Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



viernes, 3 de agosto de 2018

15/6/2018 – Buscando el camino de Aranyonet a Gombrén


Hoy, retomamos el plan frustrado de la semana anterior. Y el éxito parece asegurado porque Carles trae un mapa antiguo del Ejército donde se ven claramente los caminos que queremos seguir. Aparcamos nuevamente en el Coll de Merolla. Hoy es el primer día que pongo crema solar y nada más bajar del coche, constato que este año será un buen año para las orquídeas; se ven por todas partes.

El mapa del Ejército. La tres estrellas marcan puntos clave: Coll de l'Arç, Solanllong y la unión de los caminos de Gombrén y Solanllong

Nos plantamos nuevamente en el Coll de l’Arç. En la salida del 11 de mayo, mientras yo seguía el camino a la ‘artiga’, Pep y Carles continuaron por la pista hacia Solanllong, hasta unas ruinas que identificaron como Casanova. En el mapa antiguo, un poco después de Casanova, el camino se bifurca; el ramal derecho enlaza con Solanllong y el izquierdo es el camino a Gombrén.

Hoy, caminamos por esta pista. Pep me muestra unos escasos restos de una casa, borrada por la pista. “Casanova”, me informa, y continuamos. Constatamos dos casas más, seguramente medievales, cerca de la pista pero la bifurcación, no la acabamos de ver. “Igual nos despistamos mientras anotábamos las casas y no vimos la bifurcación”, aventura Carles. Bajamos hacia la derecha con la idea de cruzar en ángulo recto el camino de Solanllong, pero solo vemos campos, bosque y caminos de animales.

Subimos otra vez hasta la pista y llegamos hasta el final. Continúa un camino señalizado con marcas amarillas que baja con cierta pendiente hacia la casa de Solanllong, que se ve abajo. Los restos del camino antiguo pasan por un ‘grau’ encima nuestro, así que su autenticidad está fuera de duda.

Pep pone en palabras lo que todos estamos empezando a sospechar: que hemos seguido desde el primer momento el camino de abajo y lo que no hemos visto es el camino que cruza la sierra hacia Gombrén. Giramos hacia  la izquierda con la misma idea pero al revés: cortar en ángulo recto el camino de Gombrén. Pasando por antiguos campos, llegamos hasta la cresta y caminamos hacia el oeste, nuevamente hacia el Coll de l’Arç. Con el surco profundo de un collado a la vista, damos la vuelta, sin haber visto nada convincente y caminamos otra vez hacia el este por la cresta, a ver si vemos por donde cruza el camino hacia el noreste.

Finalmente, la cresta inicia el descenso hacia Can Vilar. Aún no hemos encontrado nada. A la izquierda, se ve la explanada de carga de una pista. Me paro un momento para fotografiar unas orquídeas y cuando me reúno con Pep y Carles, están sentados bajo la sombra, estudiando el mapa. “Quizás mejor haber empezado por allí”, pienso. “Aquí se han dado demasiadas cosas por supuesto”.

“Con la hora que es, tenemos que elegir”, dice Pep. “O intentamos buscar este camino de Aranyonet o tiramos la toalla y vamos al camí ral de Gombrén al Col de Merolla”. “El camí ral lo podemos hacer cualquier día. Ahora forma parte del GR”, argumento, mientras estudio el mapa. “La clave está en ese collado”, y señalo el punto. “A partir de aquí, siempre cara norte. Y nosotros hemos estado por la cara sur. Yendo hacia Can Vilar, tenemos que cruzarlo”.

Can Vilar

“Así es”, admite Pep. “Es la prueba de que no se pueden mirar los mapas antiguos de prisa y de pie”. Bajamos hasta la pista que lleva a Solanllong y giramos al norte. Con Can Vilar a la vista delante nuestro, al otro lado del valle, vemos un camino que ha sido cortado por la pista. Bajamos a la derecha y poco después, vemos que este camino entronca con otro que va paralelo a la pista. Hemos encontrado la unión de los dos caminos. Damos la vuelta y subimos hacia arriba. Cruzado la pista, el camino sube con zigzags amplios y aunque está cortado por mil sitios por los surcos creados al arrastrar troncos, no hay duda de que, ahora sí, es nuestro camino.

Llegamos a la explanada de carga que vimos en el descenso, sin darnos cuenta de su importancia. A partir de aquí, una pista antigua en línea recta sube por la trayectoria del camino hacia la cresta, donde se divisa un collado amplio. En cierto momento, el camino deja la pista y, ahora más perdedor, sube con más pendiente hacia el collado. Aquí comemos.

Miro el track marcado en el GPS. Cuando estábamos caminando por la cresta sin rumbo, nos quedamos a 60 metros del collado. “Si hubiéramos caminado 30 metros más hasta ver el fondo del collado, habríamos visto el camino”, anuncio. Pep y Carles me miran en silencio. A veces es mejor pasar página.

Volviendo a Coll de l'Arç. El camino, medio borrado, ocupa el espacio entre dos bancales

Continuamos por el camino, ahora muy tapado, que sigue la línea superior de los campos hacia el Coll de l’Arç. Otro camino que sería magnífico si se limpiara. Salimos de las zarzas y allí delante nuestro, vemos las ruinas de una casa más moderna. ¡Es la Casanova auténtica! Y muy cerca, encontramos la bifurcación hacia Solanllong, 20 metros encima de la pista. ¡Íbamos engañados desde el primer momento!

Las ruinas de Casanova

“Seguir caminos es muy fácil cuando sabes dónde están”, resume Carles. Volvemos al Coll de Merolla por la pista. El bosque es un festival de orquídeas.



Diferentes especies de orquídea

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,7 km; 470 metros de desnivel acumulado.

jueves, 2 de agosto de 2018

8/6/2018 – El camino de Cal Costa


El día 18 de mayo, hicimos una salida más bien académica detrás de la casa de Merolla. Pep tenía unos topónimos en documentos antiguos y una casa llamada Bruc entre Merolla y Comas. Una casa, seguramente medieval, sí la encontramos prácticamente en la valla que marca el linde entre las dos propiedades.

Ahora a Pep solo le queda una salida más a esta zona: seguir el camino de Aranyonet a Gombrén y volver por el camí ral que sube el valle hasta el Coll de Merolla. Y eso precisamente es la tarea que nos disponemos a hacer hoy, después de la parada obligada por la Patum, indudablemente la más amarilla de su historia. Y con el telón de fondo de la caída inesperada del gobierno de Rajoy, impulsada por la sentencia del Gürtel, a pesar de los intentos peperos de dejarla en “unos casos aislados de corrupción”.

Pero la carretera a La Pobla de Lillet está cerrada, con una excavadora trabajando en la talud. “Hay unas piedras que amenazan por caerse”, nos explica el operario. “Igual tenemos para media hora o más”.

“No podemos estar aquí esperando”, dice Pep, exasperado. “Tengo una charla en Berga a las 7 sobre un trozo de cerámica”. “Seguro que será fascinante”, pienso, mientras busco en mi cabeza un lugar dónde ir. De repente, se me enciende una luz. “¿Os acordáis de ese camino que nos quedó por ver en Cal Costa? Hoy lo podemos hacer”. El lector seguramente aún tendrá fresca en la memoria la salida que hicimos a finales de 2015 por el camino de Cal Costa y luego subimos por una pendiente infernal hasta el mirador de Gresolet. Mientras hacíamos un descanso en la casa de Cal Costa, vimos un camino que iba claramente hacia abajo y que no teníamos en nuestros mapas.

Aparcamos en la pista que va a Gresolet, cerca del molino de Cal Ferrer. Subimos el camino señalizado hacia Saldes, en una línea casi recta y con pendiente constante. No es la primera vez que subo este camino pero no lo recordaba ni tan largo ni tan empinado, ya que nos hace subir 150 metros de desnivel de golpe. Como siempre, Pep y Carles van 5 pasos por delante, repasando detalles históricos.

Pedraforca vista desde debajo del castillo

Salimos en la pista debajo del castillo. “Tiene que haber un camino que sube directamente al castillo, sin dar esos rodeos que hace la pista”, musita Pep. Sin demasiadas dificultades, Carles la encuentra, abandonado, olvidado, subiendo la cresta hasta el castillo.

Pep y Carles vuelven a repasar el recinto fortificado. Si se calcula a partir de los restos de la muralla, tenía un tamaño considerable; toda una ostentación de poder terrenal. Una casa del siglo XVIII o XIX construida dentro del recinto crea la ilusión de que es más pequeño.

Subiendo hacia el castillo

Pasamos detrás, entrando en esos campos de aspecto tan antiguo. En un rincón, Pep encuentra los restos de una casa medieval. Ahora sabemos que la antigüedad es algo más que una impresión estética.

Entramos en el camino de Cal Costa. Tiene todo el encanto de siempre pero a medida que nos acercamos a la casa, nos damos cuenta de que algo ha cambiado desde 2015. La larga pista que llegaba a la casa desde Saldes ha sido alargada un poco más, por lo menos hasta el collado que marca la larga cresta que se llama Feixatella. En el proceso, ha destruido el camino. Yo aún recordaba ese camino, siguiendo una estrecha repisa en el límite de los campos. Al ser un camino rocoso expuesto al sol, crecían muchas flores entre las rocas y era curiosa ver cómo el camino iba buscando el mejor sitio por donde pasar. Ahora es una pista homogénea y aburrida; tierra y piedra excavada por una máquina y aplanada para que puedan pasar 4 ruedas o 2 orugas.

El nuevo tramo de pista detrás de Cal Costa. Debajo, se ve lo que queda del camino, sepultado por la pista

Y mientras comemos al lado de la casa, me pongo a pensar. Este camino forma parte de las rutas de senderismo que promociona el Ayuntamiento de Saldes. Y esos “Planes de Mejora Forestal” también son responsabilidad del Ayuntamiento, ya que afectan los bosques de propiedad municipal, aunque el dinero venga de otro lugar. Y me pregunto: “¿Qué es lo prioritario? ¿Promover el turismo de naturaleza o explotar el bosque por su biomasa? Porque, mecanizando la explotación de esta manera, las dos cosas no se pueden hacer al mismo tiempo. ¿No se hablan el Concejal de Caminos Bonitos y el Concejal de Cortar Árboles y Abrir Pistas?”. Sospecho que, en esos pueblos pequeños, son la misma persona.

Iniciamos el descenso por el camino desconocido. Tiene unas marcas medio borradas de color verde y blanco de sendero local. Empieza a zigzaguear, pasando por antiguos campos perdidos en el bosque, con las paredes de piedra seca aún intactas. 

Los campos debajo de Cal Costa

Cruza una pista antigua y sigue bajando, ahora en línea recta. Pasamos por una tejería, delatada por las tejas rotas en el suelo. Las vacas también usan el camino y, con esta tierra arcillosa, ahora es fangosa y resbaladiza. Finalmente, se convierte en pista, con bastante pendiente. Va siguiendo el torrente en su descenso. Relaja oír el sonido del agua y las pequeñas cascadas. Y debajo de algunas de las cascaditas, hay una pequeña charca, donde el torrente se ensancha y el agua pierde su fuerza. Y aquí, se han hecho pequeños ramales de la pista, que cruzan el agua y entran de lleno en la cuesta al otro lado, dejando un caos de árboles tumbados y ramas rotas.

“¿Por qué ese afán de los humanos de estropear las cosas bonitas?”, me pregunto. “¿Qué ganan con empujar una máquina 5 metros sobre el agua?”. Dejo sin resolver estos misterios de la ingeniería forestal. A Pep y Carles ya les he perdido de vista, intentando bajar sin caerme en ese fango resbaladizo. Y cuando llego a la pista de Gresolet, tampoco les veo. Giro a la derecha hacia el coche y camino a ritmo vivo. Sigo sin verlos y me entran visiones de aquel día de junio del año pasado en Meranges, cuando me dejaron tirado en medio de la nada en plena tormenta.

En las rocas más húmedas y frías al lado de la pista, hay auténticas alfombras de oreja de oso. Esta flor, antes tan escasa, ahora se encuentra en casi cualquier roca que mire hacia el norte y, en esta época del año, produce una flor muy bonita de color amarillo y lila. Llego al coche. 

Oreja de oso

Esta vez, no se han marchado y yo tampoco me alejo del coche. Al cabo de 10 minutos, llegan. En vez de girar a la derecha en la pista de Gresolet, giraron a la izquierda: Carlos quería ver cómo corría el agua del torrente de Gresolet.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8 km; 370 metros de desnivel acumulado.

11/5/2018 – La iglesia de Sant Miquel


Nos levantamos con una niebla espesa y mientras esperamos que se disipe, vamos haciendo tiempo en el Mikado. Resulta que durante la semana Pep y Carles han estado hablando y han llegado a la conclusión de que el castillo de Merolla no existe. O por lo menos, no existe en el Ripollès sino en el Berguedà y los historiadores lo han confundido con un castillo que hubo en el Col de Merola, cerca del camí ral de Berga a Bagà.

Pero aún había el tema de las dos iglesias, Sant Serni y Sant Miquel. Pep especula que podrían estar en el mismo sitio pero construidas en distintas épocas. Y para encontrar al menos la segunda, habría que buscar cerca de las ruinas de Can Miquel, que antes curiosamente se llamaba Sant Miquel.

Se despeja la niebla y nos ponemos en marcha. Aparcamos en el Coll de Merolla. Nos dirigimos hacia la antigua casa de Can Miquel, muy cerca de la carretera de Gombrén. Encontramos las ruinas y buscamos por los pequeños cerros alrededor, pero no hay rastro.



Los restos de la casa de Sant Miquel

Cruzamos la carretera, dispuestos a pasar a una especie de plan B, que consiste en mirar el camí ral desde el Coll de Merolla a Gombrén, ahora un GR, y también mirar algunos arranques de camino desde el camí ramader al Coll de l’Arç. Como última esperanza, Pep manda a Carles, como miembro más joven del equipo y voluntario obligado, a subir el último cerro que nos queda, ya debajo de la carretera. De repente, Carles nos grita y subimos todos. Allí, en una zona llana, se ve un hueco cuya forma se parece sospechosamente a una pequeña iglesia, con una forma redondeada mirando al sur que podría ser un ábside y los restos de unos cimientos. Pep dice que, a falta de una excavación, tiene buen aspecto y ya recuperamos el plan B con más brío.

Tenía desde hacía años dos principios de sendero desde el camí ramader que nunca habíamos mirado. El primero muere muy rápido; es de animales. El segundo, cerca del Coll de l’Arç, sube hasta una zona de cultivo en el bosque.

El camí ramader a Coll de l'Arç

Comemos en el Coll de l’Arç y volvemos por la pista para poder conversar tranquilamente.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,6 km; 270 metros de desnivel acumulado.

lunes, 14 de mayo de 2018

4/5/2018 – Merolla

Carles ha entrado en contacto con el dueño de la casa de Merolla, actualmente dedicada al turismo rural. Acuerda una visita, ya que Pep y Carles tienen noticias de un castillo y dos iglesias (Sant Miquel y Sant Serni) y siempre va bien consultar a gente del país, a ver si pueden aportar alguna pista.

La casa restaurada de Merolla

Aunque actualmente forma parte de la comarca del Ripollès, antiguamente todo este valle, hasta el Coll de Merolla, estaba adscrito a La Pobla de Lillet y por eso, Pep considera justificado incluirlo en nuestro ámbito de actuación.

Nos reciben los padres, quienes nos presentan al hijo, que lleva el negocio, y muy amablemente nos muestran la casa, restaurada con esmero y todo lujo de detalles, y unas vistas y un verdor que deben ser un imán para los pobres barceloneses, sedientos de verde, paz y contacto con el medio natural. Nos cuentan que hay un historiador local de Campdevanol que también va detrás de las iglesias, de momento sin éxito. Pero me estoy adelantando. Volvamos al principio.

Aparcamos en una entrada de pista en la carretera, debajo de la casa. Al bajar del coche, noto que la calzada tiene una gruesa capa de asfalto que la eleva al menos 25 centímetros por encima del borde. Y luego dedico mi atención al cielo, a ver qué día hará hoy. El próximo paso, mi pie derecho pisa aire y voy de bruces al suelo. El trompazo ha sido de primera categoría, sobre todo en la rodilla. De niño, hice judo y aprendí a caer. En mi juventud, saberlo me ha salvado de lesiones graves más de una vez en accidentes de bici, pero a partir de los 60, me parece que uno cae como un saco de patatas con la misma contundencia que una persona que nunca ha hecho judo.

Cuando puedo incorporarme, me siento al borde de la carretera, esperando que pase el dolor. “Tantos años caminando por los lugares más escabrosos y te tienes que caer en el sitio más tonto”, me dice Pep para consolarme. “¿Estás bien?”, me pregunta Carles, siempre con la frase correcta. Me palpo con cuidado la rodilla. No parece que haya nada roto. La muevo; tendones y ligamentos funcionan. Me pongo de pie y constato que la pierna aguanta mi peso y volvemos a ponernos en marcha.

Tras esta visita tan cordial de la casa de Merolla, nos disponemos a visitar los mismos cerros que el historiador local, con el mismo resultado. En un descanso, vuelvo a inspeccionar la rodilla, saco mi botiquín y la limpio, la desinfecto y pongo una gasa. Ya va mejor.

Mirando hacia el norte, vemos una especie de brecha en una pequeña sierra que se llama L’Esgarrapall y para ocupar el día, decidimos seguir una pista forestal hasta allí para ver qué hay detrás. La pista acaba en la cresta y sigue un camino que nos baja hasta la pista que va al Coll del Pla de L’Espluga.

La vista desde el final de la pista con Ca l'Escolà abajo y las montañas de Meranges al fondo

Caminamos por la pista bajo un cielo cada vez más amenazador y un viento que arrecia, haciendo crujir los pinos. Nos desviamos por un camino que lleva a L’Empriuet, una casa en ruinas en la solana del valle que habíamos visitado a finales del verano del año pasado. El camino está muy limpio; lo deben mantener las vacas. 

 El camino de L'Empriuet

Y lo que queda de la casa

Recuperamos la pista y, en la curva donde se une a la carretera de Gombrén a Castellar de n’Hug, tomamos el camí ramader (camino pecuario) señalizado que pasa por el Coll de l’Espluga y luego al Coll de Merolla. Lo había hecho al revés hace unos cuantos años con Carles, antes de empezar el blog.

En la cresta, paramos para comer y repasar el estado lamentable del mundo, bajo un cielo tapado que no llega a llover. Fortificados por este desahogo colectivo, continuamos por el camí ramader, que tiene unos tramos muy atractivos. Nos desviamos para visitar Cal Cots, una casa todavía en pie pero no modernizada. Desde un núcleo antiguo, ha experimentado múltiples adiciones y reformas que le han dado un aspecto muy original. Además, su emplazamiento es muy llamativo, encaramado sobre un peñasco en un pequeño llano.

El camí ramader que baja al Coll de Merolla

La casa de Cots

Aquí nos dividimos, yo sigo bajando por el camí ramader para dejar constancia en el GPS mientras Pep y Carles visitan dos pequeños cerros contiguos, por si tuvieran algún resto de edificio. Yo llego primero al refugio del Coll de Merolla. No puedo tomar un café porque está cerrado pero tengo tiempo suficiente para estrechar lazos interespecie con una perra poco guardiana pero muy simpática que tiene ganas de jugar.

 El refugio del Coll de Merolla

Y mirando hacia las montañas del Ripollès desde el Coll de Merolla

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9,6 km; 550 metros de desnivel acumulado.

27/4/2018 – Aranyonet

La primavera avanza imparable y todo parece indicar que hoy, hasta tendremos calor. Pep quiere cumplir el plan esbozado la semana anterior y aparcamos en el collado frente a la casa del Boix, el mismo con el inquietante círculo de piedras, con la idea de buscar las conexiones entre Oliba y Aranyonet.

Sin embargo, primero hay que situar la casa de Castellet, sobre el Torrent de Aranyonet, frente al pequeño pueblo de Aranyonet y la casa de Muntades.

Seguimos la pista hasta el cruce de caminos en la umbría de Oliba. Desde aquí, tendría que salir el camino a Sant Jaume de Frontanyà pasando por el Pas de les Baumes, todavía un tema pendiente.

Continuamos subiendo en dirección a Palomera. El bosque da paso a los campos y, en el punto más alto, vemos las ruinas de Castellet. Poca cosa queda.

Un camino marcado bordea el risco, con vistas a Muntades y Aranyonet abajo, las montañas de Montgrony detrás. Nuestro camino muere en el Torrent de Palomera. Subimos el valle hasta entrar en la pista que lleva a Palomera, y poco después vemos los primeros campos.

Palomera es un lugar muy curioso. Construida sobre un pequeño cerro, la casa parece fortificada. Es un lugar muy solitario, con los riscos de Tubau delante. En un grupo de árboles cercano, Pep y Carles encuentran la casa medieval.


La casa de Palomera; en el fondo, los Rasos de Tubau

Detalle de una de las ventanas

El inicio del camino a Muntades está marcado con piedras. Al dejar atrás los campos, entra en un bosque. Se ve muy usado y ahora, con la hoja recién salida, muy pintoresco. Rodeamos la casa de Muntades, la única habitada, y comemos cerca de la pista encima de la casa. Todo está muy verde.

El camino de Palomera a Muntades

Vista general de Muntades; detrás, en la sombra, se distinguen algunas casas de Aranyonet

Una vista más próxima de Aranyonet

Entramos en el pequeño pueblo de Aranyonet por un camino ancho que pasa entre las casas. Parece una burbuja parada en el tiempo. Al doblar cada esquina, esperas ver a gente entrando y saliendo de las casas, mulas llevando cargas, el ruido alegre de niños, el cura que habla con los feligreses, pero no hay nadie. Algunas casas están en estado ruinoso y otras enteras, pero sin vecinos. La iglesia es del siglo XIX pero Pep ve unos arcos románicos debajo de la rectoría, que serían la antigua iglesia.

 El camino de entrada de Aranyonet

Y la iglesia de Sant Romà

Pep está maravillado. ¡Nunca ha estado aquí! “Pero las veces que hemos estado cerca y nunca has expresado ningún deseo de venir”, exclamo. Pep se encoge de hombros. “Tenía otras prioridades”, justifica.

La casa de Extremera y el camino de Sant Jaume de Frontanyà

Tomamos el camino de Sant Jaume de Frontanyà, pasando por la casa de Extremera, la última del pueblo. El camino está señalizado con las marcas de la Xarxa Lenta pero se hace más perdedor al bajar por una fuerte pendiente hacia el Torrent de Aranyonet. Cruzamos el riachuelo y subimos por el otro lado, ya más evidente, hasta llegar al cruce de caminos en la umbría de Oliba. Deshaciendo la pista, llegamos otra vez al coche.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 11,6 km; 470 metros de desnivel acumulado.

viernes, 11 de mayo de 2018

20/4/2018 – El Boix


Ha sido un abril muy poco primaveral, con frío, lluvia y hasta nieve. Pero hoy parece que las cosas van a cambiar y nos despertamos con un cielo despejado y temperaturas muy suaves.

Tras la salida improvisada de hace 2 semanas, hoy parece que volveremos al orden y el rigor. Ya me advierte Pep que tocará subir y bajar cuestas porque de lo que se trata es encontrar la iglesia de Sant Grau de Ginebret, una iglesia muy mencionada documentalmente pero totalmente desaparecida sobre el terreno.

La casa del Boix

Aparcamos el coche en la entrada de la pista que va a la casa de Boix, en la carretera de La Pobla de Lillet a Sant Jaume de Frontanyà. Llegamos a la casa y la primera tarea es subir el cerro que hay detrás. Unas vistas magníficas que dedicamos unos minutos a comentar pero, de estructuras, nada de nada. Sin embargo, al volver a bajar, justo detrás de la casa, vemos otra esquina delatadora y, cerca, unas piedras amontonadas, incluyendo una piedra tosca. Se trata de una piedra que se encuentra en las cascadas y fuentes, producida por la cal depositada por el agua. Al ser porosa, es una piedra ligera pero al mismo tiempo muy resistente y se usaba mucho para hacer los dinteles de puertas.

Damos la iglesia por localizada y pasamos al siguiente tema, el camino de Carles. Sin duda, al lector le vendrá a la memoria una salida en 2014 por esta misma zona. Carles tenía que volver a casa antes de nosotros y para llegar al coche, descubrió un camino detrás de El Boix que le llevó directamente a la Teulería de Montverdor. Guiados por los vagos recuerdos de Carles, intentamos volver a encontrar ese camino. En la ida, fracasamos. Pasamos demasiado alto pero a la vuelta acertamos; un camino de mucha categoría pero su destino no parece ser El Boix sino Oliba, ya que cruza el Rec del Roquerol y sube hacia la casa de Oliba.

Teuleria (tejería) y molino de Montverdor

Entramos en los campos de la casa y allí, como una pared más, un tramo de opus spicatum (piedras puestas de canto como las espinas de un pez), que identificaría el muro de una casa medieval. Con tanta tierra de calidad, es normal que hubiera una pequeña comunidad aquí y explicaría la presencia de la iglesia.

Opus spicatum cerca de Oliba

Mientras comemos cerca de Oliba, Pep y Carles consultan los mapas. “En el mapa antiguo del Ejército, marca un camino que va desde aquí hacia Aranyonet”, dice Pep. “Y también hay la cuestión del camino antiguo a Sant Jaume de Frontanyà, pasando por el Pas de les Baumes”. En resumen, la semana que viene volveremos aquí, que hay mucho por hacer.

Los restos de la gran casa de Oliba

Para volver, tomamos el camino semicircular hacia el sur que bordea los campos hasta llegar a una pequeña cresta y desde allí baja a la pista. Aún conseguimos recuperar algunos trozos del antiguo camino que no han sido aniquilados por la pista. En el pequeño collado, en el cruce de pistas delante de la casa del Boix, nos fijamos en un dibujo circular de piedras en la tierra, como si fueran los cimientos de una rotonda. Tras unos minutos de análisis y reflexión, nos parece poco probable que hubiera tanto tráfico en el pasado que obligara a construir una rotonda. ¿Había aquí un edificio circular como la Rotonda de Sant Miquel delante del Monasterio de Santa María? ¿Estaría aquí el emplazamiento de la iglesia de Ginebret? ¿O es simplemente un afloramiento natural de rocas? Son preguntas que probablemente no podremos contestar nunca.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,2 km; 290 metros de desnivel acumulado.

jueves, 10 de mayo de 2018

6/4/2018 – Las barracas de Pellicers


Tras una de las segundas quincenas de marzo más frías en muchos años, con nieve en cotas bajas, Pep me llama el jueves con un plan: buscar la iglesia desaparecida de Sant Grau de Ginebret, situada supuestamente en los dominios de la casa del Boix. Me pide que traiga los mapas de esta zona, cosa que hago, pero cuando ya hemos enfilado la carretera de Sant Jaume de Frontanyà, cambia de parecer y decide buscar la casa medieval de Pellicers, cerca del monasterio de Santa María de Lillet. Y precisamente, no tenía mapa para esto. Pero Pep decide seguir adelante de todos modos.

El Monasterio de Santa Maria de Lillet desde el camí ral

Empezamos a caminar por el camí ral hacia el monasterio. “Ya que estamos aquí”, dice Pep, “volvamos a aquella cuesta donde Steve vio tantas barracas”.

Resulta que en noviembre, fuimos con Domènec al monasterio (todo un descubrimiento) y luego al Torrent de Junyent a buscar el molino de Ribarderiu. Encontramos el molino sin problemas (Domenèc ya sabía dónde estaba) pero subir el torrente para buscar el canal y la presa nos obligó a pasar por muy mal terreno. Con la esperanza de encontrar un terreno más manejable, crucé la riera, pero sin mapas o GPS, y volví por antiguos campos aterrazados, que ahora se llama La Pineda en el Alpina, hasta topar con un precipicio que me obligó a subir, alejándome de los demás. Finalmente, encontré un ‘grau’ que me permitió pasar el risco y bajar otra vez. Conté al menos dos barracas y una zona extensa de cultivo.

Pero primero la casa de Pellicers. En el collado del mismo nombre, giramos a la derecha y bajamos hacia unos prados muy grandes. Antes de llegar, miramos una zona de boj y encina y casi enseguida, Carles ve una esquina delatadora. Decidimos que podrá ser la casa; el emplazamiento es bueno.

Volvemos al collado y primero vamos hacia el sureste. Como rayos del sol, arrancan caminos desde el collado y se van enfilando en una línea recta por los campos, cada uno a un nivel distinto. Vamos contando barracas una tras otra. En algunos casos, el camino acaba en la última barraca y en otros, tenemos que volver para no alejarnos demasiado, aun sabiendo que el camino continúa.

Una de las 12 barracas que contamos

Volvemos al collado y esta vez vamos hacia el suroeste para buscar mi ‘grau’. Lo pasamos y entramos en los campos. De nuevo, vamos sumando barracas. Cada vez, Pep me interroga con la mirada. “¿Te acuerdas de esta? ¿Y de esta?”. “No lo sé”, contesto. “Quizás sí. Estaba nervioso. Ya sabes que no me gusta ir solo por el bosque”.

Al final, Pep se exaspera. “Hay que reconstruir la ruta desde el principio, en el punto donde cruzaste el torrente y empezaste a subir”. Seguimos caminando hacia el suroeste y bajamos al torrente. Veo un camino en forma de Z que salva una pequeña roca. “Aquí es donde empecé a subir” y señalo el camino.

Llegamos encima de la roca y un camino tenue marcha por la cuesta hacia una zona de campos. Entramos en una zona abierta con antiguos bancales de cultivo y nuestra primera barraca, seguida de otra muy cerca. “Me acuerdo de la segunda. Estuve siguiendo la curva de nivel”. Pasamos un pequeño lomo y entramos en otra zona de campos, donde hay otra barraca. “De esta también me acuerdo y luego topé con el precipicio”. 

Antiguos campos, perdidos en el bosque

Llegamos al precipicio y empezamos a subir, igual que hice hacía 5 meses. Recuerdo como si fuera ayer mi nerviosismo creciente a medida que me iba alejando de los demás y una salida fácil. Y finalmente el ‘grau’, un pasillo insospechado que me permitió salvar el salto y entrar en una zona de pendiente más suave y bajar al camí ral.

Pero en vez de bajar, volvemos a subir, siguiendo los campos y antes de marcharnos, aún tenemos tiempo para seguir otro camino que enlaza barracas hasta llegar al Collet dels Pellicers.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,3 km; 330 metros de desnivel acumulado.

16/3/2018 – Maçaners


Hoy, propongo volver a Maçaners. Debajo de Cal Carota, había dejado hace bastantes años un camino en una pequeña zona cultivada que prometía mucho. En aquella salida, había subido desde el río Saldes solo con Carles, mientras Pep había subido por otro sitio. En el Mikado, Pep accede pero primero quiere volver a Cal Griera y Hostalets. Según sus documentos, había otro molino allí, además del Molino de Bosoms.

El agua baja brava por el Riu de Vallcebre fruto del deshielo, pero que nadie se engañe, aquí aún no ha llegado la primavera. No conseguimos localizar el molino aunque sí un posible emplazamiento, inaccesible de momento por la crecida del río. Pero encontramos una pequeña mina bajo Hostalets, con una barraca al lado.

Volvemos al coche y continuamos hasta Maçaners, con una temperatura nada primaveral y un cielo cada vez más amenazador. Bajando hacia Cal Carota, dejamos dos caminos que parecen tener conexiones interesantes. Pasamos por la impresionante dehesa con sus robles monumentales bajo Cal Carota, ahora acompañados por los dos perros de la casa, que no nos dejarán hasta volver a Maçaners.

Pasando por Cal Carota; los perros ya nos están esperando

Llegamos al Torrent del Comasses, normalmente un hilito de agua pero hoy un torrente potente que cubre todas las piedras que normalmente se usan para cruzarlo. Me siento más torpe que nunca. Pep y Carles consiguen cruzar por otro sitio y todavía estoy en la orilla, hecho un mar de dudas. Pero decido que quedarme sería la opción del cobarde y bajo la atenta mirada de Pep, también consigo cruzar.

Llegamos a la pequeña artiga (ver Glosario) y ese camino tan prometedor desvanece a media subida; era la zanja para canalizar el agua de desagüe. Llegamos al lomo de la cuesta; antiguos campos pero nada de camino.

Vista de Pedraforca y Maçaners bajo un cielo cada vez más amenazador

Todo ha sido un error, pienso. Teníamos que haber mirado esos dos caminos tan bonitos y tendría algo que valiera la pena para poner en el mapa. Subimos hasta la cresta y comemos. Recompensamos los perros por su compañía con trozos de bocadillo.

En el camino de vuelta bajo la nieve

Ponemos rumbo a Maçaners. Nos cae un chubasco de nieve granulada. Lo único positivo, aparte de respirar aire limpio y oxigenar los músculos: hacer un trozo nuevo de la Ruta de Picasso, que nos lleva hasta la carretera antigua de Maçaners, donde nos despedimos de los perros.

El Cadí ya no se ve

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,8 km; 340 metros de desnivel acumulado

9/3/2018 – Pedret


Tras un invierno duro e incierto, aguardamos con impaciencia la nueva primavera. Durante finales de otoño y los pocos días de invierno que pudimos, hicimos salidas por la zona de la Pobla de Lillet, a veces en compañía de dos investigadores locales, Pere y Domenèc, buscando la confirmación sobre el terreno de algunas de las referencias que Pep ha leído en sus manuscritos medievales.

Pero hoy todavía hay medio metro de nieve allí y nos tenemos que quedar más cerca de casa. Pensando en el tema de una posible charla futura, propongo volver a Pedret.
Empezamos con frío pero con la previsión de una temperatura más cálida a mediodía. Caminamos hacia la presa por la antigua vía de tren, cruzando el río por la pasarela. 

La antigua vía del carrilet y el Pont de Pedret

Yo recordaba haber visto en alguna ocasión antiguos campos en el Canal del Ferro pero tan abajo no están. Subimos por el lado norte de la Canal, por una arista rocosa, traidora, con las encinas y la maleza que nos obstaculizan en cada paso.

El camino de Pedret a La Baells, ahora truncado por la presa

Llegamos al antiguo camino de Pedret a La Baells y caminamos hacia la presa. Cuando lo tenemos a la vista, nos sentamos a repasar el territorio, con la desembocadura de la Riera de Metge delante. De repente, Pep se gira hacia mí: “¿Sabías que en los documentos antiguos, la Riera de Metge se llamaba la Riera de Medica, que significa ‘en medio’?”. En catalán normal, “metge” significa “médico” y en los intentos populares de darle un sentido, se ha pensado en las fábricas textiles que contaminaban el agua con los tintes y enfermaban a la gente. “¿En medio de qué?”, pregunto. “Ahí está el problema”, contesta Pep. “¿Un linde entre dominios señoriales?”, sugiere.

Nos quedamos los tres mirando la otra orilla. Al final, me atrevo a decir en voz alta algo que llevo algunas semanas pensando. “Como nos están destruyendo los caminos, ¿por qué no reactivar el blog para explicar algunas de tus investigaciones sobre la historia de la comarca?”, propongo. “Aquí en Pedret, hay unas cuantas cosas que se podrían decir”. “Se podría probar”, reconoce Pep. “Vayamos al molino de Pedret. No está claro que fuera simplemente un molino. Y luego hay esos agujeros al lado del puente”.

Volvemos por el camino. En la Canal del Ferro, efectivamente se ven las piedras alineadas de antiguas paredes. Todo tiene un aire de gran antigüedad, pero igual es solo el efecto óptico creado por el musgo.

Mirando hacia Berga desde la iglesia de Sant Quirze de Pedret

Vista general de la iglesia

Pasamos por la iglesia. Hace bastantes años, me vino a ver una señora americana muy mayor, acompañada de su marido, que había estudiado en profundidad la iglesia. Quería saber por qué caminos habría venido el maestro de Pedret desde Italia para pintar los frescos de la iglesia. No le había gustado nada la restauración que se había hecho de la iglesia y además lo había dicho sin pelos en la lengua. Todas las puertas que se le habían abierto de par en par en la Diputación de repente se cerraron.

Continuamos hasta las ruinas del molino, bordeando el camí ral. Lo exploramos detenidamente. “Los documentos de mediados del siglo XIX hablan del establecimiento de una fábrica textil en terrenos donde se estaba construyendo un molino”, dice Pep. “Pero aquí del molino no queda rastro. Todos los edificios parecen pertenecer a la fábrica. Quizás despareció en la crecida de 1850”, especula.

Paisaje fantasmagórico cerca de la fábrica-molino de Pedret

Después de comer, vamos al puente y volvemos a mirar los agujeros excavados en la roca que ya hemos visto cientos de veces. “El problema está en la doble hilera de agujeros que cruzan toda esta roca”, señala Pep. “Hay gente que dice que aquí había la presa medieval para canalizar agua al molino. Pero el agua se cuela por debajo, por cavernas subterráneas. Sería imposible cerrarle el paso”. Seguimos caminando por las enormes losas, ahora un par de metros por encima del nivel del agua. “Y mira esos agujeros. Se ve claramente el desgaste producido por el flujo del agua”. 

Pep se queda unos momentos pensativo. “Y si pudiera ser que originalmente estas losas de roca estaban bajo el agua y terminaban en una pequeña cascada? Antes de construir el puente actual, se podría haber cruzado el río con un largo puente de madera. Con el tiempo, el agua podría haber erosionado la roca más blanda por debajo, excavando una caverna que debilitó la roca encima, haciendo que se desplomara y creando el canal que vemos hoy”. 

Vista del puente

Los agujeros debajo del puente. Detrás se ve una doble hilera casi paralela

Y concluye: “Cómo me gustaría poder viajar en el tiempo y ver cómo construían ese puente gótico. Es una obra maestra”.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,3 km; 220 metros de desnivel acumulado.