Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



lunes, 4 de julio de 2016

22/04/2016 – Salselles (Caminos a la Boatella)

Hoy por fin toca Salselles. Lo había propuesto ya a principios de año como lugar a visitar. Se trata de una antigua parroquia incorporada al municipio de Borredà, bordeando la ribera izquierda de la Riera de Merlès. La Minuta de Borredà, muestra unos cuantos caminos y tenía la esperanza de que algunos todavía se conservaran como tales.

Subiendo la carretera al lado de la Riera de Merlès, aún paramos un par de veces para mirar agujeros en la roca. Desde su desembocadura en el río Llobregat hasta el límite norte del municipio de Borredà, la riera está llena de molinos.

Aparcamos cerca del puente que va la camping del Merlès. Debajo, más agujeros en la roca y, un poco más abajo, los restos de la balsa y obrador del molino. Aguas arriba, se ve la casa del molino de Vilardell. Este molino marcó el límite sur de nuestra campaña en Boatella en el invierno de 2009-2010, cuando decidí empezar el blog.

El molino de Vilardell

Emprendemos la larga pista desde el camping hacia el pequeño pueblo de Salselles y, mientras andamos, Pep nos cuenta la película biográfica de Marcelino Sanz de Sautuola, miembro de la alta burguesía asturiana y descubridor científico de las pinturas rupestres de Altamira.

Su descubrimiento fue rechazado por la comunidad científica del tiempo, encabezada por el francés Cartailhac, y por poco no le acusaron de fraude. También tuvo en contra a la Iglesia y quedó desacreditado en la sociedad. No fue hasta 20 años después, ya muerto, que se descubrieron pinturas similares en Francia y se reconoció la autenticidad de las pinturas españolas.

“Si eso me pasara a mí y supiera que tengo razón, no me afectaría lo que pensaran los demás”, concluye Pep. “No me lo creo”, contesto. “Tienes que situarte en el contexto del siglo XIX. Estar bien considerado en la sociedad formaba parte de tu identidad. Sin nuestros conceptos del siglo XXI, estaríamos igual que todos los demás”.

Pero Pep tiene una fe enorme en su autonomía intelectual y no se deja convencer. En eso llegamos a Salselles. Pasamos por las ruinas de una casa grande y llegamos a la iglesia. Antes de la puerta, unas columnas cuadradas que habrían formado una especie de pasillo. Entramos en la iglesia. Encima de la puerta, lo que habría sido el coro, luego una gran nave con arcos labrados, una pequeña capilla a la izquierda, luego el edificio se vuelve a ensanchar, acabando con un espacio donde habría estado el altar y el pulpito del cura.

Nos acercamos a Salselles

Mirando los distintos elementos, Pep empieza a leernos la historia de la iglesia. “Hubo una iglesia románica original, orientada de este a oeste. Luego, en el siglo XVII o XVIII, hubo una gran ampliación. Se cambió la orientación de norte a sur, creando el altar y las capillas con estilo gótico. Se aprovechó la puerta original de la iglesia para conectar una rectoría. Más tarde, en el siglo XIX, se hizo el coro y, al final de todo, las columnas fuera. “Resumiendo”, digo, cuando ya llevamos 40 minutos aquí, “alguien se gastó mucha pasta para estar más cerca de Dios”. “Piensa que aquí era un santuario y venía gente a hacer retiros. Eso explica la casa detrás, que seguramente era una hospedería”, añade Pep.

El interior de la iglesia, mirando hacia el sur

Y mirando hacia el norte

Mientras Pep y Carles siguen inspeccionando el resto del pequeño núcleo, yo les espero a la entrada del camino que quería seguir, al lado de Can Pou, escuchando los pájaros, que por aquí hay muchos. Cuando por fin salen, Pep retoma un tema ya conocido: “No entiendo porqué vienes con nosotros si no te interesa la historia”. Intento adoptar un ademán digno: “Me debo a mis lectores. El blog cumple una función informativa imprescindible”. “Tu blog es puro cotilleo”, dice Pep, despectivamente. “Apenas dedicas dos líneas a las cosas realmente importantes. Además”, concluye, “está todo distorsionado. Es como leer un partido del Barça en la prensa deportiva de Madrid”. “Te equivocas”, contesto. “Son precisamente esos detalles humanos que le dan al blog su interés. Y que conste que no cuento nada que no haya pasado”.

Seguimos el camino hacia el norte. Es un camino auténtico que va directamente hacia Boatella. En las pendientes, las motos han cortado profundos surcos. Cruzamos una pista y continuamos por el camino hasta llegar a la casa de La Pica. “Aquí hay paredes medievales”, dice Pep. “Parece una torre. Pero, ¿por qué una torre aquí, en medio de un valle? Me empieza a gustar esta zona”.

La casa de La Pica. Observad las ampliaciones sucesivas; la parte a la izquierda parece la más antigua

Continuamos hacia el norte por una pista, hasta salir a otra pista que recorre la cresta, la Carena de la Riera. A partir de aquí, hay caminos que bajan hacia Boatella pero ya no los seguimos sino que giramos hacia el oeste. Aquí comemos. Carles estudia el mapa del Alpina. En la Serra de Vila-seca, hay tres casas colocadas prácticamente en línea.

Continuando por la pista, pasamos delante de una casa nueva llamada La Xuriguera. Está equipada como casa rural de lujo, con piscina, terraza y un extenso jardín. “No quiero ni pensar cuánto debe costar alquilarla”, pienso. 

La Xuriguera ... para una boda inolvidable, por ejemplo

Llegamos a una curva de la pista, con la casa de La Serra a la vista. Con Carles como guía, subimos hacia el Serrat de la Atalaia y caminamos por la cresta, confiando en encontrar pronto la primera casa. Vemos bosque pero ninguna casa. Empiezan a verse antiguos campos pero todavía no hay ninguna casa. Se nos acaba la cresta y por fin encontramos un camino, que luego empalma con otro y que algún día habrá que explorar en profundidad. Salimos a una zona despejada y vemos otra cresta al norte, al otro lado del valle. Hemos ido en la dirección contraria. “Suerte que no llevaba yo el mapa”, pienso. “La bronca que me habría caído”.

Conseguimos llegar a la casa de Vila-Seca, todavía habitable pero sin modernizar. Aquí llega la cresta que teníamos que haber seguido. “Aquí hay trabajo”, dice Pep, satisfecho. Una vez más, tengo que constatar mi papel de catalizador. Y luego Pep dice que no sabe porqué vengo. ¡Mi presencia es absolutamente necesaria! Gracias a mi sugerencia de la Riera de Merlès, ha descubierto infinidad de molinos y agujeros en las rocas. Y ahora aquí, en Salselles, se le ha abierto un mundo nuevo y ya sabe dónde venir el próximo invierno.

La casa de Vila-Seca, más auténtica 

Con esos pensamientos, bajamos lo que queda de la cuesta y seguimos la pista hasta el camping. Nada más llegar al coche, empieza a tronar.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 13,8 km; 320 metros de desnivel acumulado.

15/4/2016 – La Riera de Merlès (Puigcercós)

“¿Dónde vamos?”, pregunto a Pep, ya en el coche. “Hoy, vamos a donde no quisisteis ir la semana pasada: Mora Vella. ¡La banca siempre gana!”, proclama triunfalmente.

Aparcamos delante de la pista de Les Heures. Pasamos nuevamente debajo de la Balma de Les Heures pero esta vez no paramos sino que cruzamos el Rec de Les Heures y continuamos hacia el sur por lo que parece ser un camino ancho, pero es difícil saberlo. Esta zona está llena de pistas antiguas que se han naturalizado. Un corzo se va corriendo, con un ruido de ramas rotas.

Salimos del bosque a la vista de Mora Vella o Mora de Dalt, ahora en ruinas. Pep inspecciona la pared norte; las piedras en la base podrían ser medievales, dice. Mientras Pep y Carles intercambian comentarios sobre las maravillas de esta casa, paso al otro lado. Me parecen ver unas piedras que tienen un aspecto raro en la pared. “Aquí también hay algo que deberías mirar”, aviso a Pep. Cuando llega, clava la vista en el suelo, donde hay una piedra con un agujero que yo ni siquiera había visto. “Una piedra de prensa medieval. Excelente hallazgo”, dice Pep. “Supongo que te referías a esto, ¿no?”. “Por supuesto”, miento. Señalo la pared detrás como si quisiera descartar definitivamente algo que evidentemente no podía ser: “Y esta pared, ¿qué te parece?”. Pep le dedica una mirada breve. “Nada. Todo de época moderna”.

Retrocedemos hasta una pista que nos sube al Serrat dels Corbs, el mismo sitio donde acabamos la semana pasada antes de iniciar la bajada. Al otro lado del valle, vemos otra vez la casa de Puigcercós, nuestro destino. Giramos hacia el norte y dejamos la pista principal para tomar otra secundaria que planea debajo de la cresta. Cuando muere al cabo de 500 metros, inicia un camino despejado que bordea el valle del Torrent Llarg sin subidas ni bajadas, salvando una cuesta empinada y boscosa. Es quizás el momento más relajante del día.

El camino que va a Puigcercós

Empieza a hacer calor y nos quitamos los jerseys. Nuestro camino muere en una fuente desde la cual arranca una corta pista de desembosque que entra en aquella pista que pareció tan interminable a mi hijo la semana pasada. Subimos al cruce del estanque y tomamos la única pista que quedaba, a la derecha, y al cabo de media hora nos plantamos en la casa.

Comemos bajo una encina al lado de la casa. Aquí es más montañoso, lo que ha propiciado la supervivencia de caminos. Hemos visto el arranque de algunos caminos más que Pep ya está reservando para el próximo invierno. Con las ruinas de la casa delante, nos transportamos mentalmente a un pasado remoto. “La verdad, no me veo corriendo detrás de aquel corzo con una lanza en la mano”, admite Pep. “No haría falta. Ya haría 20 años que nos hubiéramos muerto”, le contesto. “Y Carles sería un anciano”.

Las ruinas de la casa de Puigcercós

Empieza a soplar el viento y es hora de ponerse en marcha. Vamos por una pista que sigue el valle del Rec de Les Heures hasta llegar a una cresta, donde vemos un camino que la cruza. Giramos para bajar. Es un camino que también eligen las motos y la erosión ha dejado profundos surcos en algunos tramos de mucho pendiente. Eso de las motos es cada vez más polémico. Dejando de lado el aspecto legal, hay gente que dice que las motos ayudan a conservar los caminos y otros que dicen que los estropean. Pero lo cierto es que no hay la misma permisividad de antes y los forestales empiezan a denunciar a los motoristas que circulan por los senderos.

Llegamos al camino antiguo de la Riera de Merlès, ligeramente al norte de la casa de Les Heures. 

El camino antiguo de Les Heures

Bajamos a la riera. Allí, hay el molino de Vilartimó, con la casa arreglada arriba y la estructura del molino abajo, colgado sobre el agua, con una evidente factura medieval, dice Pep. Un poco más arriba, la presa del molino, y un poco más abajo, la presa del cercano molino de Les Heures. Cruzamos saltando las rocas y subimos a la pista al otro lado, en la ribera izquierda, y empezamos a bajar.

 El viejo molino de Vilartimó

Y la vista mirando río abajo

Pasamos delante del molino de Les Heures y poco después, el puente de las Goles de Les Heures, que cruzamos. Diez minutos después, estamos en el coche. La cantidad de molinos que hay en esta riera no deja de asombrarme. Algún día, alguien tendrá que hacer un estudio serio sobre el tema.

El molino de Les Heures

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 14,3 km; 450 metros de desnivel acumulado.

jueves, 28 de abril de 2016

8/4/2016 – La Riera de Merlès – La Balma de Les Heures

Mal tiempo, Semana Santa y el 90 cumpleaños de mi padre nos han impedido salir hasta hoy. Pep propone continuar subiendo el valle de la Riera de Merlès, reanudando desde donde lo dejó con Carles en marzo. Esto implicaría entrar en el municipio de La Quar, en la zona de Les Heures. Hoy, nos acompaña mi hijo Anthony, que ha subido a Berga para desestresarse. La verdad es que ha aprendido a disfrutar de nuestras salidas y aprovecha la ocasión para escuchar las sabias palabras de Pep.

En el coche, vamos remontando la carretera que bordea la Riera de Merlès. Mientras Pep aparca cerca de la casa de Montclús, Anthony comparte sus reflexiones durante el viaje: “Os hace falta un perro. Una mascota que espere impacientemente el momento de abrir la puerta del coche para salir corriendo a descubrir cosas nuevas”. Nos quedamos pensativos unos segundos. “No”, contesto finalmente. “Para eso no nos hace falta el perro. Ya lo hace Carles”.

Liquidado el tema del perro, cruzamos a la ribera izquierda de la Riera por un puente y vamos caminando hacia el norte por una pista. La estrategia es ir bajando a la Riera cada vez que se ve una extensión importante de roca para ver si hay agujeros. Tras las lluvias del último mes, el agua baja con una alegría que hace muchos meses que no hemos visto.

Uno de los tramos de la Riera de Merlès

Así vamos contando agujeros hasta llegar al Gorg de les Heures, un lugar donde la Riera se estrecha, formando un angosto pasillo y luego se ensancha, con una amplia explanada de roca muy popular en verano para bañarse. Mientras Pep va corriendo de un lado a otro, documentando agujeros de antiguas pasarelas, nosotros le contemplamos desde el puente, compartiendo un pequeño tentempié y conversando. “¡Filistinos!”, nos reprocha cuando llega al puente. “A mí basta la historia para alimentarme”.

La entrada al Gorg de Les Heures

Pero enseguida le pasa la indignación; cruzamos la carretera y entramos en una zona de bosque bajo la casa de Les Heures. Siguiendo el pequeño valle del arroyo, llegamos a unos campos donde el valle se ensancha. Allí hay un cerezo en flor, un roble centenario y, a la derecha, una serie de terrazas con unas construcciones en el hueco de una roca. Es la Balma de Les Heures. Quitando a Pep, ninguno de nosotros había estado aquí antes. Es un entorno idílico, perfecto para picnics. Exploramos el interior de la Balma. Su último uso era como almacén y corral pero Pep está convencido que en la Edad Media, era una vivienda.

 El entorno de la Balma de Les Heures, que se ve al fondo

 Vista del interior

Y desde la 'terraza'

Subimos a una pista detrás de la Balma e iniciamos un largo ascenso con una pendiente suave, primero subiendo el Rec de Les Heures, pasando por el Baga de les Heures y luego entrando en el valle del Torrent Llarg. Esta zona también se escapó de los incendios de 1994 y es un bosque maduro de pino albar. Mientras Pep y Carles van delante, yo sigo unos 50 metros detrás, disfrutando del bosque y el canto de los pájaros. Y detrás mío, viene Anthony, como un alma en pena, arrastrando los pies y consultando su móvil cada 10 minutos. Más tarde, me confesará que aquella pista se le hizo eterna. “Las pistas son para hacer en coche, no para caminar”, sentencia.

Llegamos a un cruce de pistas. Allí hay un estanque con pequeñas carpas rojas. “Alguien vació allí una pecera”, pienso. Pep propone comer en la casa de Puigcercós y continúa por la pista al otro lado del cruce, que sube con bastante pendiente. De repente se para. “No vamos bien”, y damos media vuelta y giramos por la pista que estaba a la izquierda en el cruce, hacia el sur. Salimos del bosque en una especie de planicie, con la casa de Colldesegrià a la vista. “Por aquí hay unas tinas”, musita. “Nunca las he encontrado”, y gira hacia el oeste. Pero al cabo de unos 100 metros, desiste. “No las vamos a encontrar y se nos hará tarde” y da media vuelta. Miro a Pep preocupado. No estamos acostumbrados a tanta indecisión.

Vemos la casa de Puigcercós desde el otro lado del valle. En el fondo, Puigmal nevado

Salimos a la cresta y, al otro lado del valle, vemos la casa de Puigcercós en ruinas, sobre otro llano. “Había que tomar la pista a la derecha en el cruce”, concluye Pep. Continuamos por la pista hacia el sur. “¿Por dónde queréis bajar?”, pregunta Pep. “Podemos bajar por aquí e ir La Mora o continuar un poco más y bajar por Montclús. Los dos sitios me interesan pero por La Mora habrá más asfalto”. “Que haya el mínimo de asfalto”, interpone Anthony. “Pues, en honor a nuestro invitado, así se hará”, dice Pep.

Continuamos por la pista, parando en una explanada de roca para comer. Pasamos bajo una línea de alta tensión y poco después, Pep encara ya la bajada, sin camino como es su costumbre. Vamos bajando como podemos por una pendiente fuerte y rocosa, con plantas espinosas que nos rascan y pinchan. Detrás mío, Anthony intenta buscar la ruta menos dolorosa pero con poca suerte. Está claro que jugar al tenis en Barcelona no prepara para bajar estas cuestas.

Ante sus quejas, desde más abajo Carles contesta: “Es culpa tuya. Tú elegiste venir aquí”. “Sí, ‘mínimo de asfalto’, dijiste”, corroboro. “Con lo bonito que es el asfalto”, concluye Carles. Pero cuando parece que tendremos bajar toda esa cuesta dando tumbos, vemos un camino a unos 200 metros hacia el norte y nos lanzamos directamente hacia él como si fuera una balsa salvavidas. Cuando llegamos, parece hecho más por motos que por personas pero está despejado y nos lleva hacia abajo sin más percances.

Desde allí, Pep nos lleva hacia un rectángulo de piedras en un llano rocoso encima de la casa de Montclús. “Aquí excavaron”, dice Pep. “Había cerámica del siglo IX-X”. Medio kilómetro después, estamos en el coche.

Todo lo que queda de la casa medieval de Montclús

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 17,2 km; 450 metros de desnivel acumulado.

La primavera avanza imparable en Montclús

P.S. El día siguiente, Anthony no se levantó hasta mediodía. Estaba destrozado, pobrecito.

viernes, 15 de abril de 2016

11/3/2016 – La Torre de Merola

La semana pasada, fui a Inglaterra y Pep y Carles repasaron la Riera de Merlès, en la parte que corresponde al municipio de Sagàs. Fue un festival de agujeros, me dijo después Pep, anotando la existencia de molinos medievales desconocidos hasta ahora para la historia local.

Pero para hoy, yo esperaba de Pep una salida más amena. De hecho, hace tiempo había pedido a Pep una salida por la Riera de Merola, ya que la desconocía por completo y el mapa me decía que había cosas interesantes para ver allí.

Hace una temperatura fresca pero sol, lo que augura una temperatura suave a mediodía. Aparcamos delante de la Torre de Merola, a poca distancia de la autovía y cerca de Cal Riera, entre Cal Vidal y Navás. Nada más salir del coche, nos asalta una cacofonía de pájaros pero Pep tiene prisa para mostrarnos el conjunto de la Torre. A pie de pista, hay las ruinas de una casa de pagès y detrás, una hilera de 5 ó 6 tinas enormes, todavía con el revestimiento de cerámica. Evidentemente, era un punto de recogida de la producción de muchas hectáreas a la redonda y eso explica el buen estado de la pista y el puente de obra que cruza la Riera.

Lo que queda de la torre y la iglesia detrás

Detalle de las tinas

Y detrás, dominando el cerro, una pared muy alta (y con un aspecto muy precario, como si pudiera venir abajo en cualquier momento), que es lo que queda de la torre medieval. Con tanta altura, es evidente que su finalidad era mostrar el poder del Señor de la zona, y detrás, una iglesia, muy remodelada pero con orígenes románicos. Pasamos una media hora, como mínimo, recorriendo este conjunto; su visita es muy recomendable.

Seguimos río arriba por la pista. Pasamos por antiguas terrazas de viñedos, ahora convertidas en un bosque maduro de pinos. Aquí no se quemó en 1994. Dejamos el Cementerio de Merola a la derecha y después bajamos a la riera: una presa moderna y una línea de agujeros en la roca, indicando un canal elevado para llevar agua, pero ¿a dónde?

Bosque de pino albar en antiguos viñedos

La presa en la riera

Seguimos subiendo la riera por la pista, la cruzamos a vado y entramos en una zona de antiguos cultivos. Paredes de campos hechas con piedras talladas, seguramente traídas de algún edificio medieval, tinas, la casa de Subirana, muy arreglada pero de evidente factura medieval. 

Pared de un campo hecha con piedras cortadas traídas de algún edificio medieval

Y detrás los restos de un antiguo pueblo medieval del que no se sabe prácticamente nada, con las ruinas de una pequeña iglesia románica con un añadido del siglo XVIII, y detrás una casa de época moderna que parece aprovechar una pared más antigua.

Lo que queda de la iglesia románica con el añadido posterior a la derecha

Aquí hacemos un pequeño alto y repasamos todo el patrimonio histórico que hemos visto en una distancia que no pasa de los 2,5 kilómetros y un desnivel de unos 50 metros. Bien conservado y bien explicado, sería un recorrido muy atractivo para más de un visitante.

Dejamos la pista y buscamos la cresta del Serrat de Sobiraneta, hacia el Hostal de Ferriols, ahora casa de alojamiento rural, y la carretera de Puig-reig. Unos grandes bloques de piedra parecen rodear uno de los cerros con círculos concéntricos. Desconocemos su función.

Para volver, Pep elige otra cresta que baja hacia el sur, dejando la casa de La Frau a la izquierda y luego la casa de Casanova de Merola a la derecha. Parece un camino auténtico; sea como sea, hace las delicias de los motoristas que parecen recorrer toda esta zona como si fuera su patio particular. Suerte que no hay pendientes fuertes y la erosión es mínima.

El camino de bajada

Antes de iniciar el descenso, comemos. Resulta que Pep fue a la charla del cardiólogo el 4 de marzo y sus impresiones nos dan temas para charlar hasta la hora de ponernos en marcha otra vez.

Llega la primavera. Una mariposa (Polygonia c-album; Comma buttefly en inglés) explora las flores de un cerezo

Continuamos por el camino hasta volver a la Riera. Aquí hay una zona muy extensa, bastante llana, dividida en campos por muros. Aquí, hace 150 años, el paisaje habría sido muy distinto, con apenas árboles e interminables viñedos. Y cerca ya del Cementerio de Merola, un último descubrimiento: un horno de tejas, todavía bien conservado.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,1 km; 290 metros de desnivel acumulado.

26/2/2016 – La Guàrdia

La semana pasada, además del trazado de la Minuta, Pep había traído un mapa del siglo XIX que mostraba una red de caminos entre Gironella y la Riera de Merlès. En aquella salida, vimos que la Xarxa Lenta actual intenta seguir esa red.

Hoy, Pep tiene que volver antes y además es un día inapacible, frío, y está previsto que llegue una borrasca con lluvia y nieve. Pep propone volver a mirar el mapa antiguo pero desde el santuario de La Guàrdia.

Salimos de Gironella por la zona de las piscinas. Es una carretera que no conocía, muy sinuosa, y va hacia Santa Maria de Merlès, pasando por La Guárdia. Allí aparca Pep, en el cruce con la carretera que sube al Santuario. Al bajar del coche, se oyen muchos pájaros cantar, de especies que no se ven en el Alt Berguedà pero por encima de todo esto, un fuerte olor a purinas (o ‘eau de cochon’ como lo llamamos nosotros cariñosamente).

La primera tarea de hoy es buscar la continuación del camino que seguimos la semana pasada hasta Torvella. Caminamos por la carretera hacia el este, con el frío y el mal olor. Empezamos a ver los rectángulos amarillos de la Xarxa Lenta.

De repente, Pep ve un perfil sospechoso a la izquierda, al otro lado de un campo. Al llegar allí, vemos claramente que es el camino antiguo, ahora convertido en canal para llevar el agua de lluvia. “¿Por qué no se ha marcado esto en la Xarxa Lenta en vez de la carretera?”, nos preguntamos. Lo seguimos hacia el coche, dejándolo poco antes de llegar a la carretera que sube a La Guàrdia. 

El camino antiguo que pasa por La Guàrdia

Damos media vuelta y volvemos hacia el este. Al llegar otra vez a la carretera de Santa de María de Merlès, vemos unas marcas difusas que bajan hacia la derecha y buscan el torrente, evitando el largo rodeo que hace la carretera.

El camino no está muy limpio y las marcas se ven muy de vez en cuando. ¿Qué pasó con la Xarxa Lenta del Baix Berguedà?, nos preguntamos. ¿Se tuvo que hacer de prisa y corriendo? ¿Faltó presupuesto? Ya habíamos visto la semana pasada lo fácil que era perder la Xarxa en un giro repentino.

Con la casa de la Tor Nova a la vista, dejamos el camino y cruzamos la carretera. Buscamos un camino que subiera desde aquí hacia La Guàrdia. Pasamos por La Barraca, una casa en ruinas. Hay pistas pero no se ve un camino claro.

Llegamos a La Guàrdia. Es un lugar pulcro, bien cuidado, que invita a pasear y con unas vistas privilegiadas del Baix Berguedà. Una pequeña vía crucis lleva al penitente hacia la iglesia.  
Una de las columnas de la via crucis y la iglesia

La vista desde arriba, mirando hacia el noroeste, con el pueblo de Gironella y detrás, las montañas de Capolat y Rasos de Peguera

Todo el recinto se ve acondicionado para visitas escolares. Pep aún llegó a conocer al último cura que vivía en la rectoría. Un grupo de buitres sobrevuela la iglesia, buscando comida. A veces, subiendo a Queralt, se les ve pasar muy de cerca.

El cuidado entorno de la iglesia invita a quedarse

Comemos en el camino de bajada desde el santuario, con vistas a Cal Bassacs y Gironella, y detrás, los Rasos de Peguera, medio tapados por las nubes. Después de comer, seguimos bajando y giramos hacia Gonfaus. Pep quiere mostrarnos un horno de tejas. En el camino, cerámica ibérica en el suelo. El horno está casi enterrado bajo la vegetación. Es una estructura grande, aún en buen estado, y si se limpiara, podría ser una atracción turística para las múltiples casas de turismo rural que hay alrededor. Pero a ningún propietario se le ha ocurrido dejarlo visible y visitable.

Parte del horno de tejas

Cruzamos la riera antes de llegar a Gonfaus. Más que una riera es una zanja de drenaje de metro y medio de fondo. Pep y Carles salen de la zanja con cierta dificultad, agarrándose a ramas y piedras. Cuando me toca a mí, con la mano derecha sujeto  una rama y la otra la extiendo para que me ayuden a subir. “Ah, no”, dice Pep, negándose a ayudarme. “¿No tienes una tía que cree que eres una especie de Indiana Jones? Ya saldrás tú solito”. 

Pep y Carles hablan tranquilamente entre ellos mientras me esfuerzo por salir de aquella fosa y cuando por fin lo consigo, ponemos rumbo otra vez hacia La Guàrdia. Como última tarea, Pep quiere encontrar la continuación hacia Gironella del primer camino que encontramos esta mañana. Dejamos los campos para entrar en una zona selvática bajo las rocas de La Guàrdia. Uno no puede dejar de sentir un poco ridículo, peleando con la vegetación a menos de 100 metros de una pista limpia y despejada.

Al final, hasta Pep admite la futilidad del esfuerzo y volvemos a tierras civilizadas, que no volveremos a abandonar hasta llegar al coche.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,1 km; 250 metros de desnivel acumulado.

19/2/2016 – Buscando el camino de Gironella

La semana anterior, nos quedamos en casa por mal tiempo, o buen tiempo. Llovió.

Hoy Carles no puede venir. Llegamos a Santa Maria de Merlès con una temperatura de -4ºC. Pep ha pasado a un mapa el trazado de un camino de la Minuta que iba desde Santa Maria de Merlès en línea casi recta a la casa de Salvans, y después a la casa de Biure, camino a Gironella.

Santa Maria de Merlès con el frío de la mañana

Ahora hay una ruta de la Xarxa Lenta que intenta seguirlo pero acaba dando rodeos por las pistas. Después de dejar atrás el núcleo del pueblo, vemos restos del antiguo camino que bordean los campos, que seguimos. Llegamos a la casa de Salabert, ahora convertida en granja de vacas. Desde la entrada, vemos el camino antiguo que bordea la casa por el sur pero es imposible llegar por la vegetación.

La Xarxa Lenta hace tiempo que había marchado por otra pista. La nuestra tiene un rótulo que dice “Camino particular”. “¡Sí, hombre!”, dice Pep, y continuamos. Pasamos por delante de la casa y entramos en los campos. Hay decenas, cientos de vacas y terneras. No parecen tener fin y todas nos miran con mala cara. “No sabéis que allí dice ‘camino particular’”, nos parecen decir.

Ante la presión vacuna, bajamos a la izquierda en cuanto podamos para buscar el camino antiguo. Lo encontramos bordeando el campo, llegamos al Torrent de Pinya, que cruzamos, saliendo a una pista con una flecha blanca sobre un fondo verde. Pep vuelve a sacar su mapa. “Según esto, para llegar a Torvella, hay que subir a la cresta primero por la derecha, como si fuéramos a Sangnari”, dice. Miro por encima de su hombre. “Yo creo que da la vuelta por la izquierda, sin subir, hasta casi llegar al collado de Torvella”.

Siguiendo el camino que baja al Torrent de Pinya

Probamos por la derecha. Aquí no hay nada y volvemos a bajar a la pista. Probamos por la izquierda. Tampoco vemos nada pero por lo menos es un camino limpio. Llegamos a la carretera de Puig-reig y giramos a la derecha para subir a Torvella, donde antes había una torre y una iglesia. Allí vemos como llega el camino antiguo al collado y la seguimos hacia atrás. Se pierde en un campo, justo antes de llegar a la pista. Imposible verlo desde la pista.

Volvemos al collado de Torvella y Pep toma otra pista hacia el noroeste. Ya son pasadas las 12 y hace una temperatura más agradable. Comemos sobre una roca plana, con la casa de Salvans a la vista y una visión de 360º. 

Mirando hacia el norte desde nuestro comedor. Al fondo, Tosa d'Alp 

Llegamos a la casa de Salvans, donde hay un importante cruce de caminos. Un poste de la Xarxa Lenta señala a la izquierda, hacia Biure, y también hacia la derecha, para ir a Santa Maria de Merlès, pero no vemos pintura en el suelo. Pep se inclina por bajar en línea recta; a mí me parece que hay que ir por la derecha, por una pista.

Vamos por la derecha. Pep me muestra las marcas grabadas en la roca de un horno de aceite de enebro pero al pasar la próxima curva, me doy cuenta que me equivoqué de camino. Decenas de novillas de esa peluda raza escocesa con cuernos largos – y cuyo destino es sin duda el matadero – nos miran con ojos hostiles, agrupadas alrededor de un comedero. Intentamos rodearlas pero las rocas nos lo impiden. Levanto nerviosamente los dos primeros dedos en signo de V. “Paz”, les digo. Hasta ahora, este sencillo gesto siempre me ha funcionado. Sea como sea, las novillas se limitan a mirarnos. Y después, Pep encuentra un horno de cal del que no tenía constancia.

El dibujo cortado en la roca por donde bajaba el aceite de enebro después de calentar la madera en unos recipientes colocados sobre los círculos

Sin embargo, nuestro camino no va en la dirección correcta y al final tenemos que dar la vuelta. “Por las vacas, no”, imploro a Pep. Bordeamos un risco hasta encontrar la manera de bajar a la pista siguiente, donde volvemos a encontrar las marcas amarillas de la Xarxa Lenta. Pasamos por la casa de Sangnari, ahora dedicada al turismo rural, donde volvemos a perder la Xarxa Lenta. Bajamos a un torrente y luego subimos peleando por la vegetación hasta llegar a una pista.

La casa de Sangnari

Voy caminando por la pista totalmente desorientado. Veo a lo lejos la casa de Salabert (la del camino particular) pero no sabría decir dónde estoy. De repente, veo un poste con una flecha blanca sobre un fondo verde. “Eso me suena”, digo a Pep. “Menos mal”, me contesta, y bajamos a cruzar el torrente para buscar el camino de esta mañana.
                                   
Deshacemos la ruta. Esta vez conseguimos seguir el camino hasta su empalme con la pista, su trazado camuflado por las zanjas de los campos. Seguimos deshaciendo nuestra ruta hasta llegar a Santa Maria de Merlès. Desde el centro de recuperación de fauna de Camadoca, una cigüeña nos mira, de pie sobre el césped.

La casa de Salabert con el trazado del camino a la izquierda de la pista

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 16,1 km; 370 metros de desnivel acumulado.

5/2/2016 – Sant Marc y Sant Pau de Casserres

Para hoy, Pep propone desplazarnos un poco más arriba y recorrer la zona entre Casserres y Gironella. Concretamente, le interesaba identificar el camino desde Casserres hasta la iglesia de Sant Marc, cerca de Cal Bassacs que, según él, formaba parte de esa enorme red de caminos que irradiaba desde Cardona.

Aparcamos en la cruz de término de Casserres en la carretera a Puig-reig y seguimos un rastro débil de camino por el bosque hacia el noreste. Cruzamos una pista y seguimos por una pista llana hacia un promontorio. Alguien está quemando ramas abajo pero con el potente anticiclón encima nuestro, el humo no consigue levantarse sino que tiene que desplazarse horizontalmente, creando unos efectos interesantes.

El humo crea paisajes misteriosos, mirando hacia el sureste

Llegamos al borde del promontorio y allí hay las marcas inconfundibles de un ‘grau’, un paso creado expresamente para bajar y, en la roca abajo, una ‘potera’, el nombre que Pep ha dado al surco creado por las patas de los animales que recorrieron el camino diariamente siglo tras siglo. “A la primera”, exclama triunfalmente. “No hay duda, somos muy buenos”, corrobora Carles.

El camino queda cortado por unos campos que bordeamos, entrando en un pequeño bosque donde había los leñadores quemando ramas. Allí hay una pequeña pasarela, antes muy usada para cruzar la Riera de Clarà y ahora prácticamente en desuso. El camino que la cruza iba a Cal Bassacs pero vemos otro que sigue bajando por la ribera derecha de la riera. “Este lo usaban los trabajadores para ir a las fábricas de Viladomiu”, nos informa uno de los leñadores, ya de cierta edad.

Al otro lado, una pista nos acaba llevando a la pequeña iglesia románica de Sant Marc. A pesar de verla cada vez que voy por la autovía, nunca la he visitado. Pep nos explica su estructura. Una enorme roca, que seguramente ha bajado desde las rocas detrás, ha sido integrada en la estructura de la iglesia, dándole una forma poco usual.

La iglesia de Sant Marc, cerca de la autovía

Ponemos rumbo hacia el norte. “Lo que yo quería hacer, ya está hecho”; proclama Pep. “El resto del día sólo será para divertirme”. Pasamos por un tramo de bosque paralelo a la autovía. Esta zona se salvó de las llamas de 1994 y tiene el bosque típico de aquí, robles y encinas. Cruzamos la carretera de Gironella a Casserres. Llegamos a una explanada grande, la Roca Llarga.

“Aquí veníamos a jugar cuando era niño”, explica Pep. Cuenta que subía a pie desde Gironella y desde aquí, por primera vez, pudo ver las montañas de Capolat y Espunyola. Durante unos momentos, nos transportamos al pasado e intentamos imaginar – con cierta dificultad, todo sea dicho – a un Pep niño mirando con asombro un horizonte todavía inalcanzable mientras sus compañeros juegan a fútbol.

La Roca Llarga; al fondo, los Rasos de Peguera

Giramos hacia el suroeste y, tras comer en otra explanada de roca, pasamos cerca de la casa de Cal Canudas y su dirt track, templo del motor en el Baix Berguedà, y nos encaminamos hacia Sant Pau. Aquí hay un restaurante en activo, una hospedería que luego fue casa de colonias y ahora está en desuso y al lado, la iglesia románica y la rectoría. Pep nos explica algunos detalles de su interior y luego vamos al castillo, situado detrás de la estatua de una virgen misericordiosa en el jardín.

Entrada de la iglesia de Sant Pau

Colocado sobre paredes de roca vertical, es un emplazamiento perfecto para vigilar todos los caminos que pasaban por allí, pero del castillo no queda nada. Todas las piedras se llevaron para construir otros edificios. Bajamos hacia el pequeño pantano y, desde allí, seguimos nuevamente el curso de la Riera de Clarà. Pasamos por debajo del viaducto de Casserres, utilizado en las clases de arquitectura como ejemplo de cómo no hay que hacer obra pública, dice Pep.

El entorno del castillo de Casserres

El nuevo viaducto, visto desde la riera

Aquí había dos molinos, el Molí de Bernadàs y el Molinet de Vilanova. Pero antes de llegar al primero, la riera se ensancha, formando un estanque. Aquí venía la gente de Casserres a bañarse en verano, dice Pep. Mirando el agua fangosa con una vegetación viscosa y enfermiza en el fondo producida por las purinas de las granjas de cerdos, empiezo a pensar que todos estaríamos mejor si fuéramos vegetarianos.

El Molí de Bernadàs

El primer molino es una casa grande con campos extensos; el segundo es más bien pequeño pero en su interior aún queda una rueda de moler. Pasamos por la casa de Vilanova y seguimos la larga pista hacia el coche. Filas interminables de procesionaria buscan un sitio donde enterrarse en la tierra compactada de la pista mientras miles de orugas muertas muestran el precio del fracaso. Este año, es una auténtica plaga; hasta sale en la tele.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 15,5 km; 315 metros de desnivel acumulado.