Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



domingo, 11 de octubre de 2020

7/10/2020 – Caminos nuevos en Les Platetes

Carles no puede venir. Tiene una reunión MUY IMPORTANTE. Y Pep tiene hora en el Archivo Comarcal el viernes y muchos compromisos más. Hemos constatado más de una vez que una salida sin Pep vale menos de la mitad que una salida con Pep, así que Carles tendrá que esperar hasta la semana que viene.

Pep quiere volver al mismo lugar donde estuvimos la semana pasada para explorar estos caminos transversales. El tránsito ha aumentado notablemente y hay muchos coches aparcados al lado de la carretera. Sin embargo, aún hay sitio para nosotros en nuestro parking habitual, aunque ahora lo tenemos que compartir con una furgoneta.

Subiendo hacia la casa de Roca Roja, nos cruzamos con un pequeño grupo de rumanos ruidosos que llevan bidones para recoger setas, con poco éxito de momento. Pep dice que no piensa distraerse con las setas hasta más adelante y la prioridad es la ciencia. “Pues hoy no te pediré ninguna”, digo. “Aún me quedan las setas que recogimos la semana pasada. Las herví como me dijo Carles pero no tienen sabor a nada”.

“¡Cómo que no saben a nada!”, exclama Pep, indignado. “Está claro que alguien que pasó su infancia comiendo ‘fish and chips’ y verduras hervidas no puede tener el paladar refinado necesario para apreciar estos manjares”.

Llegamos a la explanada de pista y cogemos el primer camino transversal. En la bifurcación, dejamos el camino inferior para la vuelta y seguimos por el camino intermedio. Vamos viendo rovellones pero Pep se niega a cogerlos. “Mira qué jugosos, qué tiernos, qué frescos”, digo efusivamente. “Unos colores tan bonitos, seguro que están perfectos. ¿Y los vas a dejar?”. Veo que la voluntad de hierro de Pep comienza a resquebrajarse y al final saca una bolsa enorme donde caben al menos 15 kilos de setas. “Pero que conste que seré muy selectivo. Deberán tener unas medidas muy precisas y estar a poca distancia del camino”.

Un bonito ejemplar de Amanita muscaria. No apto para el consumo.

El camino del medio entra en un nudo de pistas y luego continúa hasta Les Platetes. Yo pensaba que pasaría más arriba pero me rindo a la evidencia. Volvemos por otro camino muy marcado que sale de una bifurcación y se une a una pista que nos llevará al mismo nudo. Aún tengo esperanzas de encontrar el camino superior y, desde el nudo, propongo seguir una pista que sube hacia arriba. No veo ningún rastro y, ante el escepticismo creciente de Pep, que está convencido de que este camino es una alucinación mía, acabamos volviendo a bajar hasta el camino intermedio.

El camino intermedio a Les Platetes

En la bifurcación, tomamos el camino inferior. Pasa por debajo de la casa de Les Platetes con intención de cruzar la riera. Justo aquí, en los prados arbolados con el ruido del agua abajo, decidimos parar y comer nuestros bocadillos, repasando el estado lamentable del mundo. Les Platetes vuelve a ser una casa habitada y es evidente que todos estos caminos son recorridos habitualmente.

Cruzamos la riera, dejando dos bifurcaciones que subirían a la casa. Al otro lado, salimos a la carretera justo en el punto donde bajaba el camino desde Les Vinyes de la semana pasada. En el kilómetro y poco de carretera hasta llegar al coche, vemos a una señora que busca setas en los pinos justo al lado de la calzada y oímos voces masculinas más abajo. Nos muestra su cesta casi vacía, mirando con envidia la bolsa media llena de Pep. “No buscábamos setas, las hemos ido encontrando en el camino”, explica Pep con modestia. “Pero allá en el bosque al otro lado, tenéis todas las setas que queráis”. “Sí, lo sé”, contesta la señora. “Es lo que nos dijeron nuestros amigos. Pero hemos encontrado una valla, giramos a la izquierda pero siempre había la valla y hemos vuelto a bajar”. “Es la valla de la casa”, dice Pep. “Tendríais que haber girado a la derecha y tendríais vía libre al bosque”. Pero, claro, a toro pasado, todo es más fácil.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,6 km; 270 metros de desnivel acumulado.

30/9/2020 – Puig Miró

Desde la jubilación de su responsable, el archivo de Berga ha estado cerrado al público. Pero ahora, y hasta que se llene la vacante, subirá un archivero una vez por semana, que resulta que cae en viernes. Pep nos propone, al menos temporalmente, pasar las salidas a los miércoles. Como todos somos dueños de nuestro tiempo, accedemos.

Hoy Pep quería cruzar el Merdançol y explorar la otra ribera. Tenía noticias de una casa, Roca Roja, y quería encontrarla. También le hacía ilusión llegar a la cima de Puig Miró que, con 1.300 metros, es el punto más alto del municipio de Sant Jaume de Frontanyà. Yo había estado un par de veces por esta zona, solo o con Carles, pero Pep la desconocía en gran parte.

Aparcamos en el sitio habitual en La Tellola. Ahora ya no estamos solos, hay otro coche, y ya hemos notado cierto tránsito de coches con boletaires jubilados, solos o acompañados. Cruzamos la riera de Merdançol y subimos la pista al otro lado. Vemos que marcha un camino que sube por la cresta. Lo perdemos casi enseguida al desviarnos de la cresta y no lo recuperamos hasta poco antes de llegar a una explanada que marca el final de una pista. Allí Carles, que lo encuentra todo, ve unas tejas en un rincón y Pep deduce que la pista aniquiló la casa.

Por razones que no me acaban de quedar claras, Pep renuncia a seguir la pista, donde yo tenía otros caminos marcados, sino subir la cresta. Luego, al bajar el track a los mapas del Institut Cartogràfic de Catalunya, veo que la cresta marca el límite entre los municipios de Sant Jaume de Frontanyà y Borredà.

Empezamos a ver rovellones por aquí y allá. Incapaces de resistir la tentación de lanzarse al expolio, Carles y luego Pep sacan bolsas y empiezan a recoger setas, ajenos al abismo que de tanto en tanto se abre a nuestra derecha. Al final, yo también les ayudo a llenar sus bolsas, reclamando mi derecho a participar en el botín.

Mirando hacia el castillo de Palmerola en la subida



Y mirando hacia Berga

Tras hacer 200 metros de desnivel desde los restos de Roca Roja, llegamos a la cima de Puig Miró. En realidad, es una plataforma amplia rodeada de árboles que obstaculizan las vistas. Habiendo cumplido el trámite, bajamos hasta un punto ideal para disfrutar de la temperatura suave del mediodía. Acabado el bocadillo, anuncio que tengo una bolsa libre y me pueden dar mi parte. Así no les pesará tanto en la bajada (después de dejar que carguen con todo el peso en la subida).

Pero Pep tiene otros planes. “Todas las setas que cojamos hasta llegar al coche serán para ti”, propone. A primera vista, parece un buen trato y acepto. Iniciamos el descenso por antiguas pistas de arrastre de troncos y entramos en una zona donde predominan las hayas. Mal sitio para encontrar setas. Después de 15 minutos, Carles encuentra un rovellón y estrena mi bolsa. Poco después, Pep encuentra dos más. “Ya empieza a pesar, ¿eh?”, dice Pep, con su mejor sonrisa de estafador.

Debo tener unos 10 o 12 rovellones en la bolsa cuando no puedo reprimirme más. “Os veo poco motivados. Creo que habéis venido aquí a propósito para estar más relajados”. Pep pone aire de ofendido. “¡Qué desagradecido! Encima que estamos trabajando para ti”. Pero, sea como sea, mi bolsa empieza a llenarse más deprisa y no tardo en declararme satisfecho con la cantidad recogida, aunque sin llegar al volumen que ocupan las bolsas abultadas de Pep y Carles.

Vamos pasando por algunas carboneras y caminos transversales en el descenso, el primero en la cota de 1.100 metros. Lo sigo en ambas direcciones; tiene buena pinta pero, tan arriba, no veo un destino claro. Otro muy marcado a 1.050 metros, que se bifurca para continuar hacia el noreste a distintos niveles. Este camino ya lo tenía empezado más hacia el oeste y nos lleva directamente a la explanada de pista que antiguamente era la casa de Roca Roja.

Desde aquí bajamos por la cresta para marcar correctamente el trazado del camino de La Tellola a Roca Roja. “Para que no se estropeen, hiérvelas suavemente en su propio jugo y luego a la nevera o congelador”, me aconseja Carles, experto en la conservación de setas. “Así lo haré”, prometo.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,4 km; 400 metros de desnivel acumulado.

sábado, 10 de octubre de 2020

25/9/2020 – Separando el grano de la paja en Les Vinyes

Para este viernes, el hombre del tiempo ha advertido de ventadas peligrosas. Ya conocemos de sobras el yu-yu que da oír el crujido de los pinos al pasar por el bosque con un viento fuerte. Pero en el detalle de la previsión, hay un agujero grande sin viento que abarca nuestra comarca y decidimos probar suerte.

Aparcamos en la carretera, al lado de la pista que pasó encima de Cal Tellola. No hace viento y todo parece indicar que será un día perfecto. Para hoy, Pep propone poner un poco de orden en los caminos de Les Vinyes. Sospecha que muchos de los caminos que tengo marcados son caminos de vacas.

Desde la pista que va a Solandeu, seguimos un camino de animales (o de los postes telefónicos) que va paralelo a la carretera, hasta ver un camino que se adentra hacia la casa. En un desvío, Carles detecta unas piedras sospechosas que Pep valora como casa, probablemente medieval y desconocida para la ciencia. Deshacemos el desvío y reconstruimos cuidadosamente el camino de Les Vinyes hacia Borredà hasta llegar a Les Vinyes.

Les Vinyes con el pueblo de Borredà al fondo

“Ya no seguimos caminos”, dice Pep, recordando la destrucción de la semana anterior. “Es arqueología de caminos. En realidad, lo que buscamos son fragmentos de caminos”. Nos desplazamos a otro camino que tengo marcado y que marcha hacia el norte. ¿Podría ser el camino de San Jaume de Frontanyà? Llegamos a una bifurcación. A la izquierda el trazado ya es conocido y parece apuntar más hacia Picanyes. Bajamos por la derecha, por un camino que no está acabado en mis mapas, pero se muere en los campos.

Llegamos a la carretera y la cruzamos para bajar por una pista que era el antiguo camí ral a Sant Jaume. Pasa por el molino de Terradelles, demolido al hacer la pista. Sin embargo, la balsa del molino aún mantiene su perímetro intacto y seguimos el canal hasta llegar a una cascada con piedras talladas para consolidar una presa.


La presa del Molino de Terradelles

Es un lugar idílico. Debajo de la cascada, el agua ha formado una piscina natural y los árboles van dejando islas de sombra. Decidimos comer aquí, con el relajante sonido del agua de fondo. “Suerte que no hicimos caso a los meteorólogos”, repetimos.

Una vez recuperados y repletos de nutrientes, volvemos a la carretera y subimos otro camino que tenía marcado. Decidimos que es el camino auténtico de Les Vinyes a Sant Jaume de Frontanyà. Incluso está empedrado en algunos tramos, con una derivación que yo tenía mal puesto y que baja hacia Les Platetes.


Les Platetes y Puig Miró detrás

Como último proyecto del día, propongo seguir un camino cuyo inicio tengo marcado y que podría ser el camino de Solandeu. Entramos en los campos y subimos hacia el Collet de Les Vinyes. Al límite de los campos, un camino entra en el bosque y nos lleva al collado … donde desaparece. “Aquí no hay nada”, dice Pep con reprobación. “Todo esto lo tendrás que borrar. Las vacas aprovecharon tu falta de experiencia y te llevaron al huerto”.

Pero, bajando hacia el oeste desde el collado, vemos un camino muy tenue al lado de un hilo metálico que marca el límite de la propiedad. Cuando el hilo baja por una cresta, el camino tan tenue gira hacia el noroeste para seguir la curva de nivel. Al principio apenas se ve, podría ser un pliegue en el terreno, pero poco a poco va ganando en definición, se desvanecen las dudas y poco después, ya estamos en Solandeu.

Solo nos queda bajar el camino que nos lleva a la pista que recorre el fondo del valle y de allí, directamente al coche. En otras partes de Cataluña, el viento ha soplado con fuerza, e incluso ha provocado algunos daños, pero aquí ha hecho un día maravilloso.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,25 km; 380 metros de desnivel acumulado.

lunes, 28 de septiembre de 2020

18/9/2020 – Can Saiol

Ya llevamos 4 semanas sin salir. El 28 de agosto, el hombre del tiempo había predicho tormentas violentas a partir de mediodía. Sí que hubo tormentas, pero a partir de las 8 de la tarde. Durante todo el día, hizo un sol espléndido. “Fiel a su cita, las lluvias llegaron con algunas horas de retraso”, dijo el meteorólogo, como si esa demora no fuera importante. El efecto para nosotros fue devastador.

Las dos semanas siguientes, Pep y Carles colaboraron en la campaña anual de excavación del castillo de Berga, centrada este año en el entorno de la iglesia. “Muchos huesos”, resumió Carles.

Para hoy también se han anunciado lluvias y el aspecto del cielo por la mañana lo confirma. Pero después de tanto tiempo sin salir, decidimos confiar en que el día aguante al menos hasta mediodía.

Aparcamos en el mismo sitio que la última vez, en el cruce de pistas cerca del Santuario del Oms. La primera tarea es buscar el camino auténtico de Sant Jaume de Frontanyà a Vilada. Pasa por Les Lloberes pero no por la pista principal sino más arriba. Entramos en una pista de desembosque que va más hacia el noroeste, donde hay dos camiones y varios trabajadores que están cargando un montón de troncos que llevan meses apilados allí.

Dejamos atrás los camiones y empezamos a bajar. Notamos gotas de lluvia. Las calvas son detectores de lluvia muy sensibles y no engañan. ¿Tendremos que dejarlo antes de empezar? Carles cierra los ojos y levanta los brazos. Deja de llover y continuamos. Cruzamos el Torrent del Joncar y subimos por un camino muy marcado. Seguramente es el camino que busca Pep pero, al salir del pequeño valle del torrente, se pierde en unas pistas antiguas. De nuevo, empieza a llover y Carles repite el ritual. Enseguida deja de llover y vemos otro camino que sale a la derecha desde la pista de Les Lloberes y volvemos a bajar al Torrent del Joncar. Volvemos a hacer el circuito y esta vez lo enlazamos bien.

Por todas partes vuelan las llamadas mariposas del boj. Es una especie invasora cuyas orugas dañan el boj. Cada año se van extendiendo un poco más y, por primera vez, ahora han llegado al Prepirineo. 

¡No son buitres! Son mariposas

Tomamos la pista que pasa por debajo de las casas de Les Lloberes (con menciones desde el siglo X, dice Pep). Por aquí, el camino de Vilada bajaría a la casa de La Cercosa, hundido en el fondo de un valle siniestro, oscuro, lejos de cualquier lugar civilizado y seguramente lleno de espíritus malignos. Pero Pep quiere ir a Can Saiol, ya que nunca ha ido a esa casa.

Las casas de Les Lloberes

Yo había ido solo hace muchos años, poco después de tener los mapas del Catllaràs. Me pareció una isla, ya que no había ninguna pista cerca, ni para acceder a la casa ni para cortar el bosque. Descubrí una red de caminos bastante intacta. La casa estaba en ruinas pero aún se podía ver la estructura y al lado había los restos de un edificio grande rectangular, como unas cuadras. Un par de años más tarde, pudimos hablar con el panadero de Borredà y nos contó que el último habitante de la casa se dedicaba a criar y adiestrar mulas para trabajar en el bosque. Era una persona muy solitaria y el dinero que iba ganando, no lo llevaba al banco sino que lo escondía en la casa. Un día, vinieron unos hombres y le secuestraron en su propia casa hasta que les dijo dónde estaba escondido el dinero. Poco después se marchó de la casa y pasó el resto de sus días en Borredà. La moraleja es que es mejor guardar el dinero en el banco. También te roban pero al menos no te pegan.

Can Saiol en 2005

Llegamos al Coll de Lloberes. Desde aquí salía el camino que va a Can Saiol. Pero en lugar del camino, ahora hay una pista de 4 metros de ancho. Yo recordaba un camino agradable, con un uso muy intenso en el pasado, que seguía las curvas de nivel y pasaba por una serie de collados hasta bajar a la casa tras superar una pequeña sierra. Ahora, nadie lo verá como lo he visto yo y esto pone de muy mal humor a Pep, que despotrica contra los ingenieros forestales. “Tenía que pasar”, pienso resignado. “Tantas hectáreas sin pistas ya no podían durar mucho más”. Intento darle una lectura positiva: “Estas pistas son perfectas para la era COVID. Ahora podemos hacer senderismo guardando la distancia social”, propongo.

Pep se desahoga

Tras recorrer más de un kilómetro, la pista gira hacia la derecha, obligada por el relieve, para dar un largo rodeo y reaparece el camino, que marcha en línea recta hacia la casa. Hay marcas blancas y amarillas rudimentarias pintadas en los árboles y las rocas, como si alguien quisiera aprovechar la gran cantidad de caminos intactos para crear un Sendero de Pequeño Recorrido extraoficial, ya que ni las marcas tienen la forma oblonga reglamentaria ni hay postes indicadores con las distancias a los distintos puntos de referencia.

En el punto donde el camino se separa de la pista

Por todas partes se nota la presencia de máquinas y el último descenso a la casa sería muy difícil de seguir si no fuera precisamente por las marcas de pintura. Salimos a la izquierda de la casa, donde una pista (seguramente la continuación de la anterior) ha cortado los antiguos campos. La casa, cubierta por zarzas, apenas se ve y de las cuadras, solo quedan restos de paredes.

Volvemos a subir para situarnos encima de la casa, donde comemos nuestros bocadillos a toda prisa. La vista hacia el sur es inquietante, con nubes gruesas que solo dejan pasar un resquicio de sol muy abajo, por la zona de Osona. Empiezan a caer gotas de nuevo. Estamos en el punto más alejado del coche. Miramos a Carles pero esta vez su concentración no produce ningún efecto y empieza a llover más fuerte.

Mirando hacia el sur con la pista que cruza los campos de Can Saiol. Lo poco que se ve de la casa está fuera de la imagen, a la derecha

Sacamos los chubasqueros, guardo la electrónica y caminamos rápidamente hacia la pista. Al salir del municipio de Borredà y entrar en el de Palomera, de repente deja de llover. “Quizás los poderes de Carles están restringidos al ámbito municipal”, especulamos. Pero solo fue una breve tregua; al poco rato, empieza a llover de nuevo. “Todo ha sido un engaño”, pienso. “Algún bromista nos ha querido hacer creer que Carles tiene poderes para alejarnos del coche y así asegurar que quedamos empapados”. En los casi 3 kilómetros de regreso al coche, no para de llover.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9,4 km; 280 metros de desnivel acumulado.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

21/8/2020 – Picanyes

Resulta que Pep había leído mucho sobre la casa de Picanyes y su molino pero nunca los había visitado. Yo sí, en una exploración solitaria en otoño, mucho antes del blog, y así lo pude demostrar con mis mapas. Pero solo recordaba el estanque del molino y escasos restos de un muro detrás. Mientras viajábamos una vez más por la carretera de Borredà y Sant Jaume de Frontanyà, Pep nos explicó que la casa había sido adquirida por la familia Vagués en el siglo XVIII, y poco después construyeron el molino. Presumiblemente para pagar deudas, la casa fue vendida en el siglo XIX y toda la familia se trasladó al molino y cambió de oficio. Hoy, de la familia y su patrimonio, solo quedan las menciones en las actas notariales.

Volverá a hacer calor hoy y por eso Pep ha propuesto una salida en “petit format”, con pocos kilómetros y objetivos limitados. Aparcamos en el cruce de pistas cerca del Santuario del Oms. Pero enseguida volvemos a bajar a la carretera porque Pep quería buscar el trazado de Sant Jaume de Frontanyà al Santuario, que no aprovechaba el camí ral a Borredà sino que seguía una ruta propia. Encontramos algunos restos bajo la carretera que siguen una línea recta mientras la carretera hace una curva amplia y Pep se declara satisfecho.

Volvemos al cruce de pistas y caminamos hacia las casas de Les Lloberes. Nos desviamos brevemente para seguir otra microrruta que era el camino que venía de la casa del Oms para enlazar con el camino principal. En nuestra época inicial de identificar los grandes caminos (gracias inicialmente al libro de C.A. Torras), todas estas pequeñas derivaciones eran dejadas de lado en nuestro afán de hacer cuantos más kilómetros mejor.

Continuamos por la pista principal y 200 metros después, les muestro el camino que había encontrado hace tantos años que bajaba al molino. La primera novedad es que mi “camino” es en realidad un canal que llevaba agua desde el Torrent del Juncar al molino. Sin embargo, al seguirlo, vemos que se muere muy encima del molino. En todo el trayecto, yo había ido insistiendo en que el molino tenía su propio estanque y no necesitaba un canal. “Para regar los campos, ¿entonces?”, musita Pep.

El estanque ya lo vemos abajo pero antes de ir al molino, hacemos dos microrrutas más: el camino del molino a Sant Jaume de Frontanyà en el tramo hasta la pista de Les Lloberes y el camino del molino a la casa del Oms. Mientras vamos bajando por última vez hacia el molino, les advierto que queda poca cosa del edificio, recordando el trozo de pared que había visto desde el otro lado del estanque.

El estanque del molino de Picanyes. El edificio estaba escondido en la vegetación en frente

Efectivamente, al llegar al lugar donde estaba el molino, lo vemos totalmente tapado por la vegetación, de la cual solo se asoman unos pequeños restos. “Lo veis”, digo triunfalmente. Carles aparta la vegetación y se ve un paso estrecho que baja al lado de un imponente edificio de tres plantas, adosado a la pared de roca del salto desde el estanque.

“Mientras estabas contemplando los reflejos de los colores otoñales en el agua del estanque, ¿no se te ocurrió mirar si había algo más?”, me pregunta Pep, incrédulo. “Estaba solo”, justifico, con poca convicción.

Entrada en la planta superior del molino

Y la salida de agua abajo

Después de documentar el molino, ponemos rumbo a la casa de Picanyes. Encontramos el camino de conexión con el molino al segundo intento. Es una casa grande, con un gran pajar. Su categoría es muy diferente de las casas perdidas en el bosque de la semana anterior. 

La casa de Picanyes


Y el entorno

Aquí decidimos comer y buscamos la sombra de un árbol frondoso, con la casa de Picanyes en el primer plano y el Santuario del Oms al otro lado del valle. Una vez descansados, buscamos la pista de Les Lloberes y volvemos al coche.

El Santuario del Oms desde Picanyes

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,5 km; 170 metros de desnivel acumulado.

PD. El día siguiente, amanezco con la espalda cubierta de granos urticariantes, desde las axilas hasta la cintura, que tardaron varios días en marcharse. ¿Qué me cayó encima desde aquel árbol en Picanyes?

lunes, 24 de agosto de 2020

14/8/2020 – Solandeu

Hoy, Pep me ha pedido que traiga los mapas correspondientes a la zona de Marcians y Les Vinyes, a medio camino entre Borredà y Sant Jaume de Frontanyà. Pep y yo habíamos ido a las casas de Marcians y Casadejús poco después de ampliar nuestro stock de mapas gracias al Parque de Cadí-Moixeró. Y yo también había hecho exploraciones solo en las inmediaciones de la casa de Les Vinyes, un poco más al norte, atraído por la visión parecida a un pequeño castillo en ruinas que se ve desde la carretera. En aquel tiempo, yo aún estaba en la fase dos de detección de caminos. Esta es precisamente la fase en la que uno pasa de no ver ningún camino a ver miles por todas partes y en todas las direcciones; cualquier pliegue en el terreno o paso de vacas se convierte en un posible camino. Como resultado, nuestro mapa de esta casa muestra una telaraña de caminos que cubren el papel con trazos rojos. Algún día, habrá que separar el grano de la paja.

Por su parte, Pep había leído referencias sobre una casa llamada Solandeu. Esta casa era desconocida para nosotros y Pep quería encontrarla. También quería ir a Les Vinyes porque nunca había estado allí.

Hoy, la temperatura ha bajado sensiblemente. La presencia de nubes bajas de momento impide que salga el sol. Subimos por la pista que recorre el fondo del Rec de la Taiola. Observamos con desánimo que se han abierto un par de pistas nuevas que suben a la derecha, sospechando la destrucción de alguno de los caminos que tengo marcado en el mapa.  Pero no nos entretenemos a llorar la pérdida de caminos sino que tomamos un sendero que marcha a la izquierda y sube hacia la casa que tenemos referenciada como Comadrells. El nombre de esta casa nos había sido dado por una fuente oral pero, hasta ahora, Pep no ha encontrado ninguna mención documental de ese nombre. Sigue siendo un misterio.

Las barracas de Comadrells

Y lo que queda de la casa

Habíamos encontrado la casa hace muchos años, bastantes antes de empezar este blog, y ahora Pep quería sacarle fotos. Volvemos a encontrarla sin grandes dificultades y, al lado, dos barracas adosadas construidas en una fecha posterior, aprovechando las piedras de la antigua casa. Hoy, son ruinas perdidas en el bosque, rodeadas de campos abandonados hace muchas décadas. Una vez documentada la casa, intentamos buscar la forma de continuar hacia el norte. Vamos encontrando caminos pero en una bifurcación que posiblemente podría ser la conexión con Solandeu, tomamos la dirección equivocada y acabamos flanqueando sin camino hasta encontrar un camino que discurre paralelo a la pista en el fondo del valle.

Vista hacia Borredà desde la casa de Comadrells

En el mapa del Alpina, Solandeu sale como un topónimo que se extiende sobre toda la cuesta al norte de la cabecera del valle. Nos dividimos para buscar la casa. Al final, la encuentra Carles, orientada perfectamente hacia el sur y rodeada de extensos campos. Tanto nos gusta el ambiente aquí que decidimos comer al lado de la casa. Con tanto árbol, no hay muchas vistas pero el ambiente es muy acogedor. Los últimos habitantes de la casa debían haber sido buena gente.

La casa de Solandeu

El próximo paso es ir a Les Vinyes. Intentamos buscar caminos pero se confunden con los campos y acabamos subiendo a la cresta de Les Roqueteres. Desde aquí, tenía otros caminos que bajaban hacia Les Vinyes, pero, cosa extraña en él, Pep se desorienta y marcha hacia el noreste en vez de hacia el sur. Consultamos los mapas y le señalo el camino que va hacia Les Vinyes pero, en vez de ir hacia el sureste, Pep ahora va hacia el suroeste, “siguiendo su corazón”, dice, y acabamos dando un largo rodeo antes de tener la casa a la vista.

La casa está cubierta de zarzas que no permiten acercarse. Todos los campos tienen la hierba larga, amarillenta, aquí no vienen vacas a pasturar. Yo tenía otros recuerdos de hierba verde, pasturada por el ganado, con caminos que se podían ver claramente. Ahora todo parece desconcertantemente uniforme, donde hace tiempo desapareció todo rastro de presencia humana.


La casa de Les Vinyes

Es hora de volver al coche y ponemos rumbo al sur. Encontramos el camino que pasaba por la fuente pero poco después lo perdemos. Pep ha decidido subir un poco más por la cuesta para tener más altura y lo hemos perdido de vista. No sé cómo, pero Carles se ha hecho con el control de los mapas y camina con paso firme y rápido, la mirada fija en el punto donde estaría el coche. Los mapas los tiene agarrados bajo el brazo, sin ninguna intención de soltarlos.

Pep ha vuelto a reunirse con nosotros y seguimos caminando hacia el sur. Cruzamos pequeñas ondulaciones en el relieve, seguidas de pequeñas crestas, siempre con la carretera a la vista pero siempre igual de lejos. Finalmente, llegamos a un afloramiento de roca con un pequeño precipicio al otro lado que nos obliga a desviarnos y ganar altura. Cuando finalmente podemos atravesar al otro lado, vemos con alivio que estamos en el valle del Rec de la Taiola, con las ramas tiradas en el suelo que evidencian la tala que ha motivado la abertura de las pistas nuevas.

Por fin, consigo arrebatar los mapas a Carles y veo que hemos pasado entre dos caminos paralelos, uno más bajo y otro más arriba, que iban enlazando pequeños collados hasta la carretera. Bajamos la cuesta hacia la pista pero antes de llegar al fondo del valle, vemos un camino muy marcado que marcha directamente hacia la carretera. Al principio, creo que es un camino inédito pero luego veo que lo tengo marcado. No tengo ningún recuerdo de haberlo hecho.

El último camino que por fin nos iba a llevar al coche

Ya en el coche, Pep pone la radio. Después del boletín de noticias, empieza la transmisión de una versión radiofónica de una serie de crónica negra popular que pasó por la televisión catalana. El presentador va desgranando sin prisas los detalles de un asesinato particularmente cruel que se produjo hace unos 10 años y cómo la policía fue reuniendo pruebas para cercar al asesino. Cierro la ventana para escucharlo mejor y, 15 segundos después, Pep y Carles también cierran sus ventanas y Pep pone el aire acondicionado. Hasta Pep, con lo serio que es y la poca paciencia que tiene para el cotilleo, ha caído en la trampa y quiere saber quién mató a la pobre mujer.

Cuando entramos en el Túnel de Berga, la transmisión se corta momentáneamente. Al salir al otro lado y con las primeras casas de Berga a la vista, oímos al locutor decir: “Repasemos todas las pruebas recogidas hasta ahora”. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que nunca sabríamos quién fue el verdadero asesino.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,9 km; 400 metros de desnivel acumulado.

lunes, 17 de agosto de 2020

31/7/2020 – Regreso a Canemars

La semana siguiente, Carles estuvo de vacaciones. Pep y yo habíamos quedado para salir, pero durante la noche hubo una tormenta fuerte y amenazaba más tormentas durante el día. Temiendo un rayo sobre la cabeza, llamé a Pep para anular la salida. Hizo un día espléndido.

Y la semana después, la previsión era de mucho calor pero, visto lo que pasó la semana anterior, no me sentía con autoridad para imponer nada. “Habremos acabado a la hora de comer”, me promete Pep la noche anterior.

Aparcamos en la carretera debajo del Santuario de la Mare de Deu dels Oms. Pep quería ver si aún se podía seguir el camino desde el Santuario hacia el grupo de casas alrededor de Cal Toni y luego buscar las dos casas que no encontramos en nuestra primera salida después del confinamiento.

Subimos al Santuario por la pista asfaltada que sale de la carretera. Está todo desierto y ya empieza a hacer calor. Obviamente, la puerta de la iglesia está cerrada con llave; imposible ver el interior. La casa contigua había sido una casa de colonias pero ya hace unos cuantos años que no viene ningún niño. Un campo de fútbol abandonado con la hierba seca y dos porterías de hierro dan fe de su antiguo uso. Un arco de puerta del siglo XVI es el rastro más evidente de su antigüedad.

Vista clásica del Santuario dels Oms

Cruzamos la carretera y entramos en los campos de Terradelles. No hay ningún rastro claro de camino y finalmente, nos encontramos en el pequeño collado donde llega el camino que viene de Sant Jaume de Frontanyà y poco después, estamos en la pista de Cal Toni. El calor empieza a apretar. Debe hacer ya 30 grados o más. “¿No tienes calor?”, pregunto a Pep. “¿Yo? ¿Calor?”, me contesta. “Cuando trabajaba en la mina, 30 grados era un lujo inalcanzable. Lo más normal era trabajar con casi 40 grados”.

“Entendido”, pienso. “No hace calor”. Llegamos al punto donde hay que buscar las casas y salimos de la pista. Carles, con su olfato infalible para detectar piedras viejas, encuentra la primera casa, Cal Ferrerons, situada en un pequeño llano encima de los campos. Y 100 metros más hacia el este, Pep encuentra la segunda, Cal Menut.

Cal Menut, la segunda de las dos casas que nos faltaba para encontrar

Documentadas las casas, cruzamos la pista, pasamos por Cal Peguera y subimos a la cresta del cerro largo detrás de Cal Toni. Un camino que habíamos encontrado en la primera salida se descarta como de animales y comemos bajo la sombra de los árboles. Aquí hay una brisa y el calor es soportable. Volviendo hacia Terradelles por la cresta, vemos un camino en un collado y decidimos seguirlo hacia el norte. Nos lleva al fondo de un valle entre Cal Berlinga y Casablanca. Giramos hacia la izquierda y no tardamos en ver las rocas peladas frente a Cal Berlinga.

Subo por la cuesta, detrás de Pep y Carles. Intento sujetarme con las manos y los pies a esta roca quebradiza, blanda, que se deshace en los momentos más inoportunos. En algún paso delicado, mis botas pierden tracción y veo posibilidades reales de acabar abajo otra vez. Pero con un último esfuerzo, llego arriba donde me esperan Pep y Carles, conversando tranquilamente. La subida aún no ha acabado, pero esta vez es por roca dura y consolidada. Enlazamos con el camino de Sant Jaume, pasamos por el collado con el cruce de caminos y nos encaminamos hacia el Santuario. El camino, si lo hubiera, parece que ha sido convertido en campos. Solo al llegar a la carretera, viendo el trazado de una pista tenue y antigua que se adentra en los campos, Pep lo plantea como posible trazado del antiguo camino.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6 km; 200 metros de desnivel acumulado.

jueves, 30 de julio de 2020

17/7/2020 – La casa de la Balma Roja

Durante todos estos meses que no hemos podido salir de casa, y luego del municipio, Pep ha tenido tiempo para preparar un minucioso plan de trabajo para corroborar sus investigaciones. La semana anterior, ya advirtió que habría que volver a Canemars porque quedaron flecos importantes, básicamente casas y caminos de comunicación.

Las dos semanas anteriores, no salimos, por mal tiempo o por compromisos. Pero hoy, ya pasamos a la fase dos. Sus lecturas le han hablado de una casa cerca de la Balma Roja en Sant Jaume de Frontanyà. Para eso, hay que subir al Pla del Cingle, donde hay una gran cruz sobre el pueblo, y continuar hacia el norte. Hoy no ha venido el hijo de Carles. “Lo pasa mejor con los abuelos”, explica.

Aparcamos nuevamente en el parking del pueblo. Hace un día medio nublado con una temperatura muy confortable. Tomamos el GR4 que sube hacia la casa de Frontanyà. Parece que ha llovido durante la noche anterior. De hecho, ha habido tormentas de tarde durante casi toda la semana. Vamos subiendo con una pendiente suave. Una enorme roca que cayó sobre el camino no se ha movido desde la última vez que estuvimos aquí. En cierto momento, dejamos el camino para tomar la pista que va hacia el Pla del Cingle y nos desviamos para ir a la cruz y tomar vistas. Este lugar tiene el topónimo siniestro de Les Forques, lo que indicaría que aquí no siempre hubo algo tan inofensivo como una cruz de madera.

Vista del GR4 que sube a Frontanyà desde el pueblo

De repente, empiezan a entrar mails a gran velocidad con textos para traducir, incluidas unas frases cortas que, dice la clienta, son “urgentes”. Mientras volvemos a la pista, voy pensando si podré encontrar unos minutos para sentarme y escribir estas frases. Pregunto a Pep. Me dice que cuando llegamos a la zona de la Balma Roja, podré sentarme todo el tiempo que quiera mientras buscan la casa. 

Vemos un camino que sale a la derecha, como si quisiera bajar al pueblo. Es un camino inédito para nosotros porque nunca habíamos tomado esta pista hasta ahora. Decido aprovechar la oportunidad. Entrego el GPS a Carles y les aviso que volveré a la cruz porque allí la cobertura estará mejor. En pocos minutos, tengo el trabajo hecho y entregado y puedo encarar el resto de la salida sin preocupaciones. En el punto de arranque del camino, marco una flecha y una “S” en la tierra húmeda de la pista. “Así sabrán que ya no estoy en la cruz sino que he continuado por la pista”, pienso.

Vista del pueblo de Sant Jaume de Frontanyà desde el Pla del Cingle

Sigo caminando por la pista hasta la última curva antes de girar hacia el norte y allí les espero. Al cabo de unos minutos, oigo gritar a Pep y luego me llama Carles por el móvil. “¿Dónde estás?”, me pregunta. Le explico y al cabo de unos minutos, volvemos a estar juntos. Resulta que volvieron a la pista unos 200 metros más adelante y retrocedieron hacia la cruz, pensando que todavía estaba allí. No supieron interpretar la flecha marcada en la pista y, al no encontrarme, saltaron las alarmas. “Y luego dice en su blog que le abandonamos”, se queja Pep. “Si le cuidamos como un pollito”. “Por cierto, un camino magnífico”, añade.

Continuamos por la pista y entramos en la zona donde Pep cree que podría estar la casa. Nos metemos en el bosque a explorar; vemos campos antiguos pero ni rastro de una hipotética casa. “Aquí no hay agua”, le digo a Pep. “Recogerían el agua de lluvia del tejado”, contesta. “Con eso les bastaría”. Seguimos buscando. Yo subo más arriba y paso un buen rato caminando solo por el bosque. Cuando vuelvo a ver a Carles y Pep, están sentados bajo un árbol cerca de la pista. Nadie ha visto nada. “Aquí hay un problema”, resume Pep, mirando un punto fijo en el horizonte. “No hay agua”.

Decidimos comer aquí. Me entretengo mirando la multitud de mariposas que van pasando. Aquí aún se encuentran en abundancia, a diferencia de mi ruta semanal de recuento de mariposas, que cada año es más pobre. Ya había leído que el Pirineo será uno de los últimos reductos de las mariposas.

Para volver, Pep ha elegido un camino que baja a la carretera de La Pobla, entre el Coll de Sant Jaume y el Coll de Bataiola. Nos lleva directo al comienzo del camino, imposible de ver si no lo has hecho antes, en línea recta, sin dudar y sin consultar mapas. Una vez más, Carles y yo quedamos maravillados por este don que tiene de meterse el mapa en la cabeza, como una especie de paloma mensajero sin alas. Pep le resta importancia: “Incluso de niño lo podía hacer. No me cuesta nada”. Lo cierto es que cuando un arqueólogo o historiador quiere visitar algún yacimiento perdido en el bosque, suele pedir a Pep que le lleve.

El camino que baja a la carretera de La Pobla

Este camino lo hicimos al final del otoño del año pasado. Lo que lo hace especialmente memorable es un paso corto sobre una repisa de la roca. Sin esta repisa, el camino no podría existir. Pero esta vez, no impresiona tanto, quizás porque las hojas que ahora cubren los árboles suavizan el precipicio.

Llegamos a la carretera. Visitamos brevemente las ruinas de la casa de Bataiola (Pep no tiene fotos ni plano) y luego bajamos por el camino antiguo hasta las casas de Sant Jaume.

El camino que baja al pueblo desde el Coll de Sant Jaume

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,8 km; 380 metros de desnivel acumulado.

sábado, 25 de julio de 2020

26/6/2020 – Canemars

Tras un mes de junio inusualmente lluvioso y frío, hoy por fin se cumplen las estrictas condiciones ambientales que exige Pep para salir a la montaña. De hecho, las previsiones indican bastante calor. Es la primera salida juntos desde que se decretó el fin del estado de alarma. Carles, tras algunas dudas iniciales, ha traído a su hijo de 11 años, Martí, ya que de momento dejarlo con los abuelos no es una opción. 

Hemos pasado 7 semanas de confinamiento total, sin poder salir de casa excepto para atender necesidades básicas, a las que siguieron una fase 0, una fase 1, una fase 2 y una fase 3, todo ello cumplido a rajatabla por la mayor parte de la población. Ahora que los ingleses dejan imágenes esperpénticas de masificación e incivismo en las playas, ¿cómo estarían si hubieran tenido que hacer el confinamiento español?, me pregunto.

Pep, con la disciplina férrea que le caracteriza, ha aprovechado el confinamiento para transcribir cientos de páginas de las antiguas escrituras notariales y ha acumulado una valiosa información sobre el reparto del territorio en Sant Jaume de Frontanyà. Concretamente, hay un grupo de casas agrupadas alrededor de Cal Toni, al sur del núcleo del pueblo, cuyos habitantes trabajaban para la casa de Vila-rasa, formando un barrio que lleva el nombre de Canemars. Ya conocíamos la existencia de estas casas pero no las habíamos buscado sistemáticamente y esa iba a ser nuestra primera tarea.

Aparcamos a la entrada del pueblo y ponemos rumbo a Cal Berlinga. Por aquí pasaba el camí ral de Sant Jaume a Borredà y este primer tramo no lo teníamos bien cartografiado. Un poste indicador en la carretera muestra el camino y mientras bajamos, no puedo deshacerme de la vaga sensación de que me falta algo. Al llegar a Cal Jan, se me hace la luz. “He dejado la cámara”, digo a Pep. Refunfuñando, me da las llaves del coche y vuelvo. Resisto la tentación de dar una vuelta por el pueblo a toda pastilla, cojo la cámara del asiento delantero y vuelvo a ponerme en marcha. 

Vista de Sant Jaume de Frontanyà desde el camino de Borredà

Me están esperando al otro lado de Cal Berlinga. Aquí hay una gran superficie de roca lisa y pelada y no recuperamos el camino hasta llegar al collado al otro lado, donde vemos tres rayas amarillas pintadas en un árbol, hechas por alguien que marcó el antiguo camí ral hace muchos años. “Waypoint please”, me dice Pep. Miro el GPS. Se ha apagado y no ha marcado casi nada de todo lo que hemos hecho. Decididamente, no he comenzado bien. Vuelvo a encenderlo y Pep y yo volvemos hacia Cal Berlinga para marcar el trazado correcto del camino, mientras Carles y su hijo descansan en el collado.

Continuamos hacia el suroeste. En un cruce de caminos, vemos claramente la continuación hacia Borredà, pasando por la gran casa de Terradelles. Es mucho más corto que la carretera, que hace una gran curva al salir del pueblo.

Entramos en la pista de Cal Toni. Ha llegado el momento de trabajar en serio. Yo tenía marcada a lápiz en mi mapa una serie de casas, una o dos bajo la pista y las demás en posiciones un poco raras, hay que decirlo, porque miran hacia el norte, en la cuesta encima de la pista. Encontramos una casa rápidamente bajo la pista, que sería Cal Bon Dia. Encima, vemos el tejado de Cal Toni, convertido con amor, tiempo y dinero en un auténtico paraíso rural. Buscamos una segunda casa bajo la pista, pero sin éxito. Sin embargo, ya vemos las ruinas de una casa al otro lado de la pista, en un pequeño llano a media cuesta.

Cal Bon Día

Subimos hacia esta casa, que sería Cal Peguera, lo que nos lleva a tocar la valla de madera que marca el límite de Cal Toni. Abajo, a unos 150 metros, vemos una pareja tomando el aperitivo en una terraza, que nos miran sorprendidos. ¿Están desnudos?, me pregunto, observando la falta de ropa. Levanto la mano en saludo amistoso. No contestan. No me extraña; les hemos estropeado el día.

Después de inspeccionar Cal Peguera, recorrimos el resto de cerro, de oeste a este, buscando las otras casas, pero sin éxito, hasta que Carles ve una pared muy cerca del molino de Quirze. Esta casa, la dejamos para la vuelta y continuamos buscando, hasta llegar otra vez a la valla de Cal Toni pero por el otro lado, de donde sale un olor a barbacoa. Abandonamos la búsqueda y buscamos un lugar con sombra y distancia social para almorzar.

Orquídea; la mejor época es un poco antes, entre finales de mayo y mediados de junio

El hijo de Carles empezó la salida bastante tímido, como es normal, pero ha ido cogiendo un poco de confianza y parece adaptarse bien a este tipo de salida, subiendo y bajando sin rumbo aparente por el bosque. Al menos, no se ha quejado ...

Es hora de ponernos en marcha otra vez. Pasamos por la casa cerca del molino, que sería Cal Cateri, y la documentamos. Volvemos a Sant Jaume por el mismo camino que hicimos al final de la última salida. Incluso aquí, el coronavirus ha hecho estragos. La Casa Blanca ha quitado el anuncio de menús y habitaciones y lo ha sustituido por otro que dice que está cerrado por jubilación. Y la fuente al lado de la iglesia ha sido precintada. Al no poder refrescarnos, tendré que dejar para otro día la conversación que tengo pendiente con el fresno.

El final de una era

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,9 km; 320 metros de desnivel acumulado.

PD. Dos días después, Pep nos informa que hemos encontrado todas las casas marcadas en el Alpina y que no hay más y que le gustaría saber de dónde saqué las otras. El día siguiente, nos envía un nuevo mensaje, informando que puse las casas marcadas en la Minuta, pero en lugares incorrectos. Aquí, no está todo resuelto.
PDD. El domingo, mi hermana me envía un mensaje: Ha hecho 20 kilómetros con 700 metros de desnivel. 

viernes, 20 de marzo de 2020

13-3-2020 – Coronavirus


La semana siguiente, fui a Inglaterra y Carles y Pep no salieron por previsión de mal tiempo, que se cumplió, pero con unas horas de retraso. Cuando vuelvo el día 9, las infecciones por coronavirus están aumentando rápidamente, incluido a mi hijo, confinado en Igualada.

Por lo tanto, el viernes decidimos dar ejemplo y quedarnos en casa. El día después, el presidente del gobierno español declara el Estado de Alarma y el confinamiento de todo el país y, mientras dure, una de las actividades prohibidas son los paseos, solo o en grupo.