Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



jueves, 30 de julio de 2020

17/7/2020 – La casa de la Balma Roja

Durante todos estos meses que no hemos podido salir de casa, y luego del municipio, Pep ha tenido tiempo para preparar un minucioso plan de trabajo para corroborar sus investigaciones. La semana anterior, ya advirtió que habría que volver a Canemars porque quedaron flecos importantes, básicamente casas y caminos de comunicación.

Las dos semanas anteriores, no salimos, por mal tiempo o por compromisos. Pero hoy, ya pasamos a la fase dos. Sus lecturas le han hablado de una casa cerca de la Balma Roja en Sant Jaume de Frontanyà. Para eso, hay que subir al Pla del Cingle, donde hay una gran cruz sobre el pueblo, y continuar hacia el norte. Hoy no ha venido el hijo de Carles. “Lo pasa mejor con los abuelos”, explica.

Aparcamos nuevamente en el parking del pueblo. Hace un día medio nublado con una temperatura muy confortable. Tomamos el GR4 que sube hacia la casa de Frontanyà. Parece que ha llovido durante la noche anterior. De hecho, ha habido tormentas de tarde durante casi toda la semana. Vamos subiendo con una pendiente suave. Una enorme roca que cayó sobre el camino no se ha movido desde la última vez que estuvimos aquí. En cierto momento, dejamos el camino para tomar la pista que va hacia el Pla del Cingle y nos desviamos para ir a la cruz y tomar vistas. Este lugar tiene el topónimo siniestro de Les Forques, lo que indicaría que aquí no siempre hubo algo tan inofensivo como una cruz de madera.

Vista del GR4 que sube a Frontanyà desde el pueblo

De repente, empiezan a entrar mails a gran velocidad con textos para traducir, incluidas unas frases cortas que, dice la clienta, son “urgentes”. Mientras volvemos a la pista, voy pensando si podré encontrar unos minutos para sentarme y escribir estas frases. Pregunto a Pep. Me dice que cuando llegamos a la zona de la Balma Roja, podré sentarme todo el tiempo que quiera mientras buscan la casa. 

Vemos un camino que sale a la derecha, como si quisiera bajar al pueblo. Es un camino inédito para nosotros porque nunca habíamos tomado esta pista hasta ahora. Decido aprovechar la oportunidad. Entrego el GPS a Carles y les aviso que volveré a la cruz porque allí la cobertura estará mejor. En pocos minutos, tengo el trabajo hecho y entregado y puedo encarar el resto de la salida sin preocupaciones. En el punto de arranque del camino, marco una flecha y una “S” en la tierra húmeda de la pista. “Así sabrán que ya no estoy en la cruz sino que he continuado por la pista”, pienso.

Vista del pueblo de Sant Jaume de Frontanyà desde el Pla del Cingle

Sigo caminando por la pista hasta la última curva antes de girar hacia el norte y allí les espero. Al cabo de unos minutos, oigo gritar a Pep y luego me llama Carles por el móvil. “¿Dónde estás?”, me pregunta. Le explico y al cabo de unos minutos, volvemos a estar juntos. Resulta que volvieron a la pista unos 200 metros más adelante y retrocedieron hacia la cruz, pensando que todavía estaba allí. No supieron interpretar la flecha marcada en la pista y, al no encontrarme, saltaron las alarmas. “Y luego dice en su blog que le abandonamos”, se queja Pep. “Si le cuidamos como un pollito”. “Por cierto, un camino magnífico”, añade.

Continuamos por la pista y entramos en la zona donde Pep cree que podría estar la casa. Nos metemos en el bosque a explorar; vemos campos antiguos pero ni rastro de una hipotética casa. “Aquí no hay agua”, le digo a Pep. “Recogerían el agua de lluvia del tejado”, contesta. “Con eso les bastaría”. Seguimos buscando. Yo subo más arriba y paso un buen rato caminando solo por el bosque. Cuando vuelvo a ver a Carles y Pep, están sentados bajo un árbol cerca de la pista. Nadie ha visto nada. “Aquí hay un problema”, resume Pep, mirando un punto fijo en el horizonte. “No hay agua”.

Decidimos comer aquí. Me entretengo mirando la multitud de mariposas que van pasando. Aquí aún se encuentran en abundancia, a diferencia de mi ruta semanal de recuento de mariposas, que cada año es más pobre. Ya había leído que el Pirineo será uno de los últimos reductos de las mariposas.

Para volver, Pep ha elegido un camino que baja a la carretera de La Pobla, entre el Coll de Sant Jaume y el Coll de Bataiola. Nos lleva directo al comienzo del camino, imposible de ver si no lo has hecho antes, en línea recta, sin dudar y sin consultar mapas. Una vez más, Carles y yo quedamos maravillados por este don que tiene de meterse el mapa en la cabeza, como una especie de paloma mensajero sin alas. Pep le resta importancia: “Incluso de niño lo podía hacer. No me cuesta nada”. Lo cierto es que cuando un arqueólogo o historiador quiere visitar algún yacimiento perdido en el bosque, suele pedir a Pep que le lleve.

El camino que baja a la carretera de La Pobla

Este camino lo hicimos al final del otoño del año pasado. Lo que lo hace especialmente memorable es un paso corto sobre una repisa de la roca. Sin esta repisa, el camino no podría existir. Pero esta vez, no impresiona tanto, quizás porque las hojas que ahora cubren los árboles suavizan el precipicio.

Llegamos a la carretera. Visitamos brevemente las ruinas de la casa de Bataiola (Pep no tiene fotos ni plano) y luego bajamos por el camino antiguo hasta las casas de Sant Jaume.

El camino que baja al pueblo desde el Coll de Sant Jaume

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,8 km; 380 metros de desnivel acumulado.

sábado, 25 de julio de 2020

26/6/2020 – Canemars

Tras un mes de junio inusualmente lluvioso y frío, hoy por fin se cumplen las estrictas condiciones ambientales que exige Pep para salir a la montaña. De hecho, las previsiones indican bastante calor. Es la primera salida juntos desde que se decretó el fin del estado de alarma. Carles, tras algunas dudas iniciales, ha traído a su hijo de 11 años, Martí, ya que de momento dejarlo con los abuelos no es una opción. Pep también avisa que podría apuntarse un profesor de escuela retirado. “Al final, tendremos que ir a los sitios en autocar”, observa.

Hemos pasado 7 semanas de confinamiento total, sin poder salir de casa excepto para atender necesidades básicas, a las que siguieron una fase 0, una fase 1, una fase 2 y una fase 3, todo ello cumplido a rajatabla por la mayor parte de la población. Ahora que los ingleses dejan imágenes esperpénticas de masificación e incivismo en las playas, ¿cómo estarían si hubieran tenido que hacer el confinamiento español?, me pregunto.

Pep, con la disciplina férrea que le caracteriza, ha aprovechado el confinamiento para transcribir cientos de páginas de las antiguas escrituras notariales y ha acumulado una valiosa información sobre el reparto del territorio en Sant Jaume de Frontanyà. Concretamente, hay un grupo de casas agrupadas alrededor de Cal Toni, al sur del núcleo del pueblo, cuyos habitantes trabajaban para la casa de Vila-rasa, formando un barrio que lleva el nombre de Canemars. Ya conocíamos la existencia de estas casas pero no las habíamos buscado sistemáticamente y esa iba a ser nuestra primera tarea.

Aparcamos a la entrada del pueblo y ponemos rumbo a Cal Berlinga. Por aquí pasaba el camí ral de Sant Jaume a Borredà y este primer tramo no lo teníamos bien cartografiado. Un poste indicador en la carretera muestra el camino y mientras bajamos, no puedo deshacerme de la vaga sensación de que me falta algo. Al llegar a Cal Jan, se me hace la luz. “He dejado la cámara”, digo a Pep. Refunfuñando, me da las llaves del coche y vuelvo. Resisto la tentación de dar una vuelta por el pueblo a toda pastilla, cojo la cámara del asiento delantero y vuelvo a ponerme en marcha. 

Vista de Sant Jaume de Frontanyà desde el camino de Borredà

Me están esperando al otro lado de Cal Berlinga. Aquí hay una gran superficie de roca lisa y pelada y no recuperamos el camino hasta llegar al collado al otro lado, donde vemos tres rayas amarillas pintadas en un árbol, hechas por alguien que marcó el antiguo camí ral hace muchos años. “Waypoint please”, me dice Pep. Miro el GPS. Se ha apagado y no ha marcado casi nada de todo lo que hemos hecho. Decididamente, no he comenzado bien. Vuelvo a encenderlo y Pep y yo volvemos hacia Cal Berlinga para marcar el trazado correcto del camino, mientras Carles y su hijo descansan en el collado.

Continuamos hacia el suroeste. En un cruce de caminos, vemos claramente la continuación hacia Borredà, pasando por la gran casa de Terradelles. Es mucho más corto que la carretera, que hace una gran curva al salir del pueblo.

Entramos en la pista de Cal Toni. Ha llegado el momento de trabajar en serio. Yo tenía marcada a lápiz en mi mapa una serie de casas, una o dos bajo la pista y las demás en posiciones un poco raras, hay que decirlo, porque miran hacia el norte, en la cuesta encima de la pista. Encontramos una casa rápidamente bajo la pista, que sería Cal Bon Dia. Encima, vemos el tejado de Cal Toni, convertido con amor, tiempo y dinero en un auténtico paraíso rural. Buscamos una segunda casa bajo la pista, pero sin éxito. Sin embargo, ya vemos las ruinas de una casa al otro lado de la pista, en un pequeño llano a media cuesta.

Cal Bon Día

Subimos hacia esta casa, que sería Cal Peguera, lo que nos lleva a tocar la valla de madera que marca el límite de Cal Toni. Abajo, a unos 150 metros, vemos una pareja tomando el aperitivo en una terraza, que nos miran sorprendidos. ¿Están desnudos?, me pregunto, observando la falta de ropa. Levanto la mano en saludo amistoso. No contestan. No me extraña; les hemos estropeado el día.

Después de inspeccionar Cal Peguera, recorrimos el resto de cerro, de oeste a este, buscando las otras casas, pero sin éxito, hasta que Carles ve una pared muy cerca del molino de Quirze. Esta casa, la dejamos para la vuelta y continuamos buscando, hasta llegar otra vez a la valla de Cal Toni pero por el otro lado, de donde sale un olor a barbacoa. Abandonamos la búsqueda y buscamos un lugar con sombra y distancia social para almorzar.

Orquídea; la mejor época es un poco antes, entre finales de mayo y mediados de junio

El hijo de Carles empezó la salida bastante tímido, como es normal, pero ha ido cogiendo un poco de confianza y parece adaptarse bien a este tipo de salida, subiendo y bajando sin rumbo aparente por el bosque. Al menos, no se ha quejado ...

Es hora de ponernos en marcha otra vez. Pasamos por la casa cerca del molino, que sería Cal Cateri, y la documentamos. Volvemos a Sant Jaume por el mismo camino que hicimos al final de la última salida. Incluso aquí, el coronavirus ha hecho estragos. La Casa Blanca ha quitado el anuncio de menús y habitaciones y lo ha sustituido por otro que dice que está cerrado por jubilación. Y la fuente al lado de la iglesia ha sido precintada. Al no poder refrescarnos, tendré que dejar para otro día la conversación que tengo pendiente con el fresno.

El final de una era

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,9 km; 320 metros de desnivel acumulado.

PD. Dos días después, Pep nos informa que hemos encontrado todas las casas marcadas en el Alpina y que no hay más y que le gustaría saber de dónde saqué las otras. El día siguiente, nos envía un nuevo mensaje, informando que puse las casas marcadas en la Minuta, pero en lugares incorrectos. Aquí, no está todo resuelto.
PDD. El domingo, mi hermana me envía un mensaje: Ha hecho 20 kilómetros con 700 metros de desnivel. 

viernes, 20 de marzo de 2020

13-3-2020 – Coronavirus


La semana siguiente, fui a Inglaterra y Carles y Pep no salieron por previsión de mal tiempo, que se cumplió, pero con unas horas de retraso. Cuando vuelvo el día 9, las infecciones por coronavirus están aumentando rápidamente, incluido a mi hijo, confinado en Igualada.

Por lo tanto, el viernes decidimos dar ejemplo y quedarnos en casa. El día después, el presidente del gobierno español declara el Estado de Alarma y el confinamiento de todo el país y, mientras dure, una de las actividades prohibidas son los paseos, solo o en grupo.

28-2-2020 – Desorientados en Vila-rasa

Hoy cambiaremos de zona pero no iremos muy lejos, ya que nos mantendremos dentro del municipio de Sant Jaume de Frontanyà. Concretamente, volveremos a la casa de Vila-rasa, al este del núcleo del pueblo.

Aparcamos en el parking del pueblo y cruzamos la carretera, mirando cuidadosamente a cada lado (con el tráfico que hay …) y, dejando Casa Blanca a la derecha, bajamos por un pequeño camino que desemboca en la pista que va a Vila-rasa. Sin embargo, en vez de seguir la pista, Pep quiere buscar un camino que siga una trayectoria más directa. Acabamos subiendo demasiado hacia el norte y ya estamos llegando a Cal Cintet cuando Pep decide finalmente girar hacia el sur.

Carles, que hace de explorador unos 50 metros por delante nuestro, ve las ruinas de una casa. “¿Será una casa que no conocemos?”, se pregunta Pep. “Si hay una pista detrás, es Cal Crispi”, contesto. “No puede ser”, afirma Pep. “Esa casa está más hacia el oeste”. Cuando tenemos la casa delante, vemos que a unos 200 metros de distancia, hay la pista de Vila-rasa y, efectivamente, es Cal Crispi. Sigue una breve discusión sobre la falta de infalibilidad de Pep.

Lo que queda de Cal Crispi

Seguimos los restos de un antiguo camino que baja hasta la pista. Podríamos haber seguido recto por la pista y acabaríamos llegando a Vila-rasa pero ahora Pep nos propone buscar otro camino debajo de Cal Cintet que encontramos el otoño pasado pero no pudimos seguir porque estaban cortando en el bosque. Giramos por otra pista que sube hacia el norte pero subimos demasiado, pasamos el camino de largo y cuando nos damos cuenta, casi estamos en la pista de Cal Cintet a Les Planes.

Hacemos un flanqueo hasta el Coll de Pal, bajo Els Prats, y bajamos por otra pista. De repente, en una abertura en la línea de árboles, vemos la casa de Vila-rasa muy abajo, a la derecha, y bajamos pasando por la antigua mina de lignito.
Durante los años 40, se hicieron prospecciones en distintos puntos de la comarca en busca de yacimientos nuevos de carbón e incluso se abrió alguna mina. Su producción siempre fue marginal y su finalidad principal fue librar a los jóvenes de los pueblos de ser llamados a filas. En plena autarquía, la minería se consideraba un sector estratégico y se aceptaba trabajar en las minas como sustitutivo del servicio militar. La mina de Vila-rasa fue explotada con más o menos intensidad durante una existencia efímera.

Llegamos a la casa. Con solo los restos de su estructura central en pie, parece un castillo del que solo ha sobrevivido una parte de la torre de homenaje, pero es una casa. Pep y Carles la inspeccionan con esmero pero es imposible decir si tiene un origen más antiguo. Lo que se ve actualmente es del siglo XVII, como mucho.

Vila-rasa

Aquí decidimos comer, en medio de una soledad inmensa, con las ruinas de la casa-que-parece-un-castillo delante. Mirando mis mapas, vemos que tengo un arranque de camino más hacia el sur que que parece ser el camino al Molino del Quirze y decidimos seguirlo en la ruta de vuelta a Sant Jaume de Frontanyà.

Efectivamente, lleva al molino, que dejamos a nuestra izquierda. Todavía está en buen estado y es habitada, al menos de vez en cuando. Llegamos a un poste indicador que indica Sant Jaume de Frontanyà en una dirección y el Molino de Moreta en la otra. Sin embargo, hacia el norte, nos deja en la pista delante de la casa de Cal Crispi, lejos del núcleo del pueblo, y Pep empieza a cuestionar que sea el camino de Sant Jaume. Tampoco le parece acertado, desde el punto de vista histórico aunque justificado desde el punto de vista excursionista y turístico, llamarlo el camino del Molino de Moreta. “A mí me parece el camino de Ripoll”, afirma ambiciosamente.

Sea como sea, seguimos la pista en su largo rodeo hacia Sant Jaume de Frontanyà y estamos casi en Casa Blanca cuando Pep pide los mapas a Carles. Últimamente, Carles es el porteador de los mapas. En realidad, los mapas son míos pero los cedo a él para no llevar tanto trasto. Solo hay un pequeño problema, y es que Carles no sabe orientarse con un mapa y cuando Pep o yo decidimos consultar los mapas, es demasiado tarde.

Este es el caso de hoy. Pep está convencido de que tiene que haber un camino más directo al molino (y a Ripoll) y, mirando mi mapa, vemos que yo había trazado en lápiz la trayectoria de un camino de la Minuta Municipal de los años 20 que va directamente de Casa Blanca al molino. Incluso tenía un tramo marcado en rojo, como si lo hubiera hecho físicamente, pero si lo hice, no me ha quedado ningún recuerdo. Pep es partidario de deshacer el largo camino hecho hasta el molino pero le convenzo para que haga un flanqueo hacia el sur ya que así cruzaremos el trazado del camino que tengo en lápiz.

Así hacemos y vemos signos sospechosos. Bajamos por una línea de postes hasta llegar al molino otra vez y luego recorrimos en el sentido inverso, marcando bien la trayectoria del camino, que ahora es clara. Así llegamos a Casa Blanca. Dejamos para otro día la decisión de si realmente es aconsejable dejar los mapas en manos de Carles. La casa ha puesto un cartel anunciando habitaciones, menú diario y de fin de semana. “Un día habrá que probarlo”, pienso. Además, como la Fonda de Cal Marxandó está cerrada por jubilación y el antiguo hostal hace muchos años que es una casa particular, tienen todo el mercado para ellos solos.


Publicidad gratuita para Casa Blanca

Descansamos en la pequeña plaza al lado de la iglesia, donde hay una rueda de molino que hace de fuente, unos bancos y un viejo fresno. “Tú que eres el más espiritual de nosotros, ¿por qué no te conectas con el árbol, a ver qué te dice sobre la historia de este lugar?”, me propone Pep. Me apoyo contra el árbol y lo escucho durante un par de minutos. “¿Qué te ha dicho?”, me pregunta cuando vuelvo al banco. “Me ha dicho que uno de nosotros es un impostor”, contesto.

Segmento del antiguo mapa del Ejército. Se ve el camino que baja al Molino de Quirze desde Sant Jaume de Frontanyà y el camino de Vila-rasa, hoy pista forestal

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,1 km; 340 metros de desnivel acumulado.

La imponente iglesia de Sant Jaume de Frontanyà

miércoles, 11 de marzo de 2020

21-2-2020 – La Paiola

Hoy Pep quiere ir un poco más al sur. Ya en tierras de Montclús, hay las ruinas de una casa que se llamaba La Paiola. Por un lado, Pep sospecha que la casa tiene un origen medieval y, por otro lado, quedan bastantes interrogantes respecto a los caminos que conectaban las distintas casas y el paso a Sant Jaume de Frontanyà.

El problema es la aproximación. Inicialmente, Pep se inclina dejar el coche en Sant Jaume de Frontanyà y pasar por el Coll de la Creu de Melosa, pero le hago ver que es mucho más fácil llegar desde Sellers y al final Pep accede, a pesar de su juramento de no volver nunca más a esa casa.

Aparcamos en el mismo sitio de siempre y empezamos a caminar por la pista que va desde Sellers a la pista de Montclús, pero esta vez, en el cruce, seguimos rectos hacia el sur por una pista más precaria y acabamos subiendo a un collado que haría de límite entre los terrenos de La Qüestió y La Paiola. Aquí, hace mucho tiempo, Pep y Carles habían visto un camino que entraba en el hayedo y tenían la esperanza de que pudiera ofrecer información sobre las comunicaciones hacia Sant Jaume de Frontanyà.

El camino empieza muy prometedor y va ganando altura poco a poco. En un barranco, vemos la primera carbonera y luego otros caminos que salían en distintas direcciones, incluyendo hacia abajo, hacia La Paiola. Pero una vez abandonada la zona de carboneras, los caminos pierden categoría rápidamente, se vuelven mucho más empinados y se acaban difuminando para convertirse en caminos de ciervos.

Este camino tan prometedor acabaría muriendo en un grupo de carboneras

La vista desde arriba, con Puigmal al fondo

Después de subir una cuesta ingrata y luego bajarla por enésima vez, Carles comparte un momento de lucidez con nosotros: “Esto es de friquis. Nadie normal hace esto”. Pep y yo asentimos. Nadie normal hace esto y la prueba es que, tras tantos años, seguimos siendo solo nosotros tres.

Al final, solo nos queda seguir el camino de bajada a La Paiola. Nos lleva directamente a una pista y de allí a la casa. Seguramente, la pista se hizo sobre el camino. Hace sol y la temperatura es suave. Decidimos comer aquí, sentados sobre el muro de la era. Pep y Carles hacen una inspección de la casa pero no hay ningún rastro de nada que pudiera ser medieval. Intento imaginar cuando había gente viviendo aquí y trabajando la tierra. ¿Nos dejarían sentarnos sobre su muro para comer nuestros bocadillos? Imposible saberlo. Nuestro primer mentor, Cesar August Torras, como buen burgués, siempre describía las casas de payès desde la distancia.

Lo que queda de La Paiola

Después de comer, miramos algunos esbozos de camino que tenía marcados en mi mapa, pero todos se acaban muriendo en el bosque o en campos abandonados. Decidimos que es hora de volver a casa. Bajamos a la pista principal que recorre todo el valle, desde La Qüestió hasta Ardericó. Pep se desvía para mostrarme el camino antiguo a Montclús, que discurre paralelo a la pista y acaba perdiéndose en el bosque también. Recuperamos la pista y llegamos sin novedad al coche.


 Las casas de Montclús, en la cara soleada


Y la casa-refugio de Ardericó, mucho más lejos

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8 km; 440 metros de desnivel acumulado.

lunes, 24 de febrero de 2020

14-2-2020 – El Roc de les Barraques


Mientras tomamos el café de la mañana, Pep nos informa que sus lecturas le han hablado de un Roc de les Barraques situado entre Sellers y Fontetes. Cuando subimos al Coll de Llevat, dejamos un camino que bajaba y Pep postula que este camino podría llevarnos a las barracas en cuestión. Además, nos permitiría liquidar los últimos caminos que nos quedan pendientes, sobre todo el camino de Les Fontetes a Sellers, y dar carpetazo a la zona.

Como ha sido la tónica de las últimas semanas, el día empieza frío pero habrá temperaturas suaves a mediodía. Voy con las 4 capas de rigor pero ya tengo asumido que dentro de un par de horas, tendré que quitar uno o dos.

Aparcamos en el mismo sitio y subimos hacia Sellers. De nuevo, dejamos la casa de lado y vamos a buscar el primer camino que Carles y yo seguimos la semana pasada y dejamos a medio hacer.
Recorriendo antiguas pistas forestales encima de Les Fontetes

Tal como sospechábamos, enlaza con el camino del Col de Llevat, que ahora dice Pep que podría ser el camino de Junyent, y luego giramos a la derecha para seguir el camino de las barracas. Sin embargo, al llegar a una cresta amplia, se difumina. Tampoco vemos ninguna barraca ni ninguna roca cercana. Aquí hubo una explotación forestal intensa hace unas décadas y la cuesta está cruzada en todas las direcciones por antiguas pistas y caminos para arrastrar troncos, que se mezclan con los bancales de los antiguos campos de Les Fontetes. Solo encontramos un camino a una pequeña fuente.

Como hace dos semanas, caminamos hacia el norte. Pep inspecciona todas las rocas que encuentra pero no hay suerte. Teniendo en cuenta que estamos hablando del siglo XVII, tampoco es de extrañar. “Podrían haber sido barracas de madera”, aventuro. “Si fuera así, no quedaría nada”. Hay una novedad respecto a nuestra última visita. El cuerpo decapitado de un ciervo, que los buitres se han encargado de dejar solo con piel y huesos. A pesar de los avances tecnológicos, los científicos dicen que nuestra composición genética es prácticamente la misma que cuando corríamos detrás de los mamuts. Viendo la gratificación que aporta a algunos matar a otros seres vivos, parece que efectivamente las cosas no han cambiado mucho.

Dejamos correr las barracas y comemos en un claro soleado. Solo nos queda el camino de Les Fontetes a Sellers, que no encontramos hace dos semanas. Tengo la teoría que la misma pista que arrasó la casa se hizo sobre el camino y solo hay que seguirla hacia el sur hasta que termine para ver si continúa un camino.

La pista acaba en uno de los afluentes del Torrent de Solls, a la altura del Salt del Bisbe. Parece que no hay nada al otro lado pero veo un trazado sospechoso y, a pesar del escepticismo de Pep, lo sigo y, en la cresta, entramos en un camino espléndido que, con una pendiente suave y constante, nos lleva directamente al camino que sale de Sellers, a muy poca distancia de la casa. Miro hacia atrás; es imposible distinguir el arranque del camino de cualquier otro camino que hayan hecho las vacas.

Pep y Carles estudian el posible recorrido del nuevo camino

Hemos cerrado el círculo. “Aquí no volveremos nunca más”, declara Pep.

El pajar de Sellers con la casa detrás

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,9 km; 340 metros de desnivel acumulado.

7-2-2020 – El Glop


Hoy Pep no puede venir. Tiene una reunión MUY IMPORTANTE y su presencia es imprescindible. Nos da carta blanca para ir donde queramos pero mientras estamos tomando el café en el Mikado, ya nos está enviando WhatsApp, preguntando dónde iremos.

Yo había pensado volver otra vez a Sellers. Al inicio del camino al Coll de Llevat de la semana pasada, tuvimos que dejar un camino intrigante que bajaba, pero también había interrogantes hacia La Qüestió y Santa Eugenia. Carles abre su teléfono para contestar a Pep pero por algún despiste, nunca llega a mandar el mensaje.

Aparcamos el coche en la carretera otra vez, cerca de la casa de Sellers. El cielo está tapado, hace frío. “Con lo bien que se está en casa”, pensamos. Y sin Pep y sus comentarios políticamente incorrectos, será una salida muy sosa.

El día empieza con un ambiente invernal

Pero al subir hacia la casa de Sellers, el cielo se empieza a despejar y encaramos el día con más optimismo. Dejamos la casa de lado y seguimos subiendo. Encima de la pista, encontramos un camino transversal, que seguimos un trozo en ambas direcciones. Hacia el sur, empieza a subir, hacia Montclús, pero se acaba perdiendo en la indefinición. Da la impresión que fue una zona para hacer carbón vegetal pero los ciervos también han hecho sus caminos que se acaban difuminando en las cuestas.

Tiramos la toalla y bajamos por un camino muy marcado que nos lleva directamente a la pista encima de la casa. Por lo menos de este camino no hay ninguna duda respecto a su categoría. Vamos siguiendo la pista hasta empalmar con la pista que va a Montclús. Giramos a la izquierda para ir a La Qüestió pero antes de llegar, tenía marcado un camino que pasaba por detrás del Glop, que es el nombre que tiene una especie de cerro delante de la casa de Santa Eugenia. Hace años que lo tengo allí y nunca lo había seguido. Hoy será el día.

Va pasando por el bosque, siguiendo un camino más o menos llano, hasta desembocar al otro lado, bajando una cresta con la gran casa de Santa Eugenia en frente. Aquí damos la vuelta porque en el trayecto, habíamos dejado dos caminos que bajaban hacia el bosque.

Carles busca un ángulo original para su foto en el Torrent de la Pallola

Solo conseguimos seguir uno de ellos porque los desprendimientos de tierra han cortado las comunicaciones entre caminos. Identificamos al menos dos carboneras y dos caminos que cruzaban el Torrent de la Pallola en diferentes puntos, pero en ambos casos acabarían llegando a la casa de Sellers por la pista.

A pesar de los desprendimientos, intuimos una red de carboneras con al menos dos niveles de caminos transversales, conectados por otros caminos en diagonal. Ya es hora de comer y cruzamos el torrente para salir de las sombras y pasar un rato al sol, cerca de la casa de Sellers.

La casa de Sellers, y detrás, con una línea de visión despejada, la gran casa de Santa Eugènia

Mirando la cuesta oscura de la que acabamos de salir, donde no toca nunca el sol, me parece conocer un poco mejor la vida de la joven esposa de la semana anterior. Porque, al salir a la galería por la mañana para regar las plantas, seguro que veía esa cuesta, en aquel entonces mucho más clareada, con unos hilos de humo que subían desde las carboneras y el ruido del hacha mientras el carbonero cortaba la leña.

Vista del Glop desde Sellers

Ya hemos acabado y dejo a mi protagonista, pensando con nostalgia en su vida anterior rodeada de vecinos y bullicio. Ahora, solo nos queda bajar a la pista que bordea el Torrent de Solls y de allí al coche. Al acercarnos a La Pobla de Lillet, por fin volvemos a tener cobertura de móvil y lo primero que entra es un WhatsApp de Pep, enviado en desesperación hacía un par de horas. “¿Que no me decís nada?”, pregunta entre enfadado y dolido. Yo, que soy mala persona, solo le envío uno de esos emoticones de una cara que ríe a carcajadas. Pero Carles, que es demasiado buena persona, cuando llega a casa le envía un mensaje informativo que pone fin a su sufrimiento.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,8 km; 450 metros de desnivel acumulado.

domingo, 23 de febrero de 2020

31-1-2020 – Sellers


Para este fin de semana, se han previsto temperaturas anormalmente altas pero hasta mediodía no se van a notar. Así que nos reunimos en el Mikado con las cuatro capas de rigor.

Esta vez Pep sí cree que podremos ir a Sellers en busca de algún rastro medieval que pudiera dar más solidez a su hipótesis sobre su nomenclatura. Aparcamos nuevamente en la carretera de Sant Jaume de Frontanyà a La Pobla de Lillet, esta vez sin nieve. Aquí, no hay cobertura de móvil, ni siquiera para emergencias, lo cual, con la edad que tenemos, ya es una temeridad.

Subimos a Sellers. Como en la semana anterior, ya le toca el sol de la mañana. Es una casa grande. Encima de la puerta, hay grabada el año 1884, que presumiblemente marcaría la fecha de una gran reforma de la casa, que incluiría la construcción de unas galerías porticadas orientadas al sur, un status symbol imprescindible para las grandes casas de payés del siglo XIX, construidas encima del establo. Mirando por las tablas del techo del establo, aún se puede ver el cable de una lámpara, rodeada de un relieve pintado en azul.

La casa de Sellers con la galería en la fachada sur

Mientras Pep y Carles inspeccionan el exterior de la casa, me pongo a soñar y en mi mente, me transporto hasta principios de la década de 1880. Como romántico que soy, invento una pequeña película: En 1883, el hereu de la casa (el primogénito y heredero) se había prometido con la hermosa hija de uno de los notables de La Pobla. Para que la joven no extrañara las comodidades de la vida en el pueblo, los padres del hereu habían decidido tirar la casa por la ventana y reconstruirla con el último grito en moda arquitectónica. En 1884, los albañiles habían acabado por fin la gran obra y pusieron la fecha encima de la puerta principal, como también era costumbre. Y por eso Pep no encontró ninguna piedra o indicio que pudiera indicar una antigüedad previa al siglo XVIII.

La nueva entrada, con el año grabado encima

Tampoco teníamos muy claras las conexiones con las casas vecinas. Habíamos venido aquí en algunas ocasiones anteriores y teníamos algunos inicios de caminos en nuestros mapas. Lo más completo quizás era un camino que bajaba la fuerte pendiente desde Montclus con curvas muy cerradas. Pep también quería mirar la casa de Les Fontetes, que teníamos marcada como arrasada por una pista, más al norte. Por lo tanto, ponemos rumbo al norte por uno de los caminos inacabados. Entramos en una antigua zona de cultivos, ahora poblada por hayas y pinos. Entre los árboles, la luz de la mañana, el verde de la hierba y los afloramientos de roca, todo tiene un aire mágico e invita a quedarse un rato más.

Un pequeño oasis de paz detrás de Sellers

El camino acaba aquí y subimos a una pista forestal que acaba en una pista empinada para bajar troncos y desde allí se ve un camino que marcha llano al norte, paralelo al camino del Coll de Llevat a la Bauma de Xalat y ahora parte de la Xarxa Lenta. Llegamos a la zona de desprendimientos de tierra. En el camino de arriba, se ha hecho una restauración muy cuidada y se pasa sin problemas pero aquí nadie ha hecho nada y probablemente hace muchas décadas que nadie sigue este camino. Es un caos de árboles caídos, ramas, zarzas, todo ello sobre un terreno inestable con mucha pendiente. Vamos pasando como podemos, haciendo contorsiones impropias de nuestra edad para pasar entre las ramas e intentando esquivar agujeros traidores tapados por hojas, sin precipitarnos hacia abajo. Más de una vez, me engancho en las zarzas y me llevo alguna perforación involuntaria.

Carles y Pep se adentran resolutamente en el camino de los desprendimientos. Aquí todo parece fácil; poco sospechábamos entonces de los obstáculos que íbamos a encontrar

Cuando llego a un tramo de camino intacto, Pep y Carles ya llevan tiempo recuperando fuerzas. Me siento para atar las botas. Pep veo que me acomodo y me insta a levantarme. De nada sirve mostrarle mis heridas y argumentar la gran cantidad de sangre perdida en las zarzas. Sigue otro tramo de desprendimientos antes de llegar al Coll de Llevat. Mirando hacia atrás, es imposible ver el arranque del camino. No creo que lo volvamos a seguir.

Bajamos hacia el oeste por un valle amplio. Tras bajar unos 100 metros de desnivel, se empiezan a ver grandes bancales de campos y, girando al norte, llegamos a los restos de la casa de Les Fontetes. De hecho, lo único que queda de la casa son piedras y tejas diseminadas, ya que la pista forestal pasó encima. Un camino bajo la pista y un roble viejo que lo marca dan más peso a la posibilidad de moradores. El mapa del Alpina sitúa la casa un poco más al norte, en la pendiente de un pequeño torrente. Tras una pausa para comer, vamos allí por si acaso pero encontramos mucha pendiente, mucha sombra y lejos de la zona de cultivo. Llegamos a la conclusión de que los editores de Alpina la pusieron allí a voleo.

Los campos de la casa de Les Fontetes

Acabamos bajando a la pista que bordea la ribera izquierda del Torrent de Solls y ponemos rumbo al sur. Hace tiempo que hace calor y nos hemos desprendido de unas cuantas capas. El torrente abajo todavía baja con fuerza, con cascadas ruidosas. Entre el sonido del agua y el sol en los árboles, volvemos al coche muy relajados.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,6 km; 370 metros de desnivel acumulado.

24-1-2020 – Frustración en Sellers


Ha pasado la borrasca Gloria. Ha hecho estragos en la costa y algunos cursos fluviales en la provincia de Girona, pero en el Berguedà, su intensidad ha sido mucho menor, con lluvia y nevadas en cotas inesperadamente bajas, también en Sant Jaume de Frontanyà. Sin embargo, Pep confía que con la lluvia, la nieve se habrá fundido.

En el coche, comentamos las noticias que han aparecido de imprudencias cometidas por algunas personas a pesar de las advertencias de las autoridades sobre la peligrosidad del temporal. Pasamos por Sant Jaume de Frontanyà y al pasar el Coll de la Battallola, vemos que aún queda bastante nieve y, con una temperatura de 0ºC, todo está helado. Nos cuesta encontrar un sitio para aparcar porque todos los puntos al lado de la carretera están ocupados por bloques de nieve empujados por la máquina quitanieves.

Hoy Pep quería ir a la casa de Sellers. Durante la semana, le había asaltado una duda. La casa que encontramos la semana pasada, a pesar de su antigüedad, no tenía la majestuosidad que le parecían indicar los documentos. ¿Y si Sellers fuera una deformación de Solls y la casa de Solls había estado en el margen izquierdo del torrente y no el margen derecho? Por eso, se había propuesto volver a visitar la casa para ver si podría tener un origen medieval.

Entramos en la pista de Sellers pero aún hay nieve y además está helada. La adherencia es cero. En la bajada, el agua de la lluvia ha abierto un estrecho camino pero al llegar al puente, es una placa continua de hielo blanco. Nos encontramos ante un dilema. Son solo 50 metros y ya entramos donde toca el sol pero tampoco queremos ser unos imprudentes más y al final Pep renuncia a cruzar el puente helado y damos media vuelta. Una decisión dolorosa pero sabia.

Como Plan B, Pep propone pasar al otro lado de la carretera y unir los trozos de camino que faltan y ver si hay continuidad después de Cal Font. Llegamos a las ruinas de la casa que encontramos la semana pasada, cuyo nombre ahora está cuestionado. Aquí todavía no ha llegado el sol. Pep mira la casa de Sellers al otro lado del valle, donde hace tiempo que ha llegado el sol. “Parece que tienen más insolación al otro lado. Además, los documentos hablan de una Casamira. Esta casa podría estar aquí”, reflexiona, y continuamos, siguiendo caminos precarios hacia el norte y siempre huyendo del sol que va subiendo detrás nuestro.

Un camino nos lleva al Torrent del Triput, donde hay una pista al otro lado. Aquí hay poca nieve pero la lluvia caída ha aumentado considerablemente el caudal, y lo que normalmente es un hilito de agua ahora tiene 2 o 3 metros de ancho. Subiendo por la pista, cruzamos el torrente cuatro veces pero solo pongo una vez el pie en el agua. Suerte del Goretex. Por todas partes, hay agua y pequeñas cascadas. Seguimos caminando por la sombra, tengo frío en los pies. “Siempre pasa lo mismo”, pienso. “Pasamos los inviernos en bosques donde no llega el sol, y en verano, subiendo cuestas pedregosas bajo un sol de justicia”.

Con el paso de la borrasca, han aparecido cascadas de la nada y pequeñas rieras se han convertido en torrentes potentes

Continuamos hasta tener la casa del Boix a la vista, comemos y luego volvemos al coche por las pistas forestales. No ha sido una salida muy productiva pero un baño de bosque siempre va bien.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,7 km; 305 metros de desnivel acumulado.

17-1-2020 – Solls


En 2018, dejé el blog, desanimado por repetir relatos de destrucción de caminos para abrir pistas de desembosque. Pero hace unos días, tuve una conversación insólita con Pep. “A nuestras distintas maneras, seguimos documentando qué encontramos. Pero falta el ‘cómo’”, me dijo. “Una crónica de cómo encontramos las cosas que leo en mis documentos. En cierta manera, tu blog cumplía esa función”.

“¿Pero no me decías que era puro cotilleo?”, contesté sorprendido.

“Ahora veo que el cotilleo es importante”, reconoció.

***

Entre mal tiempo y fiestas navideñas, hace 6 semanas que no salimos. Desde hace finales de verano, vamos dando vueltas por la zona de Sant Jaume de Frontanyà. Esta vez, vamos más al norte en el límite con el municipio de La Pobla de Lillet. Prácticamente todas las salidas últimamente vienen guiadas por las lecturas de Pep en antiguos documentos notariales.

Hoy no es ninguna excepción. Ha leído un documento que habla de los límites de la propiedad de Solls. Lo primero que puntualiza es que la casa de Santa Eugènia de Solls antes se llamaba Santa Eugènia de Vall Cabrera y que Solls ocupaba la zona más abajo, y en su límite sur, había el molino de Solls, que en el siglo XVI ya estaba abandonado. Concretamente, estaba un poco más debajo de la confluencia de los torrentes de les Solls y de la Pallola.

Para hoy, propone buscar este molino, el molino más moderno de Santa Eugènia y la casa que en el mapa Alpina se marca como Solls pero que en un par de salidas que hicimos hace unos cuantos años, no habíamos conseguido encontrar.

Aparcamos al lado de la carretera, cerca de la pista que va a Montclus, y bajamos hasta la pista de Seller. Hace frío pero confiamos en una temperatura suave a mediodía. La pista de Sellers precisamente cruza la confluencia de los torrentes y un poco más abajo, hay una zona llana (que podría ser la balsa), un salto de agua y una misteriosa pared. A falta de pruebas más sólidas, como un rótulo que diga “Bienvenido al molino de Solls”, Pep lo clasifica como posible, tirando a probable.

Ahora toca el molino nuevo. Yo lo había encontrado hace muchos años; no tiene ningún misterio y así se lo dije a Pep. “Vamos a mirar el mapa donde lo marcaste”, contesta Pep, mientras va repasando los mapas que he traído. “Falta el mapa donde sale el molino”, dice al final, exasperado. “Será el mapa que separé muy cuidadosamente para traer y dejé en casa”, contesto. 

Pep vuelve a guardar los mapas, ahora convertidos en peso inútil, y caminamos por la pista de Montclús mirando hacia arriba, donde está la carretera, pero no se ve nada. Siguiendo un camino que baja, vemos un muro circular, dibujando los cimientos de un iglú de piedra que podría ser un ‘pou de glaç’, o un lugar donde se hacía hielo, pero ningún molino. “Ya te dije, está bajo la carretera”, insisto. “Pero no hemos visto nada bajo la carretera”, contesta Pep. “Cuando digo ‘bajo la carretera’, quiero decir que mirando desde arriba, desde la carretera, se ve”.

Y así hacemos y enseguida, se ven los restos del edificio. Bajamos, se ve la balsa, y un caminito que sería el canal que traía agua al molino. El camino confluye con el camino que pasa por el ‘pou de glaç’ y acaba en una pequeña cascada donde se ven los agujeros cuadrados de la antigua presa. Lo que antes era un misterio tras otro, ahora es diáfano. “Tot aclarit”, dice Carles, siempre con las palabras más adecuadas para cada situación.

Vista de Tosa d'Alp. Arriba, el refugio de Niu d'Aliga y la llegada de las telesillas

Cruzamos la carretera y subimos por un camino de arrastrar troncos hasta llegar a un camino transversal. Lo seguimos a la derecha hasta tener la carretera a la vista. Sería el camino que conectaba las casas de Solls y Cal Font con Sant Jaume de Frontanyà. Sin embargo, en la otra dirección el camino pierde definición, acabamos subiendo demasiado y no volveremos a conectar con el camino hasta llegar a Cal Font. Abajo se ve la cuesta donde, según el Alpina, está la casa de Solls pero han estado cortando y es un caos de ramas. Según los documentos de Pep, era la casa más importante de la zona pero aquí, solo vemos unos campos pobres, perdidos en el bosque.

Llegamos a la casa de Cal Font. Aquí hay una zona de cultivo extensa, de buena categoría, y la casa plantada en el límite superior, con una pequeña balsa al lado. Empezamos a especular. ¿Y si ésta fuera la casa de Solls y simplemente se cambió de nombre? Solls fue abandonada en el siglo XV. ¿Podría ser que al volver a ocuparse, cambiara su nombre a Cal Font?


Cal Font

Subimos las pistas hacia arriba, en busca de algo, un castillo o una iglesia. No hay nada de eso y bajamos nuevamente a la casa, donde comimos, cara al sol. Pep vuelve a inspeccionar la casa, esta vez con cara de preocupación. Hay un problema. No hay nada que indique que podría tener un origen medieval, ninguna piedra tallada, ningún trozo de cerámica, no parece que haya nada anterior al siglo XVIII.

Volvemos hacia el coche. Tras bajar demasiado, subimos por la pendiente hasta encontrar el camino de Cal Font y lo seguimos al revés, incluyendo el trozo que perdimos. Empezamos a ver campos de buena calidad y al salir al claro, nos encontramos cara a cara con una estructura cuadrada con piedras talladas, medio enterrada bajo las ramas y las zarzas, exactamente donde lo pone el Alpina. Lo que no habíamos conseguido buscando por el bosque, ahora ha sido facilísimo simplemente siguiendo el camino.

La casa de Solls

Hoy, todo nos ha salido redondo.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,9 km; 360 metros de desnivel acumulado.