Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



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jueves, 14 de septiembre de 2023

8/9/2023 – Engañado en Puigventós

Nosotros también somos víctimas del cambio climático y durante dos meses, nos hemos quedado encerrados en casa, esperando temperaturas más frescas. Cuando por fin nos vemos otra vez en el Mikado, Jaume ya no puede venir ya que sus clientes están empezando a reclamar sus luces navideñas. Por su parte, Pol ha cambiado de colegio y por fin, podrá disfrutar de un día libre durante la semana, el lunes.

Reunidos los tres para iniciar el curso escolar, surge la pregunta eterna: ¿Dónde vamos? Tras algunos titubeos, Carles menciona que fue a la zona de Puigventós en una salida familiar y vio algunas cosas curiosas. “Que no se hable más”, dice Pep. Vuelvo a casa a buscar los mapas y ponemos rumbo a los Rasos de Peguera.

Aparcamos en la carretera debajo de la casa de Puigventós, dedicada al turismo rural. Su dueño también ha señalado algunas rutas de senderismo, con el Cim d’Estela como destino estrella. Al lado de un campo, hay una trumfera restaurada y señalada y otra no señalada, que es solo un hueco en la tierra. Subimos por los campos y entramos en el bosque, donde se ha habilitado una zona de juegos para niños en un claro, con casa de Ricitos de Oro incluida.

La trumfera

Y la casa en el bosque

Aquí, Carles nos muestra un camino que siguió de bajada con su familia (la subida la hizo por la pista) y que era el camino antiguo para subir al Col d’Estela. Está marcado con pintura verde y naranja, seguramente mucho antes de que el senderismo fuera un tema de interés institucional. Pep abre mi mapa y ¡oh sorpresa!, el inicio está marcado. No tengo recuerdos claros pero debe datar de alguna salida solitaria y temerosa que hice cuando aún era joven y guapo. “Steve venía con miedo pero hizo cosas”, concede Pep, disimulando su admiración.

Subimos con un gradiente constante. El camino es claro y está bien cuidado. Salimos a la pista delante de un bebedero seco para ganado, identificado como Font de la Balma de Puigventós. Por un camino menos claro, seguimos subiendo, pasando por la Balma y el origen del bebedero, también seco. Luego una carbonera en la pista y la Font del Pastor Sebastià, también seca. Subiendo con Pep le ha dado una nueva visión de esta cuesta, confiesa Carles, ya que hemos seguido un trayecto que no pudo con su familia.

Una de las fuentes secas

Llegamos al Coll d’Estela. Van pasando parejas rumbo al Cim d’Estela desde el otro lado, desde Corbera. Pero lo que Carles quería mostrar a Pep era un pequeño túmulo. Veo una pequeña elevación de hierba con piedras semi-enterradas que parecen dibujar un círculo. “No sabremos si hay algo debajo hasta que se haya hecho una excavación”, dice Pep. Dudo que lo lleguemos a ver nosotros.

Aún es pronto y Pep propone mirar de enlazar con el camino del Grau del Casalot que bajamos hace unos cuantos años, en 2016. Mirando el mapa, hay una pista que sale de la zona de juego y se acerca bastante a un camino que dejamos a la izquierda en aquella bajada. La pista acaba en un depósito de agua y continúa un camino que nos deja precisamente en el punto de subida.

Vista del Cim d'Estela

“¿Qué os parece si comemos arriba?”, propone Pep. “¿Cuánto desnivel hay?”, pregunto, desconfiado. Carles abre su teléfono donde tiene un mapa bastante bueno del ICC (que ya no se puede bajar) y allí tiene marcado dónde estamos y dónde está el grau. Las curvas de nivel están en color marrón, muchas finas y de color claro y unas pocas más gordas. “A ver, las de 25 metros”, dice, y empieza a contar. “Uno, dos, tres, cuatro, … hay bastantes …cinco, seis …”. “No lo estás haciendo bien”, interrumpe Pep. “Las de 25 metros son las gordas, no las finas”. Y las cuenta. “Mira, no llegan a tres”. Y me mira fijamente como Lord Kitchener a los pobres jóvenes ingleses en la Primera Guerra Mundial. “Tú puedes subir 75 metros, ¿verdad?”, me reta. “Por supuesto”, contesto, al igual que los entusiastas reclutas de 1914, y nos ponemos en marcha hacia arriba.

Unos quince minutos después, todavía no hemos salido del bosque y no se ven por ningún sitio las rocas del grau. “Me parece que los 75 metros los hicimos hace rato”, protesto. “¿Seguro que las líneas gordas no son de 100 metros?”. “Debe quedar poco”, contesta Pep, tirando pelotas fuera, y aprieta el ritmo. La pendiente es cada vez más empinada. Lo que es una maravilla bajando es una tortura subiendo. Unos 10 minutos después, veo las rocas del grau, pero todavía hay que negociar el pasillo de roca antes de salir arriba al prado.

Mientras comemos, pido a Carles que me muestre el mapa y lo estudio con detalle. Las curvas de nivel no tienen número pero todo parece indicar que las líneas finas son de 20 metros, con 5 líneas finas entre cada línea gorda, que serían de 100 metros. “Esto no va a quedar así”, pienso, rencoroso. “Cuando llegue a casa y baje el track, veremos quién ha engañado a quién”.

Después de comer, bajamos por el prado hacia la carretera de Rasos de Peguera, “para que sea más suave”, dice Pep, conciliador. La pista que tanto le indignó en 2016 ya está medio borrada. En la carretera, salimos en la primera curva por un camino que yo desconocía y que baja por la ribera izquierda del Torrent dels Porxos.

Antes de salir otra vez en la carretera, el camino se bifurca. Hacia la izquierda, parece ir hacia nuestro camino del grau. Nosotros giramos a la derecha y salimos a la carretera encima de la casa dels Porxos. Seguramente, era el camino que usaban desde esa casa para subir a los Rasos. A partir de aquí, queda un largo trecho de carretera hasta llegar al coche.


La vista hacia el suroeste desde cerca del Coll d'Estela

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,2 km; 525 metros de desnivel acumulado.

PD. Cuando bajé el track al ordenador, medí con precisión el desnivel de la subida al grau. 220 metros.

 



miércoles, 22 de septiembre de 2021

17/9/2021 – Ultima salida a Castellar del Riu

Ha sido un largo paréntesis. Primero un mes de excavaciones, luego agosto, calor, vacaciones, mal tiempo, compromisos, y finalmente hoy, los astros se ponen de acuerdo, hace buen tiempo y estamos libres para salir.

“A partir de la semana que viene, iremos a Capolat”, me dice Pep en el Mikado. “Pol y Rosa serán encargados de catalogar el patrimonio histórico de Capolat y nosotros les acompañaremos”. Pol ya vino con nosotros a Vilosiu en marzo y Rosa es otra investigadora joven.

En realidad, Pep hizo un extenso inventario para el ayuntamiento de Capolat en la era pre-blog y tan saturado quedó de la zona que no hemos vuelto desde entonces, excepto en alguna salida aislada que hice con Carles. Pero esta vez, es un encargo oficial de la Diputación que les tocará a estos jóvenes y, claro, solo nosotros les podemos decir dónde está todo lo que necesitan saber. Hace tiempo que mis lectores reclaman un repaso serio de los caminos de Capolat y parece que, por fin, su ansía de conocimientos podrá ser satisfecha.

Pero queda el problema de la salida de hoy. Tengo marcado un inicio de camino que arranca desde el camí ral encima de Ca l’Ingla y que marcha hacia la zona de Terça. Propongo que lo seguimos, a ver si abre nuevos horizontes. Encima de Ca l’Ingla, el camí ral fue convertido en una pista que discurre un poco más al sur de la carretera asfaltada, uniéndose a la carretera debajo de Can Rabeu.

Pep accede a mi propuesta y ponemos rumbo a Castellar de Riu. Aparcamos en la carretera cerca de Can Rabeu y caminamos por una pista que cruza la cresta y se une a la pista/camí ral. Caminamos hacia el este hasta el punto donde se ensancha el pequeño valle que viene desde Campllong. Es en este punto donde arranca mi camino. Justo allí, Pep ve un camino que sale de la pista hacia el noreste y tiene toda la pinta de ser un vestigio del antiguo camí ral. Lo guardamos para la vuelta.

Cruzamos la riera y entramos en mi camino. Parece muy marcado pero desaparece cuando entra en un gran claro, desde el cual marcha una pista. Entramos en la red de pistas forestales con una tendencia hacia la casa de Terça. Ha llovido mucho en la última semana y, en la zona de umbría, empiezan a salir setas de todo tipo. Finalmente, Pep ve un rovellón del tamaño de una moneda de 1 euro pero lo deja; todavía es pronto, dice. Sin embargo, a medida que proseguimos, empezamos a ver alguno más y Pep se pone más nervioso. “Los cogeré en el camino de vuelta”, dice, aun resistiéndose a sacar la bolsa.


En la larga pista que viene desde Campllong 

Sin embargo, cuando entramos en la pista principal que va de Campllong a la carretera de Sant Llorenç de Morunys, oímos voces de personas que también están buscando setas y Pep ya no puede más. Saca la bolsa. “Nos robarán todo lo que hemos ido encontrando”, justifica. El ritmo de caminada se reduce considerablemente; las prioridades han cambiado y exigen un ritmo más pausado.

Un hombre con cesta sale del bosque y entra en la pista y otro se oye detrás; más adelante, un todoterreno aparcado y luego una señora de nuestra edad con bata de hacer labores y un perrito muy agresivo que no para de acosarnos hasta expulsarnos de sus dominios.

La casa de Terça; los escasos restos del castillo se encuentran sobre un pequeño peñasco detrás

Tomamos la pista que baja hasta la casa de Terça, todavía bastante entera, con una estructura metálica nueva para guardar las balas de forraje. Aquí giramos para ir volviendo al camí ral. Con la lluvia, ha vuelto el verdor y, con el sol, todo es muy acogedor y relajante. “Un baño de bosque”, resume Pep. Busco el término japonés en Google – shinrin-yoku.

Ya cerca del camí ral, paramos para comer en un resto de camino antiguo que debía venir hacia el camí ral desde Terça. Construido sobre una pequeña repisa encima del Torrent del Pla de Campllong, es un lugar que invita a quedarse un rato. Pep repasa su espolio; no está mal, tiene la bolsa media llena. Reclamo mi 20%. Ya no habrá más porque dentro de nada, pasaremos a la solana.

Llegados a la pista, seguimos el trozo de camino. Aún descubrimos un segundo trozo intacto más adelante, cada uno unos 150 m de largo. Ya en la carretera, seguimos un largo trozo del antiguo camino de Ca l’Ingla, que va paralelo a la carretera, unos 2 m a la izquierda.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,7 km; 170 metros de desnivel acumulado.

jueves, 19 de agosto de 2021

16/7/2021 – El camino de Can Blanc a Castellar

“La última vez que fuimos a Castellar, no hicimos lo que pensaba”, me dice Pep, mientras sorbe el café en el Mikado. “Hicimos el camino a Cal l’Ingla y el camino a la iglesia. Según la Minuta, tanto el camí ral como el camino a Castellar tienen otro trazado”.

Aparcamos en el mismo sitio. Va a hacer otro día magnífico, sin un calor excesivo. Tenemos una visión de todo el valle; detrás, Els Portxos y las montañas de Rasos de Peguera, y delante, la salida del valle en la carretera de Sant Llorenç de Morunys y, detrás, la Sierra dels Tossals. “Aquí es donde se encontraban los dominios de los Berga y los Cardona, con el castillo de Terça a la izquierda y el castillo de Terrers a la derecha, ambos dominando el camí ral de Berga”, me explica Pep. “De hecho, había mucha rivalidad entre los dos linajes, que a veces desembocaba en conflictos armados”.

Mirando hacia Rasos, hoy con más calor 

De repente, me encuentro transportado en el tiempo hasta junio de 2016. Mientras yo estaba aquejado de una tos molesta, que luego resultaría ser una bronquitis, Pep fue explicando a Carles la historia de los dos castillos en unas salidas por Llinars, en un bucle reiterativo que se fue repitiendo a lo largo de varias semanas.

Pero enseguida ponemos manos a la obra. Bajamos por la misma pista a Ca l’Ingla pero, en vez de subir por el camino una vez cruzada la riera, continuamos por la pista que desemboca en un campo enorme, recién segado. Caminamos hasta el borde del campo, donde hay un barranco ancho y profundo de roca arenisca blanda y quebradiza. Imposible que haya un camino aquí. Un poco más hacia el este, veo que el terreno se aplana y efectivamente, tras caminar unos 100 metros, vemos un camino que baja hasta el fondo del valle, unos 10 metros abajo, y luego lo cruza y sube hasta enlazar con el camino que viene de Terça hasta Ca l’Ingla. Había otro camino más abajo que marchaba hacia la izquierda pero quedó muerto en las rocas.

El barranco del Torrent de Castellar

Seguimos por el camino de Terça hasta llegar al Torrent del Pla de Campllong. Desde aquí marcha un camino a la izquierda que queda muerto en las rocas otra vez, pero alineado con el camino anterior. “El camí ral venía por aquí pero quedó cortado por un desprendimiento”, concluye Pep. 

Ca l'Ingla desde el camino de Terça

Cruzamos el torrente y vamos a la fuente de Ca l’Ingla, abandonada y muy deteriorada por los animales. “Todos estos lugares se tendrían que restaurar y hacer visitables”, dice Pep, utópicamente. “Forman parte de nuestro patrimonio y no deberían quedar así”.


El camino de la fuente

Y la fuente

Volvemos a la carretera y buscamos por dónde subir. “La última vez, giramos hacia el este desde l’Arbellera pero no teníamos altura suficiente y acabamos en la iglesia. La Minuta marca otro camino que sube más desde l’Arbellera”, explica Pep. Subimos sin camino claro hasta los campos al lado de l’Arbellera. Desde aquí, una pista sube con zigzags, que seguimos. Luego Pep intenta un flanqueo pero sin resultado, y acabamos subiendo por un camino de arrastrar troncos hasta entrar en otra pista. Después, vamos por pistas hacia la casa de Castellar y finalmente, cruzando prados. Muy relajante pero poco concluyente y, con la Casa Gran a la vista, Pep da la vuelta.

Volvemos por la misma pista pero en vez de bajar, continuamos de llano y de repente, se abre un camino delante de nosotros. Donde antes solo había confusión y oscuridad, ahora todo es luz y claridad. “Cuando todo parecía perdido, Dios ha guiado nuestros pasos”, exclamamos. Seguimos el camino hasta entrar en las pistas encima de l’Arbellera y ahora sí, podemos distinguir qué es camino, qué es pista y qué es pista sobre camino.


El camino que baja a l'Arbellera

Para comer, elegimos el mismo punto al pie del cerro de l’Arbellera, con la vista hacia la Cingla de Corba y mientras comemos, miramos los mismos buitres que van y vienen. En el prado delante, las mariposas revolotean entre las flores. Es un lugar muy solitario y bastante intacto. “Si tuviera mucho dinero”, dice Pep, pensando en voz alta, “compraría todo este valle y lo preservaría como reserva natural e histórica. En muy poco espacio, la riqueza histórica aquí es enorme”.

Desde aquí, encontramos el camino que continúa la bajada y, esta vez, seguimos correctamente su trazado hacia el sureste, luego hacia el suroeste, y finalmente hacia el sur por una antigua pista que se habrá hecho sobre el camino, hasta salir en la carretera cerca del coche y con Ca l’Ingla delante nuestro al otro lado del Torrent de Castellar.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,8 km; 290 metros de desnivel acumulado.

domingo, 15 de agosto de 2021

2/7/2021 – El camino de Can Blanc a Sant Vicenç

“He estado mirando el mapa de la Minuta. Había un camino que iba desde Can Blanc a Castellar sin pasar por Cal l’Ingla. No lo tenemos”, me dice Pep nada más entrar en el Mikado. “Y hay un tramo del camí ral a Berga que tampoco tenemos bien”.

Aparcamos en la carretera, entre Ca l’Ingla y Can Blanc. Hará un día de pleno verano pero sin agobiar. Después de las lluvias de junio, todo está muy verde.

Lo primero es el camí ral. Buscamos la manera de bajar al Torrente de Castellar. Entramos en la pista que va a Ca l’Ingla, que cruza el Torrent de Castellar. Después de cruzar el arroyo, vemos un camino que sube a nuestra izquierda y, después de un par de curvas, ya tenemos Ca l’Ingla a la vista.

Otra vista de Ca l'Ingla con las ruinas de Casa d'en Cots a la izquierda del cobertizo

Damos la vuelta, volvemos a cruzar el torrente en la dirección contraria y seguimos el camí ral hacia Can Blanc, que bordea los campos hasta unirse a la carretera actual. Cerca hay una prensa medieval, y un poco más lejos, la casa medieval de Sarga. Todo este valle está lleno de restos históricos.

Ahora Pep busca un camino que sube hacia Castellar. Vamos siguiendo trazas tenues hacia el noreste. A veces se ven, a veces solo se ven campos y restos de la explotación forestal. Yo creo que Pep se guía más por el mapa de la Minuta que tiene guardado en la cabeza que por las pruebas sobre el terreno. Seguimos subiendo, a veces sobre pistas antiguas, a veces siguiendo un surco tenue.

El nebuloso arranque del camino desde Can Blanc (detrás)

Y la vista hacia el este, con el característico pico de Cim d'Estela

Salimos a una pista que, con poco desnivel más, nos lleva a la iglesia de Sant Vicenç. Inspeccionamos la iglesia. Está en muy mal estado. Una enorme puerta de hierro se abre sobre una pequeña antesala y luego la nave de la iglesia, con el techo en el suelo. Es curioso, pero los restos de la torre que veía desde el otro lado del torrente en la salida anterior, aquí no se ven, a pesar de estar al lado del edificio. Pasamos a la pared norte, hecha con piedras talladas de época medieval y también donde está el antiguo cementerio. Aquí han crecido árboles que dan una sombra muy bienvenida y aprovechamos el momento para hacer un descanso.

La puerta de la iglesia de San Vicenç y el cementerio a la derecha

Pero, a diferencia de la salida anterior, Pep quiere caminar un poco más antes de comer. Volvemos por la misma pista, y continuamos de llano hasta llegar a la casa de l’Arbellera. Aquí, en un llano con el pequeño cerro de la casa detrás nuestro, nos sentamos a comer. Delante, tenemos las rocas de la Cingla de la Corba, con l’Escletxa en frente, donde se encontraron restos neolíticos, ibéricos y medievales y el Grau de l’Olivell más hacia la izquierda.

Miramos el ir y venir de una pareja de buitres que tienen el nido en un lugar inaccesible en las rocas. Estas aves se han ido afianzando en la parte central de la comarca y ahora es relativamente fácil verlas patrullando las sierras. Pregunto a Pep por l’Escletxa, ya que últimamente ha ido allí en un par de ocasiones por distintos motivos. Yo no he estado nunca allí pero Pep me describe una especie de fisura entre las rocas, que luego se amplía para formar una cámara grande. Aquí, en los años 70, se encontró un esqueleto que podría ser de época neolítica, y también herramientas y otros objetos de época tardorromana y medieval.

“Yo no creo que fuera simplemente un refugio de pastores”, aventura Pep. “¿Por qué crees eso?”, le pregunto. “Los objetos son demasiado suntuosos. Me inclino más por algún tipo de santuario. Además, el lugar es muy especial, pero … es solo una opinión mía”.

Es hora de ponerse en marcha. Continuamos hacia el este por una pista y luego, por la izquierda, vemos que se marcha un camino que va trazando una curva amplia hacia el sur. “Cerca de aquí, hay unos restos que podrían ser una casa medieval”, observa Pep. Nos desviamos ligeramente y me muestra una pila de piedras bajo un afloramiento de roca que abriga del viento del norte. Desde aquí, seguimos otro camino bastante tenue que continúa hacia el sur y luego va girando hacia el sureste, hasta dejarnos prácticamente delante del coche.

“Mi contacto en Torrents me dice que tiene cosas nuevas para mostrarme”, me dice Pep, mientras bajamos hacia Berga. “La semana que viene, le haremos una visita”.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,1 km; 225 metros de desnivel acumulado.

11/6/2021 – La Pedrera

“Vamos a Ca l’Ingla”, me dice Pep en el Mikado. “Hay una casa marcada en el mapa del Institut Cartogràfic y no hemos ido nunca. Se llama La Pedrera”.

Ca l’Ingla es una casa más o menos intacta en la carretera que baja desde Campllong hasta la carretera de Sant Llorenç de Morunys. Antiguamente parte del camí ral de Berga a La Seu, se asfaltó un largo tramo hasta que les acabó el presupuesto, poco antes de llegar al límite municipal de Castellar del Riu con Capolat. Hace muchos años que no voy por allí y accedo con entusiasmo. 

Aparcamos cerca de la casa. Hace un buen día y no hará demasiado calor. Miro hacia el oeste, a la derecha la gran casa de Can Blanc, con los acantilados detrás, y a la izquierda, los llanos de Terça. Es un lugar privilegiado, poco frecuentado y lleno de restos históricos, y lo tengo a 15 minutos en coche de casa.


El tramo final del valle, con Els Tossals delante y Port del Comte en el fondo

Tras una breve visita a Ca l’Ingla y las ruinas de su vecina, Casa d’en Cots, cruzamos la carretera y ponemos rumbo el noreste por un camino que tiene muy buen aspecto, con el empedrado aún conservado. 

La Casa d'en Cots

Ca l'Ingla

Al entrar en campos, pierde entidad y seguimos subiendo por una especie de cortafuegos, sin un camino claro. Abajo hemos dejado una bifurcación a la derecha. Entramos nuevamente en campos y poco después, vemos las ruinas de la casa de La Pedrera. Es una casa moderna, del siglo XIX. Subimos por los campos sin ver un camino claro, hasta llegar a una pista.


Los restos de La Pedrera

En la pista, giramos a la derecha y vemos un camino que reservamos para la bajada. Damos una vuelta por los alrededores, a ver si hay algo medieval. No lo hay y volvemos. Desde aquí, arranca un camino que nos lleva a un llano bajo la gran casa de Castellar del Riu, donde había un poblado medieval. Pero no es el camino que busca Pep. Bajamos hacia la izquierda, dejando los campos y entrando en el bosque encima de un valle profundo. Es el camino a la iglesia de Sant Vicenç y vemos las ruinas de la torre que se asoma por encima de los árboles. El camino también es muy popular entre las vacas, que lo han convertido en un barrizal al llegar al puente.


Lo poco que se ve de la torre de la iglesia


El puente de San Vicenç

Damos la vuelta; ya tenemos el camino de La Pedrera a la iglesia. Nos volvemos a plantar delante del camino nuevo para bajar. Solo son las once y media pero Pep ya quiere comer y nos sentamos delante de la pista. Miro el GPS, preocupado. “Últimamente, mi hermana me critica mucho por los pocos kilómetros que hacemos. Opina que nos esforzamos poco. Creo que ‘patético’ fue la palabra exacta”.

“No sé cómo puedes ser tan egoísta. Ya es hora que aprendieras a pensar un poco en los demás”, me reprocha Pep. “Hace 2 días, hice 900 metros de desnivel por el Cadí con un arqueólogo. Tengo derecho a tomármelo con un poco de calma”. “Un Leo que me acusa de egocéntrico”, pienso. “Tiene gracia”. Seguimos comiendo en silencio.

Cuando acabamos, Pep mira mi mapa. “Bueno, cuando llegamos abajo, podemos mirar esta pista, que acaba en este torrente. A ver si tiene continuidad. Así sumará un poco más”, dice, conciliador. “Se agradece”, contesto.

El camino empieza muy claro pero, con tanta explotación del bosque, se difumina, recuperándose a ratos. Pero Pep ya lo da por bueno y lo bautiza el “camino superior de la iglesia”. Por todas partes, hay pequeños afloramientos de roca entre los pinos, que sería muy atractivo si no fuera por las ramas tiradas en el suelo que dificultan el paso. Volvemos a ver un tramo claro de camino, que nos lleva a la carretera. Es evidente que va directo a Ca L’Ingla. En una curva, vemos otro camino que sale a la derecha y nos lleva a la bifurcación que vimos al principio. Hemos atado todos los cabos en esta zona. Solo nos queda mirar la pista. Acaba en un gran claro donde los camiones cargaban y daban la vuelta. No hay continuidad.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,8 km; 220 metros de desnivel acumulado.

miércoles, 10 de agosto de 2016

17/6/2016 – Rasos de Peguera

El jueves Pep me llama. Se ve que el camino que marca la Minuta entre Castellar del Riu y Rasos de Peguera no lo tenemos, y no es la ruta señalizada actualmente. Y para bajar, me propone el camino de Rasos a Puigventós. Hace muchos años me había hablado de ese camino como especialmente atractivo pero nunca había encontrado el momento de seguirlo.

Aparcamos en la carretera frente a la entrada de la casa de Puigventós, antigua casa de pagès dedicada al turismo rural y la celebración de bodas y otros eventos. La primera tarea es seguir el camino que conectaba Castellar del Riu y Puigventós. Seguimos lo que ahora es una pista antigua por un prado extenso. En la época de setas, toda esta zona se llena de coches y gente pero hoy lo tenemos todo para nosotros. Hace una temperatura agradable y no hay ni una nube en el cielo, aunque están previstas lluvias intensas para mañana.

Siguiendo el track de la Minuta que Carles ha grabado en su GPS, al final del prado, giramos a la izquierda por una pista secundaria que empieza a bajar por el bosque hacia la casa de Castellar. La pista se convierte en camino y, con la casa a la vista, da un giro y acaba encima del molino.

La casa de Castellar del Riu, desde el antiguo molino

Hace unos cuantos años, Pep y yo habíamos hecho una pequeña campaña por la zona de Castellar y nunca se nos había ocurrido mirar detrás del molino. Pero en aquel tiempo, no conocíamos la existencia de las Minutas y para consultar cualquier documento en el Institut Cartogràfic de Catalunya (ICC), había que viajar a Barcelona.

Antes del giro al molino, vemos dos caminos separados por unos 10 metros que suben hacia Els Porxos. A Pep le gusta el de más abajo; a mí me gusta más el de arriba pero, según Pep, es demasiado recto, “solo para bajar troncos”, dice. Seguimos el de más abajo.

Mientras caminamos, Pep explica detalles de la casa de Castellar, ya que en una ocasión la visitó por dentro para hacer un plano. “Su interior es una maravilla”, dice, “lleno de arcos góticos. Además, empezó como una torre medieval. Luego está la iglesia, las casas medievales alrededor, el molino … Bien explicada, sería una atracción de primer orden y está en un estado de abandono total”, lamenta.

Mientras tanto, el camino se desvía del trazado que tiene Carles en su GPS y acaba muriendo en una valla de propiedad. Subimos sin camino y encontramos otro, que seguimos hacia abajo, deshaciendo los 100 metros de desnivel que habíamos subido con tanto esfuerzo. Cuando llegamos abajo, resulta que el camino bueno es el que había descartado. “No es la primera vez que pasa una cosa así”, le advierto. “No. Y tampoco será la última”, contesta impenitente. Damos la vuelta y empezamos a subir. Se  ven marcas de pintura rosa, señales de antiguas rutas excursionistas y confirmación que vamos por el buen camino.

Subiendo hacia Els Porxos por el lado "equivocado" de la iglesia

A pesar de la pintura, el camino acusa decenios de abandono y está tapado. Llegamos a una bifurcación. El camino de la izquierda parece muy marcado pero muere en el torrente y no se ve continuidad. “Camino de vacas para beber”, sentencia. El otro camino sigue subiendo, dejando la iglesia de San Llorenç dels Porxos a nuestra izquierda (el camino actual deja la iglesia a la derecha). Se mete en el barranco del torrente, llenando el paso de obstáculos. Cuando por fin conseguimos salir de allí, entramos en una zona de manantiales, donde el agua brota del suelo por mil sitios. Debemos saltar de una mata de hierba a otra, intentando evitar hundirnos en la tierra blanda. Está claro que el camino no venía por aquí.

Por fin, conseguimos salir a la pista de la casa de Els Porxos y vamos al pequeño collado entre la casa y la iglesia. Allí parece que baja un camino tenue. Pep baja y explora. “Parece que venía aquí pero, más abajo, no se puede pasar. La vegetación impide continuar”.

Continuamos por el track de la Minuta, siguiendo las indicaciones de Carles. Cruzamos dos veces la carretera de Rasos de Peguera y seguimos subiendo hacia el Xalet de Rasos, ahora con las marcas de la caminada anual de Rasos a Manresa. Este camino lo había hecho yo al poco de recibir la gran remesa de mapas del Parque de Cadí-Moixeró, cuando aún teníamos muchos caminos buenos sin marcar. Sube hasta una especie de pasillo entre dos rocas y luego se aplana. Con la subida, empiezo a toser otra vez y me quedo atrás.

El camino antiguo de Rasos de Peguera

Carles y Pep parecen absortos en su conversación. Desde mi posición 50 metros atrás, no les puedo oír pero me lo puedo imaginar. “Ningún estudio serio de esta zona puede prescindir de la división de territorios entre las casas nobles”, diría Pep. “Donde estamos ahora sería propiedad de los Berga y su influencia se extendía por todo el valle hacia el Aigua d’Ora, donde linda con las propiedades de los Cardona”. Veo que se detiene momentáneamente, seguramente para recalcar lo que sigue: “Testigo de ello es el castillo de Terça, que dominaba la confluencia del Torrent de Castellar con el Aigua d’Ora y marcaba el final de los dominios de los Berga. Al otro lado del torrente, está el castillo de Terrers y ya estamos en tierra de los Cardona”. En fin, es un tema que da para mucho.

Pep y Carles me dejan atrás

Salimos a la carretera con el Xalet delante. Fue antiguo refugio excursionista, motor del esquí en su tiempo y centro para mil excursiones. Por desgracia, la construcción de carreteras hacia el Pirineo animó a los excursionistas a buscar horizontes más lejanos y pasó una mala época tras el cierre de la Estación de Esquí. Ha sido reformado extensamente y vale la pena visitarlo. Después de todo, los que vivimos en Berga lo tenemos a 15 minutos en coche.

El Xalet de Rasos de Peguera

Pero hoy nosotros tampoco paramos y continuamos por la Font Calders. Carles vuelve a perder contacto con el track y subimos una cuesta sin camino hacia el este. De repente, Carles desaparece en un hueco del terreno. Cuando reaparece, nos informa que su GPS vuelve a dar señales de vida. El hueco es en realidad un surco, indicio de un camino, y lo seguimos hacia abajo hasta tener la carretera a la vista. El camino la cruza mucho antes de llegar al Xalet. Damos la vuelta y seguimos subiendo. Llegamos a la carretera nuevamente, donde se junta el ramal de subida con el de bajada.

La Font Calders

Entramos en un camino ancho o una pista estrecha entre los dos ramales hasta salir por fin en la Plaça de la Creu, con los edificios de la abandonada estación de esquí.

Por fin llegamos arriba

Ya no subiremos más, pienso con alivio. Ha llegado el momento de recibir la recompensa de tanto esfuerzo y conocer ese camino que tanto ha elogiado Pep. Con un cielo que empieza a nublarse, bajamos por la carretera hasta el arranque de la pista que va a Els Rasets y la torre de comunicación. Tras unos 200 metros, dejamos la pista, pasando encima de la Font del Ca, y entramos en un bosque maduro de pino negro. El camino es casi plano y, dentro del bosque, es fácil imaginarse en pleno Pirineo.

El camino a El Far

Salimos a un mirador natural (El Far), donde Pep pensaba comer. Desde esa atalaya privilegiada, tenemos una vista de pájaro de los prados debajo. De repente, se oye una voz indignada que clama con palabras mal sonantes contra los propietarios de fincas de montaña y los ingenieros forestales. En los prados, se ha abierto una pista forestal nueva que va serpenteando hacia arriba hasta Els Rasets, dejando una cicatriz muy visible y nada estética.

El motivo de la indignación de Pep

Yo la había visto el año pasado en un paseo con mi mujer a Els Rasets. Por lo visto, se había aprovechado una pista para cortar bosque para prolongarla hasta la torre de comunicación, ya que la pista de arriba (la que seguimos nosotros durante unos 200 metros) está bastante deteriorada por la caída de piedras y la erosión. Pero para Pep, era la primera vez y, con el recuerdo de unos prados prístinos de visitas anteriores, el impacto es muy desagradable. De nada sirven mis intentos de consolarlo, apelando a la fuerza imparable del progreso.

Pero finalmente logramos calmarlo y comemos contemplando el paisaje, intentando asimilar los cambios producidos. Desde El Far, el camino continúa en ligera bajada, pasando entre árboles y rocas. Es encantador y altamente recomendable. Anotando antiguas carboneras, salimos a los prados, cruzamos la pista infame y buscamos un collado al sur. El cielo es cada vez más oscuro y Pep empieza a tener prisa.

El camino continúa

Una ‘fita’ enorme marca la entrada de un ‘grau’ espectacular. Entre los precipicios de la cara sur de Els Rasets, se ha creado este paso lo suficientemente ancho para permitir el paso de ganado hacia los prados de Rasos. Paso por un pasillo estrecho con rocas altas a cada lado y de repente, se abre una enorme vista mientras el camino baja hacia la derecha para salvar el desnivel. Pep está cada vez más impaciente, temiendo vernos atrapados en una tormenta, pero no puedo dejar de fotografiar este paso tan impresionante y le obligo a esperar.

 La 'fita' a la entrada del 'grau'

Y el camino de bajada desde el 'grau'

Por fin, quedo satisfecho que está todo retratado y continuamos la bajada, entrando en el bosque encima de los campos de Puigventós. Anotamos caminos que marchan hacia la izquierda y hacia la derecha que algún día habrá que investigar. Salimos a los campos y pasamos por las ruinas de la pequeña casa del Casalot. Quince minutos después, estamos en el coche. Las nubes, tan amenazadoras cuando estábamos arriba, ahora parecen más inofensivas y, de hecho, no llegó a llover durante toda la bajada.

La pequeña casa de Casalot con Puigventós detrás

Ahora viene San Juan, yo me voy unos días a Portugal, Pep está trabajando en excavaciones arqueológicas y Carles tiene un cursillo. No sé cuándo nos volveremos a ver.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 11 km; 700 metros de desnivel acumulado.

10/6/2016 – Llinars (Cal Sant Pere)

Todavía me molesta la tos. Aunque me parece ver la luz al final del túnel, persiste una sensación de debilidad. Se ve que en Inglaterra, el mismo virus está haciendo estragos y además, sus efectos duran semanas y semanas.

Para hoy, Pep quiere entrar en el Valle de la Corba por el Grau de l’Olivell. Aparcamos en la carretera de Rasos de Peguera, en la entrada de la pista de la Corba. Bajamos por el camino a la casa de Els Porxos. Todavía no han traído aquí las vacas y la larga hierba está cubierta del rocío de la mañana. Bajamos en diagonal por los campos hacia el oeste, hasta entrar en el camino del Grau, el mismo que hice aquel día tan fatídico de abril de 2012.

Es un camino interesante con grandes vistas. Después de bajar suavemente se une con el camino que sube desde la casa de Castellar. Pep se para en uno de los muchos miradores naturales que permiten ver todo el valle de Castellar, hasta la carretera de Sant Llorenç de Morunys, con la casa de Can Blanc abajo y las sierras de Tossals y Busa detrás. Pep señala las paredes rocosas que marcan el límite sur del valle: “Aquí se ve claramente la división de propiedades entre los Berga y los Cardona. En la ribera izquierda, el castillo de Terça, límite de los dominios de los Berga; en la ribera derecha, el castillo de Terrers, que marca el comienzo del feudo de los Cardona”. Carles escucha atentamente, como si fuera la primera vez que oyera hablar de los Berga y los Cardona.

Vista desde el camino al Grau de l'Olivell.  Abajo se ve Can Blanc. El castillo de Terça estaría a la izquierda de la pendiente erosionada de color marrón y el castillo el Terrers al lado de los edificios en el pequeño cerro a la derecha

Encaramos la entrada del Grau de l’Olivell, una estrecha repisa inclinada. Llego arriba el último, soplando y tosiendo. Carles mira alrededor suyo: “Después de leer la entrada en el blog de Steve, me lo imaginaba más difícil.” Pep mira a Carles con asombro: “Después de tantos años, aún crees lo que pone en su blog. Si se asusta con todo y un salto de 2 metros, lo describe como si fuera de 200 metros”. “Es verdad”, dice Carles. “Aquí podría traer tranquilamente a mi hijo”.

Desacreditado nuevamente como explorador de montañas, ponemos rumbo a la casa de Matamala. Pasamos delante de las mismas vacas, que levantan la cabeza. “¿Otra vez vosotros?”, parecen decir. Bajamos por la misma pista que la semana pasada pero la dejamos en un torrente para seguir otro camino plano que va directo hacia una pared de roca en el fondo del valle. Aquí los escaladores han abierto alguna vía y el camino se mantiene gracias a ellos.

 En el camino a Cal Sant Pere

Ya más cerca del fondo del valle

Había venido aquí con Pep, mucho antes de empezar el blog. Adosada a la roca, había las paredes de una vivienda humilde y una escalera para acceder a unas colmenas excavadas en la roca. Todo esto sigue aquí, tal como lo dejamos, más alguna cuerda que han dejado los escaladores. Es uno de los lugares más agrestes de este valle.

Lo que queda de Cal Sant Pere

Tras un breve descanso, continuamos por un camino apenas visible que sube hacia Can Garrigas. “Parece que no ha venido nadie desde la última vez que venimos”, dice Pep. Bordeamos precipicios con un paisaje espectacular. Llegamos a la pista de Can Garrigas y giramos a la derecha, buscando la entrada del camino a La Corba. Me noto muy cansado.

El camino casi invisible de Cal Sant Pere a Can Garrigas

Una vez localizada la entrada, paramos para comer. Por primera vez en muchos meses, Pep no tiene prisa para llegar a casa y disfrutamos de una larga sobremesa. El cielo se va oscureciendo. En algún lugar, caerá una tormenta.

Emprendemos la ruta otra vez hacia el fondo del valle, unos 75 metros por encima del camino anterior que venía de Cal Sant Pere. No está tan bien conservado que el camino de la semana anterior pero es igualmente atractivo y altamente recomendable. Es una lástima que nada de esto consta en el mapa del Alpina. Decididamente, éste es el valle de los caminos paralelos y aún habría uno más que pasa por encima de la Cova de les Llosanques hacia la Serra de Cal Jardí (ver la salida de 1/7/2011).

Cruzamos el lecho seco del torrente y subimos por el bosque hasta la pista que viene de Matamala. Es una pista pesada con una larga subida hasta las ruinas de la casa de La Corba pero, curiosamente, parezco haber encontrado nuevas fuerzas y subo apenas con esfuerzo. Hacemos un pequeño desvío para documentar un trozo que queda del camino antiguo y que corta una curva de la pista. Al llegar al coche, caen las primeras gotas.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9,2 km; 450 metros de desnivel acumulado.

lunes, 8 de agosto de 2016

3/6/2016 – Llinars (Matamala)

Ha habido un descanso obligado por la Patum y cuando nos volvemos a ver, me presento con una tos molesta, apodada el “virus de la Patum” porque después de las lluvias durante las celebraciones, se ha propagado como la pólvora por la ciudad. Me pregunto si sería mejor quedarme en casa pero ha sido una semana muy dura de trabajo y, a pesar de mis quejas, una salida con Pep y Carles no tiene precio. E igual el ejercicio y el aire limpio me ayudarán a curarme.

Aparcamos cerca de la casa de La Ribera en lo que era el tramo inferior del ferrocarril que venía de Catllarí, al pie del teleférico que vimos hace dos semanas. La primavera está siendo espléndida y, a estas horas, todo tiene un aire fresco.

“¿Dónde vamos?”, pregunto a Pep. “Vamos a hacer todos estos caminos nuevos que no te dejé seguir la vez anterior. Solo pido un pequeño favor a cambio. Hay un topónimo sospechoso en Matamala, el Serrat de les Lluelles”.

Lo primero es buscar la continuación del camino que subía al collado de La Grau pero desde el este. Cruzamos la Riera de Cal Companyo y subimos al otro lado, buscando el camino. Subo la cuesta tosiendo como un tuberculósico, parando cada 5 minutos para escupir una flema blanquecina que viene desde las profundidades de mis pulmones. ¿Y si no es una simple tos sino los primeros síntomas de una bronquitis o una pulmonía?, me pregunto. ¿O me volveré asmático? ¿O resulta que ahora soy alérgico al polen o simplemente a estar al aire libre?

Ajenos a estas preocupaciones, Pep y Carles no tardan en encontrar un camino que va zigzagueando hacia arriba que luego se aplana y va directamente hacia el collado. “Primer objetivo conseguido”, dice Pep. Mientras intento recuperar el aliento, hago señales para indicar mi alegría. “Tienes que dejar de fumar, Steve”, me dice Carles. “Mira que te lo hemos dicho”. Muy gracioso, pienso.

Entramos nuevamente en el camino a la Palanca de Sant Lleir. Con menos pendiente, la tos se calma. Será un patrón que se irá repitiendo a lo largo del día. Más pendiente, más tos. Menos pendiente o plano, paz y silencio.

El camino de la Palanca de Sant Lleir, visto desde el otro lado del torrente, con la Serra de Busa al fondo

Nos desviamos por la pequeña variante que vimos el otro día. Pasamos a pie de pared, donde vemos un pequeño refugio creado en la roca y unas diminutas zonas de cultivo colgadas sobre el precipicio. Alguien vivía aquí en algún momento. Un camino muy tenue pasa por un ‘grau’ y estamos al otro lado, donde entramos en otro camino más consolidado. Será el camino nuevo que vimos que bajaba desde los campos de Cal Valentí. Primero lo seguimos hacia abajo; al cabo de 50 metros, empalma con el camino de la Palanca de Sant Lleir. Damos la vuelta pero el camino se pierde en los campos. Subimos hasta la pista sin camino y lo volvemos a probar desde arriba. Se vuelve a perder pero un débil zigzag que apunta hacia donde lo perdimos abajo nos parece una prueba suficiente y volvemos a la pista.

Subimos unos 150 metros más por la pista hacia Cal Valentí y luego nos desviamos por la derecha por un camino que sigue otra faja del valle del Agua de la Corba, unos 75 metros por encima de la faja que seguimos hace dos semanas. Este camino está mejor conservado y tiene un trazado muy bonito, buscando el paso entre las rocas. Las vistas hacia delante y hacia atrás son preciosas, hace una temperatura ideal, el camino es fácil, cantan los pájaros. Durante unos minutos me olvido de mi preocupante estado de salud y me dejo llevar por la belleza del momento.

 Mirando hacia el fondo del valle, en el camino de Cal Valentí

Llegamos al fondo del valle, cruzamos la riera y continuamos por una pista larga que va hacia la casa de Matamala. Me quedo atrás y cuando atrapo a Carles y Pep, están enfrascados en una conversación sobre los límites territoriales entre feudos. “Piensa que esta zona es crucial”, dice Pep. “Aquí se tocan dos señoríos. El castillo de Terça marcaba el final de las propiedades de los Berga y el castillo de Terrers, al otro lado del Torrente de Castellar, señalaba el comienzo de las propiedades de los Cardona”.

Vuelvo a quedarme atrás en esta larga subida, aquejado de un ataque de tos. Cuando les atrapo nuevamente, la conversación me parece extrañamente familiar: “Fíjate, Carles”, dice Pep. “El territorio de los Berga no empieza hasta el castillo de Terça, encima del Torrente de Castellar, ya que hasta allí llegaban las posesiones de los Cardona, cuyo límite lo marcaba el castillo de Terrers”.

Miro mi reloj, a ver si nos hemos quedado atrapados en un bucle de tiempo-espacio, pero no, han pasado 10 minutos desde la última vez. Llegamos a Matamala, una casa intacta aunque algo dilapidada. Aquí había el topónimo extraño. Pep albergaba esperanzas de encontrar un dolmen y damos una batida por los alrededores. Lo único que encontramos es una pila de piedras sospechosas en un grupo de árboles que podrían ser medievales, dice Pep.

La casa de Matamala

Nos alejamos de las vacas y buscamos un sitio para comer. Cuando reemprendemos la marcha, buscamos el camino que no supimos ver la última vez. Lo encontramos pero, o bien éramos muy buenos hace 10 años, con una agudeza visual excepcional, o el camino se ha difuminado desde entonces, porque seguir su trazado se ha convertido en un ejercicio de rastreo digno de un comanche, adivinando su paso a base de cambios sutiles en el terreno.

El camino que nos llevará al pie del teleférico

Empalmamos con el camino de Cal Verge pero esta vez continuamos, bajando por la Rasa del Pelat hasta llegar al antiguo ferrocarril, ya cerca del coche y con el edificio del teleférico encima nuestro, en lo alto del precipicio.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9,2 km; 490 metros de desnivel acumulado.