardiola o cerca, seguiré viniendo”, aclara. Pero Pep ya me había dicho que volveríamos a la Torre de Foix.

Aparcamos cerca del camping El Berguedà. Nada más bajar del coche, Carles se da cuenta de que le falta algo. “He dejado el móvil en casa”, lamenta. Evidentemente, sus negocios inmobiliarios tendrán que esperar. Pero su teléfono también tiene un mapa muy detallado del Institut Cartogràfic, que ya no se puede bajar, donde tiene marcadas todo tipo de estructuras y también un punto azul que marca su ubicación y cuya importancia se revelará más adelante.

Pol se apunta a la nueva tendencia anti-garrapatas

Pep, por su parte, ha traído dos mapas impresos donde ha marcado una serie de casas entre aquí y la Torre de Foix que propone mostrar a los dos jóvenes. Primero, vamos hacia Cal Griera y anotamos una casa medieval. Seguidamente, cruzamos la carretera de Saldes y caminamos hacia el este. Dentro del bosque, por debajo del Mas de Pei, sin quitar los ojos de sus mapas, Pep nos lleva sucesivamente a dos casas medievales más y una estructura sin determinar. Pol incluso encuentra un fragmento de cerámica medieval.

El canal que lleva agua al tubo que alimenta la pequeña central hidroeléctrica de Guardiola 

La casa de Mas de Pei con la base de teleférico en el primer plano

Salimos a los campos del Mas de Pei, con vistas impresionantes de Pedraforca, Gisclareny y la cara sur del Cadí. Los cimientos de una torre cerca de la casa dan fe del paso de la línea del teleférico desde Vallcebre. Se han talado árboles, quizás para hacer más prados pero de momento es un caos de ramos y tierra removida por las máquinas.

La masa imponente de Pedraforca, con la iglesia de Sant Julià de Freixens en el primer plano

Y las cuestas de Gisclareny con la cara sur del Cadí detrás

Giramos hacia el norte, cruzamos la carretera de Sant Corneli y luego giramos hacia la izquierda. Otra casa medieval; esta tiene un nombre gracias a la documentación, Mas Noguera. Seguimos subiendo hasta encontrar el camino que nos llevará a Soldevila. Lo que se ve ahora son pajares restaurados. La casa original está escondida en la vegetación y es mucho más antigua.

La vista hacia el sur desde Soldevila

Pep quiere mostrar a los jóvenes la casa que volvimos a visitar a principios de mayo, ahora con un nombre, Mas Fàbrega. Bajamos la pista de Soldevila hasta llegar a la carretera de Sant Corneli, la cruzamos y seguimos bajando con paso seguro en línea recta hacia la casa, guiados por la brújula en el cerebro de Pep. Pero en cierto momento, del mismo modo que el ejército alemán en 1914, en vez de rodear París por el oeste, dio un giro fatídico para pasar por el este de París, dando lugar a la Batalla del Marne, en nuestro avance se produce un cambio de rumbo. Al bajar el track en casa, veo que cuando estamos a 100 metros escasos de la casa, Pep gira para flanquear hacia el norte, cruzando un barranco, hasta llegar a una estructura a unos 180 metros de distancia. Es algo pero no es la casa. Continuamos hacia el norte hasta llegar a una pista. Pep gira hacia Carles. “¿Verdad que no entramos en una pista la última vez?”, pregunta.

Y entonces se me hace la luz. Sin el teléfono de Carles y su mágico punto azul, su brújula interna solo funciona a medias. “Mira los mapas míos. Allí está todo”, le insisto. Pep remueve los mapas con una frustración creciente. “Siempre traes todos los mapas excepto el que hace falta”, me acusa. “Es este”, señalo. “Míralo bien, en el borde derecho”. Por fin, Pep encuentra la casa en el mapa y se restablece la calma. En 5 minutos, siguiendo una elipse, encontramos la casa.

Pep no se aclara

Iniciamos el regreso. La primera parada es la iglesia de Sant Climent y la casa de Torre de Foix. La iglesia ha sido restaurada desde que estuve aquí hace unos cuantos años. En aquel entonces, el tejado se estaba derrumbando. Ahora luce una nueva solidez, al igual que la casa, cuyo núcleo es claramente medieval.

La iglesia de Sant Climent y la casa de Torre de Foix

Subimos nuevamente a la carretera de Sant Corneli. Ya es la hora de comer. “¿Qué te parece si subimos el Grau de Sant Climent?”, propone Pep. “¿Qué hay allí?”, pregunto desconfiado. “Una vista impresionante. Un sitio bonito para comer”, me contesta con su voz más seductora. Son casi 200 metros de desnivel pero hoy no tengo objeciones. Era uno de los ‘graus’ o pasos más asequibles para superar las Cingles de Vallcebre; incluso se podía hacer con animales.

Arreglo floral en el Grau de Sant Climent

Nos queda una última casa, Mas Vilaverd, que dejamos de lado para visitar Mas Noguera. Volvemos a bajar el mismo grau y entramos en un camino ya conocido con las marcas de la Xarxa Lenta. Pero, de nuevo, sin el teléfono de Carles, todo son dudas, titubeos e incertezas. Sin embargo, consultando mi mapa, la acabamos encontrando. Situada dentro del bosque, es quizás la más misteriosa, con restos de muros adornados de musgo. La pared que aguantaba la casa contra el talud de tierra todavía está bastante intacta, a pesar de haber sido abandonada en el siglo XIV.

Finalmente, encontramos la manera de llegar otra vez a la carretera de Sant Corneli y, desde aquí, estamos en el coche en menos de media hora. Incluso desde las pocas semanas que estuvimos en esta zona, varias ruinas, poco más que pilas de piedras, ahora tienen nombre, gracias a la lectura de documentación nueva. Contemplando los restos de Mas Vilaverd, Pep lo resumió a la perfección: "A veces, a pesar de no tener sustancia, los nombres aguantan más que las piedras". 

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,6 km; 375 metros de desnivel acumulado.


jueves, 22 de mayo de 2025

2/5/2025 – La Torre de Foix

Hoy, Pol no puede venir. Por lo tanto, no haremos un tour americano (siete capitales europeas en cinco días), lo cual siempre es de agradecer. Además, el hombre del tiempo nos había avisado del paso de un frente que traería lluvia. Debatiendo dónde ir en el Mikado, Carles confiesa que no tiene muy controlada la zona de la Torre de Foix. “Pues que no se hable más”, dice Pep. “Además, me irá bien. En noviembre, tengo que dar una charla sobre la casa”.

Aparcamos un kilómetro pasado la Torre de Foix en dirección hacia el complejo hotelero del Jou. De momento, el cielo es azul pero las cumbres del Moixeró y la Tosa d’Alp están cubiertas de una fina neblina y no tardamos en notar la llegada de un velo gris que es el preludio del frente. Pep consulta el radar de su móvil. “La lluvia aún está lejos pero conviene no alejarnos mucho del coche”. Propone explorar los prados abajo y visitar la explotación a cielo abierto, y, si el tiempo aguanta, subir el Grau de Soldevila.


De momento, la cosa pinta bien

El primer objetivo es una pila de piedras descubierta en una salida anterior y que Pep había apuntado como posible casa medieval. Al llegar, vemos la misma pila, con una cierta ordenación que podría sugerir unos muros.

Después de subir un par de elevaciones “por simple curiosidad” y con la casa de Foix unos 400 m al norte, ponemos rumbo al sur para entrar en la zona donde hubo la explotación a cielo abierto. El cielo está cada vez más tapado y Pep vuelve a consultar el radar. “Está por Cardona. Démonos prisa”.


Les Cingles de Vallcebre

Enseguida notamos el cambio de terreno. Desde los verdes prados, ahora pasamos a una tierra más árida con una vegetación más bien escuálida, cortada por barrancos profundos que tenemos que cruzar. El objetivo es una pared rocosa con estratos paralelos de distintos colores, oscilando entre marrón y negro.


Los estratos que Pep quería ver de cerca

A finales del siglo XVIII, nos cuenta Pep, el propietario de la casa de Foix, Josep de Solanell i de Foix i de Graell, recorrió Vallcebre, Figols, Fumanya, Peguera, La Nou, Malanyeu y La Pobla de Lillet con un notario. Había pedido autorización a la Intendencia de Minas para hacer prospecciones y donde se veían afloramientos de carbón mineral, mandaba a unos ‘masovers’ extraer una muestra y hacer que ardiera, todo ello descrito con gran detalle por el notario. De este modo, marcó los límites de lo que era la cuenca carbonífera del Berguedà, con la excepción de Saldes. Su idea era sustituir el carbón vegetal con carbón mineral en las fraguas y la incipiente industria manufacturera de Ripoll. Sin embargo, no consiguió el permiso para explotar los yacimientos y tuvo que pasar un siglo más antes de que se iniciara la minería a escala industrial en el Berguedà.


Mirando otra vez hacia el norte; la cosa se va complicando

Después de fotografiar los estratos, bajamos a la vaguada y ascendemos al otro lado, solo pausando para inspeccionar un trozo de tierra arenosa que ha encontrado Carles, repleta de fragmentos de roca lisa con un grosor fino y uniforme, lisos por una cara y con una textura de piel de naranja por la otra. ¿Huevos de dinosaurio? La superficie que cubren no puede medir más de 20 metros cuadrados.


¿Algún paleontólogo nos puede aclarar esto?

Al llegar a la carretera otra vez, solo se ve un gris uniforme hacia el sur. “La lluvia está en Berga”, proclama Pep desde su móvil. “Se acabó el paseo”. Empiezan a caer las primeras gotas.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 3 km; 100 metros de desnivel acumulado.


martes, 4 de febrero de 2014

17/1/2014 – El Boixader de Vallcebre

Por fin estamos al completo. Pep me había dicho el día antes que quería ir a la zona de la pequeña ermita de Santa Magdalena, llamada el Boixader, donde también había caminos de la Minuta. Como indica su nombre, es básicamente una zona de boj y pinos.

En años anteriores, había constatado que era una zona complicada. Hay unos cuantos caminos limpiados y señalizados: uno este-oeste que bordea el arisco y dos o tres en sentido norte-sur, y otros todavía sin señalizar y muy tapados. Aquí se mezclan caminos de comunicación, caminos de una antigua explotación forestal y alguno creado a partir de la nada para completar una ruta senderista. Como he dicho, una zona complicada.

Antes de ir al Grau de la Mola, Pep quería buscar el camino antiguo, indicado en la Minuta, desde Sant Corneli al Grau de la Granota. Aparca el coche encima de Sant Corneli y encontramos los restos del camino en una cresta después de atravesar unos campos. Mientras Pep y Carles intentan seguir el trazado, vuelvo a la carretera y me entretengo fotografiando la niebla que sube desde el valle del Llobregat. 

 La niebla llena el valle del Llobregat, mirando hacia el sur

Y que acaba entrando en los campos de Sant Corneli

Por fin, vuelven; el camino se perdió poco después de cruzar la carretera. “Tampoco encontramos la casa de Capdevila; por esa casa pasaba el camino”. Les señalo el buzón a pie de carretera donde pone “Casa Capdevila” y al final de la pista, se ve la casa, ahora reconstruida. Como muchos académicos, a veces se olvidan de lo obvio.

Subimos el Grau de la Mola. Es una fisura amplia en la Cingle que permite superar la roca vertical sin esfuerzo. Como he dicho en otra entrada, era una vía importante. Pep quería encontrar el camino a Vallcebre desde el Grau. Descarta un camino que baja en diagonal a la derecha, que parece morir al poco rato, y seguimos el camino señalizado hacia la derecha, que sigue la línea de la Cingle. Tras pasar el cortafuegos bajo la línea de alta tensión, vemos un camino que baja hacia la izquierda, hacia las casas del barrio llamado Les Comes.

El camino que sube el Grau de la Mola

A medida que bajamos, el camino va perdiendo entidad pero de repente, entramos en un camino transversal, limpio y señalizado, que no conocíamos antes. A la derecha, vemos que marcha hacia el Grau de la Granota; a la izquierda, hacia las casas del barrio de Belians. Pero no acabamos de enlazar sino que nos distrae un camino que sube. Vamos dejando caminos que marchan hacia la derecha y la izquierda, cruzamos el camino señalizado que baja desde el Grau de la Mola hacia Santa Magdalena y acabamos en el camino señalizado que va del Grau de la Mola al Grau de Cal Gat.

Bajamos por otro camino de desembosque que yo tenía como colita. Llevamos unas cuantas horas en la umbría sin ver el sol y el frío se empieza a notar. Por fin, salimos del bosque, cruzamos antiguos campos y entramos en la pista que va a la ermita de Santa Magdalena desde las casas de Belians.

La pequeña ermita de Santa Magdalena, perdida en el bosque (foto de 2005)

Pero no vamos a la iglesia sino que seguimos bajando hacia el noreste por la cresta por campos abandonados. Tiene toda la pinta de ser un camino antiguo. Cruzamos otra pista y salimos bajo la línea de alta tensión con Cal Victoria a la vista. Ya estamos al sol, bajo el cortafuegos, una banda ancha de terreno sin árboles, con sólo roca y hierba. El viento, aunque viene del sur, es gélido. Buscamos un sitio resguardado para comer, bañados por la energía electromagnética irradiada desde la línea eléctrica encima de nuestras cabezas. A ver si nos carga un poco las pilas que, con nuestra edad, bien nos hace falta.

Después de almorzar, subimos la cuesta desnuda bajo las líneas, buscando el camino transversal señalizado que dejamos esta mañana. Lo encontramos y esta vez lo seguimos hasta empalmar con una pista conocida. En la misma pista vemos otro camino que sube y entramos de nuevo en una zona laberíntica. A medida que vamos subiendo, nos damos cuenta que algunos de los caminos que veíamos marchando hacia la derecha y la izquierda en realidad eran grandes curvas de un mismo camino.

Bajo la línea de alta tensión, donde comimos, mirando hacia la Moixa y el Cadí

Aquí, el uso mixto de los caminos, unos sinuosos para ir a pie, cortados por otros rectos para bajar troncos, daría para una tesis doctoral. A medida que vamos subiendo hacia el Grau de la Mola, el camino se hace cada vez más borroso. A fuerza de ir hacia adelante y hacia atrás, vamos aclarando su trazado pero estoy seguro de que si vuelvo mañana, lo volveré a perder y haré un trazado diferente.

Finalmente, salimos en el Grau de la Mola, por el mismo camino que había descartado Pep por la mañana. Pep asume con naturalidad el error; no es la primera vez que le pasa.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9,7 km; 550 metros de desnivel acumulado.

sábado, 25 de enero de 2014

10/1/2014 – El Camino de Sant Julià de Freixens a Vallcebre

Hoy, es Carles que no puede venir. No es la primera vez que Pep se entusiasma con una zona que durante años había descartado, por no decir despreciado. Esta vez le ha tocado a la zona central de Vallcebre, entre el núcleo del pueblo y la Foradada. Mirando el mapa antiguo de la Minuta, muchos caminos ahora son pistas pero hay el camino desde Sant Julià de Freixens, que se bifurcaba desde el camí ral del Collet a Saldes y Gòsol (ahora convertido en la Ruta de Picasso) y que Pep está convencido que no pasaba por la carretera actual.

Al no venir Carles, ninguno tiene los caminos de la Minuta en el GPS y vamos medio ciegos. Suerte que Pep lleva parte de la ruta en la cabeza. Aparcamos el coche en el mirador de Cap Deig en la carretera e intentamos encontrar la bajada hacia la iglesia de Sant Julià de Freixens, dejando las mochilas en el coche. El resultado es un fracaso rotondo. Las obras de la carretera actual lo han removido todo, borrando cualquier indicio del camino.

Al otro lado de la carretera, vemos algún resto, convertido en antigua pista, que iba hacia el ‘grau’ pero no tarda en ser cortado por la carretera. Volvemos al coche. Mirando hacia arriba, veo una abertura sospechosa en las rocas y planteo la posibilidad de que el camino pasara por ahí.

Paso del antiguo camino encima de la carretera actual, en Cap Deig

Nos ponemos en marcha para subir la pequeña cuesta. Un payès que viene en coche por la pista de La Barceloneta, nos toma por unos excursionistas extraviados y nos pregunta dónde queremos ir. Intento explicarle en mi catalán británico que estamos buscando caminos antiguos y le enseño la abertura en la roca. “Por allí pasaba la antigua carretera”, dice. Así que lo que fue camino en los años 20 ya era carretera en los años 60.

Llegamos al punto en cuestión y confirmamos que por allí pasaba el camino. Damos la vuelta y buscamos la continuación hacia Vallcebre. En los campos encima de la casa de Cal Berto vemos dos hileras paralelas de piedras, signo inequívoco del camino. Lo perdemos en el Torrent de la Jou y lo volvemos a encontrar subiendo hacia el cementerio.

El trazado del camino antiguo cerca de Cal Berto

Entramos en el pueblo. Hoy, Pep tampoco me deja tomar café en el bar del pueblo. En su mente ordenada, no hay lugar para esos pequeños vicios que tenemos los demás mortales. Volvemos a tomar el mismo camino que la semana pasada, saliendo de Cal Maçana, pero esta vez continuamos hasta el molino, siguiendo otro camino antiguo de la Minuta. 

Las ovejas buscan calor bajo la línea de alta tensión

Cal Andorrà; la casa antigua se ha convertido en pajar

Se acerca la hora de comer y las mochilas, con la comida y el agua, están en el coche. “¿Cómo vamos a subir al coche?”, pregunto ingenuamente, pensando en que tenía otro camino antiguo para subir. Pero no, busca la línea de roca blanca que es la continuación de la Cingle de la Foradada. Aquí no hay ningún camino pero se ha marcado un paso entre las rocas que sube hacia arriba. Tiene algunos puntos que se acercan incómodamente al borde del precipicio pero, como contrapartida, ofrece unas vistas espléndidas hacia el norte, con Gisclareny, el Cadí y Pedraforca.

Pica el sol e, intentando no mirar demasiado el abismo a la derecha, paso toda la subida pensando en la botella de agua que me está esperando en el coche. Por fin, llegamos, cogemos las mochilas y buscamos un lugar soleado en las rocas.

Tenemos una vista prácticamente de 360º. Mientras comemos, la vamos recorriendo con los ojos, anotando mentalmente los caminos que van cruzando valles, collados y bosques. “La verdad es que hemos estado en todas partes”, resumo. “Cierto”, contesta Pep. “Ahora toca repasar y enseñar a los jóvenes”.

Parte de la vista desde nuestro comedor

Cómo aún tenemos tiempo, Pep quiere intentar una vez más encontrar la bajada a Sant Julià de Freixens, desplazándonos un poco más hacia el este. Pero el resultado es el mismo. Definitivamente, aquí el camino desapareció sin dejar rastro.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,5 km; 350 metros de desnivel acumulado.

miércoles, 1 de enero de 2014

13/12/2013 – Grau del Moro, Grau de la Foradada, Grau de les Granoteres

Hoy llegamos al Mikado con una novedad importante: no una sino dos preguntas, y una fecha, el 9 de noviembre de 2014. Los dos grandes partidos estatales se han puesto de acuerdo para defender la unidad de España e insisten en que la consulta no se celebrará.

“¿Dónde vamos?”, pregunta Pep. “¿Dónde quieres ir?”, es mi contrapregunta cautelosa. “Donde quieras. Estoy abierto al diálogo”, responde Pep pero aún recuerdo la acusación en octubre de que no le dejaba acabar los sitios y propongo hacer los tres últimos ‘graus’ que nos quedan en la Cinglera de Vallcebre.

Salimos de Berga con 0ºC pero en la carretera de Saldes ya son -5ºC y la hierba al lado de la calzada está blanca de escarcha. “Desde luego”, dice Pep, “pudiendo elegir cualquier sitio en el Berguedà, nos tienes que traer al más frío”.

Aparcamos el coche en el pequeño parking fuera del camping, delante de la carretera que va a Sant Corneli. Caminamos carretera arriba hasta la Foradada. Hace frío. El primer ‘grau’ es el Grau del Moro, que sale desde la fuente a pie de carretera. Después de un corto flanqueo, entra en una falla en la pared y la sube, con la ayuda de peldaños cortados en la roca y cadenas.

 Subiendo el Grau del Moro

Y una vez arriba

Llegamos arriba. Ya no tenemos tanto frío y giramos hacia la Foradada. Aquí se abrió a barrenadas un paso hasta la carretera, más que nada para el mantenimiento del teleférico que entre los años 40 y 60 transportaba el carbón desde el Coll de Pradell hasta el Collet, donde pasaba el antiguo ‘carrilet’ de Guardiola a Manresa.

El paso de la Foradada

Una de las estructuras curiosas cerca de la Foradada es el molino, que aprovecha un hueco en las rocas encima del torrente. El agua se hacía llegar por un canal de obra, bajaba por la maquinaria y salía por una especie de portal.

El molino

Todavía es muy pronto para ir al tercer y último ‘grau’, así que decidimos seguir un camino señalizado de la Xarxa Lenta que no conocíamos y que va a Vallcebre. Pronto se bifurca y subimos el camino de la derecha, reservando el camino de la izquierda para la vuelta. Entramos en el pueblo por Ca l’Andorrà. No me dejan tomar un café en el bar del pueblo y volvemos a salir por el otro camino, que pasa al lado de Cal Maçana, antiguo hostal.

El pueblo de Vallcebre

Entramos en un bonito camino que va bordeando los campos, cruza una pista y luego entra en un pequeño robledo con unas piedras muy sospechosas desparramadas por el suelo. 

 La primera parte del camino, que pasa entre los campos

Y la segunda parte, ya en el robledo

Llegamos a una carretera asfaltada y giramos a la derecha. Caminamos por un paisaje eminentemente agrícola con campos, prados y casas diseminadas. El contraste entre sol y sombra es marcado. Pasamos al lado de Cal Ton y finalmente nos plantamos delante del poste indicador del Grau de les Granoteres.

Antes de enfrentarnos al precipicio, decidimos reponer fuerzas y comemos. La seguridad del Camp de la Martina parece muy lejos y muy abajo; el poste avisa que el ‘grau’ no tiene conexión. Mientras Carles y yo compartimos chocolate, Pep baja a explorar. Unos 10 minutos después, vuelve. “Un camino magnífico, espectacular. Aunque hay un trozo de roca con hielo que no te gustará”, añade, mirándome a mí. Pero no me dejo asustar y paso el tramo de roca sin problemas y entramos en una especie de cañón.

 La entrada del 'grau'

Pasando por el cañón

El camino está acondicionado y baja por una estrecha fisura en la roca. La última bajada tiene peldaños de hierro y cadenas y salimos a una faja intermedia con caminos a la izquierda y derecha.

Pep y Carles me esperan al pie de la última bajada acondicionada del 'grau' 

Giramos a la derecha y el camino parece acabar en una gruta formada por una roca adosada. Vemos clavos que marcan vías de escalada. Probamos el camino a la izquierda. Ha sido limpiado, se supone por escaladores, y se ve alguna vía. Sin embargo, el camino se hace cada vez más precario y tampoco tiene intención de bajar sino que va siguiendo una repisa cada vez más estrecha. Al final, parece que nuestro escalador se cansó de limpiar y nos deja tirados sin más opciones que dar la vuelta.

La explanada pasada la pseudogruta, pero aún faltaba un último escalón de bajada

Volvemos a pasar por la pseudogruta y tras un flanqueo un poco delicado, el camino se vuelve a ensanchar y forma una explanada. Me paro para tomar fotos y cuando continúo, veo que Pep y Carles ya han bajado un tramo de roca que, esta vez, no tiene cadenas ni ningún otro tipo de ayuda, y me están esperando.

“Cuidado, Steve”, me dice Pep. No falla. Podría decírmelo antes de pasar, para que me fijara en cómo lo hace él pero no, cuando ya ha alcanzado un lugar seguro, da la vuelta y me dice que tenga cuidado. “No soy tan torpe como él quiere hacerme creer”, digo para mí mismo en tono desafiante. Me deshago de todos mis bienes terrenales: bastón, mochila, cámara y sombrero, para que no me estorben, y bajo la roca.

Aunque no lo parezca, el 'grau' baja por una fisura escondida aquí, saliendo en la roca cuadrada en el centro. La pseudogruta está a la izquierda.

A partir de aquí, es un descenso por el bosque hasta llegar al prado grande que veíamos desde arriba. Bajamos por un paisaje helado hasta llegar al coche.


Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9 km; 600 metros de desnivel acumulado.

martes, 10 de diciembre de 2013

29/11/2013 – Grau Pastisser, Grau de Cal Gat y Grau del Llentiar

Otra semana de frío y este viernes iba a ser el día más frío de la semana. El día antes, pregunto a Pep: “¿Salimos o nos quedamos en casa?”. Pero Pep no se da por vencido y, en el fondo, yo también quiero salir. “Lo probamos”, propone.

En el mapa del Alpina, salen dos ‘graus’ a cada lado de Cal Barbut, Grau Pastisser y Grau del Llentiar, pero nunca los habíamos localizado y tampoco se les da publicidad.

Dejamos el coche en la carretera, cerca de Cal Barbut. El termómetro marca -2ºC pero no hay viento. Al sol no se está tan mal. Detrás de la casa, vemos una fisura profunda en la roca. ¿Será el ‘grau’? Carles lo prueba pero no tiene salida. Pero lo que interesa más a Pep son unos agujeros cuadrados tallados en la roca pero no me deja decir nada más. El calor del sol rebota de la pared y quitamos guantes y gorros.

Esto no lo pudimos subir. Es La Canal, detrás de Cal Barbut. El 'grau' auténtico está más a la derecha

Continuamos caminando a pie de la roca hasta llegar a otra canal que parece factible pero muy tapada. Pep sube primero, oímos cómo pelea con el boj. Carles y yo subimos un poco más y esperamos noticias. Un bastón que golpea el boj, exclamaciones, palabras mal sonantes y de repente, “Estoy arriba. Subiros”.

Es uno de esos momentos en que uno no sabe qué es peor: seguir subiendo o intentar bajar. Otra opción sería quedar clavado y llamar a los bomberos pero la acabo descartando: si Carles y Pep han subido, yo también. Subo una cuesta francamente desagradable, agarrándome al boj que intenta arrojarme al vacío.

Al salir de este ‘grau’ dudoso y absolutamente no recomendable, me encuentro con un Pep sonriente que me extiende la mano. “Felicidades. Choca esos cinco”, me dice. Pero no estamos a salvo todavía. Arriba es una selva de boj que tapa un suelo rocoso lleno de agujeros rompetobillos. Avanzamos hacia el oeste, hasta ver un camino usado por animales que baja por la roca. Pep lo baja. Cuando vuelve, nos cuenta que llega a una faja que empalma con el ‘grau’ anterior, pero más abajo, y probablemente era el Grau Pastisser auténtico.

Intentamos encontrar el otro ‘grau’, el Grau del Llentiar, sin meter el pie en los múltiples agujeros que acechan bajo la vegetación, pero es imposible y acabamos bajando la cuesta hacia el norte, hasta entrar en el camino principal que va del Grau de la Mola al Grau de Cal Gat.

La belleza austera de los paisajes de invierno, desde el Grau de Cal Gat

Este ‘grau’ está acondicionado como parte de la Xarxa Lenta y antiguamente se podría haber hecho con animales. Evidentemente, César August Torras no llegó hasta aquí. En una zona llana con una vista espléndida, comemos.

Pep y Carles contemplan el paisaje en el Grau de Cal Gat

Bajamos hasta las casas de Fumanya y en la roca, hay más agujeros tallados de los que no me está permitido decir nada. Caminamos por los campos. El calorcillo del sol y el silencio generan una sensación de serenidad que contrasta con las emociones fuertes de hace unas horas. 
Arándanos, frutas de invierno

Entramos en un camino antiguo, que debe ser el camino de Fumanya a Cal Barbut y lo seguimos. Cerca de la casa, vemos una cuesta factible en la pared de roca que podría ser el Grau del Llentiar pero ya no queda tiempo para investigarlo.

Otra visión de Fumanya, desde el camino de Cal Barbut

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 5,1 km; 280 metros de desnivel acumulado.

22/11/2013 – Grau de la Granota, Grau del Jou, Grau de Sant Climent

Ya no hace falta preguntar a Pep dónde iremos. La única duda es si iremos a la izquierda o la derecha del Grau de la Mola. El hombre del tiempo había avisado de vientos fuertes del norte y frío. En la subida a Sant Corneli, los trozos de la carretera donde todavía no ha llegado el sol tienen una capa de nieve granulada o escarcha y Pep opta por la prudencia.

Aparcamos el coche en el mismo sitio que la semana anterior, en la entrada de la pista del Grau de la Granota. Nada más abrir la puerta, el viento nos golpea con fuerza. Resisto la tentación de volver a entrar en el coche y cerrar la puerta y nos ponemos en marcha.

Grau de la Granota

Nunca había subido este ‘grau’, precisamente porque es tan fácil. De hecho, está hormigonado para que suban vehículos pero las rocas a su alrededor tienen unas formas curiosas. Hacia el norte, se ven los efectos del ‘torb’ en el Moixeró, Tosa d’Alp y Puigllançada. El ‘torb’ es el nombre que se da en catalán al viento del norte que levanta la nieve. La temperatura baja en picado, la visibilidad se reduce a prácticamente cero y es muy peligroso.

Tosa d'Alp muestra su cara menos amable bajo el efecto del torb

Llegamos a la casa de Cal Menut; detrás, Puigllánçada y Tosa d'Alp

Con un fuerte viento, llegamos a la casa de Cal Menut, arreglada y habitada. Intercambiamos saludos con su dueña y luego buscamos el Grau del Jou, al otro lado de la casa. Es otra vía acondicionada que permite bajar a pie y conectaría con la casa del Jou. Antes de llegar al Jou, nos desviamos por un camino a la izquierda, que nos lleva prácticamente en línea recta a la casa de Soldevila, debajo del Grau de Sant Climent. Empezamos a subir el camino señalizado del ‘grau’ pero, antes de llegar a arriba, nos dejamos distraer por unos caminos que marchan hacia el norte.

Un Pedraforca nevado se asoma detrás de los cerros de Vallcebre

Pep se adentra en uno de ellos y Carles y yo compartimos un poco de conversación y chocolate, haciendo caso omiso de los gritos que nos llegan de vez en cuando desde donde ha ido Pep. En el ajetreo de la vida moderna, siempre es agradable hacer una pequeña pausa para comentar cosas de la vida con un buen amigo. Por fin vuelve Pep. “Vaya par de vagos”, dice. “No te quejes”, le contesto. “Somos todo lo que tienes”.

Miramos algún camino más pero van hacia las casas del Clotet y lo tenemos que dejar. Luego en casa, miro mis mapas y veo que todos estos caminos ya se hicieron hace algunos años. Esa manía de salir sin mapas, pienso.

 El camino gélido que sube al Grau de Sant Climent

El Grau de Sant Climent desde arriba, con el viento calmado

Volvemos a subir el grau. Hace un sol espléndido y el viento ha amainado, así que buscamos un sitio soleado y comemos. Para volver al coche, el camino más rápido es por arriba, por la ruta que va bordeando el borde del risco y marcado como PR (Pequeño Recorrido). Es una ruta altamente recomendable, con unas vistas kilométricas. En poco tiempo, llegamos a Cal Menut, bajamos el ‘grau’ y llegamos al coche.

Una parte del panorama desde el camino que bordea la Cinglera de Vallcebre, mirando hacia Sobrepuny

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9,5 km; 500 metros de desnivel acumulado.