Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



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martes, 17 de enero de 2017

2/12/2016 – La Vía del Nicolau y los caminos de Quer

La semana siguiente, no salí. Dije a Pep y Carles que tenía mucho trabajo pero otro factor de peso fue el pronóstico de mucho frío. Pep y Carles sí que salieron y volvieron a los mismos bosques, centrándose más en la zona de Quer y Matallops.

Hoy, Pep quería volver una última vez. Sigue haciendo frío y estoy convaleciente de otro resfriado pero decido arriesgarme. Además, del track que me enviaron, vi que aún no habían resuelto ese camino que vi a la derecha bajando desde el Roc dels Quatre Batlles con mi hermana y hoy, Pep me promete que todo quedará aclarado.

Pero lo primero es visitar Cal Cabrit. Una casa en ruinas encima de la Vía del Nicolau. El 4/3/2011, Pep y yo recorrimos la parte superior de la Vía de Nicolau, un antiguo ferrocarril, desde Bagà hasta el Pont de l’Avellanet pero la parte inferior, la desconocía totalmente.

Aparcamos el coche en la carretera que va a la Font de la Vinya Vella con una temperatura de -5ºC. Después de visitar las ruinas de la casa, seguimos el trazado de la Vía hasta la entrada de Guardiola. Hay un tramo que no está asfaltado y, la verdad, tiene su encanto y, en primavera, seguro que mucho más.


La Vía del Nicolau entre Bagà y Guardiola

Volvemos a subir al coche y aparcamos bajo la casa de Matallops y subimos la pista que va a la casa de Quer. Debajo de la casa nos desviamos al Torrent de Turbians y pasamos un par de horas sin ver el sol, subiendo y bajando y atando todos los cabos que nos quedan.

Con la satisfacción de haber cumplido nuestra misión, ponemos rumbo nuevamente hacia la casa de Quer donde nos espera el sol. Subimos hacia el camino del Coll de Turbians. Allí, unos 300 metros del camino han sido convertidos en pista, hasta un pequeño afloramiento rocoso que, me imagino, marca el límite de la propiedad de la casa. Al lado, un tubo grueso de goma que trae el agua de la fuente en el fondo del valle. Hace bastante tiempo que no vengo por aquí pero estoy seguro de que antes no  había la pista. ¿Cómo es que la pista se queda aquí y no llega hasta la fuente, ya que ésta parece ser su finalidad? ¿Por falta de permisos? Y ¿por qué entonces se destrozaron gratuitamente 300 metros de camino, sabiendo que la pista quedaría parada en esas rocas?

Son preguntas que no podremos contestar aquí y decido dejarlo correr. Caminamos hasta el afloramiento, donde empieza el camino original y comemos, mirando la cuesta sumida en la sombra que hemos dedicado las últimas semanas a explorar. Mirando este bosque de aspecto anónimo, ¿quién diría que allí dentro hay tantos caminos, incluyendo los grandes ejes que suben desde Guardiola, Bagà y las casas aisladas para pasar la sierra y llegar a Gisclareny? A esos caminos, habría que añadir los secundarios a las fuentes y luego diversas capas de caminos y pistas forestales de distintas épocas. Un auténtico laberinto.

Desentrañando el laberinto

El sol se esconde detrás de la Carena de la Baga y la temperatura baja 5ºC de golpe. Nos levantamos y seguimos el último camino que nos queda por mirar y que nos lleva en media hora directamente al coche. Volviendo en el coche hacia Guardiola por la pista, pasamos por el Coll de la Sala y la entrada del camino donde todo empezó hace 3 semanas. Allí se ve claramente que ha sido usado para bajar troncos y ha pasado a tener un par de metros de ancho, con ramas en el suelo y las marcas de los troncos arrastrados en la tierra. “Tu camino ya es historia”, me dice Pep estoicamente.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9 km; 470 metros de desnivel acumulado.

18/11/2016 – Mas Florit

Hoy, Carles está en la cama con fiebre. La semana pasada, Pep había visto caminos que bajaban hacia Guardiola y Bagà y decidió dedicar hoy a aclarar este tema. También en el mapa del Alpina hay el topónimo Mas Florit pero no indica ningún edificio.
  
Cal Graners; detrás el Moixeró y Tosa d'Alp

Aparcamos en la bifurcación de pistas para al Coll de Turbians. A partir de aquí, siguen un bajar y subir y volver a bajar con una tendencia general de norte a sur que nos permite descifrar una red que salía de Bagà y las casas en la ribera derecha del Bastareny y que apuntaba hacia el paso del Roc dels Quatre Batlles y el Coll de Turbians.

Sube la niebla mirando hacia el este

No voy a aburrir al lector con una descripción pormenorizada de una salida eminentemente académica. Mas Florit, no lo encontramos, tan solo una pila de piedras en una esquina de un llano que podría haber sido una casa. Y un detalle gastronómico: un manzano al borde de un campo con unas manzanas ecológicas aún en perfecto estado y de las que dimos buena cuenta. Y al final, 200 metros de desnivel de propina para tener en el GPS un camino ya conocido que subía desde Bagà hacia la Collada de la Font de la Paleta.

Aquí se ve claramente la línea del camino entre dos muros. El manzano estaba al final, casi tocando el bosque

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,5 km; 560 metros de desnivel acumulado.

sábado, 24 de diciembre de 2016

11/11/2016 – Regreso al Bac Extremer

Ha cambiado el tiempo y tenemos que bajar de altura. Sin embargo, Pep considera que aún es pronto para bajar al Baix Berguedà. En el Mikado, afrontamos nuevamente la eterna pregunta: ¿Dónde vamos? De repente, me acuerdo de una espina que lleva un año clavado. El 20 de noviembre del año pasado, fuimos al Coll de la Sala, detrás del Monasterio de Sant Llorenç de prop Bagà, y Pep no me dejó subir un camino que seguro que iba a algún sitio. Y arriba, encontramos otro camino que surgió de la nada para pasar el Serrat de les Hores y nunca averiguamos su punto de origen.

“Ha llegado la hora de ver qué pasa en esa cuesta”, les digo con convicción a Pep y Carles. Aparcamos en la pista, encima de la casa del Vilar y nos plantamos nuevamente  en el Coll de la Sala. No parece haber cambiado mucho desde el año pasado. Subimos primero el camino de bajar troncos y luego vemos el otro que marcha a la derecha. Como la idea era mía, Pep me hace pasar delante y él ocupa mi puesto atrás.

El camino sube con pendiente constante en diagonal hacia el noroeste. Parece que lo limpian los cazadores de vez en cuando. Aunque se ven marcas del paso de troncos, hay indicios más que suficientes de que se trata de un camino importante y todo indica que va hacia el Coll de Turbians.

A lo lejos se oye el ruido de una motosierra. Apartando el boj, me siento como un rompehielos que aparta el hielo con una elegancia poderosa para abrir un paso. De repente, se oye una voz desde atrás que rompe la magia del momento: “Ya están cortando arriba y vamos directamente hacia ellos. Suerte si no nos cae un árbol encima. Como mínimo, no podremos pasar por las ramas. Y el resto del camino estará destrozado por una pista asquerosa llena de fango”. Miro hacia atrás extrañado; es como si estuviera oyendo a mí mismo. ¿Qué influencia maléfica tendría eso de ir el último, me pregunto, que lo más natural parece ser quejarse?.

Pero Pep tiene razón. Al final, las ramas nos obstaculizan el camino y, con cierta dificultad, salimos a una pista nueva llena de fango. Imposible continuar: aparte de que el camino ya no se ve, iremos directamente hacia la motosierra y el crujir de los árboles que caen.

La pista nueva

Resbalando en el barro, llegamos a la pista principal y subimos hasta la Collada de la Font de la Paleta. Pep propone seguir la pista hasta Coll de Turbians, a ver si encontramos alguna otra cosa. Estudio mis mapas. Estamos casi a la misma altura que el camino que viene del Serrat de les Hores. Señalo un camino para bajar troncos que sube la cuesta, parte de la Xarxa Lenta y que va al Roc dels Quatre Batlles: “Por aquí se tendría que ver un camino que marcha a la izquierda en algún punto. Probémoslo”.

Subimos una pendiente. Alguna curva que se aparta de la línea recta muestra que se abrió sobre un camino anterior. Pep y Carles ya están unos 20 metros por delante mío, hablando de castillos y dominios y no han visto lo que veo yo: Un sendero tenue que marcha a la izquierda. Les llamo y lo seguimos. Lleva a lo que había sido una fuente importante y ahora es un lodazal. A partir de aquí, el camino dobla su anchura y continúa subiendo con ligera pendiente.

El camino del Serrat de les Hores

A Pep de repente se le hace la luz. “Este camino no viene de abajo sino de arriba; es para bajar. Por aquí traerían los animales desde las pasturas del Tossal para beber agua”. Seguimos subiendo y finalmente enlazamos con el tramo que encontramos el año pasado. Tot aclarit. Y damos la vuelta.

Mirando hacia el norte antes de llegar al Roc de Quatre Batlles. Al fondo, Tosa d'Alp y Puigllançada, abajo, Bagà

Al llegar otra vez al punto de inicio del camino, seguimos subiendo hacia el Roc de Quatre Batlles. 200 metros más de desnivel que había olvidado desde la última vez que subimos. Pasamos la cresta hacia la cara sur y buscamos un sitio para almorzar.

El camino de la solana hacia Rocadecans

Aparte de las fraguas, Pep ha sido requerido en varias ocasiones para dar charlas sobre temas variados. Una vez, habló sobre los maestros de la escuela pública de Gironella en la Segunda República. Otra vez, era sobre la minería del carbón como introducción a una película que se proyectaba en Gironella. Está claro que Pep ha adquirido un bagaje de conocimientos muy amplio en los últimos años y, mientras comemos con vistas a todo el municipio de Vallcebre, nos entretenemos a enumerar todos los temas sobre los que Pep podría hablar. “¿La neolítica del Berguedà?”. “Evidentemente”, dice Pep. “¿Las carboneras del Catllaràs?”. “Una por una”. “¿Las baumas (o cuevas)?” “¿Cuántas quieres?”. “¿Los puentes del Llobregat?” “En 30 minutos, tengo el Powerpoint a punto”. “¿Los castillos?”. “Con sus términos”. Y así seguimos durante unos cuantos minutos.

 Vista hacia el sur, con una panorámica de Vallcebre

Y hacia el oeste, con Pedraforca

Pero por fin es hora de ponernos en marcha otra vez. Bajamos un camino que va hacia El Quer. Hace unos cuantos años (igual unos 10 años), habíamos hecho una salida con mi hermana por ambos caras de esta sierra y habíamos encontrado este camino, tapado pero auténtico. Ya casi abajo, habíamos dejado un camino que iba hacia la derecha y, ya que estamos por aquí, sería interesante saber adónde iba. 

Para asegurarse de no equivocarse, Pep me coge los mapas. El camino cruza la pista que va al Coll de Turbians y continúa al otro lado. Pero aquí Pep y Carles, enfrascados en una nueva discusión sobre castillos, se equivocan y van hacia la derecha en vez de hacia la izquierda y acabamos en una ‘artiga’ (ver Glosario) que ya conocíamos y sin camino. Cuando nos damos cuenta, es demasiado tarde para volver atrás. “Ahora no lo sabremos nunca”, pienso con tristeza. “No creo que volvamos por aquí nunca más”.

La casa de Quer. A la izquierda, Roca Tiraval

Bajamos como podemos hasta la pista, la misma que va al Coll de Turbians pero más abajo. De camino hacia el coche, Pep ve más caminos que pueden llevar a lugares interesantes. “Aquí hay para un par de salidas más”, concluye.

En la Font de la Vinya Vella, una cesta llena de ‘fredolics’ yace abandonada sobre una de las mesas de piedra. El lugar está totalmente desierto. Nos miramos: ¿nos la llevamos o no? Con cierto esfuerzo, resistimos la tentación y seguimos por la pista. Y menos mal: no pasan dos minutos que vemos a dos hombres de mediana edad que vienen caminando a toda prisa hacia nosotros con expresiones visibles de ansiedad en los rostros, seguramente para recuperar el tesoro que habían olvidado. 

El valle del Llobregat con el sol de la tarde. Se ve la casa del Vilar

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,4 km; 620 metros de desnivel acumulado.

martes, 18 de octubre de 2016

7/10/2016 – La mina de hierro de Coll de Jou

Resulta que Pep ha encontrado otro documento en el Archivo de la Corona de Aragón sobre una explotación de hierro en el Coll de Jou y lo tiene que averiguar in situ y tiene que ser hoy.

Hace 5 años que no subo por ese camino y tiene un desnivel muy respetable. Intento mirar el lado positivo: será una buena prueba para ver cómo voy llevando los 60 años.

Aparcamos en una pequeña explanada en la curva de la carretera a Coll de Pal, debajo de la casa de Hospitalet. Desde que estuvimos aquí la última vez, han cambiado el tejado, sustituyendo las tejas rojas por otras negras que parecen hechas de pizarra. En el Valle de Arán, sería lo más habitual pero aquí desentona bastante. Igual que hace 5 años, una multitud de perros, atados en puntos estratégicos para que nadie se desvíe del camino, ladran a nuestro paso.

La casa de Hospitalet con su nuevo tejado

Y empezamos a subir. Es una ruta clásica del excursionismo, un camino milenario y una de las joyas del Parque de Cadí-Moixeró. De hecho, más que un camino, es una obra de arte. Mirando los peñascos desde la carretera, parece imposible que pudiera haber un camino que lleva hasta arriba de todo, pero allí está. Con múltiples curvas, va superando todos los obstáculos con suma maestría y elegancia.

Para la descripción, os remito a la salida del 15/7/2011 que complemento con una pequeña selección de fotos actuales.

Subiendo a la casa de Claper

La casa de Claper

El cielo de la mañana con Les Montanyetes y el Serrat Gran

La vista hacia Ensija

Llegando a la Roca Sança

Seguimos subiendo

Entre Roca Sança y Coll de Deogràcies

Llegamos arriba al Coll de Deogràcies; 730 metros de desnivel y no me ha dolido nada. Allí Pep y Carles comen un plátano y hablamos de temas de sostenibilidad y economía circular. A mí no me gustan los plátanos y los bocadillos los guardo para luego. Un poco más tarde, descubriré que fue un error.

El Coll de Deogràcies

Hacemos la corta distancia que nos separa del Coll de Jou y Pep y Carles empiezan a hacer una batida. Cerca del poste indicador del Coll, Pep encuentra un trozo de mineral de hierro y al lado, un pequeño hoyo.

El poste indicador del Coll de Jou

Mirando hacia La Cerdanya y el Pirineo

Resulta que en 1599, subió desde el pueblo de Urús en Cerdanya una pequeña comitiva para tomar posesión de la mina y autorizar su explotación. Fueron al menos 7 personas: el Delegado del Procurador Real de la Cerdanya, el Procurador del Señor de Gaspar de Vilanova y Perves (propietario de la zona), el descubridor del mineral, dos testigos, el alcalde de Urús y un notario. Hacemos un pequeño viaje en el tiempo. Hoy subimos con ropa ligera, hecha con materiales técnicos: camisetas que dejan evaporar el sudor, chaquetas y botas con Goretex que impiden la entrada del frío y del agua, pantalones con Windstop para que no pase el viento.

En aquel tiempo, con las exuberancias vestimentarias de la Edad de Oro española, no había nada de eso y, aunque hubieran subido a lomo de mulas, no creo que fueran acostumbrados a entornos de alta montaña. Tiene que haber sido algo digno de ver, todas esas autoridades agrupadas alrededor de una roca de color rojizo en medio de la nada. Y luego, cuando se llevó el mineral a la fragua, el maestro herrero lo rechazó por inadecuado y no rentable y la explotación fue abandonada. Mucho gasto para nada, pienso, como esos aeropuertos sin aviones o pasajeros en dominios antiguos o actuales del PP.

Cuando alzamos la vista del suelo, vemos pasar un quebrantahuesos casi a tocar, que luego sube para reunirse con un grupo de unos 30 buitres que están dando vueltas en el cielo. Algo han encontrado.

Con la energía del plátano, Pep quiere mirar si hay más explotaciones y caminamos por el sendero de la cresta hacia Penyes Altes. Pero esa energía yo no la tengo y cuando empieza una nueva subida, no tardo en quejarme. Y así vamos hasta que Pep se cansa de oírme y nos paramos para almorzar en lo alto de un pequeño cerro con vistas que abarcan todas las montañas hacia el sur. Una Vanessa atalanta (una mariposa muy vistosa) va patrullando las rocas delante nuestro, ahora a la derecha, ahora a la izquierda, sin parar y por motivos que desconocemos. ¿Qué va a defender si aquí está sola?

Vanessa (foto de Dolors Agustí)

Desde donde comemos, Pep divisa una roca de color rojizo hacia abajo y decide que hay que explorarlo. Hacemos un descenso precario sin sacar nada en claro y luego un flanqueo igual de precario hasta volver otra vez al camino.

La vista desde nuestro comedor, con Pedraforca y Ensija en el fondo. Penyes Altes es el pico de forma triangular a la derecha

A partir de aquí, iniciamos el largo descenso, disfrutando de los colores, el aire cálido y las vistas. En Claper, en vez de continuar hacia la casa de Hospitalet, Pep gira hacia la izquierda por el camino señalizado que se adentra en el valle y probablemente era el camino usado por los de Claper para llegar a la casa y actual refugio de Rebost.

El camino de Claper hacia el fondo del valle

Al llegar a la pista que sigue el fondo del valle, tomamos nota de un cargador perdido en la vegetación que también era la estación final de un teleférico que bajaba barita desde la mina en la Collada de la Bòfia. Desde aquí, se cargaba en camiones que luego llevaban el mineral a Bagà.

Bajando por la pista hacia el coche, vamos comentando la salida. “Estas rutas clásicas las hemos hecho tantas veces que, sin algún incentivo, no las haríamos”, concluye Pep. “Pero luego, cuando las haces, te das cuenta otra vez de lo majas que son”.

Bajando la pista hacia el coche


Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 11,6 km; 930 metros de desnivel acumulado.

viernes, 23 de octubre de 2015

28/8/2015 – El término municipal de Bagà – 5ª parte (Cortils)

He conseguido retrasar la salida 20 minutos, tiempo suficiente para tomar un café en el bar de la gasolinera en frente. Tengo los dedos cruzados para que obre su magia porque sé que hoy será otra salida exigente. Recordando una vez hace muchos años que quedé agarrotado por falta de sal, he comprado una botella de Aquarius para traer además del agua. Los acontecimientos demostrarán que fue un error.

Aparcamos en el Collell. Por lo menos, no habrá que hacer esa pista interminable, pienso. Iniciamos la subida hacia el norte y no tardamos en dejar las marcas de los Cavalls del Vent para desviarnos hacia el noroeste. En un pequeño llano, hay una especie de portal marcado con pequeños montículos de piedras que permite bajar hasta el Clot dels Cortils, un estrecho desfiladero que sube hacia las zonas de pastura de los Cortils. Calibro mis fuerzas: mucho mejor. Parece que el café fue todo un acierto.

El paso que permite acceder al Clot de Cortils

Pero antes de llegar a los prados, iniciamos una subida sin camino hacia el norte, buscando esa muesca que Pep nos mostró la semana pasada. 

El valle de Cortils, con sus interesantes formaciones rocosas

Cuando llegamos allí, se ve que más que una muesca, es una especie de brecha, bastante amplia: el Portell del Mig de la Costa Cabirolera según el documento que Pep tiene en la mano. Pep y Carles buscan cruces pero sin éxito e iniciamos un flanqueo por una cuesta árida, siguiendo caminos de rebeco, hasta llegar a otro collado.

 El famoso Portell del Mig de la Costa Cabirolera

Y el camino de rebecos que se ve después

Pasado el collado, el terreno cambia como de la noche al día. Ahora es una cuesta suave, donde crece una hierba frondosa que seguramente en primavera estará llena de flores, y las piedras, en vez de obstaculizar, proporcionan una base segura y plana desde la cual dar el paso siguiente. Qué bien haber venido aquí, pienso. Si el resto es así, habrá valido la pena. Pep y Carles caminan más abajo, en el límite del prado con las rocas, buscando infructuosamente unas cruces que probablemente se borraron hace siglos al cambiar el dibujo de las propiedades municipales.

Entramos en un terreno más amable

Llegamos a una canal, la Canal del Cristall de Josa. Se acabó el flanqueo agradable y bajamos una cuesta pedregosa, cruzamos el lecho del torrente seco y subimos al otro lado sin grandes problemas. Pero bajar a la Canal del Moscard no va a ser tan fácil. Sorteando precipicios, Pep busca un paso precario y empinado que sólo él sabe encontrar. Yo, en mi posición habitual al final, le sigo ansiosamente, procurando no perder de vista el azul oscuro de su camiseta. Al final, llegamos abajo y miro para arriba: todo son rocas y saltos, excepto donde hemos bajado nosotros.

Por donde bajamos

“Estuve mirando la ruta ayer en Google Earth”, explica Pep, desde la seguridad del fondo de la canal, “y ya vi que aquí habría problemas”. “¿Y nos lo dices ahora?”, protesto. “Si te lo hubiera dicho arriba, habría sido peor. Tendrías que estarme agradecido”, contesta. Y mientras baja un poco más con Carles para inspeccionar una ‘pleta’ y una ‘bauma’ o pequeña cueva, me manda arriba. “Hemos bajado unos 150 metros. Ahora tenemos que recuperarlos y subir 400 más”, me dice mientras se alejan.

Subiendo solo por el lecho del torrente seco, esos metros se hacen cada vez más pesados. El valle se ensancha y se convierte en un prado con una zona llana que seguramente había sido una pleta. Para darme fuerzas, bebo la mitad del Aquarius y como un poco en la exigua sombra de una roca. Pero en vez de darme fuerzas, me da sed y empiezo a mirar con preocupación el nivel de mi botella de agua.

El valle vuelve a estrecharse y gira hacia la derecha pero no veo más montañas detrás. Igual estamos llegando arriba y no son tantos metros como dice Pep. En eso me atrapan Pep y Carles. El valle se vuelve a ensanchar en la forma típica de una morena glaciar y veo que todavía faltan al menos 250 metros. Eso va a ser muy duro, pienso. Y Pep y Carles todavía parecen tener energía de sobras. “¿No hiciste 1.200 metros de desnivel con Josep Mª allí en Francia?”, me pregunta Pep, extrañado. “Sí”, contesto, “pero empezamos a 800 metros, no 1.800 metros, y había sombra”.

 Entramos en una morena inacabable. Arriba, la línea que marca la cresta del Cadí

Empezamos a subir hacia el Puig de la Canal del Cristall. Aún faltaban 80 metros de desnivel

Todavía subiendo, con la silueta omnipresente del Pedraforca

Pep propone comer en la Font del Cristall, ya que, al estar colgada sobre la cara norte del Cadí, habrá sombra. Mientras vamos subiendo, explica que ya no tiene agua, víctima del cambio climático, no porque se haya secado sino porque su lecho de hielo se ha fundido, al menos en verano, y ya no forma una base impermeable.

Nos acercamos a la Canal del Cristall

Por fin, llegamos arriba. Tengo la sensación de estar en un lugar hostil. La cara norte son precipicios, formados por una roca erosionada, quebradiza, traidora. “¿Por qué quiere la gente venir aquí?”, me pregunto. Llegamos al camino de la Canal del Cristall que baja al Prat del Cadí. Nunca he sentido la tentación de subirlo desde el Prat y ver sus inicios aquí, casi verticales, con una piedra fina, resbaladiza, me doy cuenta que mi primera impresión era la buena y me alejo del borde.

El lado oeste de la Canal del Cristall, un paraíso para los geólogos pero yo solo veo un paisaje áspero, casi lunar

Pep señala una roca cercana, indicando que por aquí se va a la fuente. Doy la vuelta para tomar una última foto y cuando me vuelvo a girar, han desaparecido. Veo la cruz pintada en la roca y sé que es por allí pero he oído cosas espeluznantes de esa fuente, metida en una pequeña cueva al borde del precipicio con una caída libre de casi 500 metros y, con lo cansado que estoy, no voy por allí solo.

Me siento en la roca con la cruz pintada. Saco el móvil para llamarles pero con tanto sol, no consigo ver la pantalla. “Bueno, es igual”, pienso. “Si quieren comer allí, que coman. Yo les espero aquí”. Al cabo de 10 minutos, Pep vuelve a salir, visiblemente enfadado. “¿Qué haces aquí?”, me pregunta. “Desaparecisteis y, solo, no me fío de mis piernas con tanto precipicio. He oído muchas cosas de esa fuente”, contesto. “Pero si te estábamos esperando a 20 metros de aquí. Te estábamos llamando. ¿No nos oías?”. “No. Pero es igual. Ahora podemos ir”, y me levanto. En eso también sale Carles. “Ahora no”, dice Pep, irritado. “Demasiado tarde”. Y se aleja a toda prisa por el GR que va bordeando la cresta.

Carles, conciliador, se queda conmigo y así vamos hasta el Pas del Cabirol. Sin contar la brecha que pasamos abajo, es el único paso que conecta la parte oriental y occidental del Cadí. Buscamos un lugar de sombra para comer y contemplamos la bajada y el prado debajo. Es un paso empinado, con zigzags cerrados, hecho de esa misma gravilla traidora y resbaladiza que el resto del Cadí.

El valle que nos va a llevar a la Font dels Cortils, desde el Pas del Cabirol

Después de comer, me queda poca agua y todavía está haciendo efecto la sal del Aquarius. “Pasaremos por la Font dels Cortils, ¿verdad?”, pregunto a Pep. “Sí”, contesta escuetamente, todavía no repuesto de su enfado.

Iniciamos el descenso, poniendo los cuádriceps a prueba y buscando el paso más firme. Cuando llegamos abajo, Pep ha recuperado su buen humor y señala un estrecho pasillo vertical a la izquierda del paso que hemos bajado nosotros. “La primera vez que vine aquí, no había postes ni pintura y los mapas del Alpina no servían para nada. Mi compañero tampoco lo conocía y el Pas del Cabirol, desde aquí parecía que acababa en la roca. Pero como veíamos que por allí [la canal], se llegaba arriba, pensábamos que era el camino. Sólo fue cuando llegamos arriba que vimos que había otro paso”.

 El falso Pas del Cabirol

Y el camino que lleva al verdadero

Iniciamos el descenso hacia Els Cortils, por fin por un camino decente. La fuente no tarda en estar a la vista, con el refugio de pastores detrás, metido en un pequeño valle que le protege del viento del norte.

Pasamos por un grupo de caballos que ni se inmutan con nuestra presencia y finalmente llegamos a la fuente. El agua es abundante, fría, deliciosa y siento cómo todas las fibras de mi cuerpo se relajan. “Es la primera vez que le veo sonreír en todo el día”, dice Carles a Pep. Los caballos también quieren beber pero esperan hasta que nos hayamos ido antes de aproximarse. Y un grupo de rebecos, arriba en las rocas, también se ponen a la cola, detrás de los caballos. Entre tanta aspereza, es un pequeño paraíso.

La Font dels Cortils

Iniciamos el camino de salida. Empieza como una subida suave pero, para cruzar la Serra Pedregosa, da un giro y sube con fuerte pendiente, buscando un paso entre las rocas, con esa misma gravilla asquerosa que hace que la subida sea el doble de dura. 

El paso para salir dels Cortils

Pero, con un último esfuerzo, llego arriba y bajamos a la pista de Prat Llong y entramos en el Prat Socarrat. Un rebaño de ovejas sale a nuestro encuentro, y detrás un viejo pastor y sus dos perros. Pep aprovecha para repasar los topónimos que salen en su documento. Algunos los conoce como vigentes, otros los ha oído decir a su padre o abuelo y otros no le suenan a nada. “Cuando se muera este señor, sólo quedarán los nombres que están en los mapas del Alpina”, pienso mientras seguimos bajando por la pista.

Caminando entre ovejas

Cuando llego al coche, soy consciente de haber tocado mis límites. No me veo volviendo al Cadí.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 17,4 km; 1.250 metros de desnivel acumulado.

domingo, 27 de septiembre de 2015

7/8/2015 – El término municipal de Bagà – 3ª parte (Tosa d’Alp)

El día antes, había quedado para tomar un café con Josep Mª. “¿Estás libre mañana?”, le había preguntado. Resultaba que sí y le apetecía venir, a pesar de advertirle que últimamente sólo buscamos postes.

En el transcurso del café, también le hablé de otro proyecto mío que se iba postergando año tras año, Les Gorges de Carança. Es una excursión larga, exigente y, sobre todo, obliga a madrugar o pasar la noche antes fuera de casa. “Pues el domingo vamos allá”, me dijo. “A las 6 te vengo a buscar”.

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Henos aquí una vez más en el Coll de Pal. Ahora se trata de buscar el límite municipal que sube al lado de la pequeña estación de esquí hasta la cima de Tosa d’Alp. Pep luce un nuevo gorro al estilo de Van Damme en la Legión Extranjera, un regalo de cumpleaños, nos confesará. Caminamos hacia el norte, bajando hacia el fondo del valle. Con nuestra perspectiva, se ve perfectamente su origen glaciar y Pep, al tener a alguien diferente con quien hablar, se prodiga en explicaciones. Desde mi posición habitual detrás, me llegan palabras sueltas, “lago colmatado”, “búnquers”, “derechos de pastura”, “cruces” y “postes”. Pero también tengo los ojos puestos en una pareja de águilas que planean sobre nuestras cabezas. El calor persistente ha cambiado el color de la hierba, un verde amarillo bastante atractivo, diferente del amarillo de la sequía pertinaz.

Aquí se ve perfectamente la forma lacustre del valle

Llegamos abajo a la altura de la estación de esquí y ahora toca subir, porque resulta que el límite sube por la cresta y así lo atestiguan los postes de granito. Es una subida ingrata, con un desvío hacia el corral moderno de Comabella, construido al lado de la pleta antigua, que se ve claramente desde nuestra atalaya. Allí Pep señala las rocas atrás y explica la costumbre de las ovejas de buscar sombra entre las rocas, a veces metiéndose en lugares realmente precarios, donde sólo hay sombra para la cabeza (de allí el nombre de estos lugares en catalán, “amorriador”).

Pep inicia a Josep Mª en los misterios de los postes

De repente, un destello de luz me ciega. Es la cabeza de Josep Mª, que nunca se pone gorro sino que cubre la calva con un protector solar en spray y cuyas gotas reflejan los rayos del sol. La verdad, teniendo tan poco pelo, no entiendo porqué no se pone un gorro. No quiero pensar qué cosas habrá creciendo allí dentro de 30 años.

Finalmente, la pendiente se suaviza y se ven las instalaciones de esquí de La Molina. Subimos a un pequeño cerro para documentar otro poste y allí nos cubre una nube de insectos que se nos meten por todas partes. Son hormigas voladoras que precisamente han escogido ese lugar para concentrarse. En la pista de tierra, se ven familias que pasean, aprovechando la telecabina para subir al refugio.

El refugio a la vista

Un último esfuerzo y llegamos al punto geodésico, con su correspondiente poste al lado. Pep señala una zona de sombra abajo, cerca del camino que va a Coll de Jou. “Ahí está nuestro amorriador para almorzar”, dice. Pero yo he visto que el refugio está en plena actividad. No puedo dejar pasar la oportunidad de reponer cafeína y me separo del grupo para tomar un cortado. La verdad, he probado mejores pero a 2.500 metros, uno hace lo que puede.

La cicatriz de antiguas explotaciones mineras

Cuando llego al lugar del almuerzo, ya están todos instalados. Miro a mi alrededor. “Ahora empezará a dar vueltas como un perro buscando donde sentarse”, dice Pep a los demás. Miro a la izquierda, a la derecha, giro para mirar atrás. “Luego dirá que hemos cogido los mejores sitios”, continúa Pep. “¿Cómo es que nunca quedan sitios para sentarse cuando llego yo”, me quejo. Pep mira a los otros dos. “¿Lo veis? Le conozco mejor que a mi mujer”, dice. Pero por fin encuentro un sitio y me siento, contemplando a los senderistas haciendo la etapa de hoy de los Cavalls del Vent, una ruta de trekking que recorre los refugios del Parque de Cadí-Moixeró.

Después de comer, continuamos hacia la antigua cabaña de los mineros en la cara sur de Tosa d’Alp. El camino parece bastante abandonado desde la última vez que estuvimos aquí. Es un camino bastante precario, igual alguien tuvo un susto o vértigo y corrió la voz. O el libro donde está la ruta cayó en el olvido. De todos modos, me alegro por los rebecos.

Rebecos, madre y cría

Vista de Comafloriu y la cresta de los Rocs de Canells

Llegamos a Comafloriu. Con esta hierba larga y amarillenta, parecen las prairies del Oeste americano, pero con vacas en lugar de bisontes. Bajando hacia el coche, nos asomamos a una cresta. Allí hay un grupo grande de ovejas, algunas en una antigua pleta, otras buscando sombra entre las rocas, tal como explicó Pep esta mañana, y el pastor con dos perros bajo un paraguas enorme a cierta distancia. No parece tan diferente de cuando Pierre Maury, uno de los últimos cátaros, venía de Montaillou a principios del siglo XIV para cuidar ovejas en el Coll de Pal.

Ovejas buscando la sombra

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 11,8 km; 570 metros de desnivel acumulado.