Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



martes, 16 de octubre de 2012

7/10/2012 – Caminos entre Guardiola y Sant Julià de Cerdanyola

Hoy he quedado para salir con Josep Mª. Tras algunas vacilaciones, me decanté por una ruta que enlaza caminos que suben desde Guardiola hasta Sant Julià de Cerdanyola. Hasta ahora, el blog no tiene ninguna entrada para este municipio, que fue mi primer descubrimiento serio del Berguedà, hace ya casi 20 años. Llegué aquí un soleado día de mayo desde el mundo gris de Barcelona y vi un paisaje lleno de verde; cantaban los pájaros, revoloteaban las mariposas, había flores por todas partes y el suave ruido del agua que pasaba por pequeños canales para regar los huertos. Me quedé cautivado.

Así que aprovecharé el día para enseñar a Josep Mª un poco más de su comarca. Dejamos el coche en la primera curva de la carretera que sube a Sant Julià de Cerdanyola, donde un rótulo indica Les Nou Fonts.
Bajamos por una pista que cruza un pequeño torrente. Un camino sube por la izquierda que lleva a una especie de gruta al lado de una pequeña cascada. Unos surcos de cemento canalizan el agua que sale de unos agujeros en la roca. Hay una mesa y asientos de hormigón. Es un lugar muy fresco y agradable en verano pero gélido en invierno ya que no le toca nunca el sol.

Entrada al merendero de les Nou Fonts

Volvemos a bajar hasta el torrente y caminamos en el otro sentido, primero por el lecho del torrente seco y luego siguiendo un camino claro que hace un flanqueo por el bosque paralelo a la carretera, donde enlaza con el camino principal que sube a Sant Julià desde el Collet y ahora parte de la Xarxa Lenta. A medida que vamos subiendo, las vistas se abren, tanto hacia el oeste, con el valle del río Saldes y Pedraforca, como hacia el este, con el torrente de l’Albiol y los pequeños campos – seguramente antiguos viñedos – colgados entre las rocas.

 A la derecha, se ve la casa de la Torre de Foix y las cuestas que subimos la semana pasada

 El día fue mejorando, ofreciendo estas vistas de Pedraforca desde el camino del Collet

Y del valle de l'Albiol, con las pequeñas terrazas a la izquierda

Lástima de la línea de alta tensión que va al Coll de Pal pero aún así, es un camino histórico y digno de seguir. Salimos en el lugar llamado Cap dels Roquets, donde hacen el tiro al plato.

El camino del Collet, justo antes de salir al Cap dels Roquets

Seguimos subiendo con una valla de una finca por un lado y los riscos por el otro, hasta el Cap del Grau, donde el canal de riego cruza un camino que baja hacia el fondo del valle de l’Albiol. Siempre ha sido un lugar muy agradable para pasar un rato, con unas vistas inmejorables. Ahora, al acercarnos, veo dos bancos y empiezo a sospechar lo peor. Al llegar a los bancos, veo que el entrañable camino que venía de llano, dando la vuelta del Puig, ahora es una pista a la que, además, sólo se podrá acceder en todoterreno. “No va nadie”, me asegurarán luego en el bar abajo donde tomamos un café.

Josep Mª se acomoda en el Cap del Grau

Cada tantos años, este municipio me da disgustos. Primero fue una fea pista de desembosque abierta sobre un bonito camino que bajaba desde la Artigassa hasta el Collet de les Bitlles hace unos diez años. Luego, hace unos cinco años, otra pista de desembosque que destrozó parte del antiguo camino de Malanyeu a Falgars, convirtiendo la pintoresca Font de les Estorales en una bañera metida en un charco fangoso. Y ahora esto.
Nos sentamos en los bancos para tomar un refrigerio. Sigue una conversación larga y uno de sus frutos es una propuesta por parte de Josep Mª de prepararme para un examen oficial de catalán a cambio de conversación en inglés. Tentador.

Vista del Forcat, con una parte de las terrazas de Les Deveses

Y el pueblo, mirando hacia Falgars con las montañas del Catllaràs detrás

Bajamos al lado del canal hasta la cruz (donde hay más bancos y un mirador) que marca la entrada al pueblo. Tras tomar el café susodicho, continuamos hasta el cementerio donde arranca el camí ral y también parte del GR4. Es un camino muy interesante, todavía empedrado en muchos puntos, que baja al lado del río de Cerdanyola, con la vista delante de las interminables terrazas de antiguos viñedos de les Deveses y uno de los rasgos distintivos de este pueblo, y empalma con la carretera en la ermita de les Esposes. Cerca de aquí, en la carretera, hay otro mirador con más bancos que ofrece buenas vistas del valle del Llobregat. A partir de aquí, el camino va bajando la cuesta, cruzando las curvas de la carretera, hasta dejarnos delante del coche.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,5 km; 370 metros de desnivel acumulado.

5/10/2012 – La Torre de Foix

Fiel a nuestra promesa, volvemos a la pista de las torres de alta tensión encima de los edificios mineros de Figols. Hoy, hace un día espléndido. La intención era acabar el camino que baja de la Torre del Far que tuvimos que dejar a medias la semana pasada y también, si es posible, buscar otro camino que subía a la Torre de Foix, aunque no tenemos grandes esperanzas de encontrarlo.


Aquí, quisiera hacer un inciso. Desaconsejo absolutamente el Canal Industrial como ruta senderista. Hay un camino que lo bordea pero está pensado únicamente para trabajos de mantenimiento. En algunos lugares es muy amplio pero en otros es una repisa estrecha de hormigón colgada sobre una caída de 20 ó 30 metros con sólo un cable como pasamanos. También cuando el canal baja lleno, una caída al agua puede tener consecuencias nefastas, ya que una vez dentro del agua, no es fácil salir. Nosotros lo seguimos porque (i) nunca lo hemos hecho y queremos conocerlo todo, (ii) es parte de la historia de esta comarca y aún quedan restos de la época de su construcción, y (iii) sobre todo, porque los caminos existían antes del canal y tenían derechos consolidados y cuando el canal cortaba un camino, había que construir un puente, lo que facilita enormemente su localización.

Uno de los puentes sobre el Canal Industrial que indica la existencia de un camino

Llegamos al Canal Industrial y giramos a la derecha, hacia Figols, para acabar de ver su trazado. Al cabo de unos 500 metros, desaparece en un túnel y lo dejamos allí. Un camino nos lleva a una de las torres eléctricas al lado de la pista, que volvemos a bajar.

He tenido una semana muy dura, peleando con unas traducciones especialmente difíciles y hoy, con este día tan soleado, tengo una sensación de liberación, lo mismo que debe sentir un perro cuando por fin se le saca a pasear por el campo.

Desde que nos reunimos en el Mikado, Pep y Carles han estado hablando de documentos, del estado de abandono de los yacimientos arqueológicos y otras cosas serias. Yo, por mi parte, me dedico a llenar mis sentidos, incluido el sexto, con sensaciones y no puedo evitar confesar lo que ya debían sospechar todos: “Aquí vengo para divertirme”. Sorprendentemente, Pep se muestra comprensivo: “No creo que sufras por el desnivel hoy”, me confía, con una sinceridad convincente.

Seguimos nuevamente el Canal hacia Guardiola y, en una entrada en un túnel, vemos un camino que sube en la cresta que baja desde la Torre del Far. Con más o menos dificultad, lo vamos siguiendo por un fuerte pendiente hasta situarnos al pie de la roca que Pep dijo que yo no pasaría. Pero yo no veo una pared vertical sino una cosa bastante asequible y así se lo hago saber. “Pero no es lo mismo de bajada que de subida”, matiza Pep.

Una vez hecho el enlace, volvemos a bajar al Canal y seguimos el mismo camino de bajada hasta un promontorio encima del río, donde lo dejamos. Continuamos por el Canal, anotando algunos puentes y uno en particular que promete y un par de hornos de cal construidos para hacer mortero para las obras del Canal. Llegamos a la carretera y damos la vuelta.

Empezamos a subir ese camino que prometía. Al poco rato, llega a una carbonera pero no acaba allí, como pensábamos, sino que continúa, buscando una vía para superar las rocas y luego entra en un barranco que baja en diagonal desde arriba, subiendo con eses interminables. No hay duda que estamos haciendo historia, recuperando el trazado de un camino histórico y prácticamente olvidado pero, abriendo paso por la vegetación, la subida es agotadora. Tras 230 metros de desnivel, por fin salimos a los campos de la Torre de Foix. Mirando mi cara de extenuación, Carles me pregunta: “¿Así que sólo vienes para divertirte?”. Bueno, por otras cosas también, supongo.

La Torre de Foix con la iglesia de Sant Climent

La Torre de Foix es una casa grande que esconde en su interior una torre medieval que, entre otras cosas, vigilaba el camino que sube desde el Collet y pasa por el Grau de Sant Climent hacia Vallcebre.
Pep empieza sus clases de música hoy y tiene que volver a una hora razonable. Decide que será más fácil volver por la carretera que deshacer la subida.

Un rincón de belleza natural y geológica en un paisaje todavía dañado

Nos encaminamos hacia El Jou pasando por el paisaje rascado de la antigua explotación a cielo abierto. En El Jou, buscamos la carretera y entramos en Sant Corneli. Hay un solo autocar aparcado en el Museo de las Minas y en el restaurante, se oye el acordeón que seguramente está animando a los pensionistas que han venido a cantar y bailar.

El Museo de las Minas de Sant Corneli

No queremos estropearles la fiesta y buscamos el pequeño parque pasado el parking. Aquí almorzamos. Unas prensas medievales han sido juntadas para formar una escultura moderna, dando fe del pasado vinícola de la zona. “Que salga en tu blog”, me conmina Pep. “Oído”, le digo.

Prensas de viña convertidas en escultura

Después de comer, sólo nos queda bajar la carretera hasta el coche.

Vista del Berguedà post-industrial, con los edificios de las minas de Figols, la torre del Conde de Figols, la central eléctrica (ahora parada definitivamente) y el pantano. Hace no tantos años, esto era un hervidero de actividad.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 14,4 km; 585 metros de desnivel acumulado.

sábado, 6 de octubre de 2012

28/9/2012 – El Castell dels Moros o la Torre del Far

El día amanece tapado, con pronóstico de lluvias fuertes el día siguiente. Pero decidimos salir y ponemos rumbo a Sant Corneli. “Tengo 20.000 palabras para traducir y un futuro brillante”, le advierto a Pep, recordando las paredes verticales que hemos visto miles de veces subiendo y bajando la carretera. “Confía en mí”, me contesta enigmáticamente.


Aparcamos el coche cerca del Jou, una casa convertida en hotel rural de gama alta. Hay caballos por todas partes; está claro que la cría es uno de los ejes de la economía del hotel. Aunque se ha gastado mucho dinero en transformar una casa humilde en un hotel con mucho encanto, su entorno, todavía marcado por las cicatrices de la extracción a cielo abierto de la última etapa de la minería del carbón en el Berguedà, le ha puesto las cosas muy cuesta arriba y, hasta ahora, no ha llegado a despegar de verdad. Detrás hay la ermita románica y la torre, ambas reconstruidas. La ermita todavía se parece a una ermita pero la torre ha sido reconstruida a partir de cero como un apartamento para escritores en busca de aislamiento para concentrarse. Quitando el ascensor, me parece bastante cuca. Evidentemente, Pep preferiría ver una pila de piedras en el suelo que esta monstruosidad sin gusto.

La nueva Torre del Far y su iglesia

Tras un comienzo en falso, encontramos el camino que arranca desde la torre misma. Da la vuelta de un promontorio y entra en un ‘grau’ (ver Glosario) espectacular. A partir de aquí, baja zigzagueando con bastante pendiente dentro de un bosque de robles. Su categoría es incontestable. Por las ramas cortadas, se ve claramente que, en algún momento, alguien intentó limpiar el camino. “Suerte de los árboles”, pienso. “No nos dejan ver el precipicio que tenemos a 20 metros a cada lado”.

Pep sonríe relajado ante los precipicios que nos rodean

Pero el camino se va volviendo cada vez más tenue. Evidentemente, el cazador no llegó a limpiar aquí. Todavía nos quedan 150 metros de desnivel para llegar al río. Pep sigue bajando, Carles se queda unos 50 metros más abajo y yo me quedo arriba, pensando en mis 20.000 palabras. Al cabo de unos 10 minutos, Pep vuelve. “Está tapado pero se puede bajar. Hay un tramo de roca un poco delicado; yo lo he cruzado pero conozco a uno que no querrá”, dice, señalándome con la mirada.

Volvemos a subir. El plan B es intentar acceder al camino desde la carretera y enlazar desde abajo. Antes de volver al Jou, decidimos hacer un ‘brunch’ sobre una plataforma de roca suspendida sobre el vacío, viendo pasar los vehículos abajo en la carretera y una vista enorme delante y hacia el norte, con el pueblo de Malanyeu en frente.

Carles y Pep contemplan el abismo antes de comer

Después de loar por enésima vez las excelencias del Viejo Peculiar y sus novelas negras de 10 palabras, reemprendemos la subida. En las inmediaciones de la casa, paramos para charlar con el dueño y nos sugiere tomar una pista de mantenimiento de las torres eléctricas cerca de las viejas instalaciones mineras de Figols que luego empalma con el camino que bordea el Canal Industrial.

Seguimos su consejo. Tras caminar durante poco más de un kilómetro, la pista acaba en un puente que cruza el canal, con un camino en ambas direcciones. Giramos hacia el norte y entramos en un túnel verde formado por los árboles, acompañados por el flujo silencioso del agua. Para nosotros, es totalmente nuevo. Nunca habíamos estado aquí y sólo habíamos visto el canal desde la carretera. El canal entra en un túnel excavado en la roca pero el camino lo rodea por fuera. Avanzamos unos 50 metros más pero ha empezado a llover y nos vemos obligados a batirnos en retirada. Volveremos.

El punto de entrada en el Canal Industrial

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 5,3 km; 360 metros de desnivel acumulado.

Nota histórica: El Canal Industrial fue construido a finales del siglo XIX entre Guardiola y Berga para traer energía hidráulica a la industria local. Supera infinidad de obstáculos y su coste final supuso la ruina económica de sus promotores, como otra gran obra del Berguedà, el ferrocarril de Peguera.

sábado, 29 de septiembre de 2012

21/9/2012 – Caminos de Moripol (2ª parte)

El día 11 de septiembre fue un día histórico para Cataluña. 1,5 millones de personas, una cuarta parte de la población del país y yo y mi mujer entre ellas, se dieron cita en el centro de Barcelona para reclamar la independencia. Aunque el ambiente era festivo y pacífico, sin rastro del cabreo del independentista de toda la vida, hubo una clara sensación de que ahora no había vuelta atrás.


El fin de semana siguiente, estuve en Inglaterra. Carles y Pep recorrieron las minas de hierro del Ripollès.

El jueves, propongo a Pep continuar con Moripol. El día siguiente, en el Mikado, en el viaje a Feners y caminando, la manifestación y la independencia fueron temas recurrentes. Cuando antes Josep Mª salía con nosotros, siempre se quedaba solo defendiendo sus tesis separatistas. Nosotros pensábamos que era posible llegar a un entendimiento con Madrid y, además, si quienes realmente mandan están en Bruselas, porqué querer crear otro país. Ahora, cansados de las mentiras, la soberbia y las malas maneras de la clase política y algunos medios de Madrid, los tres estamos a favor de la independencia y, como nosotros, hay cientos de miles más. En definitiva, le tocará al President Mas gestionar un proceso largo y difícil.

Pero volvamos a lo nuestro. Aparcamos el coche cerca del desvío que va a La Collada. El mapa del Alpina tenía marcado unos caminos de la Xarxa Lenta que queríamos ver. Continuamos por la pista que va a Can Blanc y antes de llegar al próximo torrente, vemos un camino muy interesante que marcha hacia arriba. Sin embargo, no lleva ninguna marca y lo dejamos. Antes del siguiente torrente, vemos las marcas que primero entran en el bosque sin camino y luego empalman con una pista muy fea y empinada para bajar troncos. Emprendemos la fuerte subida con un ritmo penoso: “Eso sí que es una Xarxa Lenta”, pienso. En una pausa, saco el mapa otra vez y lo examino porque algo no me cuadra. Y efectivamente, el mapa marca el primero como el bueno y el que seguimos ahora, ni siquiera existe. Por lo visto, hubo un fallo de comunicación entre cartógrafos y pintores de marcas. A mis lectores asiduos, les desaconsejo este camino señalizado por irremediablemente feo y les sugiero que prueben el primero ya que, según el mapa, van al mismo sitio.

Antes de llegar arriba, vemos un camino que nos cruza en diagonal y lo reservamos para la vuelta. Salimos a las ruinas de una casa que se construyó sobre el emplazamiento del antiguo castillo. Pep nos lleva a ver el hueco de la entrada a la era entre dos edificios. “¿Qué veis?”, nos pregunta, como un maestro que pone un examen sorpresa a sus alumnos. En cada edificio, tocando el hueco, se ve la cantonera de un muro medieval. “Se demolió la torre para hacer la casa y el pajar y sólo quedan las esquinas”, responde Carles, siempre alerta. “Excelente”, asienta Pep, con una sonrisa de aprobación.

 Vista de la casa del Castell, mostrando el huecho entre los dos edificios donde estaba la torre medieval

Otra vista del Castell con la Cingle de Xupal detrás

Seguimos hacia el pueblo de Moripol. Pep todavía no se explica cómo es que no ha quedado ningún rastro del pueblo medieval. Tomamos otro camino que sube directamente hacia el Coll de Gosol, combinando con tramos de pista y pasando por zonas de antiguos cultivos.

Una Lysandra bellargus disfrutando del último calor del verano

Después de un corto descanso, bajamos con fuerte pendiente por una pista relativamente nueva y poco armonizada con el entorno, también marcada como Xarxa Lenta, que pasa al lado del Roc de les Mosses para desembocar en Les Colladetes. Aquí hay un estanque y la Font de Tomàs, actualmente seca. Giramos para volver a Moripol, entrando por un fragmento que queda del camino antiguo pasada la zona de campos llamada Ribalta. Recogemos manzanas ecológicas de los árboles al lado de las casas y comemos en el pueblo.

Vista del pueblo de Moripol

Después del almuerzo, nos separamos para explorar los campos y cuestas encima de la Font de Moripol para buscar una vez más el pueblo medieval, pero sin éxito. Nos reunimos en la iglesia. “Es curioso pero al lado de la pista, delante de la casa principal, hay un cementerio viejo y las casas modernas nunca se construían al lado de cementerios, por lo del yu-yu”, dice Pep. Vamos a la zanja de tierra abierta por la pista y efectivamente se ven trozos de hueso y, entre las piedras del terraplén, Carles encuentra fragmentos de cerámica. Pep los inspecciona: “Es medieval y la prueba irrefutable de que el pueblo medieval estaba aquí mismo”, declara. “Carles, eres un crac”. Aventuro la hipótesis de que el pueblo quedó abandonado después de la Peste Negra y cuando se volvió a habitar y levantar casas, unos siglos después, nadie se de acordaba que aquí había el cementerio.

Resuelta esta cuestión, volvemos al castillo y bajamos por el camino transversal que habíamos visto en la subida. Efectivamente, hace un zig y un zag muy amplios y acaba en una ‘artiga’ (ver Glosario) al lado del torrente. Me parece mucho esfuerzo para tan poca cosa. A la salida de la artiga, sale una pista que nos llevaría a la pista de Can Blanc y el coche. A la derecha, baja un camino muy marcado al torrente pero no vemos continuidad al otro lado. Mirando el mapa en casa, veo que marca allí “forn de pega”. Este tipo de horno se utilizaba para destilar las cepas y raíces de los pinos cortados para extraer un alquitrán que se utilizaba como impermeabilizante y también para curar los animales. No lo supimos ver pero sería una justificación mucho mejor de tanto camino, tanto desde arriba como desde abajo, que una simple artiga.

Font de les Barraques

En el viaje de vuelta, en el desfiladero del Llobregat después de Guardiola, en el curso de la conversación, Carles pregunta por la Torre de Far, cerca de la antigua masovería y actual hotel-restaurante de El Jou. “Es cierto”, dice Pep. “Hace mucho tiempo me hablaron de un camino que bajaba desde allí hasta el río”. Señala con gesto despreocupado hacia las paredes verticales de piedra calcárea que se alzan 200 metros encima nuestro al otro lado del río. “La semana que viene lo buscaremos”.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 11 km; 570 metros de desnivel acumulado.

sábado, 22 de septiembre de 2012

7/9/2012 – Caminos de Moripol (1ª parte)

Esta semana, Carles tampoco puede venir y Pep me da carta blanca respecto al lugar. El jueves por la noche, subiendo desde Barcelona en el coche de un amigo, le llamo con mi móvil: “Moripol”. “¿Tan lejos?”, me contesta. “Me diste carta blanca, ¿no?”. “Vale, vale”. “Hay una cosa más”, añado. “Esto de quedar tan pronto está haciendo estragos con mis biorritmos. Necesito tomar un café en condiciones. Ya que el verano está acabando, a las 8 en el Mikado, por favor”. “Concedido”, me contesta Pep, magnánimamente.

¿Cómo puedo describir el placer de tomar un café con tranquilidad en una cafetería acogedora, mirando Els Matins y repasando las novedades, en lugar de meterse a toda prisa en el coche a las 7:30, después de tomar un café indigesto en cualquier lugar, sólo porque necesito la dosis de cafeína a cualquier precio? La prueba está en que, en lugar de pasar todo el viaje en mi silencio catatónico habitual, puedo escuchar a Pep, comprender lo que dice e incluso contestarle.

Pedraforca con una nube en la enforcadura. Por la tarde, las nubes se extenderían a toda la zona y provocaría chubascos

“Ya me va bien ir a Moripol”, me confiesa, cuando giramos a la carretera de Saldes. “Podemos ir a la Farga de l’Espà”.

Aparcamos el coche debajo de Feners y caminamos hacia Cal Quel, el Molino de l’Espà y finalmente la Farga, por el camino de la Xarxa Lenta. La fragua se utilizó como tal durante la segunda mitad del siglo XVIII y luego como molino de harina. Es un edificio grande, fruto de varias aplicaciones. Todavía se puede ver la maquinaria para hacer la masa de pan, que luego se llevaba al horno en el pueblo para alimentar la importante población minera en la primera mitad del siglo XX.

La Farga de l'Espà

Una parte de la maquinaria

Decidimos seguir el canal del molino hasta su punto de unión con el río pero se alarga mucho y entramos en una zona donde ya no tengo mapa ya que el plan era ir al sur, no al oeste. Una vez visto el comienzo del canal, vemos un camino que sigue hacia el oeste; se muere en unos campos y flanqueamos sin camino por el bosque hasta llegar a las pistas entre Sorribes y Moripol. Conseguimos encontrar el camino viejo y lo seguimos hasta que entra en campos, donde empalma con la pista otra vez.

Seguimos caminando por la pista hacia Moripol, comiendo moras, que ahora están en su punto. Pep se desvía en el Clot de Moripol para buscar el pueblo medieval, ya que las casas e incluso la iglesia del vecindario actual son todas modernas. No lo encontramos y continuamos por la pista. Tenemos Moripol a la vista cuando vemos un poste indicador que nos señala hacia abajo con la leyenda “Camí ral de Moripol a l’Espà”.

El poste indicador donde quedamos a las puertas de Moripol como Moisés a las puertas de la Tierra Prometida

Decidimos parar aquí. Ya volveremos otro día para hacer más caminos en Moripol. Después de almorzar, iniciamos el descenso, primero por camino y luego por pista hasta el Coll de Feners, luego camino y luego pista. Para no ir otra vez a la Farga de l’Espà, nos desviamos por un camino tapado encima de Cal Quel y bajamos hasta llegar al coche.

Moripol, un pequeño núcleo deshabitado pero con la iglesia restaurada

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10 km; 450 metros de desnivel acumulado.

sábado, 8 de septiembre de 2012

31/8/2012 – La Portella Blanca

Desde la última entrada, ha llovido, las temperaturas han bajado y ha entrado viento del norte. Quería volver a intentar llegar a la Portella Blanca y propuse a Pep hacer el camino desde Porta, en Francia, ahora parte del Camí dels Bons Homes, una ruta creada desde Berga hasta Montségur para explotar el filón de los cátaros. Carles no puede venir, está en la playa.


El día está despejado y aparcamos en el aparcamiento público en Porta. Sabíamos que hacía viento pero nada nos preparó para el huracán glacial que nos embistió nada más salir del coche. Nos volvemos a refugiar en el coche mientras el viento aúlla a nuestro alrededor. "¿Qué temperatura marcaba?", pregunto. "Creo que eran 7 grados", dice Pep. "Hay un bar aquí. Igual hay algo bueno en la tele", propongo a modo de actividad alternativa. Pero nosotros somos unos valientes y no hemos venido aquí a pasar el día en el bar. Nos abrigamos y volvemos a salir. Cruzamos la carretera lo más rápido que podemos y empezamos a subir la pista que nos llevará a la Ribera de Campcardós, un valle protegido del norte.

Efectivamente, a medida que entramos en el valle, el viento amaina. Ya no tenemos que apretar los dientes y luchar contra los elementos y podemos empezar a fijarnos en nuestro entorno. Vamos subiendo por campos parcelados. Más arriba son campos de forraje, cada parcela con su barraca de piedra. Aquí los amantes de la piedra seca estarían de enhorabuena. Y más arriba todavía, son prados de pasturar.

Entrando en la zona de barracas

Pasamos por encima de un lago seco, convertido otra vez en río y justo cuando vemos la tierra blanca que da a la Portella Blanca su nombre, el viento vuelve a golpear con fuerza pero ahora con la temperatura que corresponde a 2300 metros de altura en lugar de 1500 metros. Volvemos a sacar la ropa de invierno de las mochilas.

 El lago seco, mirando hacia Porta

Una zona de meandros

Ahora nos toca subir una amplia planicie, sin ninguna protección contra el viento. A la derecha, vemos un grupo de jabalís comiendo. Nosotros estamos a sotavento y no se dan cuenta de nuestra presencia hasta que ya le hemos dejado atrás. Nos desviamos ligeramente para ver los restos de una avioneta que se estrelló allí hace más de 30 años. “Y luego dicen que volar es seguro”, comenta Pep, a quien saber que sólo tiene aire debajo de los pies le produce un profundo malestar.

Uno de los restos de la avioneta

La última subida hacia la Portella Blanca, en el fondo. El viento era casi ártico; incluso los caballos se cansaron y en la bajada los encontramos abajo entre los árboles

El último kilómetro, con 200 metros de desnivel y el viento en contra, se hace eterno pero por fin pasamos al lado catalán. Nos quedamos un rato contemplando los valles donde tuve que rendirme la semana pasada antes de dar la vuelta e iniciar el descenso.

El paso fronterizo

Vista del Valle de la Llosa desde la Portella Blanca

Buscamos un sitio resguardado para almorzar y contemplamos el paisaje. Abro mi última botella de cerveza inglesa, Poacher’s Choice, nuestra preferida como sabrán mis lectores asiduos. Los senderistas van pasando a unos 200 metros de nosotros pero no nos ven, escondidos en un hueco bajo una roca. Valoramos las posibilidades de reciclarnos en bandoleros de verano: a una media de 100 euros por cabeza, serían 1.000 euros por una tarde de trabajo pero lo acabamos descartando. El segundo día, ya tendríamos policías de 3 países encima nuestro.

Vista del viaje de vuelta

Acabada la tertulia, salimos de nuestro refugio para encararnos nuevamente con el viento pero ahora lo tenemos a la espalda y es más soportable. En la zona de prados, interrumpimos a los buitres del valle que estaban almorzando una vaca que, por el olor, ya debía llevar varios días muerta. Curiosamente, en la subida, no la habíamos visto.

Algunos buitres esperan que nos vayamos para continuir con el festín

Después de tantos kilómetros, me es imposible mantener el ritmo de Pep en la bajada, así que cada uno baja solo, separado por unos 100 metros, con la compañía de sus pensamientos. Seguramente cuando viene Carles, habla de cosas más serias y más fructíferas pero me gustaría pensar que conmigo, Pep se ríe más.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 20 km; 1.025 metros de desnivel acumulado.

domingo, 2 de septiembre de 2012

24/8/2012 – Vall de la Llosa

Ya van tres semanas que no hemos podido salir por el intenso calor pero esta semana, el hombre del tiempo por fin nos dice que el calor empezará a remitir.

Pep nos había hablado de una fragua de mineral de hierro a la entrada del Vall de la Llosa. Yo había subido ese valle hace unos 10 años, precisamente con Pep y algunos más, pero sólo recordaba bien el castillo y la Cabaña dels Esparvers al final. Me hacía ilusión volver a hacer esta ruta y, si era posible, llegar hasta la Portella Blanca, ya que nunca había estado allí.

Aparcamos el coche en el último aparcamiento gratuito en la pista polvorienta entre Viliella y Cal Jan, donde te dejan aparcar en la era por 2 euros. Andamos un kilómetro hasta Cal Jan y, a partir de aquí, iniciamos la subida. Dejamos las ruinas del castillo a la izquierda.

 Cal Jan; la última casa habitada antes de pasar la Portella Blanca

El castillo de la Llosa y la iglesia de la Mare de Deu dels Angels (izquierda) con el sol de la mañana. Al fondo, el Cadí

Aunque voy al gimnasio, acuso las 3 semanas sin hacer rutas largas y empiezo a sudar. Pep y Carles se mantienen unos 100 metros por delante de mí, hablando de sus cosas. Sólo me esperan cuando salen de la ruta.

Nada más iniciar la ruta, Carles y Pep me dejan atrás, absortos en sus archivos y documentos

Un rostro inquietante nos observa desde la Barraca de la Farga

El agua baja con brío por el Riu de la Llosa pero que nadie se engañe. Aquí hay una sequía pertinaz. La hierba es amarilla, con una estrecha franja verde que marca el curso de los torrentes y riachuelos. Me recuerda el mapa del Nilo en mi atlas: una cinta verde con el amarillo del desierto a cada lado.
Entramos en una zona de prados con restos de cabañas, corrales o establos. Pep se desvía de la pista y, detrás de los corrales, encontramos escoria del mineral cocido, y detrás de esto, muros de la antigua fragua y canales que traían agua del río. Recojo muestras para la colección geológica de mi madre.

Los establos o corrales cerca de la fragua. Se ve claramente la estrecha franja de verde que marca el curso del arroyo

Seguimos restos de antiguos caminos que siguen el curso del río. Da gusto ver un poco de verde pero el último camino acaba en una carbonera, lo que obliga a emprender una dura subida hasta llegar otra vez a la pista principal.

Llegando a la Barraca de l'Isidro, Pep y Carles siguen absortos en su conversación. En el fondo, el Bony d'Engaït

Entramos en otra zona de prados, pasamos la Barraca de l’Isidro y allí se acaba la pista y continúa un sendero. Miro el altímetro; todavía quedan 500 metros de desnivel hasta la Portella Blanca. Las fuerzas me flaquean. “No podré llegar hasta la Portella Blanca”, le digo a Pep. “Pues menos mal que vas al gimnasio”, me replica Pep irónicamente. Carles, siempre discreto, calla, pero me confiesa el día siguiente que ya le fue bien acortar la ruta.

La Barraca dels Esparvers

Llegamos a las cabañas dels Esparvers, situadas en unos prados resecos. Aquí hay una división de caminos, uno a Vallcivera y otro al riu d’Engaït y la Portella Blanca. Tomamos el segundo camino para buscar un lugar para comer. Volvemos a pillar la hora punta y, en poco tiempo, nos cruzamos con 5 caminantes.

Confluencia de caminantes en la hora punta de mediodía. Se formó un atasco monumental en el poste indicador.

Comemos al lado del río. La conversación toca brevemente la situación económica y política de Cataluña pero, ante la falta de motivos para el optimismo, no tardamos en buscar otro tema.

Para volver al coche, deshacemos el mismo camino pero, por algún mecanismo que no alcanzo a comprender, parece tres veces más largo que el camino de ida. Cuando llegamos al coche, hago subir a Carles delante mientras yo me pongo en el asiento de detrás para descansar. “Si Pep se duerme, ya le entretendrás tú con cuentos”, le digo.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 16,5 km; 570 metros de desnivel acumulado.

miércoles, 15 de agosto de 2012

2/8/2012 – Els Engorgs

Pep está aquí otra vez pero de momento no tiene agenda minera y magnánimamente nos da libre elección del lugar. Desde la última vez que estuvimos en la Cerdanya, nos han quedado ganas de conocer Els Engorgs y le pedimos que nos organice una ruta turística por esa zona.

Aparcamos el coche en el mismo sitio en el Campllong pero esta vez tomamos la pista que va al valle a la derecha. Pasamos al lado de prados recién segados. El camino deja la pista, ahora rotulado con el número 101. Primero es plano pero luego, entrando en el bosque de pino negro, la pendiente se hace más empinada. Suerte del relajante sonido del torrente al lado y la sombra, que ayudan a encarar la subida con filosofía.

Una pequeña cascada casi fuera del bosque

Entrando en los prados

Salimos del bosque y entramos en los prados. Vemos una impresionante oruga en un arbusto. “¿No la vas a fotografiar?” me pregunta Pep. Ante mi falta de entusiasmo, Pep me apunta con un dedo acusador. “Eso es típico de ti. Dices que te gustan las mariposas pero sólo cuando están revoloteando con esas alas tan bonitas. Cuando son gusanos, no. Dices que te gusta la montaña, pero sólo cuando hay agua, árboles, vistas bonitas y un camino despejado. Cuando se trata de subir una cuesta pelada a pleno sol, ya te echas para atrás”. Con esta lógica aplastante, no me queda más remedio que sacar la foto.

La oruga del esfinge de las lechetreznas. ¡A que es guapa!

Luego consultando con mi interlocutor en el Catalan Butterfly Monitoring Scheme, me dice que es la oruga de una mariposa nocturna, el esfinge de las lechetreznas. El color tan llamativo es para avisar a todos los depredadores que es venenosa.

El camino acaba en una pleta grande con tres barracas de distintas épocas y distintos estados de conservación. A partir de aquí, subimos como podamos al lado de un desfiladero hasta empalmar con el GR que viene de Malniu.

La gran barraca de la pleta

Y una vista de la subida

Una última subida y tenemos a la vista el circo de Els Engorgs y el refugio libre. Las vacas y los caballos han comido la hierba y las flores y sólo queda en abundancia el acónito azul (o ‘tora’ en catalán), una planta atractiva pero mortalmente venenosa, y también millones de pequeños saltamontes que espantamos con nuestros pasos.

Pep propone hacer un rodeo detrás del refugio para visitar los lagos. Seguimos subiendo, dejando el refugio y el GR a la izquierda. En los lagos, los saltamontes son sustituidos por ranitas, invisibles hasta que se muevan. También nos acompañan los silbidos de las marmotas, alertando de nuestra presencia invasora, y alguna que se deja ver.

Esta rana pensaba que estaría invisible sobre las rocas

Hacemos un recorrido completo de los lagos, pasando por las Mulleres d’Engorgs, el Estany Llarg, el Estany de la Portella y, ya otra vez en el GR, los Estanys dels Minyons, donde almorzamos bajo la sombra de una gran roca, y detrás las cuestas rojizas y amenazadoras del Bony del Manyer. Desde hace tiempo, hay un viento bastante fuerte y frío del NO que obliga a moverse o buscar abrigo. En el GR, se ha producido una especie de hora punta y pequeños grupos de senderistas pasan delante nuestro, algunos cruzando la Portella d’Engorgs desde el Valle de la Llosa y otros viniendo en la dirección contraria desde Malniu. Tenemos una vista enorme delante nuestro, con los lagos en el primer plano.

 El Estany Llarg

Y una parte de la vista desde nuestro comedor

“¿Alguna queja?”, me pregunta Pep. “Bueno, quitando la fuerte pendiente por el bosque, el trozo escalando las rocas sin camino, lo mucho que pica el sol y el viento, ninguna”, contesto.

Bajamos por el otro lado del torrente, pasando por más pletas y barracas, primero sin camino y luego empalmando nuevamente con la ruta 101 en un complejo de corrales que aprovechan un pequeño llano. Seguimos bajando hasta cruzar el río por un pequeño puente de troncos donde conectamos con la ruta de subida. Ahora, sólo nos queda deshacer el camino hasta llegar al coche.

Los corrales donde arrancaba nuestro camino de bajada

Conduciendo de vuelta a Berga con el calor de la tarde, a Pep le empieza a entrar sueño; es el conductor y no conviene que se duerma. “Cuéntame algo, Steve”, me implora. Después de buscar desesperadamente un tema durante unos minutos, me decanto por las sangrientas ofensivas del Frente Occidental en la Primera Guerra Mundial, que le mantienen suficientemente entretenido hasta llegar a casa.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 14,75 km; 900 metros de desnivel acumulado.