Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



lunes, 24 de agosto de 2020

14/8/2020 – Solandeu

Hoy, Pep me ha pedido que traiga los mapas correspondientes a la zona de Marcians y Les Vinyes, a medio camino entre Borredà y Sant Jaume de Frontanyà. Pep y yo habíamos ido a las casas de Marcians y Casadejús poco después de ampliar nuestro stock de mapas gracias al Parque de Cadí-Moixeró. Y yo también había hecho exploraciones solo en las inmediaciones de la casa de Les Vinyes, un poco más al norte, atraído por la visión parecida a un pequeño castillo en ruinas que se ve desde la carretera. En aquel tiempo, yo aún estaba en la fase dos de detección de caminos. Esta es precisamente la fase en la que uno pasa de no ver ningún camino a ver miles por todas partes y en todas las direcciones; cualquier pliegue en el terreno o paso de vacas se convierte en un posible camino. Como resultado, nuestro mapa de esta casa muestra una telaraña de caminos que cubren el papel con trazos rojos. Algún día, habrá que separar el grano de la paja.

Por su parte, Pep había leído referencias sobre una casa llamada Solandeu. Esta casa era desconocida para nosotros y Pep quería encontrarla. También quería ir a Les Vinyes porque nunca había estado allí.

Hoy, la temperatura ha bajado sensiblemente. La presencia de nubes bajas de momento impide que salga el sol. Subimos por la pista que recorre el fondo del Rec de la Taiola. Observamos con desánimo que se han abierto un par de pistas nuevas que suben a la derecha, sospechando la destrucción de alguno de los caminos que tengo marcado en el mapa.  Pero no nos entretenemos a llorar la pérdida de caminos sino que tomamos un sendero que marcha a la izquierda y sube hacia la casa que tenemos referenciada como Comadrells. El nombre de esta casa nos había sido dado por una fuente oral pero, hasta ahora, Pep no ha encontrado ninguna mención documental de ese nombre. Sigue siendo un misterio.

Las barracas de Comadrells

Y lo que queda de la casa

Habíamos encontrado la casa hace muchos años, bastantes antes de empezar este blog, y ahora Pep quería sacarle fotos. Volvemos a encontrarla sin grandes dificultades y, al lado, dos barracas adosadas construidas en una fecha posterior, aprovechando las piedras de la antigua casa. Hoy, son ruinas perdidas en el bosque, rodeadas de campos abandonados hace muchas décadas. Una vez documentada la casa, intentamos buscar la forma de continuar hacia el norte. Vamos encontrando caminos pero en una bifurcación que posiblemente podría ser la conexión con Solandeu, tomamos la dirección equivocada y acabamos flanqueando sin camino hasta encontrar un camino que discurre paralelo a la pista en el fondo del valle.

Vista hacia Borredà desde la casa de Comadrells

En el mapa del Alpina, Solandeu sale como un topónimo que se extiende sobre toda la cuesta al norte de la cabecera del valle. Nos dividimos para buscar la casa. Al final, la encuentra Carles, orientada perfectamente hacia el sur y rodeada de extensos campos. Tanto nos gusta el ambiente aquí que decidimos comer al lado de la casa. Con tanto árbol, no hay muchas vistas pero el ambiente es muy acogedor. Los últimos habitantes de la casa debían haber sido buena gente.

La casa de Solandeu

El próximo paso es ir a Les Vinyes. Intentamos buscar caminos pero se confunden con los campos y acabamos subiendo a la cresta de Les Roqueteres. Desde aquí, tenía otros caminos que bajaban hacia Les Vinyes, pero, cosa extraña en él, Pep se desorienta y marcha hacia el noreste en vez de hacia el sur. Consultamos los mapas y le señalo el camino que va hacia Les Vinyes pero, en vez de ir hacia el sureste, Pep ahora va hacia el suroeste, “siguiendo su corazón”, dice, y acabamos dando un largo rodeo antes de tener la casa a la vista.

La casa está cubierta de zarzas que no permiten acercarse. Todos los campos tienen la hierba larga, amarillenta, aquí no vienen vacas a pasturar. Yo tenía otros recuerdos de hierba verde, pasturada por el ganado, con caminos que se podían ver claramente. Ahora todo parece desconcertantemente uniforme, donde hace tiempo desapareció todo rastro de presencia humana.


La casa de Les Vinyes

Es hora de volver al coche y ponemos rumbo al sur. Encontramos el camino que pasaba por la fuente pero poco después lo perdemos. Pep ha decidido subir un poco más por la cuesta para tener más altura y lo hemos perdido de vista. No sé cómo, pero Carles se ha hecho con el control de los mapas y camina con paso firme y rápido, la mirada fija en el punto donde estaría el coche. Los mapas los tiene agarrados bajo el brazo, sin ninguna intención de soltarlos.

Pep ha vuelto a reunirse con nosotros y seguimos caminando hacia el sur. Cruzamos pequeñas ondulaciones en el relieve, seguidas de pequeñas crestas, siempre con la carretera a la vista pero siempre igual de lejos. Finalmente, llegamos a un afloramiento de roca con un pequeño precipicio al otro lado que nos obliga a desviarnos y ganar altura. Cuando finalmente podemos atravesar al otro lado, vemos con alivio que estamos en el valle del Rec de la Taiola, con las ramas tiradas en el suelo que evidencian la tala que ha motivado la abertura de las pistas nuevas.

Por fin, consigo arrebatar los mapas a Carles y veo que hemos pasado entre dos caminos paralelos, uno más bajo y otro más arriba, que iban enlazando pequeños collados hasta la carretera. Bajamos la cuesta hacia la pista pero antes de llegar al fondo del valle, vemos un camino muy marcado que marcha directamente hacia la carretera. Al principio, creo que es un camino inédito pero luego veo que lo tengo marcado. No tengo ningún recuerdo de haberlo hecho.

El último camino que por fin nos iba a llevar al coche

Ya en el coche, Pep pone la radio. Después del boletín de noticias, empieza la transmisión de una versión radiofónica de una serie de crónica negra popular que pasó por la televisión catalana. El presentador va desgranando sin prisas los detalles de un asesinato particularmente cruel que se produjo hace unos 10 años y cómo la policía fue reuniendo pruebas para cercar al asesino. Cierro la ventana para escucharlo mejor y, 15 segundos después, Pep y Carles también cierran sus ventanas y Pep pone el aire acondicionado. Hasta Pep, con lo serio que es y la poca paciencia que tiene para el cotilleo, ha caído en la trampa y quiere saber quién mató a la pobre mujer.

Cuando entramos en el Túnel de Berga, la transmisión se corta momentáneamente. Al salir al otro lado y con las primeras casas de Berga a la vista, oímos al locutor decir: “Repasemos todas las pruebas recogidas hasta ahora”. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que nunca sabríamos quién fue el verdadero asesino.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,9 km; 400 metros de desnivel acumulado.

lunes, 17 de agosto de 2020

31/7/2020 – Regreso a Canemars

La semana siguiente, Carles estuvo de vacaciones. Pep y yo habíamos quedado para salir, pero durante la noche hubo una tormenta fuerte y amenazaba más tormentas durante el día. Temiendo un rayo sobre la cabeza, llamé a Pep para anular la salida. Hizo un día espléndido.

Y la semana después, la previsión era de mucho calor pero, visto lo que pasó la semana anterior, no me sentía con autoridad para imponer nada. “Habremos acabado a la hora de comer”, me promete Pep la noche anterior.

Aparcamos en la carretera debajo del Santuario de la Mare de Deu dels Oms. Pep quería ver si aún se podía seguir el camino desde el Santuario hacia el grupo de casas alrededor de Cal Toni y luego buscar las dos casas que no encontramos en nuestra primera salida después del confinamiento.

Subimos al Santuario por la pista asfaltada que sale de la carretera. Está todo desierto y ya empieza a hacer calor. Obviamente, la puerta de la iglesia está cerrada con llave; imposible ver el interior. La casa contigua había sido una casa de colonias pero ya hace unos cuantos años que no viene ningún niño. Un campo de fútbol abandonado con la hierba seca y dos porterías de hierro dan fe de su antiguo uso. Un arco de puerta del siglo XVI es el rastro más evidente de su antigüedad.

Vista clásica del Santuario dels Oms

Cruzamos la carretera y entramos en los campos de Terradelles. No hay ningún rastro claro de camino y finalmente, nos encontramos en el pequeño collado donde llega el camino que viene de Sant Jaume de Frontanyà y poco después, estamos en la pista de Cal Toni. El calor empieza a apretar. Debe hacer ya 30 grados o más. “¿No tienes calor?”, pregunto a Pep. “¿Yo? ¿Calor?”, me contesta. “Cuando trabajaba en la mina, 30 grados era un lujo inalcanzable. Lo más normal era trabajar con casi 40 grados”.

“Entendido”, pienso. “No hace calor”. Llegamos al punto donde hay que buscar las casas y salimos de la pista. Carles, con su olfato infalible para detectar piedras viejas, encuentra la primera casa, Cal Ferrerons, situada en un pequeño llano encima de los campos. Y 100 metros más hacia el este, Pep encuentra la segunda, Cal Menut.

Cal Menut, la segunda de las dos casas que nos faltaba para encontrar

Documentadas las casas, cruzamos la pista, pasamos por Cal Peguera y subimos a la cresta del cerro largo detrás de Cal Toni. Un camino que habíamos encontrado en la primera salida se descarta como de animales y comemos bajo la sombra de los árboles. Aquí hay una brisa y el calor es soportable. Volviendo hacia Terradelles por la cresta, vemos un camino en un collado y decidimos seguirlo hacia el norte. Nos lleva al fondo de un valle entre Cal Berlinga y Casablanca. Giramos hacia la izquierda y no tardamos en ver las rocas peladas frente a Cal Berlinga.

Subo por la cuesta, detrás de Pep y Carles. Intento sujetarme con las manos y los pies a esta roca quebradiza, blanda, que se deshace en los momentos más inoportunos. En algún paso delicado, mis botas pierden tracción y veo posibilidades reales de acabar abajo otra vez. Pero con un último esfuerzo, llego arriba donde me esperan Pep y Carles, conversando tranquilamente. La subida aún no ha acabado, pero esta vez es por roca dura y consolidada. Enlazamos con el camino de Sant Jaume, pasamos por el collado con el cruce de caminos y nos encaminamos hacia el Santuario. El camino, si lo hubiera, parece que ha sido convertido en campos. Solo al llegar a la carretera, viendo el trazado de una pista tenue y antigua que se adentra en los campos, Pep lo plantea como posible trazado del antiguo camino.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6 km; 200 metros de desnivel acumulado.

jueves, 30 de julio de 2020

17/7/2020 – La casa de la Balma Roja

Durante todos estos meses que no hemos podido salir de casa, y luego del municipio, Pep ha tenido tiempo para preparar un minucioso plan de trabajo para corroborar sus investigaciones. La semana anterior, ya advirtió que habría que volver a Canemars porque quedaron flecos importantes, básicamente casas y caminos de comunicación.

Las dos semanas anteriores, no salimos, por mal tiempo o por compromisos. Pero hoy, ya pasamos a la fase dos. Sus lecturas le han hablado de una casa cerca de la Balma Roja en Sant Jaume de Frontanyà. Para eso, hay que subir al Pla del Cingle, donde hay una gran cruz sobre el pueblo, y continuar hacia el norte. Hoy no ha venido el hijo de Carles. “Lo pasa mejor con los abuelos”, explica.

Aparcamos nuevamente en el parking del pueblo. Hace un día medio nublado con una temperatura muy confortable. Tomamos el GR4 que sube hacia la casa de Frontanyà. Parece que ha llovido durante la noche anterior. De hecho, ha habido tormentas de tarde durante casi toda la semana. Vamos subiendo con una pendiente suave. Una enorme roca que cayó sobre el camino no se ha movido desde la última vez que estuvimos aquí. En cierto momento, dejamos el camino para tomar la pista que va hacia el Pla del Cingle y nos desviamos para ir a la cruz y tomar vistas. Este lugar tiene el topónimo siniestro de Les Forques, lo que indicaría que aquí no siempre hubo algo tan inofensivo como una cruz de madera.

Vista del GR4 que sube a Frontanyà desde el pueblo

De repente, empiezan a entrar mails a gran velocidad con textos para traducir, incluidas unas frases cortas que, dice la clienta, son “urgentes”. Mientras volvemos a la pista, voy pensando si podré encontrar unos minutos para sentarme y escribir estas frases. Pregunto a Pep. Me dice que cuando llegamos a la zona de la Balma Roja, podré sentarme todo el tiempo que quiera mientras buscan la casa. 

Vemos un camino que sale a la derecha, como si quisiera bajar al pueblo. Es un camino inédito para nosotros porque nunca habíamos tomado esta pista hasta ahora. Decido aprovechar la oportunidad. Entrego el GPS a Carles y les aviso que volveré a la cruz porque allí la cobertura estará mejor. En pocos minutos, tengo el trabajo hecho y entregado y puedo encarar el resto de la salida sin preocupaciones. En el punto de arranque del camino, marco una flecha y una “S” en la tierra húmeda de la pista. “Así sabrán que ya no estoy en la cruz sino que he continuado por la pista”, pienso.

Vista del pueblo de Sant Jaume de Frontanyà desde el Pla del Cingle

Sigo caminando por la pista hasta la última curva antes de girar hacia el norte y allí les espero. Al cabo de unos minutos, oigo gritar a Pep y luego me llama Carles por el móvil. “¿Dónde estás?”, me pregunta. Le explico y al cabo de unos minutos, volvemos a estar juntos. Resulta que volvieron a la pista unos 200 metros más adelante y retrocedieron hacia la cruz, pensando que todavía estaba allí. No supieron interpretar la flecha marcada en la pista y, al no encontrarme, saltaron las alarmas. “Y luego dice en su blog que le abandonamos”, se queja Pep. “Si le cuidamos como un pollito”. “Por cierto, un camino magnífico”, añade.

Continuamos por la pista y entramos en la zona donde Pep cree que podría estar la casa. Nos metemos en el bosque a explorar; vemos campos antiguos pero ni rastro de una hipotética casa. “Aquí no hay agua”, le digo a Pep. “Recogerían el agua de lluvia del tejado”, contesta. “Con eso les bastaría”. Seguimos buscando. Yo subo más arriba y paso un buen rato caminando solo por el bosque. Cuando vuelvo a ver a Carles y Pep, están sentados bajo un árbol cerca de la pista. Nadie ha visto nada. “Aquí hay un problema”, resume Pep, mirando un punto fijo en el horizonte. “No hay agua”.

Decidimos comer aquí. Me entretengo mirando la multitud de mariposas que van pasando. Aquí aún se encuentran en abundancia, a diferencia de mi ruta semanal de recuento de mariposas, que cada año es más pobre. Ya había leído que el Pirineo será uno de los últimos reductos de las mariposas.

Para volver, Pep ha elegido un camino que baja a la carretera de La Pobla, entre el Coll de Sant Jaume y el Coll de Bataiola. Nos lleva directo al comienzo del camino, imposible de ver si no lo has hecho antes, en línea recta, sin dudar y sin consultar mapas. Una vez más, Carles y yo quedamos maravillados por este don que tiene de meterse el mapa en la cabeza, como una especie de paloma mensajero sin alas. Pep le resta importancia: “Incluso de niño lo podía hacer. No me cuesta nada”. Lo cierto es que cuando un arqueólogo o historiador quiere visitar algún yacimiento perdido en el bosque, suele pedir a Pep que le lleve.

El camino que baja a la carretera de La Pobla

Este camino lo hicimos al final del otoño del año pasado. Lo que lo hace especialmente memorable es un paso corto sobre una repisa de la roca. Sin esta repisa, el camino no podría existir. Pero esta vez, no impresiona tanto, quizás porque las hojas que ahora cubren los árboles suavizan el precipicio.

Llegamos a la carretera. Visitamos brevemente las ruinas de la casa de Bataiola (Pep no tiene fotos ni plano) y luego bajamos por el camino antiguo hasta las casas de Sant Jaume.

El camino que baja al pueblo desde el Coll de Sant Jaume

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,8 km; 380 metros de desnivel acumulado.

sábado, 25 de julio de 2020

26/6/2020 – Canemars

Tras un mes de junio inusualmente lluvioso y frío, hoy por fin se cumplen las estrictas condiciones ambientales que exige Pep para salir a la montaña. De hecho, las previsiones indican bastante calor. Es la primera salida juntos desde que se decretó el fin del estado de alarma. Carles, tras algunas dudas iniciales, ha traído a su hijo de 11 años, Martí, ya que de momento dejarlo con los abuelos no es una opción. 

Hemos pasado 7 semanas de confinamiento total, sin poder salir de casa excepto para atender necesidades básicas, a las que siguieron una fase 0, una fase 1, una fase 2 y una fase 3, todo ello cumplido a rajatabla por la mayor parte de la población. Ahora que los ingleses dejan imágenes esperpénticas de masificación e incivismo en las playas, ¿cómo estarían si hubieran tenido que hacer el confinamiento español?, me pregunto.

Pep, con la disciplina férrea que le caracteriza, ha aprovechado el confinamiento para transcribir cientos de páginas de las antiguas escrituras notariales y ha acumulado una valiosa información sobre el reparto del territorio en Sant Jaume de Frontanyà. Concretamente, hay un grupo de casas agrupadas alrededor de Cal Toni, al sur del núcleo del pueblo, cuyos habitantes trabajaban para la casa de Vila-rasa, formando un barrio que lleva el nombre de Canemars. Ya conocíamos la existencia de estas casas pero no las habíamos buscado sistemáticamente y esa iba a ser nuestra primera tarea.

Aparcamos a la entrada del pueblo y ponemos rumbo a Cal Berlinga. Por aquí pasaba el camí ral de Sant Jaume a Borredà y este primer tramo no lo teníamos bien cartografiado. Un poste indicador en la carretera muestra el camino y mientras bajamos, no puedo deshacerme de la vaga sensación de que me falta algo. Al llegar a Cal Jan, se me hace la luz. “He dejado la cámara”, digo a Pep. Refunfuñando, me da las llaves del coche y vuelvo. Resisto la tentación de dar una vuelta por el pueblo a toda pastilla, cojo la cámara del asiento delantero y vuelvo a ponerme en marcha. 

Vista de Sant Jaume de Frontanyà desde el camino de Borredà

Me están esperando al otro lado de Cal Berlinga. Aquí hay una gran superficie de roca lisa y pelada y no recuperamos el camino hasta llegar al collado al otro lado, donde vemos tres rayas amarillas pintadas en un árbol, hechas por alguien que marcó el antiguo camí ral hace muchos años. “Waypoint please”, me dice Pep. Miro el GPS. Se ha apagado y no ha marcado casi nada de todo lo que hemos hecho. Decididamente, no he comenzado bien. Vuelvo a encenderlo y Pep y yo volvemos hacia Cal Berlinga para marcar el trazado correcto del camino, mientras Carles y su hijo descansan en el collado.

Continuamos hacia el suroeste. En un cruce de caminos, vemos claramente la continuación hacia Borredà, pasando por la gran casa de Terradelles. Es mucho más corto que la carretera, que hace una gran curva al salir del pueblo.

Entramos en la pista de Cal Toni. Ha llegado el momento de trabajar en serio. Yo tenía marcada a lápiz en mi mapa una serie de casas, una o dos bajo la pista y las demás en posiciones un poco raras, hay que decirlo, porque miran hacia el norte, en la cuesta encima de la pista. Encontramos una casa rápidamente bajo la pista, que sería Cal Bon Dia. Encima, vemos el tejado de Cal Toni, convertido con amor, tiempo y dinero en un auténtico paraíso rural. Buscamos una segunda casa bajo la pista, pero sin éxito. Sin embargo, ya vemos las ruinas de una casa al otro lado de la pista, en un pequeño llano a media cuesta.

Cal Bon Día

Subimos hacia esta casa, que sería Cal Peguera, lo que nos lleva a tocar la valla de madera que marca el límite de Cal Toni. Abajo, a unos 150 metros, vemos una pareja tomando el aperitivo en una terraza, que nos miran sorprendidos. ¿Están desnudos?, me pregunto, observando la falta de ropa. Levanto la mano en saludo amistoso. No contestan. No me extraña; les hemos estropeado el día.

Después de inspeccionar Cal Peguera, recorrimos el resto de cerro, de oeste a este, buscando las otras casas, pero sin éxito, hasta que Carles ve una pared muy cerca del molino de Quirze. Esta casa, la dejamos para la vuelta y continuamos buscando, hasta llegar otra vez a la valla de Cal Toni pero por el otro lado, de donde sale un olor a barbacoa. Abandonamos la búsqueda y buscamos un lugar con sombra y distancia social para almorzar.

Orquídea; la mejor época es un poco antes, entre finales de mayo y mediados de junio

El hijo de Carles empezó la salida bastante tímido, como es normal, pero ha ido cogiendo un poco de confianza y parece adaptarse bien a este tipo de salida, subiendo y bajando sin rumbo aparente por el bosque. Al menos, no se ha quejado ...

Es hora de ponernos en marcha otra vez. Pasamos por la casa cerca del molino, que sería Cal Cateri, y la documentamos. Volvemos a Sant Jaume por el mismo camino que hicimos al final de la última salida. Incluso aquí, el coronavirus ha hecho estragos. La Casa Blanca ha quitado el anuncio de menús y habitaciones y lo ha sustituido por otro que dice que está cerrado por jubilación. Y la fuente al lado de la iglesia ha sido precintada. Al no poder refrescarnos, tendré que dejar para otro día la conversación que tengo pendiente con el fresno.

El final de una era

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,9 km; 320 metros de desnivel acumulado.

PD. Dos días después, Pep nos informa que hemos encontrado todas las casas marcadas en el Alpina y que no hay más y que le gustaría saber de dónde saqué las otras. El día siguiente, nos envía un nuevo mensaje, informando que puse las casas marcadas en la Minuta, pero en lugares incorrectos. Aquí, no está todo resuelto.
PDD. El domingo, mi hermana me envía un mensaje: Ha hecho 20 kilómetros con 700 metros de desnivel. 

viernes, 20 de marzo de 2020

13-3-2020 – Coronavirus


La semana siguiente, fui a Inglaterra y Carles y Pep no salieron por previsión de mal tiempo, que se cumplió, pero con unas horas de retraso. Cuando vuelvo el día 9, las infecciones por coronavirus están aumentando rápidamente, incluido a mi hijo, confinado en Igualada.

Por lo tanto, el viernes decidimos dar ejemplo y quedarnos en casa. El día después, el presidente del gobierno español declara el Estado de Alarma y el confinamiento de todo el país y, mientras dure, una de las actividades prohibidas son los paseos, solo o en grupo.

28-2-2020 – Desorientados en Vila-rasa

Hoy cambiaremos de zona pero no iremos muy lejos, ya que nos mantendremos dentro del municipio de Sant Jaume de Frontanyà. Concretamente, volveremos a la casa de Vila-rasa, al este del núcleo del pueblo.

Aparcamos en el parking del pueblo y cruzamos la carretera, mirando cuidadosamente a cada lado (con el tráfico que hay …) y, dejando Casa Blanca a la derecha, bajamos por un pequeño camino que desemboca en la pista que va a Vila-rasa. Sin embargo, en vez de seguir la pista, Pep quiere buscar un camino que siga una trayectoria más directa. Acabamos subiendo demasiado hacia el norte y ya estamos llegando a Cal Cintet cuando Pep decide finalmente girar hacia el sur.

Carles, que hace de explorador unos 50 metros por delante nuestro, ve las ruinas de una casa. “¿Será una casa que no conocemos?”, se pregunta Pep. “Si hay una pista detrás, es Cal Crispi”, contesto. “No puede ser”, afirma Pep. “Esa casa está más hacia el oeste”. Cuando tenemos la casa delante, vemos que a unos 200 metros de distancia, hay la pista de Vila-rasa y, efectivamente, es Cal Crispi. Sigue una breve discusión sobre la falta de infalibilidad de Pep.

Lo que queda de Cal Crispi

Seguimos los restos de un antiguo camino que baja hasta la pista. Podríamos haber seguido recto por la pista y acabaríamos llegando a Vila-rasa pero ahora Pep nos propone buscar otro camino debajo de Cal Cintet que encontramos el otoño pasado pero no pudimos seguir porque estaban cortando en el bosque. Giramos por otra pista que sube hacia el norte pero subimos demasiado, pasamos el camino de largo y cuando nos damos cuenta, casi estamos en la pista de Cal Cintet a Les Planes.

Hacemos un flanqueo hasta el Coll de Pal, bajo Els Prats, y bajamos por otra pista. De repente, en una abertura en la línea de árboles, vemos la casa de Vila-rasa muy abajo, a la derecha, y bajamos pasando por la antigua mina de lignito.
Durante los años 40, se hicieron prospecciones en distintos puntos de la comarca en busca de yacimientos nuevos de carbón e incluso se abrió alguna mina. Su producción siempre fue marginal y su finalidad principal fue librar a los jóvenes de los pueblos de ser llamados a filas. En plena autarquía, la minería se consideraba un sector estratégico y se aceptaba trabajar en las minas como sustitutivo del servicio militar. La mina de Vila-rasa fue explotada con más o menos intensidad durante una existencia efímera.

Llegamos a la casa. Con solo los restos de su estructura central en pie, parece un castillo del que solo ha sobrevivido una parte de la torre de homenaje, pero es una casa. Pep y Carles la inspeccionan con esmero pero es imposible decir si tiene un origen más antiguo. Lo que se ve actualmente es del siglo XVII, como mucho.

Vila-rasa

Aquí decidimos comer, en medio de una soledad inmensa, con las ruinas de la casa-que-parece-un-castillo delante. Mirando mis mapas, vemos que tengo un arranque de camino más hacia el sur que que parece ser el camino al Molino del Quirze y decidimos seguirlo en la ruta de vuelta a Sant Jaume de Frontanyà.

Efectivamente, lleva al molino, que dejamos a nuestra izquierda. Todavía está en buen estado y es habitada, al menos de vez en cuando. Llegamos a un poste indicador que indica Sant Jaume de Frontanyà en una dirección y el Molino de Moreta en la otra. Sin embargo, hacia el norte, nos deja en la pista delante de la casa de Cal Crispi, lejos del núcleo del pueblo, y Pep empieza a cuestionar que sea el camino de Sant Jaume. Tampoco le parece acertado, desde el punto de vista histórico aunque justificado desde el punto de vista excursionista y turístico, llamarlo el camino del Molino de Moreta. “A mí me parece el camino de Ripoll”, afirma ambiciosamente.

Sea como sea, seguimos la pista en su largo rodeo hacia Sant Jaume de Frontanyà y estamos casi en Casa Blanca cuando Pep pide los mapas a Carles. Últimamente, Carles es el porteador de los mapas. En realidad, los mapas son míos pero los cedo a él para no llevar tanto trasto. Solo hay un pequeño problema, y es que Carles no sabe orientarse con un mapa y cuando Pep o yo decidimos consultar los mapas, es demasiado tarde.

Este es el caso de hoy. Pep está convencido de que tiene que haber un camino más directo al molino (y a Ripoll) y, mirando mi mapa, vemos que yo había trazado en lápiz la trayectoria de un camino de la Minuta Municipal de los años 20 que va directamente de Casa Blanca al molino. Incluso tenía un tramo marcado en rojo, como si lo hubiera hecho físicamente, pero si lo hice, no me ha quedado ningún recuerdo. Pep es partidario de deshacer el largo camino hecho hasta el molino pero le convenzo para que haga un flanqueo hacia el sur ya que así cruzaremos el trazado del camino que tengo en lápiz.

Así hacemos y vemos signos sospechosos. Bajamos por una línea de postes hasta llegar al molino otra vez y luego recorrimos en el sentido inverso, marcando bien la trayectoria del camino, que ahora es clara. Así llegamos a Casa Blanca. Dejamos para otro día la decisión de si realmente es aconsejable dejar los mapas en manos de Carles. La casa ha puesto un cartel anunciando habitaciones, menú diario y de fin de semana. “Un día habrá que probarlo”, pienso. Además, como la Fonda de Cal Marxandó está cerrada por jubilación y el antiguo hostal hace muchos años que es una casa particular, tienen todo el mercado para ellos solos.


Publicidad gratuita para Casa Blanca

Descansamos en la pequeña plaza al lado de la iglesia, donde hay una rueda de molino que hace de fuente, unos bancos y un viejo fresno. “Tú que eres el más espiritual de nosotros, ¿por qué no te conectas con el árbol, a ver qué te dice sobre la historia de este lugar?”, me propone Pep. Me apoyo contra el árbol y lo escucho durante un par de minutos. “¿Qué te ha dicho?”, me pregunta cuando vuelvo al banco. “Me ha dicho que uno de nosotros es un impostor”, contesto.

Segmento del antiguo mapa del Ejército. Se ve el camino que baja al Molino de Quirze desde Sant Jaume de Frontanyà y el camino de Vila-rasa, hoy pista forestal

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,1 km; 340 metros de desnivel acumulado.

La imponente iglesia de Sant Jaume de Frontanyà

miércoles, 11 de marzo de 2020

21-2-2020 – La Paiola

Hoy Pep quiere ir un poco más al sur. Ya en tierras de Montclús, hay las ruinas de una casa que se llamaba La Paiola. Por un lado, Pep sospecha que la casa tiene un origen medieval y, por otro lado, quedan bastantes interrogantes respecto a los caminos que conectaban las distintas casas y el paso a Sant Jaume de Frontanyà.

El problema es la aproximación. Inicialmente, Pep se inclina dejar el coche en Sant Jaume de Frontanyà y pasar por el Coll de la Creu de Melosa, pero le hago ver que es mucho más fácil llegar desde Sellers y al final Pep accede, a pesar de su juramento de no volver nunca más a esa casa.

Aparcamos en el mismo sitio de siempre y empezamos a caminar por la pista que va desde Sellers a la pista de Montclús, pero esta vez, en el cruce, seguimos rectos hacia el sur por una pista más precaria y acabamos subiendo a un collado que haría de límite entre los terrenos de La Qüestió y La Paiola. Aquí, hace mucho tiempo, Pep y Carles habían visto un camino que entraba en el hayedo y tenían la esperanza de que pudiera ofrecer información sobre las comunicaciones hacia Sant Jaume de Frontanyà.

El camino empieza muy prometedor y va ganando altura poco a poco. En un barranco, vemos la primera carbonera y luego otros caminos que salían en distintas direcciones, incluyendo hacia abajo, hacia La Paiola. Pero una vez abandonada la zona de carboneras, los caminos pierden categoría rápidamente, se vuelven mucho más empinados y se acaban difuminando para convertirse en caminos de ciervos.

Este camino tan prometedor acabaría muriendo en un grupo de carboneras

La vista desde arriba, con Puigmal al fondo

Después de subir una cuesta ingrata y luego bajarla por enésima vez, Carles comparte un momento de lucidez con nosotros: “Esto es de friquis. Nadie normal hace esto”. Pep y yo asentimos. Nadie normal hace esto y la prueba es que, tras tantos años, seguimos siendo solo nosotros tres.

Al final, solo nos queda seguir el camino de bajada a La Paiola. Nos lleva directamente a una pista y de allí a la casa. Seguramente, la pista se hizo sobre el camino. Hace sol y la temperatura es suave. Decidimos comer aquí, sentados sobre el muro de la era. Pep y Carles hacen una inspección de la casa pero no hay ningún rastro de nada que pudiera ser medieval. Intento imaginar cuando había gente viviendo aquí y trabajando la tierra. ¿Nos dejarían sentarnos sobre su muro para comer nuestros bocadillos? Imposible saberlo. Nuestro primer mentor, Cesar August Torras, como buen burgués, siempre describía las casas de payès desde la distancia.

Lo que queda de La Paiola

Después de comer, miramos algunos esbozos de camino que tenía marcados en mi mapa, pero todos se acaban muriendo en el bosque o en campos abandonados. Decidimos que es hora de volver a casa. Bajamos a la pista principal que recorre todo el valle, desde La Qüestió hasta Ardericó. Pep se desvía para mostrarme el camino antiguo a Montclús, que discurre paralelo a la pista y acaba perdiéndose en el bosque también. Recuperamos la pista y llegamos sin novedad al coche.


 Las casas de Montclús, en la cara soleada


Y la casa-refugio de Ardericó, mucho más lejos

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8 km; 440 metros de desnivel acumulado.

lunes, 24 de febrero de 2020

14-2-2020 – El Roc de les Barraques


Mientras tomamos el café de la mañana, Pep nos informa que sus lecturas le han hablado de un Roc de les Barraques situado entre Sellers y Fontetes. Cuando subimos al Coll de Llevat, dejamos un camino que bajaba y Pep postula que este camino podría llevarnos a las barracas en cuestión. Además, nos permitiría liquidar los últimos caminos que nos quedan pendientes, sobre todo el camino de Les Fontetes a Sellers, y dar carpetazo a la zona.

Como ha sido la tónica de las últimas semanas, el día empieza frío pero habrá temperaturas suaves a mediodía. Voy con las 4 capas de rigor pero ya tengo asumido que dentro de un par de horas, tendré que quitar uno o dos.

Aparcamos en el mismo sitio y subimos hacia Sellers. De nuevo, dejamos la casa de lado y vamos a buscar el primer camino que Carles y yo seguimos la semana pasada y dejamos a medio hacer.
Recorriendo antiguas pistas forestales encima de Les Fontetes

Tal como sospechábamos, enlaza con el camino del Col de Llevat, que ahora dice Pep que podría ser el camino de Junyent, y luego giramos a la derecha para seguir el camino de las barracas. Sin embargo, al llegar a una cresta amplia, se difumina. Tampoco vemos ninguna barraca ni ninguna roca cercana. Aquí hubo una explotación forestal intensa hace unas décadas y la cuesta está cruzada en todas las direcciones por antiguas pistas y caminos para arrastrar troncos, que se mezclan con los bancales de los antiguos campos de Les Fontetes. Solo encontramos un camino a una pequeña fuente.

Como hace dos semanas, caminamos hacia el norte. Pep inspecciona todas las rocas que encuentra pero no hay suerte. Teniendo en cuenta que estamos hablando del siglo XVII, tampoco es de extrañar. “Podrían haber sido barracas de madera”, aventuro. “Si fuera así, no quedaría nada”. Hay una novedad respecto a nuestra última visita. El cuerpo decapitado de un ciervo, que los buitres se han encargado de dejar solo con piel y huesos. A pesar de los avances tecnológicos, los científicos dicen que nuestra composición genética es prácticamente la misma que cuando corríamos detrás de los mamuts. Viendo la gratificación que aporta a algunos matar a otros seres vivos, parece que efectivamente las cosas no han cambiado mucho.

Dejamos correr las barracas y comemos en un claro soleado. Solo nos queda el camino de Les Fontetes a Sellers, que no encontramos hace dos semanas. Tengo la teoría que la misma pista que arrasó la casa se hizo sobre el camino y solo hay que seguirla hacia el sur hasta que termine para ver si continúa un camino.

La pista acaba en uno de los afluentes del Torrent de Solls, a la altura del Salt del Bisbe. Parece que no hay nada al otro lado pero veo un trazado sospechoso y, a pesar del escepticismo de Pep, lo sigo y, en la cresta, entramos en un camino espléndido que, con una pendiente suave y constante, nos lleva directamente al camino que sale de Sellers, a muy poca distancia de la casa. Miro hacia atrás; es imposible distinguir el arranque del camino de cualquier otro camino que hayan hecho las vacas.

Pep y Carles estudian el posible recorrido del nuevo camino

Hemos cerrado el círculo. “Aquí no volveremos nunca más”, declara Pep.

El pajar de Sellers con la casa detrás

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,9 km; 340 metros de desnivel acumulado.

7-2-2020 – El Glop


Hoy Pep no puede venir. Tiene una reunión MUY IMPORTANTE y su presencia es imprescindible. Nos da carta blanca para ir donde queramos pero mientras estamos tomando el café en el Mikado, ya nos está enviando WhatsApp, preguntando dónde iremos.

Yo había pensado volver otra vez a Sellers. Al inicio del camino al Coll de Llevat de la semana pasada, tuvimos que dejar un camino intrigante que bajaba, pero también había interrogantes hacia La Qüestió y Santa Eugenia. Carles abre su teléfono para contestar a Pep pero por algún despiste, nunca llega a mandar el mensaje.

Aparcamos el coche en la carretera otra vez, cerca de la casa de Sellers. El cielo está tapado, hace frío. “Con lo bien que se está en casa”, pensamos. Y sin Pep y sus comentarios políticamente incorrectos, será una salida muy sosa.

El día empieza con un ambiente invernal

Pero al subir hacia la casa de Sellers, el cielo se empieza a despejar y encaramos el día con más optimismo. Dejamos la casa de lado y seguimos subiendo. Encima de la pista, encontramos un camino transversal, que seguimos un trozo en ambas direcciones. Hacia el sur, empieza a subir, hacia Montclús, pero se acaba perdiendo en la indefinición. Da la impresión que fue una zona para hacer carbón vegetal pero los ciervos también han hecho sus caminos que se acaban difuminando en las cuestas.

Tiramos la toalla y bajamos por un camino muy marcado que nos lleva directamente a la pista encima de la casa. Por lo menos de este camino no hay ninguna duda respecto a su categoría. Vamos siguiendo la pista hasta empalmar con la pista que va a Montclús. Giramos a la izquierda para ir a La Qüestió pero antes de llegar, tenía marcado un camino que pasaba por detrás del Glop, que es el nombre que tiene una especie de cerro delante de la casa de Santa Eugenia. Hace años que lo tengo allí y nunca lo había seguido. Hoy será el día.

Va pasando por el bosque, siguiendo un camino más o menos llano, hasta desembocar al otro lado, bajando una cresta con la gran casa de Santa Eugenia en frente. Aquí damos la vuelta porque en el trayecto, habíamos dejado dos caminos que bajaban hacia el bosque.

Carles busca un ángulo original para su foto en el Torrent de la Pallola

Solo conseguimos seguir uno de ellos porque los desprendimientos de tierra han cortado las comunicaciones entre caminos. Identificamos al menos dos carboneras y dos caminos que cruzaban el Torrent de la Pallola en diferentes puntos, pero en ambos casos acabarían llegando a la casa de Sellers por la pista.

A pesar de los desprendimientos, intuimos una red de carboneras con al menos dos niveles de caminos transversales, conectados por otros caminos en diagonal. Ya es hora de comer y cruzamos el torrente para salir de las sombras y pasar un rato al sol, cerca de la casa de Sellers.

La casa de Sellers, y detrás, con una línea de visión despejada, la gran casa de Santa Eugènia

Mirando la cuesta oscura de la que acabamos de salir, donde no toca nunca el sol, me parece conocer un poco mejor la vida de la joven esposa de la semana anterior. Porque, al salir a la galería por la mañana para regar las plantas, seguro que veía esa cuesta, en aquel entonces mucho más clareada, con unos hilos de humo que subían desde las carboneras y el ruido del hacha mientras el carbonero cortaba la leña.

Vista del Glop desde Sellers

Ya hemos acabado y dejo a mi protagonista, pensando con nostalgia en su vida anterior rodeada de vecinos y bullicio. Ahora, solo nos queda bajar a la pista que bordea el Torrent de Solls y de allí al coche. Al acercarnos a La Pobla de Lillet, por fin volvemos a tener cobertura de móvil y lo primero que entra es un WhatsApp de Pep, enviado en desesperación hacía un par de horas. “¿Que no me decís nada?”, pregunta entre enfadado y dolido. Yo, que soy mala persona, solo le envío uno de esos emoticones de una cara que ríe a carcajadas. Pero Carles, que es demasiado buena persona, cuando llega a casa le envía un mensaje informativo que pone fin a su sufrimiento.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,8 km; 450 metros de desnivel acumulado.

domingo, 23 de febrero de 2020

31-1-2020 – Sellers


Para este fin de semana, se han previsto temperaturas anormalmente altas pero hasta mediodía no se van a notar. Así que nos reunimos en el Mikado con las cuatro capas de rigor.

Esta vez Pep sí cree que podremos ir a Sellers en busca de algún rastro medieval que pudiera dar más solidez a su hipótesis sobre su nomenclatura. Aparcamos nuevamente en la carretera de Sant Jaume de Frontanyà a La Pobla de Lillet, esta vez sin nieve. Aquí, no hay cobertura de móvil, ni siquiera para emergencias, lo cual, con la edad que tenemos, ya es una temeridad.

Subimos a Sellers. Como en la semana anterior, ya le toca el sol de la mañana. Es una casa grande. Encima de la puerta, hay grabada el año 1884, que presumiblemente marcaría la fecha de una gran reforma de la casa, que incluiría la construcción de unas galerías porticadas orientadas al sur, un status symbol imprescindible para las grandes casas de payés del siglo XIX, construidas encima del establo. Mirando por las tablas del techo del establo, aún se puede ver el cable de una lámpara, rodeada de un relieve pintado en azul.

La casa de Sellers con la galería en la fachada sur

Mientras Pep y Carles inspeccionan el exterior de la casa, me pongo a soñar y en mi mente, me transporto hasta principios de la década de 1880. Como romántico que soy, invento una pequeña película: En 1883, el hereu de la casa (el primogénito y heredero) se había prometido con la hermosa hija de uno de los notables de La Pobla. Para que la joven no extrañara las comodidades de la vida en el pueblo, los padres del hereu habían decidido tirar la casa por la ventana y reconstruirla con el último grito en moda arquitectónica. En 1884, los albañiles habían acabado por fin la gran obra y pusieron la fecha encima de la puerta principal, como también era costumbre. Y por eso Pep no encontró ninguna piedra o indicio que pudiera indicar una antigüedad previa al siglo XVIII.

La nueva entrada, con el año grabado encima

Tampoco teníamos muy claras las conexiones con las casas vecinas. Habíamos venido aquí en algunas ocasiones anteriores y teníamos algunos inicios de caminos en nuestros mapas. Lo más completo quizás era un camino que bajaba la fuerte pendiente desde Montclus con curvas muy cerradas. Pep también quería mirar la casa de Les Fontetes, que teníamos marcada como arrasada por una pista, más al norte. Por lo tanto, ponemos rumbo al norte por uno de los caminos inacabados. Entramos en una antigua zona de cultivos, ahora poblada por hayas y pinos. Entre los árboles, la luz de la mañana, el verde de la hierba y los afloramientos de roca, todo tiene un aire mágico e invita a quedarse un rato más.

Un pequeño oasis de paz detrás de Sellers

El camino acaba aquí y subimos a una pista forestal que acaba en una pista empinada para bajar troncos y desde allí se ve un camino que marcha llano al norte, paralelo al camino del Coll de Llevat a la Bauma de Xalat y ahora parte de la Xarxa Lenta. Llegamos a la zona de desprendimientos de tierra. En el camino de arriba, se ha hecho una restauración muy cuidada y se pasa sin problemas pero aquí nadie ha hecho nada y probablemente hace muchas décadas que nadie sigue este camino. Es un caos de árboles caídos, ramas, zarzas, todo ello sobre un terreno inestable con mucha pendiente. Vamos pasando como podemos, haciendo contorsiones impropias de nuestra edad para pasar entre las ramas e intentando esquivar agujeros traidores tapados por hojas, sin precipitarnos hacia abajo. Más de una vez, me engancho en las zarzas y me llevo alguna perforación involuntaria.

Carles y Pep se adentran resolutamente en el camino de los desprendimientos. Aquí todo parece fácil; poco sospechábamos entonces de los obstáculos que íbamos a encontrar

Cuando llego a un tramo de camino intacto, Pep y Carles ya llevan tiempo recuperando fuerzas. Me siento para atar las botas. Pep veo que me acomodo y me insta a levantarme. De nada sirve mostrarle mis heridas y argumentar la gran cantidad de sangre perdida en las zarzas. Sigue otro tramo de desprendimientos antes de llegar al Coll de Llevat. Mirando hacia atrás, es imposible ver el arranque del camino. No creo que lo volvamos a seguir.

Bajamos hacia el oeste por un valle amplio. Tras bajar unos 100 metros de desnivel, se empiezan a ver grandes bancales de campos y, girando al norte, llegamos a los restos de la casa de Les Fontetes. De hecho, lo único que queda de la casa son piedras y tejas diseminadas, ya que la pista forestal pasó encima. Un camino bajo la pista y un roble viejo que lo marca dan más peso a la posibilidad de moradores. El mapa del Alpina sitúa la casa un poco más al norte, en la pendiente de un pequeño torrente. Tras una pausa para comer, vamos allí por si acaso pero encontramos mucha pendiente, mucha sombra y lejos de la zona de cultivo. Llegamos a la conclusión de que los editores de Alpina la pusieron allí a voleo.

Los campos de la casa de Les Fontetes

Acabamos bajando a la pista que bordea la ribera izquierda del Torrent de Solls y ponemos rumbo al sur. Hace tiempo que hace calor y nos hemos desprendido de unas cuantas capas. El torrente abajo todavía baja con fuerza, con cascadas ruidosas. Entre el sonido del agua y el sol en los árboles, volvemos al coche muy relajados.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,6 km; 370 metros de desnivel acumulado.