Desde el entorno de la antigua estación de esquí de Rasos de Peguera, se ha preguntado a Pol si puede aportar elementos que permitan dinamizar y desestacionalizar el turismo de la zona, de manera que la afluencia de visitantes dispuestos a gastar dinero no se limite a cuando haya nieve. Y nadie mejor para asesorarle en ese menester que Pep.
“La Cova dels Frares fue el único lugar habitable en esta zona en la prehistoria; su visita es imprescindible en cualquier actividad”, dice Pep mientras apuramos los cafés en L’Oreneta.
Después de aparcar en el pequeño parking del refugio de Rasos, Pep saca una hoja de papel con el trozo de mapa que corresponde a la Cova y pregunta a los jóvenes qué ruta usarían para llegar a la Cova. Pol traza una línea recta, lo que supondría subir hasta la cresta y luego saltar un pequeño precipicio. Carles, con más criterio, opta por seguir la curva de nivel por debajo.
“Correcto”, dice Pep, “pero lo haremos a la vuelta. Para la ida, subiremos a la Collada de Montmolí y bajaremos por detrás”. Son 85 metros de desnivel antes de llegar al gran llano arriba. “¿Es un examen?”, pregunto a Pep cuando les alcanzo arriba. “Claro”, contesta. “Cuando yo no esté, se tendrán que espabilar solos”. De todos modos, es un examen con trampa porque Carles tiene la Cova marcada en la app de su móvil.
Arriba, crecen dispersos grandes ejemplares de pino negro, algunos con ramas arrancadas. Sin embargo, nada nos prepara para la devastación que vemos cuando intentamos acercarnos a la Cova. Los vientos huracanados que soplaron desde el norte a principios de año han tumbado cientos de árboles, creando un entresijo casi impenetrable de troncos caídos.
| ¿Cuánta fuerza habrá tenido el viento para arrancar estas ramas? |
Pep suspende el examen y se pone al frente para buscar un camino abajo. Con gran dificultad, progresamos hacia el suroeste, bajando poco a poco hasta llegar al camino de la Serra de Cal Jardí, que ha sido despejado de troncos. Siguiendo el camino unos 250 metros, nos acercamos al punto en el móvil de Carles.
| El camino de Cal Jardí. La mariposa del boj no ha llegado hasta aquí |
Pep mira hacia arriba. “¡Cómo ha cambiado esto!”, observa consternado, mirando el caos de árboles arrancados de raíz. Ya estamos perpendiculares al punto que tiene marcado Carles y él y Pol se lanzan hacia arriba para quedar frenados en seco casi enseguida por la imposibilidad de pasar. Una vez más, Pep tiene que subir para abrir camino. Tras unos 20 minutos, consiguen encontrar la cueva y me llaman para marcar el waypoint – para Pol. “Para una salida familiar, francamente no lo veo”, digo cuando por fin les alcanzo, tras unas contorsiones que me pasarán factura el fin de semana.
| La Cova dels Frares desde dentro |
Volvemos al camino que nos lleva plácidamente de vuelta al refugio.
La siguiente parada es el aparcamiento de la antigua estación de esquí. Tomamos la pista a la Torre dels Enginyers. Nos vamos cruzando con boletaires que bajan con las cestas vacías. Todavía hace calor y no ha llovido lo necesario.
Exclusivamente para Pol, volvemos a visitar algunos de los lugares que visitamos en una serie de salidas en el verano de 2022. Por suerte, Pep no nos hace recorrer los caminos de cabras que recorrimos aquel verano pero sí que insta a Pol a tomar nota: El pequeño sendero de Puigventós (aunque hay otro mucho mejor que pasa por El Far), la pleta natural bajo la torre de comunicación y una ojeada al Coll de Tagast, sin visitarlo, pero visible a medio kilómetro de distancia.
| El hundimiento bajo la Torre dels Enginyers |
“¿Has estado en el Coll de Tagast?”, le pregunto a Pol. “No”, me contesta. “Pero si le falta lo más básico”, pienso. “Nos vamos a quedar sin tiempo”.
| En la niebla, este árbol parece un troll nórdico |
Las nubes que van cruzando desde el oeste nos impiden ver la Roca d’Auró y el Cim d’Estela. También impiden el paso del sol y los jerseys que nos habíamos quitado abajo ahora los volvemos a poner. Damos la vuelta y subimos la amplia canal hasta el Cap del Raset. Pasamos por el monumento al 50 aniversario del CEB y luego a un túmulo de piedras donde Pep sospecha que está enterrado alguien MUY importante.
Aquí comemos en compañía de este supuesto caudillo de la Edad de Hierro y, para premiar nuestra paciencia, Pol nos regala trozos de coca (de la panadería, se entiende). De vez en cuando, las nubes se rompen, alargando las vistas y dejando llegar momentáneamente el calor del sol.
Para acabar, hacemos un largo flanqueo hasta Vallsabuc, un gran hundimiento natural que también se utilizó como pleta.
| Vista parcial de Vallsabuc |
Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,9 km; 330 metros de desnivel acumulado.



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