Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



domingo, 11 de diciembre de 2022

2/12/2022 – La Balma de Florí

Resulta que en el éxito de aquella salida del 18 de noviembre, donde Pep y Carles descubrieron el castillo del Puig, también se escondió un fracaso. La primera parte de la salida se dedicó a vagabundear por una zona a la derecha de la carretera que va de La Pobla a Castellar de n’Hug, cerca del Clot del Moro, sin rumbo y sin resultados concretos, o así me pareció a mí cuando recibí el track.

Nada más lejos de la verdad. Pep estaba buscando una cueva. Desde entonces, ha preguntado a todos sus contactos en La Pobla y ahora tiene un waypoint que marca el lugar exacto donde está.

Hoy será un día muy frío, y además iremos a uno de los lugares más fríos de la comarca. Me he preparado a conciencia: Dos pares de calcetines, pantalón forrado, 2 camisetas (una térmica), un jersey térmico, un forro, un buff, guantes y gorro de lana.

Aparcamos al lado de la carretera, encima de la fábrica papelera. El termómetro marca 5 grados bajo cero. “Ven, te quiero mostrar algo”, me dice Pep. Cruzamos la carretera y empezamos a subir la cuesta. Casi enseguida, veo una estructura en muy buen estado que, evidentemente, es un horno de cal. “¿Qué te parece?”, me pregunta Pep. Muestro todo el entusiasmo que me permite la temperatura gélida.

El horno de cal

Seguimos subiendo. Aunque ahora está poblada de pinos y arbustos espinosos, toda esta zona había estado cultivada y se suceden muros de piedra seca y campos minúsculos. Me viene a la mente una imagen de las trincheras que subían desde la playa Anzac en Gallipoli. Casi enseguida, vemos un camino que, a pesar de su poca definición, parece tener cierto recorrido. Cuando me envió el track del 18 de noviembre, había preguntado expresamente a Pep si habían seguido caminos y me dijo que no. Le recuerdo a Pep su negativa ante mi pregunta. “No vimos nada de eso aquel día”, me contesta. “Tu presencia los hace aflorar”, me dice el lisonjeador Carles.

El laberinto de terrazas dentro del bosque

Aquella semana, Pep y Carles habían girado hacia el este demasiado pronto y nunca llegaron a donde estaba la balma. Hoy continuamos en ligero ascenso hacia el norte. Superamos un pequeño esperón rocoso y la tenemos allí delante nuestro. Es grande, bien orientada hacia el oeste. Hoy, los árboles la invisibilizan pero cuando todo esto eran bancales, habría sido visible plenamente desde el camí ral al otro lado del río.

Una foto espectacular de Carles de la Balma de Florí

Tras documentarla y enviar las fotos a Pol para hacerle rabiar, volvemos al coche para iniciar la segunda parte de la salida de hoy. Esta segunda parte es mucho más modesta y consiste en subir el último cerro que quedaba por mirar entre El Puig y el río Arija. Evidentemente, no hay nada, aparte de un posible camino a El Puig, que no seguimos. Luego, cruzamos la carretera y continuamos hacia el norte, “para ver si hay algo”, dice Pep con una inconcreción poco habitual en él.

Lo mejor de esta parte: las vistas del monasterio y el valle de Junyent al otro lado del valle, con los colores de otoño avanzado y la débil luz del sol. Con tanta ropa, no he pasado frío.

El Monasterio de Santa María de Lillet

El Valle de Junyent

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 5,8 km; 260 metros de desnivel acumulado.

domingo, 4 de diciembre de 2022

25/11/2022 – El Bac de Montverdor

Al volver a casa de la salida a Muntanyetes, sucumbí a un resfriado raro, con afonía, tos, muchos mocos y debilidad muscular. A pesar de dar negativo en tres tests, sospecho que fue la nueva Covid omicron. Esa semana, Pep y Carles descubrieron el castillo del Puig, totalmente desconocido para la ciencia. Al saber la noticia, Pol se quejó amargamente en el WhatsApp del grupo de que guardaban lo mejor para cuando él ya no estuviera. “¿Qué esperabas?”, pensé desde mi lecho de convalecencia.

Hoy, amanece un día gris. El hombre del tiempo había advertido que vendría un frente atlántico durante el día que traería un poco de lluvia. Aparcamos delante del área recreativa de La Pineda, en la carretera de La Pobla a Sant Jaume de Frontanyà. Pep me señala el cerro sobre el cual encontraron los restos del castillo. “Había muchas casas al lado del río. A ver si encontramos alguna antes de subir a los otros picos alrededor”.


El castillo del Puig está en la cima de este cerro

Miro con desánimo el pequeño anillo de cerros que nos rodea. Nos espera una salida de subidas y bajadas sin sentido y sin resultados. Entramos en un prado muy amplio y caminamos paralelos al río, Carles más arriba, cerca de la carretera, Pep en el límite con el prado y yo, entre medio, donde la vegetación es más espesa. De repente, veo unas piedras que hacen una esquina. Pep viene a inspeccionar. Es una casa medieval, posiblemente una que se llamaba Baladosa en la documentación. Es evidente que mi descubrimiento le ha sorprendido, ya que siempre es Carles que lo descubre todo.

Caminamos un poco más pero no aparecen más casas. Cruzamos el río y pasamos por las ruinas del Hostal de l’Argelaga, a pie del camí ral. A partir de aquí, iniciamos un ascenso hasta llegar al pico entre el Cap de la Questió (toponimia del Alpina), donde está el castillo, y la carretera de La Pobla a Campdevanol. Aquí no hay nada. Bajamos al Clot del Matxo Mort (también según la toponimia del Alpina) y giramos hacia el sur. Vamos cruzando fragmentos de caminos que forman un pequeño laberinto debajo de Montverdor y que algún día habría que aclarar, si nos da tiempo.

Mientras tanto, el cielo se ha despejado, sale el sol, pero al norte, se ven masas de nubes. Pep mira el teléfono: “La lluvia todavía no ha llegado a Andorra. Tenemos mucho tiempo”. Tras una subida ardua, llegamos arriba del Serrat de la Teulería (según el Alpina), al suroeste de Montverdor. Evidentemente, aquí tampoco hay nada, pero es un buen lugar para comer y paramos. Debajo se ve la Teuleria de Montverdor y tenemos largas vistas en todas las direcciones. Sería un buen lugar si no fuera por las nubes que se ven al noroeste. Pep vuelve a mirar al teléfono. “Empieza a entrar en Andorra. Podemos estar tranquilos”.


Mirando hacia Montverdor

Empiezo a comer mi bocadillo pero no puedo estar quieto. Me pongo de pie y empiezo a caminar agitadamente por el reducido espacio de la cima. Miro con inquietud a Pep. Todavía está comiendo el bocadillo con toda la calma del mundo, y sobre la rodilla derecha, esperando su turno, tiene una manzana. “Seguro que vendrá otra banda de lluvia desde el norte. Siempre pasa”, pienso. Carles, viendo con impotencia la parsimonia de Pep, saca un plátano. “Deberíamos darnos prisa”, digo a Pep. “Estamos en el punto más alejado del coche”. “Tenemos al menos una hora”, dice Pep, mientras saborea la manzana. “Relájate y disfruta del momento”. “¿Cómo voy a disfrutar del momento si mi instinto me está diciendo que nos tenemos que marchar?”, pienso.

Empiezan a caer gotas. “Ya sabes que solo caen cuatro gotas con los frentes atlánticos”, dice Pep, y vuelve a su manzana. No han pasado ni 30 segundos que de repente nos cae encima una cortina de granizo que ha venido directo del norte, tal como yo había presentido.

Guardo la electrónica y bajamos a toda prisa por los pinos, perseguidos por el granizo que rebota sobre nuestros anoraks. Entroncamos con el camí ral de Ripoll que viene desde Montverdor. Afortunadamente, cuando llegamos a los prados abajo, ya ha dejado de granizar y podemos vadear el Arija con la calma necesaria. En el coche, ya entrando en La Pobla, topamos con la lluvia que viene desde Andorra. Es torrencial.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,5 km; 370 metros de desnivel acumulado.

11/11/2022 – Muntanyetes

Pol entra en el Mikado con una cara larga. “Os tengo que comunicar una mala noticia”, advierte. Ante nuestra consternación, continúa: “Tengo un empleo y ya no podré venir. Me han llamado para hacer una sustitución en una escuela en Tarragona”. “¿Pero no es lo que querías?”, pregunto sorprendido. “Pensaba que estabas deseando contribuir a la sociedad”. “Sí”, admite, “pero no tan pronto”.

“Bueno, en un mes o dos, volverás a estar en el paro”, dice Carles, intentando ser optimista. “¡Qué va!”, responde Pol, cada vez más desolado. “Si no me echan por mal profesor, tengo para el resto del año escolar”. Volvemos a mirar nuestros cafés con cara de circunstancias; eso de tener trabajo tan rápido es una mala suerte, sin duda.

Pep vuelve a centrar la atención en los objetivos de hoy: “Hoy vamos a Muntanyetes, también tenemos el molino de Solls, la casa medieval, la iglesia de Santa Eugènia y unas cuantas cosas más. No perdamos más tiempo”.

Aparcamos cerca de la pista que va a Sellers. Volverá a ser un día soleado con temperaturas suaves, pero de momento hace frío. Nos dirigimos al molino medieval de Solls, a pie de pista debajo de Sellers. En realidad, no queda nada excepto el dibujo de lo que podría haber sido la balsa del molino y los restos de un muro. De allí, cruzamos la carretera de Sant Jaume de Frontanyà y seguimos un camino transversal que nos lleva a la casa medieval al que Pep atribuye también el nombre de Solls: un cuadrado anónimo.

Para ir a Muntanyetes, Pep propone una ruta directa hacia el oeste, pasando el collado tras una subida con bastante pendiente. Propongo seguir la pista que pasa encima de Cal Font y que da la vuelta de la sierra. Tendrá una pendiente más suave y además vistas bonitas hacia el norte.

“Steve me ha convencido que tomemos la ruta más larga”, Pep proclama a los demás, y nos ponemos en marcha. La pendiente favorece la conversación, que Pep, Carles y Pol dedican a hablar de documentos, masos (casas), familias y linajes. Cinco metros detrás, me viene el recuerdo de estos tests en Internet para confirmar que eres un ser humano antes de acceder a una página web y que consisten en poner imágenes de medios de transporte y tienes que decir cuáles no son trenes. Pues entre los tres trenes que conversan en clave delante mío, yo soy el barco. Pero generosamente, Pep me dedica unos minutos para hablar del coche eléctrico que ha encargado.


Vista hacia el norte

Vamos dando la vuelta con la pista en un inmenso rodeo con la casa de Muntanyetes en el epicentro. Finalmente, tenemos la Cingle de les Baumes delante, por donde discurre el mítico camino del Pas de les Baumes.


La Cingle de les Baumes

Desde aquí subimos al Coll de la Creu d’en Soler y, aunque estamos en el municipio de Sant Jaume de Frontanyà y, para el estudio de Pol, no toca, Pep le muestra una casa medieval a tocar de la pista que sube al Coll desde la carretera. Esta casa la había descubierto yo al poco de tener los mapas, sin saber qué era, como tampoco lo sabía Pep, cuando se la mostré unos meses después. Pero ha llovido mucho entonces y ahora salta a la vista que es una casa.


El Coll de la Creu d'en Soler, mirando hacia el sur

Buscamos el camino medio borrado que nos lleva a la casa de Muntanyetes, interrumpidos brevemente por el hallazgo de una veta de fredolics, seguida de otra un poco más adelante. Pero finalmente, llegamos a la casa, donde comemos.


Muntanyetes

Iniciamos el largo descenso por los campos de Muntanyetes hacia la carretera, arrastrados irremediablemente por el rastro de las setas. En un momento de lucidez, Pep se para. Estamos yendo en la dirección equivocada y nos impone un giro de casi 180 grados para volver hacia la pista del Coll de la Creu d’en Soler. Luego giramos al sur para visitar unas losas que marcan una posible tumba neolítica y luego una casa medieval que también había descubierto yo en una salida solitaria, sin saber qué era. Cuando la vio unos meses después, Pep incluso llegó a insinuar que era un afloramiento rocoso natural, pero, donde antes todo eran dudas y misterios, hoy es certeza y luz.

Yo me estoy empezando a cansar. Hace tiempo que quería estar de vuelta ya en el coche. Pero el programa se tiene que cumplir a rajatabla y pasamos por la iglesia de Santa Eugènia y los restos del molino moderno, justo debajo de la carretera. Me siento cada vez más apático y ya no respondo con el mismo entusiasmo a los comentarios de los demás.

Suerte que solo quedan 200 metros para acabar el calvario. El día después, me levanto con síntomas de un resfriado extraño que me impide salir la semana siguiente, ya sin Pol, que se une llorando a las filas de la población activa.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,2 km; 400 metros de desnivel acumulado.

4/11/2022 – El Boix, Rovires y Les Fontetes

En el Mikado, le advierto a Pep que la salida de la semana pasada me dejó KO durante dos días. “No te preocupes, Steve”, me dice, mientras esperamos a Carles y Pol, “hoy te encantará”.

Aparcamos en la entrada de la pista que va a El Boix. La idea es ir repasando casas y restos hasta la Font del Bisbe. Gran parte de esto ya lo hicimos en el invierno de 2020, antes de que la pandemia cambiara nuestro mundo para siempre. El día empieza frío pero no hay nubes y las temperaturas volverán a ser suaves. Subiendo la pista hacia la casa de El Boix, notamos un cambio desde que estuvimos la última vez. En el cruce de pistas, había un misterioso dibujo de piedras en el suelo formando un círculo o semi-círculo. ¿Una iglesia, una torre, una rotonda?, habíamos especulado. Pero desde 2020, han arreglado la pista y las piedras ya no están.


Los prados debajo de El Boix a primera hora

Repasamos con Pol el posible emplazamiento de una iglesia y una especie de muro detrás de la casa donde se había encontrado cerámica ibérica. Imposible saber más; según la ley catalana, no se puede tocar ni un fragmento sin autorización oficial. Y ya que estamos, hay que subir a la cima del cerro detrás de la casa, porque las vistas son muy bonitas.

Deshacemos el camino, cruzamos la carretera y subimos hacia Les Rovires. Debajo de la casa, hay un labirinto de caminos que no está aclarado del todo. Incluso hoy, subimos por un camino nuevo que no conocíamos. La entrada hacia la casa está flanqueada por un muro rocoso y encima hay indicios de que hay algo más de lo que se ve.


Les Rovires

Fui por primera vez a esta casa hace muchos años, solo, antes del blog, cuando nuestros mapas estaban prácticamente en blanco. Detrás de la casa, descubrí otro laberinto de caminos, algunos de los cuales han sido convertidos en pistas de desembosque. Para llegar a Les Fontetes, propongo subir un poco más y probar una conexión entre dos pistas/caminos, pero el destino nos tiene guardado una ruta mucho mejor. Vemos un camino que sale con una subida muy leve, encima de un gran prado. No tardamos en darnos cuenta de que es otro camino nuevo, amplio y lleno de encantos. Y además, nos llevará directamente a Les Fontetes. Le deseamos una larga vida y que los ingenieros forestales no se fijen en él.


El camino nuevo

Salimos en la pista que sube la ribera izquierda del Torrent de les Solls y empalmamos con otro camino nuevo que nos deja en los pocos restos de Les Fontetes. Pero Pep aún tiene dos puntos más: primero, la Font del Bisbe, ya que hace unos años vio el agujero de una posible presa en la roca encima de la cascada. Se vuelve a localizar y documentar. Y segundo, una casa medieval que ha llamado provisionalmente Solls. Pero se equivoca de pista y acabamos en Cal Font, donde comemos al sol bajo unos árboles.


Pep, Carles y Pol consultan mis mapas. Valen su peso en oro.

Desde aquí, bajamos a la carretera donde está el coche por un camino que descubrimos en esas salidas en 2020, dejando a la derecha un camino muy tentador que podría ir directamente a El Boix. Hoy, me he encontrado bien.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,9 km; 375 metros de desnivel acumulado.

28/10/2022 – Junyent y Castellsec

La semana del 14 de octubre, estuve en Inglaterra para celebrar el cumpleaños de mi hermana. Ese día, recorrieron la zona de Ardericó y la Roca Forcada. Hoy, toca Junyent, “y quizás volvamos por aquellos emprius encima del Coll de Pellicers donde se perdió Steve”, añade Pep.

Evidentemente, Pep se está refiriendo a una salida pre-Covid. Mientras buscaban la presa del molino de Riuarderiu, yo crucé el Torrent de Junyent y fui subiendo por un camino al otro lado. Los demás me abandonaron a mi suerte, total, se habían quedado con mis mapas y GPS, y cuando quise volver a bajar, el paso estaba barrado por un precipicio y tuve que hacer un largo flanqueo hasta el Coll de Pellicers. Pero he aprendido la lección y esta vez resuelvo pegarme como una lapa a Pep y Carles.

Aparcamos delante del monasterio y bajamos el camí ral hasta la casa medieval de Pellicers, descubierta por Carles en aquella salida. Luego vamos al molino, situado encima del Torrent de Junyent. Pol se mete dentro de lo que habría sido la casa, ahora convertido en un cuadrado hundido. Mientras Pol se dedica a sacar fotos, Carles y yo especulamos cuánto se tardaría, si Pol fuera asesinado (¡Dios no quiera!), en descubrir el cuerpo ahí dentro.


La esperanza del futuro

Una vez documentado el molino, remontamos el curso del torrente hasta llegar a la presa del molino y luego, subiendo por fragmentos de camino, llegamos a la pista que va a la casa de Junyent. Es una subida suave que se va metiendo dentro del valle. Los colores de otoño están en su punto y la temperatura es muy benigna; de hecho, hace más calor de lo que debería.


La pista hacia Junyent

Llegamos a la casa y mientras Pol saca fotos, miramos el paisaje a nuestro alrededor. Como sabrán mis lectores, no es la primera vez que venimos a Junyent y la habíamos visitado un par de veces antes de empezar el blog. La casa hace mucho que cayó al suelo pero el pajar aún aguanta. 


La casa de Junyent

Mirando hacia la Roca Foradada y el Coll d'Ardericó

“Siempre volvemos a Junyent”, digo a Pep, que asiente, absorto en una profunda meditación. Miro a mi alrededor con la satisfacción de haber cumplido todos los objetivos del día. “Bueno, ¿qué os parece si comemos y luego buscamos el camino de vuelta?”, propongo con brío. Pep mira brevemente el cielo, como si estuviera buscando las palabras más adecuadas para comunicarme una mala noticia. “Nos queda la casa de Castellsec y para eso, tenemos que subir al Coll de Llevat”, y señala vagamente hacia el oeste donde se ve el collado detrás de una subida de 200 metros de desnivel.



Subiendo hacia el Coll de Llevat

Entramos en el valle del Rec del Corb, ahora con las marcas de la Xarxa Lenta. Es un camino muy atractivo, entre las hayas. La mariposa del boj había devastado toda esta zona y las ramas desnudas permiten ver el perfil del terreno, que antes no se podía ver. Pero incluso ahora, en su estado pelado, se ven brotes verdes que empiezan a renacer. La vida siempre abre camino y eso es un consuelo. Por mucho destrozo que hagamos ahora, en 500.000 años todo volverá a estar precioso.

Llegamos al collado y ponemos rumbo al norte. Subimos al Roc del Corb y allí comemos. Durante el descanso, Pep explica a Pol que el nombre de Castellsec no se debe a la presencia de un castillo, y además se lo va a demostrar. Nos volvemos a poner en marcha. Ahora, son pequeñas subidas y bajadas pero con unos saltos de 3 ó 4 metros que hay que buscar la manera de sortear. “No ves cómo se va aplanando?”, me dice Carles, siempre optimista. Por fin, entramos en un camino que nos llevará por la cresta de modo apacible y amable.

Llegamos al pie de otro cerro, el que se llama Castellsec. Marcha un camino que desconocíamos hasta ahora hacia la derecha. Se produce un breve debate sobre si debemos seguir este camino. El camino también opina y me transmite un mensaje muy claro. “Ven conmigo, Steve”, me dice. “Te llevaré a la casa de Castellsec en un plis-plas y además verás cosas maravillosas y no te cansarás nada. Sígueme, no te arrepentirás”.

“El camino me ha hablado”, informo a los demás, “y me dice que lo sigamos y que además lo pasaremos muy bien”. Pero Pep no está convencido. “Subiremos el cerro. Es importante para la educación de Pol”. Siguen 100 metros penosos e inacabables de desnivel; hasta Carles, que nunca se queja, se queja.

Por fin, llegamos arriba. Pep gira hacia Pol. “Como ves, aquí no hay ningún castillo”. “Es para matarlo”, pienso. “Yo podría haberle dicho lo mismo sin subir ni un metro”. Mientras recuperamos fuerzas, contemplamos las vistas, que son espectaculares. 


La vista hacia el este desde la cima de Castellsec, con los Rasos de Tubau

Después, bajamos por la cresta hacia el este y, tras unos 150 metros de desnivel, llegamos a la casa, protegida del viento del norte por una pared natural de roca. Una generación o dos habría vivido aquí en la más absoluta miseria, viendo los pobres campos que la rodean.


La casa de Castellsec

Flanqueamos hacia el noroeste por una pista forestal, hasta llegar al lomo que nos llevará directamente al Coll de Pellicers, con un descenso de unos 200 metros. Si la subida a Castellsec fue inacabable, también lo es el descenso al collado, poniendo duramente a prueba mis rodillas sexagenarias.

Por fin, llegamos a la pista del camí ral y volvemos al monasterio. Estoy muy cansado. Tardé dos días enteros en sentirme más o menos normal. La educación de Pol está resultando muy dura.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 11,5 km; 720 metros de desnivel acumulado.

7/10/2022 – El Castell de Lillet

Es nuestra tercera semana en La Pobla de Lillet. El 23 de septiembre, recorrimos las casas medievales encima de La Sala, y el 30 de septiembre, visitamos Saus y Puig Castellar. Hoy, Pep quiere llevar a Pol al Monasterio de Santa María y su entorno, incluyendo las casas de Serra Pigota, Arderiu y Junyent.

Aparcamos fuera del Monasterio con un día muy gris y una previsión de lluvia a partir del mediodía. El monasterio es un edificio muy complejo. Lo he recorrido un par de veces y escuchado las explicaciones de Pep y también de Jaume Bernades. Lo que se ve hoy es el resultado de múltiples remodelaciones y ampliaciones a lo largo de varios siglos, pero quizás la más importante fue la donación hecha por el Conde de Cerdanya a finales del siglo XI de lo que hasta entonces era el castillo de Lillet para formar una comunidad monástica.


La casa del Castell y el antiguo castillo a la izquierda

Al mismo tiempo, Pere Vila hizo construir el castillo actual y lo dio al Conde. Pero nunca llegó a vivir en el castillo, que fue habitado por un tal Ponç. En su lugar, el Conde de Cerdanya le nombró batlle natural del Val de Lillet, es decir, el cargo sería para él y también para sus sucesores. En aquel tiempo, el pueblo de la Pobla de Lillet aún no existía.

En eso, llegamos a la pequeña ermita de Sant Miquel. Pep cuestiona que una iglesia tan pequeña pudiera cubrir las necesidades espirituales de toda la comunidad y, además, por qué ponerla tan cerca del Monasterio, que tendría una iglesia magnífica. Pep señala su forma redonda y argumenta que sería mucho más lógico que fuera una torre militar fuera de las murallas del castillo, que luego sería reconvertida en capilla. De momento, no puede corroborar esta hipótesis con pruebas documentales.

La pequeña iglesia de Sant Miquel

“¿Pondrás todo eso en tu libro?”, pregunto maliciosamente a Pol, sabiendo la polémica que podría desatar en algunos círculos. Como respuesta, Pol se limita a sonreír. Seguimos subiendo y llegamos al collado con la casa del Castell de la Vila a la izquierda y las pocas ruinas del castillo a la derecha en la cima de una peña. Pero antes de subir al castillo, Pep gira a la izquierda y señala un pequeño prado delineado por piedras que forman un cuadrado. Su propósito, desconocido. Su antigüedad, medieval. Tras visitar brevemente la casa del Castell, cruzamos un prado más grande hacia el sur y subimos un pequeño cerro, donde hay los restos claros de una fortificación, con piedras grandes que forman una especie de rectángulo. No se sabe nada de esta estructura porque no se ha encontrado ningún documento que hable de ella. Pep especula un origen muy anterior a todo lo demás.

La elevación donde se encuentran las fortificaciones antiguas

Volvemos atrás y subimos al castillo. Pep señala los restos del camino antiguo de subida, que en aquel tiempo solo se podría hacer a pie. Los caballos se habrían quedado en el collado. El camino actual pasa abajo, aprovechando unos bancales estrechos. Aparte de mencionar los destrozos que se habrían hecho para levantar la cruz de hormigón, no hay mucho más que explicar.

Ponemos rumbo al sur otra vez para subir el camino señalizado hacia el Xalet del Catllarás. Una pista nueva roza el camino pero afortunadamente gira a la derecha para tomar otra dirección. La pérdida lenta pero inexorable de caminos antiguos, borrados para hacer pistas forestales, ha sido una constante en todos estos años, como bien saben mis lectores.

Pep mira mi mapa. El camino hace una subida fuerte hasta llegar a una especie de collado, desde donde se puede bajar a la Serra Pigota, el siguiente objetivo. Pero una vez arriba, continuamos por el Bac de Aiguassai, ahora un camino relativamente plano y muy atractivo, con las rocas de una pequeña cresta a la izquierda.

El camino hacia el Xalet del Catllaràs

De repente, se oye un grito de Carles, “Camagrocs”, y todo el mundo se para. Entre las rocas, hay pequeños bosques de camagrocs (una seta pequeña y muy apreciada con un inconfundible color amarillo) y los tres sacan bolsas. Mientras trabajan, yo saco el móvil, repaso y contesto correos, miro el WhatsApp, luego paso al news feed. Por alguna razón que no me explico, solo me llegan noticias de la prensa rosa. No sé por qué razón Google piensa que quiero saber cosas de Tamara Falcó o Sálvame. Me pongo al día de la guerra en Ucrania. Mi hijo nunca ha entendido porqué a mí, tan pacifista, me interesan las guerras.

Han pasado 20 minutos y los historiadores siguen recogiendo setas. Avanzamos muy lentamente; hoy el track será de pena. Empiezan a caer las primeras gotas de lluvia. Llegamos al desvío que baja al Gorg de la Lleona. Pep vuelve a mirar el mapa, totalmente desorientado.

Se acabó la ciencia

“Este camino, ¿qué es? No lo veo en el mapa”. Examina el mapa más de cerca. “Serra Pigota ha quedado atrás. Y además empieza a llover”. Decide bajar el camino y al menos intentar llegar a Arderiu montaña a través. Llegamos al pequeño lago. La lluvia, aunque sin llegar a mojar, es un poco más insistente. Pep renuncia a llegar a Arderiu. “La parte histórica la hemos hecho. Todo lo demás solo son casas”, justifica y bajamos hacia Serra Pigota. Comemos bajo un haya, rodeados de pequeñas colonias de camagrocs.

El pequeño estanque en el Gorg de la Lleona

Después, seguimos bajando. Es un festival de setas y siguen recolectando, con unas bolsas cada vez más abultadas. La historia ha dejado de existir, no ven caminos, las casas no tienen importancia … hasta que pasamos la cota de 1.150 metros. De repente, como por arte de magia, las setas desaparecen. Alzan la vista y miran alrededor suyo, sorprendidos. Sus ojos vuelven a enfocarse en objetos a más de 3 metros de distancia y ven que aquí hay árboles, rocas, una cuesta, y una pista que baja hacia Serra Pigota. “Por culpa de estas setas, hemos perdido el norte”, confiesa Pep. “Que no trascienda”, me advierte. “El daño para mi prestigio sería irreparable”. “No temas”, le tranquilizo. “Esto se queda entre nosotros. No lo sabrá nadie”.

Enseguida, tenemos Serra Pigota a la vista. La casa es nueva y fea, hecha con ladrillos y bloques de cemento. Solo el pajar conserva materiales tradicionales. Bajamos por la pista y en media hora estamos en el coche.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,3 km; 330 metros de desnivel acumulado.

Septiembre 2022

Dejé nuevamente de escribir el blog en diciembre del año pasado. Faltaba la descripción de una salida a las casas en la umbría dels Tossals, donde Marta y yo compartimos vivencias hipocondríacas. Volví de esa salida con Covid u otro bicho muy malo (porque daba negativo en los tests a pesar de los síntomas) que me dejó con una tos residual durante varias semanas.

Cuando el tiempo lo permitía, Pep y yo caminábamos por el Baix Berguedà, visitando lugares donde yo no había estado nunca. Hubo una última salida con los investigadores de Capolat desde Avià hasta Coforb en febrero. Luego hubo dos viajes a Inglaterra motivados por la repentina enfermedad y muerte de mi padre, traductor al inglés de este blog, entre otras funciones.

En la primavera, Pep y yo hicimos algunas salidas por la zona de L’Estany, entrando en Nou Comes y subiendo a los Rasets. Descubrimos dos caminos nuevos que entraban en el bosque desde la casa de L’Estany.

Después, vino un verano muy caluroso, Pep estuvo excavando durante más de un mes, con el resultado de que no volvimos a salir hasta mediados de agosto. Buscando un poco de fresco, subimos a los Rasos de Peguera para repasar algunos caminos que llegaban desde distintos puntos abajo. Una gran alegría fue el retorno de Carles el 19 de agosto. Hicimos unas 6 salidas a los Rasos, algunas de las cuales me llevaron al límite, por mi baja forma física tras el verano y la precariedad técnica de las rutas elegidas.


Pas de l'Os, Rasos de Peguera

En las salidas, volvió a surgir el tema del blog y la conveniencia de reanudarlo, ya que habíamos iniciado nuevamente una dinámica de salidas regulares. A mediados de septiembre, se unió a nosotros Pol, uno de los jóvenes investigadores de Capolat, con un flamante máster en educación. Sería un miembro fijo de nuestro equipo a partir de ahora, ya que se le había encargado redactar la historia medieval de La Pobla de Lillet.

Lo que había empezado como un tema de conversación en las pausas en los Rasos se fue convirtiendo en un clamor y finalmente, el 30 de septiembre, pregunté a Pep, como más ‘perjudicado’, qué opinaba. Su respuesta no dejó lugar a dudas: “Debes escribir el blog”.

jueves, 16 de diciembre de 2021

12/11/2021 – Coforb

Hoy toca Coforb. Es un día gris, húmedo, con un aire de otoño avanzado. Nos acompaña Marta. Aparcamos en la carretera de Coforb, cerca de la Casa del Pla, y caminamos hacia el sur, donde la estrecha meseta de Coforb y Capolat de repente cae en el picado hacia la plana del Berguedà. Con algunos momentos de lluvia fina, bajamos por un camino que nos lleva a una repisa al pie de la primera línea de rocas. El camino se convierte rápidamente en una pista naturalizada que permite disfrutar de las vistas.

Yendo hacia el camino del Molinot

Cuando atrapo a Pep y Marta, están en una balma que había sido habitada en algún momento, discutiendo sobre metodología.

“A ver”, dice Marta, “en la ficha tengo que poner si el acceso es fácil, moderado o difícil”.

Pep levanta los brazos en exasperación: “Esto es históricamente irrelevante. No aporta nada a su valor como patrimonio”.

“Algo tengo que poner”.

“Pues, pon que todos tienen un acceso difícil. Así no vendrá nadie y no lo estropearán”.

“No colará”.

Entroncamos con el camino que sube desde Avià al Molinot, del que hice una crónica en diciembre de 2012. Visitamos el molino viejo, el molino nuevo (restaurado con mucho amor y dinero), la casa medieval de Cal Silvestre, y la presa que desviaba el agua al molino.


El pequeño estanque detrás del Molinot

Y la casa con la balsa del antiguo molino

Seguimos subiendo y visitamos dos hornos de tejas y el antiguo molino de Curtichs (muy perdidos) para luego pasar al lado de La Closa y bajar hacia La Ventaiola, el único lugar donde el municipio deja el llano alto y baja hacia Avià, por un tema de venta de propiedades entre nobles.

Aquí hay una prensa de viña, una casa medieval y una balma. Ya hemos bajado 200 metros, que luego habrá que subir, y es la una y media. Necesito calorías. “¿Cuánto falta para comer?”, pregunto. “Diez minutos”, dice Marta. Y por una vez, padre e hija dejan de discutir, intercambian miradas de complicidad y se ponen a reír. “Aquí hay juego sucio”, pienso. “Ahora hacen piña contra mí”.

Tras pasarlo de largo, retrocedemos y acertamos el camino a la casa de Ventaiola, de la que quedan algunos muros y, tras cruzar la riera de Clarà con dificultad, llegamos a la balma. Aquí hay un camino que continúa y enlaza con el camino del Molinot. Sin embargo, ahora está cubierto de vegetación y completamente intransitable. Damos la vuelta y, por fin, transcurrido más de media hora desde mi pregunta inicial, nos paramos para comer cerca de Ventaiola. 

“¿Qué pasó con los diez minutos?”, pregunto, dolido. “Mi padre me lo decía a mí”, contesta Marta. “Es una buena cifra, ni mucho ni poco; siempre convence”.

Volviendo a subir el camino del Molinot por segunda vez hoy, pero desde más abajo

Al no poder continuar desde la balma, ahora tenemos que dar un largo rodeo por la pista que cruza la riera y finalmente, por caminos secundarios, entramos en el camino del Molinot e iniciamos una larga subida. Por suerte, los colores de las hojas están en su mejor momento y cuando, por fin, salimos en la carretera cerca de la casa de Barons, con las nubes ya disipadas, el sol está en la posición perfecta para dar un tono dorado a todo. Ahora solo queda caminar por la carretera hasta llegar al coche.

La casa de La Coma con la luz de la tarde

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 12,8 km; 490 metros de desnivel acumulado.

5/11/2021 – Les Fonts

Si la semana pasada hicimos todo lo que era al este del Pantano de Espunyola, esta semana Pep quiere recorrer el lado oeste. El jueves le había explicado mi cansancio existencial de la semana anterior y le pedí que no fuera tan ambicioso.

Hoy parece que hará buen tiempo. Esta vez, nos acompaña Rosa. Aparcamos en el mismo sitio y nada más bajar el coche, Pep sube sin camino, casi en línea recta. Hacemos casi 100 metros de golpe pero, para mi gran sorpresa, me voy encontrando bien.

Llegamos a la casa de Paredada, metida en un hueco entre rocas que la protege del viento. Es de época moderna y miro las ruinas sin interés. Sin embargo, la casa medieval del mismo nombre, que aprovecha una balma unos 100 metros al sur, me parece mucho más interesante y escucho las explicaciones de Pep mientras Rosa toma notas.


La casa medieval de Paredada

De ahí pasamos a la Cingle de Malla, con unas vistas magníficas, los robles que empiezan a cambiar de color y las rocas rojizas del acantilado. Hoy va a ser un buen día. Felicito a Pep por acertar en el ritmo de caminada. “Pero si voy al mismo ritmo que siempre”, me contesta extrañado.

Una pequeña parte de la vista desde la Cingle de Malla 

Pasamos al Salt de Sallent, un precipicio por donde baja agua cuando llueve mucho, y la balma-vivienda detrás, habitada hasta épocas relativamente recientes.

Luego al Mirador del Roc Codós, acondicionado para disfrutar de las vistas. Aquí me quedo mientras Pep y Rosa bajan a anotar un horno de aceite de enebro. Después, los restos de un horno de tejas, la fuente que da nombre a la casa encima, Les Fonts, restaurada con mimo en un emplazamiento envidiable, con todo lo necesario para que las familias estresadas de la vida urbana puedan desconectar unos días y ‘cargar pilas’, como se suele decir.


Montserrat vista desde el Mirador del Roc Codós, a contraluz 

Les Fonts

De aquí a las casas medievales de Carreus, un poco más al norte, donde comemos con vistas despejadas al sur. 

La iglesia de Sant Martí de Capolat y detrás, el Santuario dels Tossals, visto desde las ruinas de Carreus

Desde aquí, es un tiro de piedra a la casa de Comamorera, con su pajar convertido en vivienda, y luego, siguiendo caminos, atravesamos la Serra de la Malla para llegar al Pantano y el coche. En este trayecto final, oímos un ruido como de bellotas que caen al suelo. Resulta ser granizo. “¡Nieve!”, grita Rosa con júbilo.


Bajando por el bosque al coche

En el coche, escuchamos el parte del tiempo. “Chubascos de granizo en el Berguedà”, dice el meteorólogo. Increíble.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,9 km; 350 metros de desnivel acumulado.

sábado, 11 de diciembre de 2021

29/10/2021 – Sant Salvador

El 9 de octubre, tenía un vuelo a Inglaterra y, para el día 8, pedí a Pep una salida sin riesgo de infartos o caídas por precipicios. Y como no venían investigadores, Pep accedió magnánimamente y pasamos un día soleado paseando por campos y bosques entre Avià y Espunyola. A mi vuelta de una estancia algo accidentada en el Reino Unido, el 22 de octubre nos desplazamos un poco más hacia el oeste para adentrarnos más en el municipio de Espunyola. En ambas salidas, uno de los puntos clave fue una pasarela de piedras sobre la Riera de Clarà. El problema era que faltaba una de las piedras, lo que obligaba a dar un pequeño salto y aterrizar sobre la piedra siguiente sin perder el equilibrio y acabar en el agua. En la primera salida, cruzar la pasarela fue opcional pero no así en la segunda, si queríamos volver al coche. Evidentemente, con mi fama de torpe, la expectación fue máxima. Para los amantes de los números: 8/10/2021 – 12,2 km, 200 m; 22/10/2021 – 12,8 km; 240 m.

Reto superado

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Pero hoy hay quórum: vienen Rosa y la hija de Pep, Marta, historiadora profesional y quizás la persona que más sabe del linaje de los nobles de Portella. Mientras vamos en el coche hacia Espunyola, Pep me explica el apretado programa de hoy, que incluye varias balmas o pequeñas cuevas que en algún momento estuvieron habitadas. Como sabrán mis lectores, las balmas no son santo de mi devoción, ya que el acceso nunca es fácil. Además, hace un día gris y frío que parece confirmar los malos augurios que presiento.

Mientras tanto, Rosa y Marta hablan entre ellas. De repente, oigo desde atrás un estrépito de palabras malsonantes que me obligan a tapar las orejas. “¿Pero qué educación le has dado a tu hija?”, pregunto atónito a Pep. Pep mira fijamente la carretera sin contestar pero al menos la conversación atrás vuelve a ser más decorosa.

Dejamos la carretera para subir la pista que va al Pantano de Espunyola, donde aparcamos. Cruzamos al otro lado del pantano y tomamos una pista que va hacia Sant Salvador. Antes era un camino entrañable que iba siguiendo la línea de los riscos; ahora es una pista sin alma que ha aniquilado el camino pero en contrapartida ha despejado las vistas. Bajamos momentáneamente a la primera balma. Dejo trabajar a los historiadores.

El Pantano de Espunyola desde una perspectiva que engaña 

Continuamos por la pista. Las vistas serían magníficas si no fuera por las nubes bajas que quitan perspectiva. Bajamos al camino de la Bofia; este camino sí que se ha conservado, al igual que el camino que baja a Espunyola. 

Vistas de la Cingle de Sant Salvador; la pista fea a la izquierda no se ve

El camino de La Bofia

La Bofia es una gruta que normalmente tiene un estanque en su interior pero hoy está seco. Llegamos a Sant Salvador, antigua torre medieval que luego fue convertida en casa de pagès. Se ve claramente la división entre la construcción antigua y la moderna. Dentro de las ruinas, se podía ver un interesante ejemplo de opus spicatum pero ahora la vegetación lo ha tapado todo y además es imposible pasar. Cerca hay un punto geodésico pero con las nubes rozándonos, todo es gris. No hay sol, hace frío, me siento cansado; venir aquí ha sido un terrible error.


Aquí se ve claramente la división entre lo viejo y lo nuevo

Mirando hacia Sant Salvador. El cielo empieza a despejarse. El camino de la Bofia se ve abajo

Damos la vuelta y volvemos por la misma pista para luego desviarnos hacia arriba y entrar en otra pista paralela, de la cual nos volvemos a desviar para ir a dos balmas más. No consigo compartir el entusiasmo de los demás mientras Pep señala algunos indicios de su antigüedad. 

Pep comenta los méritos técnicos de la balma

Volvemos a la pista y seguimos hacia el norte, girando ligeramente hacia el noreste. Se nos aproxima una valla alta, que nos acompañará hasta llegar a un cruce de pistas, donde una verja sólida barre el paso a los vehículos y al lado, una estrecha abertura permite el paso de las personas. Subimos la cuesta hacia la pista principal que da entrada a la finca de Torneula, con la valla a nuestra derecha. En la pista, nuevamente una verja y un paso estrecho para personas. Y además, señales que prohíben la recogida de setas sin autorización y declinando toda responsabilidad en caso de incidentes con el ganado.

Estamos en el Serrat de les Tombes. La gente del lugar hablaba de tumbas excavadas en la roca, de ahí su nombre. Sin embargo, hace unos 20 años se descubrió una que estaba intacta. Pep llevó a Marta cuando aún era niña para ver la excavación (todavía se acuerda, tanto le impresionó ver los huesos). Para evitar el espolio, se volvió a tapar con tierra una vez finalizada la excavación. Ahora marcamos con el GPS su localización y 4 túmulos sospechosos más. 

Volvemos a la valla. La última vez que estuve aquí (mucho antes del blog), no había nada de eso. “¿Qué pasó aquí?”, pregunto a Pep. “Hubo un problema con unos boletaires hace un par de años y el propietario tuvo que matar una vaca”, contesta. Me viene a la memoria el reportaje en la prensa local. Una mujer con un perro suelto se interpuso entre una vaca y su cría. Las vacas son muy protectoras de sus terneras y se puso muy agresiva. Cuando llegaron los agentes rurales, la vaca todavía estaba muy nerviosa. Como todavía había mucha gente urbanita pululando por allí, no vieron posibilidades de garantizar a la vaca la tranquilidad necesaria para serenarse y, temiendo otro incidente, obligaron al propietario a disparar a la vaca, matándola.  


Lo que hace un propietario escarmentado

No sé cuánto le costó al propietario vallar toda su finca pero seguro que no fue barato. Y, pensando mal, no me sorprendería que la persona que protagonizó el incidente volviera a casa convencida de que había tenido la mala suerte de topar con una vaca asesina.

Mientras caminamos de vuelta por la pista hacia el Pantano, me entretengo con pensamientos lúgubres sobre nuestra desconexión de la vida rural. Pep quiere comer en las ruinas de Casanova de Foubes pero sale de la pista demasiado pronto y hacemos un círculo enorme – que seguro que añade un par de kilómetros más a la salida – antes de volver a la pista exactamente en el mismo punto donde lo dejamos.

La segunda vez, lo acierta y llegamos por una pista antigua a la casa. Por fin, parece que el día se va a despejar y se ven pequeños trozos de cielo azul. Mientras comemos, pregunto a Marta porqué, contra todo pronóstico, decidió seguir las huellas de su padre y estudiar historia. “Me gustaban los romanos”, contesta escuetamente. Evidentemente, no ha visto ‘Gladiator’; eran todos unos psicópatas.

Casanova de Foubes

Antes de volver al coche, Pep todavía tiene tiempo para recorrer un fragmento del antiguo camí ral de Espunyola a Capolat que ha sobrevivido. En el coche, me confiesa que no ha podido cubrir todos los objetivos que había previsto; resuelvo hablar con él antes de la próxima salida.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,2 km; 300 metros de desnivel acumulado.