Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



jueves, 19 de agosto de 2021

16/7/2021 – El camino de Can Blanc a Castellar

“La última vez que fuimos a Castellar, no hicimos lo que pensaba”, me dice Pep, mientras sorbe el café en el Mikado. “Hicimos el camino a Cal l’Ingla y el camino a la iglesia. Según la Minuta, tanto el camí ral como el camino a Castellar tienen otro trazado”.

Aparcamos en el mismo sitio. Va a hacer otro día magnífico, sin un calor excesivo. Tenemos una visión de todo el valle; detrás, Els Portxos y las montañas de Rasos de Peguera, y delante, la salida del valle en la carretera de Sant Llorenç de Morunys y, detrás, la Sierra dels Tossals. “Aquí es donde se encontraban los dominios de los Berga y los Cardona, con el castillo de Terça a la izquierda y el castillo de Terrers a la derecha, ambos dominando el camí ral de Berga”, me explica Pep. “De hecho, había mucha rivalidad entre los dos linajes, que a veces desembocaba en conflictos armados”.

Mirando hacia Rasos, hoy con más calor 

De repente, me encuentro transportado en el tiempo hasta junio de 2016. Mientras yo estaba aquejado de una tos molesta, que luego resultaría ser una bronquitis, Pep fue explicando a Carles la historia de los dos castillos en unas salidas por Llinars, en un bucle reiterativo que se fue repitiendo a lo largo de varias semanas.

Pero enseguida ponemos manos a la obra. Bajamos por la misma pista a Ca l’Ingla pero, en vez de subir por el camino una vez cruzada la riera, continuamos por la pista que desemboca en un campo enorme, recién segado. Caminamos hasta el borde del campo, donde hay un barranco ancho y profundo de roca arenisca blanda y quebradiza. Imposible que haya un camino aquí. Un poco más hacia el este, veo que el terreno se aplana y efectivamente, tras caminar unos 100 metros, vemos un camino que baja hasta el fondo del valle, unos 10 metros abajo, y luego lo cruza y sube hasta enlazar con el camino que viene de Terça hasta Ca l’Ingla. Había otro camino más abajo que marchaba hacia la izquierda pero quedó muerto en las rocas.

El barranco del Torrent de Castellar

Seguimos por el camino de Terça hasta llegar al Torrent del Pla de Campllong. Desde aquí marcha un camino a la izquierda que queda muerto en las rocas otra vez, pero alineado con el camino anterior. “El camí ral venía por aquí pero quedó cortado por un desprendimiento”, concluye Pep. 

Ca l'Ingla desde el camino de Terça

Cruzamos el torrente y vamos a la fuente de Ca l’Ingla, abandonada y muy deteriorada por los animales. “Todos estos lugares se tendrían que restaurar y hacer visitables”, dice Pep, utópicamente. “Forman parte de nuestro patrimonio y no deberían quedar así”.


El camino de la fuente

Y la fuente

Volvemos a la carretera y buscamos por dónde subir. “La última vez, giramos hacia el este desde l’Arbellera pero no teníamos altura suficiente y acabamos en la iglesia. La Minuta marca otro camino que sube más desde l’Arbellera”, explica Pep. Subimos sin camino claro hasta los campos al lado de l’Arbellera. Desde aquí, una pista sube con zigzags, que seguimos. Luego Pep intenta un flanqueo pero sin resultado, y acabamos subiendo por un camino de arrastrar troncos hasta entrar en otra pista. Después, vamos por pistas hacia la casa de Castellar y finalmente, cruzando prados. Muy relajante pero poco concluyente y, con la Casa Gran a la vista, Pep da la vuelta.

Volvemos por la misma pista pero en vez de bajar, continuamos de llano y de repente, se abre un camino delante de nosotros. Donde antes solo había confusión y oscuridad, ahora todo es luz y claridad. “Cuando todo parecía perdido, Dios ha guiado nuestros pasos”, exclamamos. Seguimos el camino hasta entrar en las pistas encima de l’Arbellera y ahora sí, podemos distinguir qué es camino, qué es pista y qué es pista sobre camino.


El camino que baja a l'Arbellera

Para comer, elegimos el mismo punto al pie del cerro de l’Arbellera, con la vista hacia la Cingla de Corba y mientras comemos, miramos los mismos buitres que van y vienen. En el prado delante, las mariposas revolotean entre las flores. Es un lugar muy solitario y bastante intacto. “Si tuviera mucho dinero”, dice Pep, pensando en voz alta, “compraría todo este valle y lo preservaría como reserva natural e histórica. En muy poco espacio, la riqueza histórica aquí es enorme”.

Desde aquí, encontramos el camino que continúa la bajada y, esta vez, seguimos correctamente su trazado hacia el sureste, luego hacia el suroeste, y finalmente hacia el sur por una antigua pista que se habrá hecho sobre el camino, hasta salir en la carretera cerca del coche y con Ca l’Ingla delante nuestro al otro lado del Torrent de Castellar.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,8 km; 290 metros de desnivel acumulado.

9/7/2021 – Torrents

Aparcamos en la pista de La Ribera a medio kilómetro de Torrents, asustados por un tramo con baches y mucha piedra. Caminando hacia la casa, vemos que lo peor ya lo habíamos pasado y, en el patio de Torrents, vemos aparcada una humilde furgoneta encima de una rampa imposible. No hay nada como conocer cada centímetro del camino.

Nos recibe Toni Casassas, miembro de la familia propietaria y cuidador de la casa, al menos cuando hace buen tiempo. Viendo las grietas en la puerta de entrada, admite que hace mucho frío en invierno. Nos hace subir a la sala principal. Una mesa con piedras, estanterías con libros (la mayoría donados, dice), algún cuadro. Fuera, en la terraza, unos bancos de piedra, un pozo y una larga vista hacia el norte.

Nos presenta Bernat, un amigo de la familia, estudioso de lenguas amazónicas e investigador posdoctoral en la Universidad de Gante. Toni es artista, fotógrafo, creador de vídeos, diseñador. Lleva 2 o 3 años escribiendo un libro sobre la historia de Castell de l’Areny, basado sobre todo en las casas y las familias que allí vivían, con muchas fotos antiguas. El primer contacto con Pep se produjo a raíz de este libro, ya que Pep fue recomendado como una persona que le podría ayudar a documentarse. En su ordenador, nos muestra algunas páginas del libro. También hay una entrevista que hizo a Pep y aprovecha la ocasión para sacarle algunas fotos para el libro.

Toni y Bernat

Y nos ponemos en marcha. Toni siempre camina con un largo bastón que le da un aire medieval, como Little John de la banda de Robin Hood. De hecho, a pesar de su cámara y su ordenador, tiene un aire de otro tiempo, mientras Bernat parece el retrato robot de académico, pero con ropa de montaña.

La primera parada son las dos casas de Coma Gran. La de abajo la habíamos encontrado en la era pre-blog pero la de arriba, no la encontramos en el lugar donde la ponía el mapa del Alpina.

En la larga pista que va hacia el Gorg de l’Olla (que luego entraría en el siniestro valle de Cercosa), pregunto a Bernard por la estructura de los idiomas amazónicos. Dice que hay 300 pero el que ha estudiado más construye frases a partir de prefijos añadidos a los verbos. Solo lo hablan 600 personas, pero dice que tiene buena salud porque se transmite íntegramente de una generación a la siguiente. Otros morirán porque solo lo hablan unos pocos ancianos mientras algunos han sido resucitados por generaciones jóvenes a partir de grabaciones y otro material. Un poco como el idioma celta de Cornualles, le propongo.

Cruzamos el Gorg de l’Olla y subimos a la primera casa, Coma Gran de Baix. La segunda, Coma Gran de Dalt, está 50 metros más arriba. ¿Por qué dos casas tan cerca? ¿Eran familia y decidieron partir los campos en dos? ¿O se abandonó una para trasladarse a la otra? Imposible saber.


Coma Gran de Dalt

Como ya he dicho en otras entradas, la mariposa del boj ha destruido todo el boj en esta zona. Sin embargo, ahora vemos que empiezan a brotar hojas nuevas de las ramitas aparentemente muertas. La tozudez de la vida nunca deja de asombrar.

El denso bosque de pinos impide ver el otro lado del valle. Le cuento a Toni mi malestar respecto al valle de Cercosa. “Seguro que algo terrible pasó en aquella casa (la de Cercosa). Siempre me ha dado mal rollo”. “A mí me gustan esos paisajes cerrados”, contesta Toni. “Vengo a menudo aquí, sobre todo en invierno. Me siento más cómodo aquí que ante un panorama abierto”. Hablando con él, intuyo el peso de la creatividad. No siempre es fácil de gestionar.

Retrocedemos por la pista medio kilómetro y bajamos otra pista que cruza la Riera de Cercosa. Cuando acaba la pista, continuamos por lo que parecen ser antiguos campos hasta llegar a unas paredes adosadas contra un talud. Pep las inspecciona y confirma su origen medieval. No tenía constancia de su existencia; solo un topónimo puesto a voleo en el mapa: La Gavarrera.

La posible Gavarrera

Subimos a una cresta y el paisaje cambia abruptamente. Ahora son cuestas erosionadas, sin vegetación, traidoras a las que no conviene acercarse. 

El paisaje al otro lado de la casa medieval

Giramos al suroeste y bajamos al lecho de la riera de Cercosa y seguimos el curso río abajo durante otro medio kilómetro. Es momento de pedir a Bernat que nos explique un poco cómo se organizan los pueblos amazónicos: la estructura de las aldeas, las familias, los jóvenes, la división del trabajo, la caza, la espiritualidad y la muerte.


La riera de Cercosa

Salimos de la riera y cruzamos un largo llano, luego un pequeño barranco y otro llano, mucho más corto. Y, al igual que los postres, cuando se guarda lo mejor para el final, Toni muestra sonriente un pequeño montículo de piedras esparcidas por un pliegue en el terreno, cubierto por arbustos y avellanos. Los ojos de Pep se iluminan. “¿El molino medieval?”, pregunta. Toni asiente. El llano detrás sería la balsa del molino pero no encontramos ningún resto de un canal o una presa. 

Subimos al Pla del Monjo. Es hora de despedirnos. Aún no hemos comido nuestros bocadillos y le propongo a Pep la pequeña ermita de Sant Ramón. Nos sentamos sobre un muro bajo a la sombra de la iglesia. Al lado nuestro, una hilera de hormigas va y viene, trayendo todo lo que encuentran en el bosque y lo suben unos 3 metros verticales hasta donde deben tener su nido, bajo el tejado. Pep pone un trozo de pan en su camino. Enseguida, unos 15 o 20 hormigas se abalanzan sobre el trozo, cortándolo en trocitos más pequeños que luego suben al nido. Prueba con un trozo de embutido; el mismo entusiasmo. Pongo un trozo de pan de centeno. No despierta interés y se convierte en un obstáculo a rodear. Finalmente, 2 o 3 se paran para inspeccionarlo. Como experimento científico, proporciona un buen indicador del índice glucémico de nuestros bocadillos respectivos.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,1 km; 260 metros de desnivel acumulado.

domingo, 15 de agosto de 2021

2/7/2021 – El camino de Can Blanc a Sant Vicenç

“He estado mirando el mapa de la Minuta. Había un camino que iba desde Can Blanc a Castellar sin pasar por Cal l’Ingla. No lo tenemos”, me dice Pep nada más entrar en el Mikado. “Y hay un tramo del camí ral a Berga que tampoco tenemos bien”.

Aparcamos en la carretera, entre Ca l’Ingla y Can Blanc. Hará un día de pleno verano pero sin agobiar. Después de las lluvias de junio, todo está muy verde.

Lo primero es el camí ral. Buscamos la manera de bajar al Torrente de Castellar. Entramos en la pista que va a Ca l’Ingla, que cruza el Torrent de Castellar. Después de cruzar el arroyo, vemos un camino que sube a nuestra izquierda y, después de un par de curvas, ya tenemos Ca l’Ingla a la vista.

Otra vista de Ca l'Ingla con las ruinas de Casa d'en Cots a la izquierda del cobertizo

Damos la vuelta, volvemos a cruzar el torrente en la dirección contraria y seguimos el camí ral hacia Can Blanc, que bordea los campos hasta unirse a la carretera actual. Cerca hay una prensa medieval, y un poco más lejos, la casa medieval de Sarga. Todo este valle está lleno de restos históricos.

Ahora Pep busca un camino que sube hacia Castellar. Vamos siguiendo trazas tenues hacia el noreste. A veces se ven, a veces solo se ven campos y restos de la explotación forestal. Yo creo que Pep se guía más por el mapa de la Minuta que tiene guardado en la cabeza que por las pruebas sobre el terreno. Seguimos subiendo, a veces sobre pistas antiguas, a veces siguiendo un surco tenue.

El nebuloso arranque del camino desde Can Blanc (detrás)

Y la vista hacia el este, con el característico pico de Cim d'Estela

Salimos a una pista que, con poco desnivel más, nos lleva a la iglesia de Sant Vicenç. Inspeccionamos la iglesia. Está en muy mal estado. Una enorme puerta de hierro se abre sobre una pequeña antesala y luego la nave de la iglesia, con el techo en el suelo. Es curioso, pero los restos de la torre que veía desde el otro lado del torrente en la salida anterior, aquí no se ven, a pesar de estar al lado del edificio. Pasamos a la pared norte, hecha con piedras talladas de época medieval y también donde está el antiguo cementerio. Aquí han crecido árboles que dan una sombra muy bienvenida y aprovechamos el momento para hacer un descanso.

La puerta de la iglesia de San Vicenç y el cementerio a la derecha

Pero, a diferencia de la salida anterior, Pep quiere caminar un poco más antes de comer. Volvemos por la misma pista, y continuamos de llano hasta llegar a la casa de l’Arbellera. Aquí, en un llano con el pequeño cerro de la casa detrás nuestro, nos sentamos a comer. Delante, tenemos las rocas de la Cingla de la Corba, con l’Escletxa en frente, donde se encontraron restos neolíticos, ibéricos y medievales y el Grau de l’Olivell más hacia la izquierda.

Miramos el ir y venir de una pareja de buitres que tienen el nido en un lugar inaccesible en las rocas. Estas aves se han ido afianzando en la parte central de la comarca y ahora es relativamente fácil verlas patrullando las sierras. Pregunto a Pep por l’Escletxa, ya que últimamente ha ido allí en un par de ocasiones por distintos motivos. Yo no he estado nunca allí pero Pep me describe una especie de fisura entre las rocas, que luego se amplía para formar una cámara grande. Aquí, en los años 70, se encontró un esqueleto que podría ser de época neolítica, y también herramientas y otros objetos de época tardorromana y medieval.

“Yo no creo que fuera simplemente un refugio de pastores”, aventura Pep. “¿Por qué crees eso?”, le pregunto. “Los objetos son demasiado suntuosos. Me inclino más por algún tipo de santuario. Además, el lugar es muy especial, pero … es solo una opinión mía”.

Es hora de ponerse en marcha. Continuamos hacia el este por una pista y luego, por la izquierda, vemos que se marcha un camino que va trazando una curva amplia hacia el sur. “Cerca de aquí, hay unos restos que podrían ser una casa medieval”, observa Pep. Nos desviamos ligeramente y me muestra una pila de piedras bajo un afloramiento de roca que abriga del viento del norte. Desde aquí, seguimos otro camino bastante tenue que continúa hacia el sur y luego va girando hacia el sureste, hasta dejarnos prácticamente delante del coche.

“Mi contacto en Torrents me dice que tiene cosas nuevas para mostrarme”, me dice Pep, mientras bajamos hacia Berga. “La semana que viene, le haremos una visita”.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,1 km; 225 metros de desnivel acumulado.

11/6/2021 – La Pedrera

“Vamos a Ca l’Ingla”, me dice Pep en el Mikado. “Hay una casa marcada en el mapa del Institut Cartogràfic y no hemos ido nunca. Se llama La Pedrera”.

Ca l’Ingla es una casa más o menos intacta en la carretera que baja desde Campllong hasta la carretera de Sant Llorenç de Morunys. Antiguamente parte del camí ral de Berga a La Seu, se asfaltó un largo tramo hasta que les acabó el presupuesto, poco antes de llegar al límite municipal de Castellar del Riu con Capolat. Hace muchos años que no voy por allí y accedo con entusiasmo. 

Aparcamos cerca de la casa. Hace un buen día y no hará demasiado calor. Miro hacia el oeste, a la derecha la gran casa de Can Blanc, con los acantilados detrás, y a la izquierda, los llanos de Terça. Es un lugar privilegiado, poco frecuentado y lleno de restos históricos, y lo tengo a 15 minutos en coche de casa.


El tramo final del valle, con Els Tossals delante y Port del Comte en el fondo

Tras una breve visita a Ca l’Ingla y las ruinas de su vecina, Casa d’en Cots, cruzamos la carretera y ponemos rumbo el noreste por un camino que tiene muy buen aspecto, con el empedrado aún conservado. 

La Casa d'en Cots

Ca l'Ingla

Al entrar en campos, pierde entidad y seguimos subiendo por una especie de cortafuegos, sin un camino claro. Abajo hemos dejado una bifurcación a la derecha. Entramos nuevamente en campos y poco después, vemos las ruinas de la casa de La Pedrera. Es una casa moderna, del siglo XIX. Subimos por los campos sin ver un camino claro, hasta llegar a una pista.


Los restos de La Pedrera

En la pista, giramos a la derecha y vemos un camino que reservamos para la bajada. Damos una vuelta por los alrededores, a ver si hay algo medieval. No lo hay y volvemos. Desde aquí, arranca un camino que nos lleva a un llano bajo la gran casa de Castellar del Riu, donde había un poblado medieval. Pero no es el camino que busca Pep. Bajamos hacia la izquierda, dejando los campos y entrando en el bosque encima de un valle profundo. Es el camino a la iglesia de Sant Vicenç y vemos las ruinas de la torre que se asoma por encima de los árboles. El camino también es muy popular entre las vacas, que lo han convertido en un barrizal al llegar al puente.


Lo poco que se ve de la torre de la iglesia


El puente de San Vicenç

Damos la vuelta; ya tenemos el camino de La Pedrera a la iglesia. Nos volvemos a plantar delante del camino nuevo para bajar. Solo son las once y media pero Pep ya quiere comer y nos sentamos delante de la pista. Miro el GPS, preocupado. “Últimamente, mi hermana me critica mucho por los pocos kilómetros que hacemos. Opina que nos esforzamos poco. Creo que ‘patético’ fue la palabra exacta”.

“No sé cómo puedes ser tan egoísta. Ya es hora que aprendieras a pensar un poco en los demás”, me reprocha Pep. “Hace 2 días, hice 900 metros de desnivel por el Cadí con un arqueólogo. Tengo derecho a tomármelo con un poco de calma”. “Un Leo que me acusa de egocéntrico”, pienso. “Tiene gracia”. Seguimos comiendo en silencio.

Cuando acabamos, Pep mira mi mapa. “Bueno, cuando llegamos abajo, podemos mirar esta pista, que acaba en este torrente. A ver si tiene continuidad. Así sumará un poco más”, dice, conciliador. “Se agradece”, contesto.

El camino empieza muy claro pero, con tanta explotación del bosque, se difumina, recuperándose a ratos. Pero Pep ya lo da por bueno y lo bautiza el “camino superior de la iglesia”. Por todas partes, hay pequeños afloramientos de roca entre los pinos, que sería muy atractivo si no fuera por las ramas tiradas en el suelo que dificultan el paso. Volvemos a ver un tramo claro de camino, que nos lleva a la carretera. Es evidente que va directo a Ca L’Ingla. En una curva, vemos otro camino que sale a la derecha y nos lleva a la bifurcación que vimos al principio. Hemos atado todos los cabos en esta zona. Solo nos queda mirar la pista. Acaba en un gran claro donde los camiones cargaban y daban la vuelta. No hay continuidad.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,8 km; 220 metros de desnivel acumulado.

sábado, 31 de julio de 2021

28/5/2021 – Última visita a Comellas

“Tenemos que volver a Comellas”, me dice Pep en el Mikado. “Ha quedado un último fleco”. De momento, no quiere ser más explícito.

Aparcamos en la Collada de Comellas, en la pista, y bajamos por el camino que ya es la tercera vez que lo hacemos. Luego Pep se desvía para ir a l’Era Gran y, desde allí, bajamos una cresta por un camino hasta entrar en unos campos con unas paredes muy altas y todavía en buen estado. Pep dedica un tiempo a mirarlas y luego se encoge de hombros.

“¿Qué pasó?”, le pregunto. “Es que el otro día estaba mirando las fotos aéreas de los años 50 y vi estos muros. Pensé que podrían ser casas pero no, solo son campos”, me explica. El impacto visual de estas largas líneas de piedras es innegable y las seguimos hacia el este por lo que parecen ser caminos transversales pero solo son de vacas.

Los campos ordenados bajo Comellas

Entramos en el bosque y Pep busca el collado por donde se bajaría a Cal Miralles y luego sigue la cresta hacia el sur. Llegamos a la pista de Coll Jovell y giramos a la izquierda. Desde el collado, subimos al Puig Jovell y seguimos nuevamente la cresta hacia el sur. La cara oeste fue cultivada en algún momento, aprovechando una zona más llana, y en el límite de la zona llana, un posible camino que no tarda en difuminarse. ¿Fue un camino para venir a trabajar aquí? ¿Quién sabe? En realidad, Pep ya no está buscando nada. Deambula por si hay algo.

Llegamos a otra pista que ya conocemos y que nos lleva a la pista de Coll de Serrallonga y La Ribera. Giramos hacia el oeste.

“Vamos a comer en la cresta amable”, propone Pep. Es el nombre que hemos dado a la cresta que bajamos el 23 de abril, el día de Sant Jordi y la rosa imposible, y que nos pareció tan acogedora después de las asperezas de Cal Espanya.

Iniciamos la subida, que de entrada es menos amable que la bajada. Pero no nos quejamos y ya casi arriba, buscamos un sitio para comer. Estamos charlando tranquilamente cuando veo un pequeño insecto redondo y negro que me sube el pantalón. Lo quito con el dedo. “Mira, una garrapata”, digo a Pep, sin mucha preocupación porque, después de todo, la he enviado bien lejos.

La reacción de Pep es inmediata. Se pone de pie de un salto y empieza a torcerse por todas partes para ver si él también tiene una. No tiene nada pero ya no quiere sentarse y acabamos los bocadillos de pie.

Resulta que Pep tiene 4 fobias (“leves”, me puntualiza): no le gustan los aviones, sobre todo cuando no están quietos en el suelo; no le gustan las agujas (para inyectar); no le gustan las multitudes; y no le gustan las garrapatas. La cresta amable de repente ha perdido muchos puntos a sus ojos y ya no es amable sino llena de peligros ocultos.

Subimos hasta la pista de Coll de Jovell, la cruzamos y continuamos para enlazar con el camino que hicimos de bajada desde l’Era Vella. Todo este trayecto formaría parte del antiguo camino desde La Ribera a Comellas y más allá, hacia Sant Romà de la Clusa. Ahora lo tenemos completo.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 5,5 km; 340 metros de desnivel acumulado.

PD.- Cuando llego a casa, miro El Temps en TV3, charlo un poco con mi mujer y, después de media hora, sin prisas, me encamino hacia la ducha. Al quitar el pantalón, veo una forma redonda sobre el muslo, ahora un poco más grande. ¡Es la garrapata! Evidentemente, decidió que tendría más éxito si subía la pierna por debajo del pantalón y no por encima. Ahora que tiene la comida tan cerca, no me quiere soltar pero al final, encuentro la manera de hacerla desprenderse. Y la envío al cielo de las garrapatas.


sábado, 5 de junio de 2021

14/5/2021 – Entre Comellas y La Ribera (2ª parte)

Nada más ver a Pep en el Mikado, le muestro mi mapa, con los caminos ya marcados hace más de 15 años. “No me importa que custodies los mapas, pero al menos me los tienes que dejar mirar”. También le muestro la casa marcada en el mapa del Alpina, aunque cuando estuvimos allí, no vimos nada.

Pep decide que todo esto se tiene que comprobar. Aparcamos en el mismo sitio y bajamos la misma pista al Coll de Serrallonga. Todavía no han reparado la fuga de agua. Llegamos a la curva donde, según el Alpina, estaría la casa pero no vemos nada. “Igual está más abajo”, pensamos. Y bajamos una cresta llena de arbustos de boj muertos. De repente, noto telarañas por la cara y los brazos, como en esas películas de terror. Protesto a Pep, que va delante, que no está limpiando el paso para que yo, que soy más delicado, no tenga que bajar con el temor de ver una tarántula subiendo el jersey.

“Ven a ver eso”, me dice. Llego a donde está él y enfoco la vista. Por todas partes, hay hilos de una telaraña más buen gruesa y que no se rompe fácilmente. Y al final de la telaraña cuelga una oruga verde. Son las orugas de la mariposa del boj, que se cuelgan de las ramas de los pinos, esperando engancharse a algún animal (en este caso, nosotros) que luego las llevará con toda comodidad a una zona donde aún quedan arbustos intactos. Miro abajo y veo orugas subiendo el pantalón y el jersey. Me quito el sombrero y también hay orugas. Pasamos unos minutos quitando polizontes indeseados y luego nos alejamos a toda prisa.

Orugas de la mariposa del boj esperando pasaje

Una vez fuera de la zona de boj, concluimos que la casa marcada en el Alpina está mal puesta y en realidad, es la casa que Pep encontró la semana pasada. Volvemos a la pista de La Ribera y subimos por los campos hasta llegar al camino transversal que tenía marcado. Confirmamos que viene de La Riera y llega a los campos, pero no va más allá. Su fin era exclusivamente venir a trabajar. Me asombro que fuera capaz de seguir esos caminos medio borrados cuando todavía era un relativo novato y que además, los plasmara en el mapa sin más ayuda que mis ojos y un altímetro.

El resto de la mañana lo dedicamos a subir y bajar crestas y seguir pistas de desembosque abandonadas hace años hasta acumular un desnivel suficiente para volver a casa con un mínimo de dignidad.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,3 km; 425 metros de desnivel acumulado.

7/5/2021 – Entre Comellas y La Ribera (1ª parte)

 Pep ha estado estudiando el mapa de la Minuta otra vez y dice que había un camino que enlazaba Cal Comellas con el núcleo de La Ribera, después de conectar con el camino que venía del Col Jovell.

Aparcamos en la pista que va a Sant Romà de la Clusa, en la bifurcación que va al Coll de Serrallonga. Como es de costumbre, Pep me secuestra los mapas. Camino con menos peso, pero con el inconveniente de no poder impugnar sus decisiones por falta de referencias. Bajando por la pista, vemos que baja agua desde la pista de Sant Romà, donde hay un colector que lleva agua a Vilada.

Al llegar a la riera, vemos un camino que sube y nos desviamos para seguirlo. Resulta ser un fragmento del camino antiguo de Comellas a La Ribera, que enlaza con otro fragmento de lo que habría sido el camino de Vilada. Gana fuerza la idea de que la pista al Coll de Serrallonga se hizo sobre el camino antiguo de la Minuta.

A medida que continuamos, vemos campos aterrazadas que van subiendo por lo que ahora es bosque. Esta visión será un constante durante todo este flanqueo. A Pep le fascina la extensión; kilómetros y kilómetros de muros de piedra seca que convirtieron todas las laderas orientadas al sur en campos de cultivo.


Campos interminables que suben las cuestas

En el Coll de Serrallonga, seguimos la pista que baja hacia las Eres de Vilada. Queda algún fragmento de un camino antiguo pero nada más y damos la vuelta para volver a la pista principal. Con La Ribera a la vista, surgen los primeros caminos con un poco de cara y ojos: uno que baja a La Ribera, al lado de una casa medieval que hasta ahora desconocíamos y dos que suben por los campos.

Torres de ventilación de una ciudad subterránea

Bajamos el camino de cresta hacia La Ribera y luego buscamos un camino transversal, que no existe. En realidad, Pep me confiesa más tarde, estaba eliminando posibilidades para un trayecto alternativo del camino de La Minuta. Una vez satisfechos que aquí solo hay antiguos campos, subimos sin camino hasta recuperar la pista. Ahora solo queda comer algo y volver al coche.

Vista del paraíso rural de La Ribera desde arriba

En el transcurso de la conversación, Pep me revela que ha estado hablando con el nuevo responsable del Archivo Comarcal. Resulta que el archivero y el director del Parque de Cadí-Moixeró han llegado a un acuerdo para que el segundo ceda al primero toda la información que hemos ido pasando sobre caminos y estructuras en el Parque, cartografiados por Ana Seuba, que es la única que saca algún dinero del tema. Pero hay mucho más, porque el nuevo archivero quiere buscar financiación para que todo lo que hemos ido haciendo en el resto de la comarca pueda acabar en el Archivo, de nuevo con Ana Seuba como cartógrafa. A nivel administrativo, hay que plasmar todo esto en un Convenio y Pep está buscando un nombre. Lo normal es poner “Fondo” y luego el nombre de la persona o personas que aporta la documentación. A Pep no le parece ético poner solo nuestros nombres, porque en realidad son decenas de personas que de un modo u otro nos han ayudado a lo largo de los años. Al final, propongo “Fondo de Investigación Territorial del Berguedà”, que le gusta bastante. Ahora solo falta el visto bueno de Carles.

Avanzado el tema del Convenio, solo nos queda deshacer la pista hasta el coche.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9,25 km; 315 metros de desnivel acumulado.

PD. Cuando llego a casa, miro mis mapas. Resulta que el camino de bajada a La Ribera y los dos caminos de subida, ya los tenía marcados a raíz de una salida solitaria de la que no me acuerdo. En el caso de los dos caminos de subida, se unen con un camino transversal que venía directamente de la casa de La Riera. Además, el Alpina marca una casa en la pista que seguimos, en la curva anterior a la cresta donde está la casa medieval.

sábado, 22 de mayo de 2021

23/4/2021 – Las Casas del Raval (2ª parte)

Hoy es Sant Jordi. Es costumbre en Cataluña que los caballeros regalen una rosa a las damas y las damas un libro a los caballeros. A mí me parece un poco machista, como si las mujeres no supieran leer. Pero la bronca que tendrás en casa si no traes la rosa impide desmarcarse de la tradición. Este año, por cosas de la pandemia, las rosas solo se pueden adquirir en floristerías, y en Berga solo hay dos. De momento, no se permiten los múltiples puestos callejeros que normalmente venden rosas en cada esquina.

Pero hoy, hay cosas más importantes. Después de tantos días de lluvia de este abril atípicamente frío, por fin parece que hoy hará un tiempo primaveral. Pep ha ido al traumatólogo. Le ha diagnosticado una hiperpronación. Si es así, se solucionaría con plantillas. Sea como sea, últimamente no tiene molestias.

Aparcamos en el mismo sitio que la última vez. Pep quiere conocer las casas de la famosa tercera cresta y de paso encontrar el camino a Vilada, que sale en el mapa de la Minuta. Le indico a Pep que ya tengo un camino marcado en el mapa que arranca desde las casas cerca de la carretera de Castell de l’Areny y pasa por el Coll Jovell. “No puede ser”, me contesta. “En la Minuta, el camino pasa más abajo”.

Volvemos a bajar a Cal Miralles y encaramos la tercera cresta. Encontramos las dos casas: Cal l’Espanya y Cal Cisquet, y caminos transversales que las unen con las casas en la segunda cresta y desde allí, con los caminos que van hacia Castell de l’Areny. 

Cal l'Espanya con la estructura del horno

Caminamos por un bosque áspero, poco amigable, con zarzas que cuelgan de los árboles y se enganchan a mi ropa, mi mochila, mi sombrero y mis brazos. Alrededor nuestro, es un estruendo de pájaros. Desde todos los rincones, nos insultan y nos vapulean sonoramente. “Tampoco nos quieren aquí”, pienso abatido.

Seguimos una pista nueva desde Cal Cisquet que nos deja cerca de una fuente y un camino muy marcado, precisamente el camino que tengo marcado en mi mapa. Tras una exploración infructuosa, Pep tiene que admitir que es el camino de la Minuta, que descubrí yo hace más de 15 años, y ponemos rumbo al Coll Jovell. Aquí acaba una pista que viene desde la carretera de Sant Romà de la Clusa y pasa debajo de Comellas. No se ve ningún camino que continúe hacia el sur y además, hay demasiado pendiente.


El camino de la Minuta que sube hacia Coll Jovell, con el árbol viejo de rigor

Propongo caminar por la pista hasta una cresta de pendiente suave donde había marcado un camino. Encontramos el camino, aunque Pep duda de su antigüedad, pero lo bajamos de todos modos. Tras aguantar la furia pajaril debajo del Coll Jovell, entramos en un mundo lleno de amabilidad: árboles espaciados, hierba ordenada y cortada por las vacas, sol y luz, un camino nítido y sin obstáculos, y pájaros que nos piulan amistosamente, como si nos invitaran a quedarnos y disfrutar de la temperatura cálida y las buenas vistas.

Salimos en otra pista transversal. El camino no tiene continuidad hacia abajo y quedamos aquí a comer. Pep me cuenta que, con su asociada de estudios, Roser, están trabajando en un libro sobre las fraguas del Berguedà. Ya tienen editorial, el Museo de la Industria de Terrassa, y todo parece indicar que será la bomba de ventas de no ficción en catalán de Sant Jordi de 2022. “Pero voy a hacer muchos enemigos”, reconoce Pep, con aire preocupado. “Echa por tierra todo lo que se ha escrito hasta ahora sobre las fraguas berguedanas. Pero mis manos están atadas; la documentación es irrefutable. No es culpa mía si solo nosotros hayamos tenido la paciencia de leerla toda”.

Para volver, propongo continuar por esta pista. Desde aquí, arranca una pista secundaria que se convierte en un camino, según mi mapa, que va al Coll Jovell. Pero tengo mis dudas, basadas en mi falta de experiencia en aquel tiempo, de si realmente vi un camino. De todos modos, no me ha quedado ningún recuerdo de aquella salida. Y así hacemos. Y efectivamente, no hay ningún camino.


Cal Comellas

Volvemos a salir al Coll Jovell y deshacemos la pista hasta llegar al coche. De vuelta en Berga, mi próxima misión es encontrar una rosa. “Y no traigas esas rosas que regalan en el supermercado”, me advierte mi mujer. “Son de mala calidad y se marchitan enseguida”. Pero resulta misión imposible. Hace horas que las dos floristerías vendieron todas sus rosas. Tras recorrer toda la ciudad, llevo un punto de libro con una acuarela pintada a mano de una rosa. Por suerte, es aceptada.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,85 km; 340 metros de desnivel acumulado.

9/4/2021 – Las casas del Raval (1ª parte)

Hoy amanece nublado y parece que en algún momento del día, lloverá. Cuando entra Pep en el Mikado, a pesar de tener la cara media tapada con la mascarilla, tengo la sensación que algo no va bien. “Las rodillas”, me dice. “Ya llevo un año con molestias, a ratos sí, a ratos no, y hoy me molestan bastante”.

En mis mapas, tengo dos líneas de casas que bajan dos lomos desde Comellas hasta la carretera de Castell de l’Areny, entre Cal Marc y Cal Ballester. Son casas que salen en el mapa del Alpina y las había buscado, una vez solo y otra vez con Carles, pero Pep no las conocía. De todos modos, todo esto se hizo en la era pre-GPS y es muy posible que no estén en el lugar correcto.

En el coche, reina el pesimismo. “Bueno, en algún momento, las salidas se tendrán que parar. Al menos, para leer documentos antiguos, no hace falta tener rodillas buenas”, dice Pep, intentando ver el lado positivo. Aparcamos en la pista que va a Sant Romà de la Clusa, encima de la casa de Comellas. Las nubes cubren las cimas de las montañas y parece que va a llover en cualquier momento. Tras inspeccionar mis mapas, Pep propone buscar una casa que nunca conseguí encontrar y cuyo nombre está escrito en letra grande en el mapa, aunque sin indicar dónde está, Cal Sord.

“Dejemos los mapas aquí. Total, será un paseo corto antes de que se ponga a llover y así no se mojarán”, propone Pep. Salimos del coche. Hace frío. La verdad es que los dos tenemos ganas de dejarlo correr y buscar un bar para contar batallitas. Bajamos por una cresta hacia el noreste, más o menos por donde ponía el nombre en el mapa. Vemos campos pero sin rastro de la casa. El tenue camino de bajada se convierte en una pista y de repente vemos un camino transversal. Lo seguimos a la izquierda; sale del bosque y acaba entrando en una de las curvas de la pista que sube de la carretera de Castell de l’Areny a la pista de Sant Romà de la Clusa. Allí vemos una fuente y un coche abandonado, acribillado de balas. 

Blanco del aburrimiento de los cazadores 

Las nubes empiezan a levantarse, con Castell de l'Areny en el fondo

“Parece un camino hacia Castell de l’Areny”, dice Pep. Mira el cielo. “¿No te parece que hace menos frío?”, me pregunta. En efecto, la temperatura ha subido unos grados y las nubes no parecen tan compactas.

Volvemos a la cresta y seguimos el camino en la otra dirección. Poco a poco se van abriendo claros en las nubes y el sol empieza a imponerse. Vuelven a aparecer campos y llegamos a una segunda cresta. “Ya no me duelen las rodillas”, dice Pep. “Me encuentro perfectamente”. Aparecen las ruinas de la primera casa. Al haber dejado los mapas en el coche, no tenemos ninguna referencia y mis recuerdos de aquella salida con Carles hace más de 10 años son muy nebulosos. Pero nada de eso perturba el buen humor de Pep mientras explora el entorno de la casa. 

La primera casa, que todavía no tiene nombre

La propia cresta se compone de una doble hilera de rocas que van bajando y el pequeño espacio entre las dos hileras ha sido escalonado para crear una larga escalera de pequeños campos. El efecto estético es muy atractivo. “Para que ir a Babilonia”, dice Pep, “si aquí también tenemos nuestros jardines colgantes”, con un estado de ánimo que ya roza la euforia.


Los campos escalonados entre rocas

Seguimos bajando la cresta hasta tener la piscina de Cal Marc a la vista y volvemos a subir por la ladera este. En total contamos 5 casas, formando una especie de barrio. Cuando bajo el track y miro el mapa del Alpina, veo que la primera casa – y la más grande – ni está marcada ni tiene nombre. Toda la cuesta lleva el nombre de Raval, que es el nombre que se suele dar a los barrios extramuros de las ciudades medievales. ¿A quién pertenecía esta tierra? ¿Quién decidió construir todas estas casas? ¿Y por qué? La respuesta tendrá que esperar las pesquisas de Pep en los archivos históricos.

Cal Roget


Seguimos subiendo hasta llegar a un camino transversal muy marcado y, muy cerca, Cal Miralles, la única casa arreglada de la cuesta. Aquí había llegado poco después de explorar infructuosamente la zona donde pondría esas palabras “Sin interés” que tendrían unas consecuencias nefastas que en aquel momento ni sospechaba. Subía la tercera cresta, siguiendo una línea de casas que estaban marcadas en el flamante y renovado mapa Alpina. E irrumpí, sudado y rodeado de moscas, en la pista frente a Cal Miralles, delante de una mesa donde una pareja se disponía a disfrutar de un almuerzo íntimo, sin más compañía que el canto de los pájaros como orquesta privada. Parece que tengo un don para presentarme en los momentos más inoportunos pero fueron muy amables y me indicaron por dónde tomar el camino para seguir subiendo hacia la pista de Sant Romà de la Clusa.


Castell de l'Areny, ahora con el cielo despejado

Este es el camino que ahora subimos, buscando algún indicio que nos pudiera indicar la ubicación de Cal Sord, hasta salir en el gran prado encima de Cal Comellas. Buscamos las ruinas de unas estructuras que llevan el nombre de l’Era Vella. Aquí comemos y, tras una breve tertulia, Pep propone un último intento de encontrar Cal Sord. Volvemos a bajar a Cal Miralles y seguimos el camino transversal en la otra dirección. No tarda en convertirse en una pista que cruza la primera cresta y entra en un pequeño valle sin árboles. Y allí vemos la casa, orientada al sur, plenamente visible ahora que hemos dejado atrás el bosque y muy cerca de la pista de Sant Romà de la Clusa.


Cal Sord

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6 km; 315 metros de desnivel acumulado.

miércoles, 12 de mayo de 2021

26/3/2021 – Castillo de Blancafort y Vilosiu

Hoy tenemos una novedad. Resulta que el Ayuntamiento de Cercs ha retomado el proyecto de consolidar las ruinas del castillo de Blancafort y las dos casas medievales de Vilosiu, la primera excavada por el Profesor Manuel Riu en los años 60 y la segunda por el Profesor Jordi Bolós en los años 80. Como experto en el tema, Pep aportará sus conocimientos en una reunión que se celebrará el próximo lunes y tendrá como acompañante un joven estudiante de historia, Pol, hijo de Cercs, y postulado por Pep como un posible sucesor para culminar nuestra obra magna.

Para poder asistir a la reunión con conocimiento de causa, Pep propone realizar un recorrido por la presencia medieval en estos llanos y valles al este de los Rasos de Peguera. Hace tiempo que mis lectores me reclaman una entrada sobre esta zona y hoy ha llegado el día.

Pol parece un chico muy serio y subimos en su coche hacia el castillo de Blancafort. Llama la atención su manera de conducir: segura pero prudente, lejos de los acelerones y frenazos a que me tiene acostumbrado Pep. Aparcamos en la pista que va a La Figuerassa, frente al castillo. Parece que hará un día estupendo.


Hay que estar loco para hacer lo que hacemos nosotros, advierte Pep

En el castillo, Pep dedica unos cuantos minutos a explicar sus características. Domina todo el entorno. En otros tiempos, habría pequeños grupos de casas esparcidas por los llanos abajo, todas vigiladas por el ojo atento del castillo. Pep señala una grieta que va subiendo desde el hueco que era la puerta de entrada y cuyas piedras probablemente forman parte de alguna de las casas de los alrededores. Cuando esta grieta llegue arriba, toda la pared caerá al suelo, dice.

La torre de Blancafort con el hueco que era la entrada

Propone bajar por el camino antiguo, usado por animales de carga, ya que el actual es uno moderno que se utiliza para subir a pie desde que las murallas desaparecieron. El único problema es que el camino antiguo no lo usa nadie y enseguida lo perdemos en la vegetación. Sin poder ver más lejos que el próximo arbusto, Pep baja en busca del camino. “¿No será a la derecha?”, aventuro, ya que me parece más despejado en esa dirección. “No, en todo caso hacia la izquierda”, grita desde abajo. Pasan los minutos y al final le oímos. “Ya estoy en el camino otra vez. Iros hacia la derecha y lo encontraréis”.

El camino nos deja en la Collada Baixa y empezamos a dar la vuelta por la pista hacia el noroeste. Un camino que iba a un grupo de barracas ha sido convertido en una pista de 4 metros de ancho. Suerte que no arrasaron las barracas.


Una de las barracas


Y como quedó el camino


Continuamos dando la vuelta de la montaña. Entramos en antiguos campos que tienen un aire de llevar siglos allí. Detecto un olor a purinas (“Eau de cochon”, como lo llamamos jocosamente). “Pero si aquí no cultivan”, pienso, extrañado. “Es para que crezca la hierba para el ganado”, explica Pep.


Cruzando los campos olorosos

Pasamos por debajo de la casa de Santa Maria de les Garrigues, cruzamos la pista de acceso a las casas y tenemos la primera de las casas excavadas, Vilosiu A. Un poco más arriba, la segunda, Vilosiu B. Todavía se ven las divisiones en distintos habitáculos pero están en un estado bastante precario. Si no se pone remedio, acabarán como pilas de piedras en un hueco en el suelo.

Vilosiu A

Vilosiu B

Cruzamos la pista de Casanova y continuamos hacia el norte para pasar Els Esquers de Santa Maria, un muro de roca llena de fisuras. Ya en el camino con las marcas del Camí dels Bons Homes, pasamos por un amplio collado y descendemos hacia la casa de Casanova. Al lado del camino, hay otra casa y una más un poco más abajo. Aquí el boj se ve intacto, exuberante. La mariposa no consiguió cruzar el Llobregat. “Este año le tocará”, pronostica Pep.

Pasamos al lado de la Casanova, una masía propiedad del Ayuntamiento de Cercs que se ha ido ampliando con los años. Ahora se parece más a un hotel rural, pero Pol dice que la carretera asfaltada de acceso desde Cercs está destrozada por los camiones forestales.


Subiendo hacia La Jaça, con la silueta de Blancafort al fondo

Vamos pasando por restos de casas medievales. Aquí vivía mucha gente, pero Pep nos tiene reservada la joya de la corona, La Jaça, un pequeño grupo de casas resguardadas bajo una pared rocosa de difícil acceso. Y aquí, mientras comemos, explicamos a Pol todas las crisis existenciales que le esperan: la de los 30, los 40, los 50 y los 60.


Cazador y cazado comparten el mismo árbol, cerca de La Jaça

Uno de los espacios de La Jaça

Ya casi en la entrada a Les Nous Comes, Pep muestra una última casa, casi colgada sobre un precipicio. Y de paso, descubre dos estructuras nuevas, una de ellas con una puerta gruesa encarada al norte: ¿una iglesia? En todo el camino de vuelta, siguiendo la pista desde Casanova, no conseguimos sacar nada en claro.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,8 km; 420 metros de desnivel acumulado.