Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



domingo, 2 de septiembre de 2012

24/8/2012 – Vall de la Llosa

Ya van tres semanas que no hemos podido salir por el intenso calor pero esta semana, el hombre del tiempo por fin nos dice que el calor empezará a remitir.

Pep nos había hablado de una fragua de mineral de hierro a la entrada del Vall de la Llosa. Yo había subido ese valle hace unos 10 años, precisamente con Pep y algunos más, pero sólo recordaba bien el castillo y la Cabaña dels Esparvers al final. Me hacía ilusión volver a hacer esta ruta y, si era posible, llegar hasta la Portella Blanca, ya que nunca había estado allí.

Aparcamos el coche en el último aparcamiento gratuito en la pista polvorienta entre Viliella y Cal Jan, donde te dejan aparcar en la era por 2 euros. Andamos un kilómetro hasta Cal Jan y, a partir de aquí, iniciamos la subida. Dejamos las ruinas del castillo a la izquierda.

 Cal Jan; la última casa habitada antes de pasar la Portella Blanca

El castillo de la Llosa y la iglesia de la Mare de Deu dels Angels (izquierda) con el sol de la mañana. Al fondo, el Cadí

Aunque voy al gimnasio, acuso las 3 semanas sin hacer rutas largas y empiezo a sudar. Pep y Carles se mantienen unos 100 metros por delante de mí, hablando de sus cosas. Sólo me esperan cuando salen de la ruta.

Nada más iniciar la ruta, Carles y Pep me dejan atrás, absortos en sus archivos y documentos

Un rostro inquietante nos observa desde la Barraca de la Farga

El agua baja con brío por el Riu de la Llosa pero que nadie se engañe. Aquí hay una sequía pertinaz. La hierba es amarilla, con una estrecha franja verde que marca el curso de los torrentes y riachuelos. Me recuerda el mapa del Nilo en mi atlas: una cinta verde con el amarillo del desierto a cada lado.
Entramos en una zona de prados con restos de cabañas, corrales o establos. Pep se desvía de la pista y, detrás de los corrales, encontramos escoria del mineral cocido, y detrás de esto, muros de la antigua fragua y canales que traían agua del río. Recojo muestras para la colección geológica de mi madre.

Los establos o corrales cerca de la fragua. Se ve claramente la estrecha franja de verde que marca el curso del arroyo

Seguimos restos de antiguos caminos que siguen el curso del río. Da gusto ver un poco de verde pero el último camino acaba en una carbonera, lo que obliga a emprender una dura subida hasta llegar otra vez a la pista principal.

Llegando a la Barraca de l'Isidro, Pep y Carles siguen absortos en su conversación. En el fondo, el Bony d'Engaït

Entramos en otra zona de prados, pasamos la Barraca de l’Isidro y allí se acaba la pista y continúa un sendero. Miro el altímetro; todavía quedan 500 metros de desnivel hasta la Portella Blanca. Las fuerzas me flaquean. “No podré llegar hasta la Portella Blanca”, le digo a Pep. “Pues menos mal que vas al gimnasio”, me replica Pep irónicamente. Carles, siempre discreto, calla, pero me confiesa el día siguiente que ya le fue bien acortar la ruta.

La Barraca dels Esparvers

Llegamos a las cabañas dels Esparvers, situadas en unos prados resecos. Aquí hay una división de caminos, uno a Vallcivera y otro al riu d’Engaït y la Portella Blanca. Tomamos el segundo camino para buscar un lugar para comer. Volvemos a pillar la hora punta y, en poco tiempo, nos cruzamos con 5 caminantes.

Confluencia de caminantes en la hora punta de mediodía. Se formó un atasco monumental en el poste indicador.

Comemos al lado del río. La conversación toca brevemente la situación económica y política de Cataluña pero, ante la falta de motivos para el optimismo, no tardamos en buscar otro tema.

Para volver al coche, deshacemos el mismo camino pero, por algún mecanismo que no alcanzo a comprender, parece tres veces más largo que el camino de ida. Cuando llegamos al coche, hago subir a Carles delante mientras yo me pongo en el asiento de detrás para descansar. “Si Pep se duerme, ya le entretendrás tú con cuentos”, le digo.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 16,5 km; 570 metros de desnivel acumulado.

miércoles, 15 de agosto de 2012

2/8/2012 – Els Engorgs

Pep está aquí otra vez pero de momento no tiene agenda minera y magnánimamente nos da libre elección del lugar. Desde la última vez que estuvimos en la Cerdanya, nos han quedado ganas de conocer Els Engorgs y le pedimos que nos organice una ruta turística por esa zona.

Aparcamos el coche en el mismo sitio en el Campllong pero esta vez tomamos la pista que va al valle a la derecha. Pasamos al lado de prados recién segados. El camino deja la pista, ahora rotulado con el número 101. Primero es plano pero luego, entrando en el bosque de pino negro, la pendiente se hace más empinada. Suerte del relajante sonido del torrente al lado y la sombra, que ayudan a encarar la subida con filosofía.

Una pequeña cascada casi fuera del bosque

Entrando en los prados

Salimos del bosque y entramos en los prados. Vemos una impresionante oruga en un arbusto. “¿No la vas a fotografiar?” me pregunta Pep. Ante mi falta de entusiasmo, Pep me apunta con un dedo acusador. “Eso es típico de ti. Dices que te gustan las mariposas pero sólo cuando están revoloteando con esas alas tan bonitas. Cuando son gusanos, no. Dices que te gusta la montaña, pero sólo cuando hay agua, árboles, vistas bonitas y un camino despejado. Cuando se trata de subir una cuesta pelada a pleno sol, ya te echas para atrás”. Con esta lógica aplastante, no me queda más remedio que sacar la foto.

La oruga del esfinge de las lechetreznas. ¡A que es guapa!

Luego consultando con mi interlocutor en el Catalan Butterfly Monitoring Scheme, me dice que es la oruga de una mariposa nocturna, el esfinge de las lechetreznas. El color tan llamativo es para avisar a todos los depredadores que es venenosa.

El camino acaba en una pleta grande con tres barracas de distintas épocas y distintos estados de conservación. A partir de aquí, subimos como podamos al lado de un desfiladero hasta empalmar con el GR que viene de Malniu.

La gran barraca de la pleta

Y una vista de la subida

Una última subida y tenemos a la vista el circo de Els Engorgs y el refugio libre. Las vacas y los caballos han comido la hierba y las flores y sólo queda en abundancia el acónito azul (o ‘tora’ en catalán), una planta atractiva pero mortalmente venenosa, y también millones de pequeños saltamontes que espantamos con nuestros pasos.

Pep propone hacer un rodeo detrás del refugio para visitar los lagos. Seguimos subiendo, dejando el refugio y el GR a la izquierda. En los lagos, los saltamontes son sustituidos por ranitas, invisibles hasta que se muevan. También nos acompañan los silbidos de las marmotas, alertando de nuestra presencia invasora, y alguna que se deja ver.

Esta rana pensaba que estaría invisible sobre las rocas

Hacemos un recorrido completo de los lagos, pasando por las Mulleres d’Engorgs, el Estany Llarg, el Estany de la Portella y, ya otra vez en el GR, los Estanys dels Minyons, donde almorzamos bajo la sombra de una gran roca, y detrás las cuestas rojizas y amenazadoras del Bony del Manyer. Desde hace tiempo, hay un viento bastante fuerte y frío del NO que obliga a moverse o buscar abrigo. En el GR, se ha producido una especie de hora punta y pequeños grupos de senderistas pasan delante nuestro, algunos cruzando la Portella d’Engorgs desde el Valle de la Llosa y otros viniendo en la dirección contraria desde Malniu. Tenemos una vista enorme delante nuestro, con los lagos en el primer plano.

 El Estany Llarg

Y una parte de la vista desde nuestro comedor

“¿Alguna queja?”, me pregunta Pep. “Bueno, quitando la fuerte pendiente por el bosque, el trozo escalando las rocas sin camino, lo mucho que pica el sol y el viento, ninguna”, contesto.

Bajamos por el otro lado del torrente, pasando por más pletas y barracas, primero sin camino y luego empalmando nuevamente con la ruta 101 en un complejo de corrales que aprovechan un pequeño llano. Seguimos bajando hasta cruzar el río por un pequeño puente de troncos donde conectamos con la ruta de subida. Ahora, sólo nos queda deshacer el camino hasta llegar al coche.

Los corrales donde arrancaba nuestro camino de bajada

Conduciendo de vuelta a Berga con el calor de la tarde, a Pep le empieza a entrar sueño; es el conductor y no conviene que se duerma. “Cuéntame algo, Steve”, me implora. Después de buscar desesperadamente un tema durante unos minutos, me decanto por las sangrientas ofensivas del Frente Occidental en la Primera Guerra Mundial, que le mantienen suficientemente entretenido hasta llegar a casa.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 14,75 km; 900 metros de desnivel acumulado.

miércoles, 8 de agosto de 2012

27/7/2012 – Pratformiu

Pep está de vacaciones y Carles y yo somos libres de ir donde queramos. Nos despedimos temporalmente de los paisajes yermos y las cuestas pedregosas y decidimos ir al Val de Lord. Carles tiene antepasados en La Coma i la Pedra, cerca de Sant Llorenç de Morunys y es una zona que conocemos poco.

Vista de Sant Llorenç de Morunys

Ha encontrado en Internet un relato de alguien que acompañó un antiguo vecino, nombrando las casas desde Santclimenç hasta llegar a Pratformiu. Mucho me temo que será básicamente pista forestal y, mirando el mapa de Alpina, propongo tomar el GR1 desde el Hotel del Monegal, a las afueras de Sant Llorenç.
Recién apagado el gran incendio del Alt Empordà, aparcamos el coche debajo del hotel, una masía rehabilitada con mucha calidad, cruzamos el Cardener y entramos en el GR, un camino antiguo con restos de empedrado. Combinamos camino y pista hasta llegar a la iglesia de Sant Lleir y la casa de Cal Quelot, donde hay una pareja de cierta edad; parecen jubilados. Lo cierto es que no nos hacen ningún caso, a pesar de mi saludo.

Sant Lleir a la derecha, Cal Quelot a la izquierda y detrás, la Serra de Busa

Aquí se nota mucho la sequía; los campos están amarillos. Al cruzar el Torrent de La Barata, se acaba la pista y continúa un camino empedrado, que vuelve a entrar en una pista, que luego dejamos para subir un camino antiguo de arrastrar troncos que ha aprovechado otro camino más antiguo aún, cuyas curvas aún se ven. Tras otro tramo de pista y todavía siguiendo el GR, entramos en otro camino antiguo que va zigzagueando hacia arriba, sorteando las rocas. A pesar del pendiente, su hábil trazado es digno de admiración. Además, siendo un GR, es limpio y despejado, con signos de un mantenimiento reciente.
Este camino nos permite llegar al Cap de Balç, donde dejamos el GR para tomar un camino que pasa al lado de los restos de Els Coviers. Al final de este valle, el Alpina indica un castillo en un pequeño montículo pero no vemos ningún rastro. Además, no hay piedra para construir. Lo que sí vemos son dos cabañas grandes o casas pequeñas que no están marcadas en el mapa.

El camino que sube desde el Torrent de la Barata

Más tarde, volviendo a leer el relato que descubrió Carles, parece que el castillo está en otro montículo más al norte. Un puente al lado de la casa de Ca l’Arabé da entrada al Pratformiu. Al ver este inmenso prado rodeado por montañas, después de tanta subida, parece que entramos en una especie de Shangri La desierto. Ca l’Arabé y Cal Gallina, más arriba, parecen haber sido consolidadas y lucen un tejado nuevo, pero las demás casas que vemos son sólo ruinas. Aquí había toda una comunidad que vivía de lo que producía este valle. Ahora sólo hay un reducido grupo de vacas.

 Ca l'Arabé

Vista de Pratformiu. En este punto, dimos la vuelta para bajar a Els Forats

Decidimos comer al lado de la Fuente de Pratformiu, restaurada con ocasión de una caminada popular en 1995. El lugar parece idílico hasta que oímos un zumbido. Son avispas que no sólo son alcohólicas, ya que intentan por todos los medios meterse en nuestra cerveza, sino también quieren quitarnos nuestros bocadillos. Todavía traumatizados por las picaduras del año pasado, nos apresuramos a alejarnos.
Habíamos llegado con un sol abrasador pero ahora, al mirar hacia el sur, veo nubes cargadas de lluvia y empiezan a oírse truenos. La cosa no pinta bien.

Para volver, he decidido bajar por el camino de Els Forats, que tiene marcas amarillas y verdes. Empieza como una pista pero antes de cruzar el torrente, se convierte en un camino. Una vez al otro lado del torrente, tiene que adaptarse a lo abrupto del terreno y sigue una sucesión de graus, escalones y muros para ayudar al camino a superar los obstáculos. Una auténtica maravilla y un cambio muy refrescante después de tantas semanas buscando minas. A ratos caen gotas pero no el diluvio que yo esperaba.

Parte del camino de bajada

Pasamos por La Ciurona, una casa pobre que aprovechaba unos huecos en la roca, y Els Forats, situada en un emplazamiento impresionante a la salida del barranco.

 Parte de La Ciurona

Vista desde Els Forats hacia el barranco

Seguimos bajando, anotando caminos que salen a la izquierda y la derecha. Llegamos a una pista; vuelve a salir el sol y hace un calor asfixiante. Llegamos otra vez a Sant Lleir y buscamos el GR para volver al coche.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 13,0 km; 845 metros de desnivel acumulado.

jueves, 26 de julio de 2012

20/7/2012 – El Bony del Manyer o Crónica de una obsesión (2ª parte)

Le quedaba a Pep una mina por investigar, el Bony del Manyer cerca del Engorgs en el norte de la Cerdanya. Los documentos hablan de una explotación minera allí pero hasta hora nadie ha podido decir con certeza dónde estaba. “Hay que ir a Meranges”, me dice por teléfono, y me viene a la cabeza la imagen de los Estanys de Malniu, donde no había estado nunca.


Nos cita a las 7 de la mañana. A esa hora, yo todavía no respondo a estímulos así que me pongo en el asiento de atrás para que Pep y Carles puedan hablar tranquilamente de sus pergaminos mientras yo intento recuperar un poco del sueño interrumpido. Llegamos al pueblo de Meranges pero el desvío a los Estanys, lo pasamos de largo y aparcamos en el Pla de Campllong, a la entrada de una pista que se adentra hacia Els Engorgs. “Bueno, tampoco he estado en Els Engorgs”, pienso. Pero veo que desecha esta pista y va por otra de menor entidad. “Daremos mucha vuelta si vamos por Els Engorgs”, explica Pep y me señala unas montañas rojizas detrás de un valle empinado.

Foto tomada nada más salir del coche, cuando aún no sabía qué me iba a deparar el futuro. A la derecha, el valle que lleva a Els Engorgs. Desde el centro hacia la izquierda, el Serrat de l'Agulló, que íbamos a subir hasta arriba.

Pla de Campllong, mirando hacia el sur. En el fondo, Tosa d'Alp

Pero sus intentos de buscar un camino que sube ese valle fracasan y opta por un ataque frontal del Serrat de l’Agulló, subiendo la cuesta en línea recta, primero por un denso bosque de pino negro, luego por una zona de rocas y finalmente por otro bosque más clareado de pino negro. En resumen, más de 700 metros de desnivel de golpe. Ante mis quejas, Pep me argumenta que lo hace por mi bien. “Si hubiéramos ido por otro camino más largo, no habrías llegado hasta el final. Hemos hecho el camino más corto”.
La subida se hace más penosa por el hecho de que llevo unas piedras que recogí la semana pasada en Puymorens para llevar a mi madre y me había olvidado de sacarlas. Resisto la tentación de deshacerme de ellas, sabiendo la ilusión que le hacen esas rocas.

 Els Engorgs

Vista con zoom. La mancha roja es el tejado del refugio

Al final, la infernal subida se acaba y salimos a un lomo. A la derecha se ve Els Engorgs, un circo muy atractivo partido por la mitad por un torrente que oímos incluso desde donde estamos nosotros y, al lado, la barraca que es el refugio. Y abajo a la izquierda, se ven unos prados con las ruinas de una ‘pleta’ o aprisco y unas vacas que pastan tranquilamente.

Las ruinas de la pleta. Adosado, se ve el dibujo circular de una posible barraca

Pero nuestro destino es otro. Pep señala unos picos rojizos y pelados con 300 metros más de subida por delante. A mí no me apetece entrar en ese paisaje marciano y me planto. Al igual que en el Señor de los Anillos, se produce una división de la Comunidad: Carles y Pep continúan arriba y yo busco un flanqueo para luego bajar a la pleta, donde nos reuniremos.

Ante esta vista, yo me negué a seguir subiendo. Cogí el camino que se ve más a la izquierda para subir al llano de hierba. La posible zona minera es la roca oscura a la derecha

Bajo cuidadosamente la cuesta hasta llegar al camino de animales que sube a otro lomo ancho desde donde podré bajar al prado. Cuando estoy subiendo, me suena el teléfono. Es Pep. “Desde aquí, vemos unas estructuras al lado de unas piedras oscuras. Estás al lado. Ves a echar un vistazo, hermoso, y de paso coge otra piedra para tu madre, que yo la quiero ver”. ‘Al lado’ quiere decir un desnivel de 100 metros y 15 minutos de subida hasta llegar a lo que parecen ser las ruinas de una barraca, un caos de piedras y algunas zanjas. Le llamo para pasar el informe y cojo una piedra.

Lo que posiblemente fue la barraca de los mineros

Deshago la subida y un camino de vacas me permite evitar una zona de rocas. Finalmente, bajo una cuesta de hierba hasta llegar al prado donde están las vacas. Me pongo bajo la sombra de un pino, saco el almuerzo y me lo como todo. Lo malo es que di la cerveza a Carles para no llevar tanto peso. Si la hubiera tenido yo, también me la habría bebido toda. Después de todo lo que he aguantado, me lo merezco. Habiendo agotado todos mis recursos de entretenimiento, me estiro y dormito. Al cabo de una hora, llegan Pep y Carles. No han visto nada excepto una vista maravillosa del Estany de Calm Colomer y lo más plausible parece ser donde me envió a mí a investigar, lo que indicaría una explotación más bien marginal, nada que ver con la Mina de Puymorens.

Cuando ellos han comido, exploramos la ‘pleta’ y otra más antigua, al lado de una fuente enterrada, donde están las vacas. Iniciamos el descenso, primero siguiendo un barranco, luego un trozo de pista y finalmente, los últimos 300 metros de desnivel por una cuesta empinada por el bosque. Salimos en la pista, delante del único puente que cruza el torrente y a 200 metros del coche. “¿Qué te parece?”, me dice Pep, con una sonrisa de satisfacción. “Más preciso imposible”.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. La parte mía: aprox. 8,5 km; 850 metros de desnivel acumulado.

13/7/2012 – Las Minas de Puymorens o Crónica de una obsesión (1ª parte)

Hace días que no hemos podido salir pero hoy por fin los astros son favorables. Desde hace tiempo, Pep quiere ir a Francia; cerca del Coll de Puymorens había una mina de hierro que abastecía las fraguas de Castellar de n’Hug, Bagà y Ripoll. Carles no puede venir; está tomando unos merecidos días de descanso con su familia en la costa. Hace dos días, el Sr. Rajoy proclamó otra serie de recortes que nos va a hacer más pobres a todos excepto a los responsables de esta crisis, aplaudido por los demás diputados del PP.

Intentando digerir lo que supone vivir en un país en vías de quiebra, Pep y yo ponemos rumbo al norte. Me gusta la Cataluña francesa y tengo ganas de conocerla mejor. Por fin llegamos al Coll de Puymorens. “Nous sommes arrivés”, digo. “Bien. Allons-y, alors”, contesta Pep. Situados culturalmente, tomamos una pista que pasa encima de la pequeña estación de esquí y se encamina hacia el Port d’Envalira.

Rodeados de las montañas majestuosas del Pirineo, vamos subiendo poco a poco entre caballos y vacas y debajo nuestro, ajenos a nuestra conversación, desfila una cola interminable de coches camino de aquella aberración urbanística que es el Pas de la Casa.

Vista de los Pics de Font Negre desde la parte superior de las pistas de esquí

Doblamos una esquina y de repente vemos abajo el edificio (todo un complejo) de la mina moderna, ahora en ruinas. Donde estamos nosotros, hay restos de una explotación más antigua, consistente en pequeños hoyos excavados para sacar el mineral que afloraba a la superficie. Pep está muy emocionado. Por fin tiene delante de sus ojos lo que ha leído tantas veces en los viejos documentos y, en su imaginación, ya está viendo a los arrieros cargando el mineral en los lomos de las mulas y poniendo rumbo al sur, a la comarca nuestra. Me hace subir unos 150 metros hasta llegar al límite de la zona de explotación y luego me hace bajar unos 200 metros por una cuesta precaria, pasando por viejas canteras, hasta llegar al camino principal.

Restos de una antigua explotación

“Esto en los años 50 tiene que haber sido un desastre ecológico de primer orden pero ahora se ha recuperado bastante”, observa Pep. Caminamos hacia el suroeste, pasamos delante de una antigua bocamina, cruzamos un típico torrente pirenaico y yo descanso bajo la única roca que da un poco de sombra mientras Pep continúa un poco más para sacar fotos del edificio de la mina desde el otro lado del valle.

Vista de la Mina de Puymorens, con el edificio y los trabajos de restauración del terreno

Saco una botella de cerveza y volvemos a constatar un hecho incontestable. Si tienes una botella de medio litro de cerveza inglesa, es mejor no compartirla. Pero, puestos a compartirla, es mucho mejor compartirla entre dos que entre tres. La solución podría pasar por declarar abstemio a Carles.

Es hora de volver. Deshacemos el camino hecho pero ahora vamos al edificio de la mina nueva. Es un edificio largo con todas las instalaciones en la planta baja, incluyendo vestuarios y cocina, y, supongo, los dormitorios arriba. Una construcción nueva albergaba una turbina que generaba electricidad para los transportadores que llevaban residuos para llenar la cantera atrás creada por las explotaciones antiguas y para restaurar la zona afectada por la minería.

 Vista del edificio de la mina

Y de las cocinas

Volvemos por la larga pista hasta el coche. En la carretera de bajada a Bourg-Madame, nos cruzamos con un convoy de motoristas, con evidentes señales, principalmente a nivel abdominal, de ser cincuentones, a pesar de los cascos integrales, subidos a unas motos relucientes de grandes dimensiones. “Incroyable”, decimos al unísono.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 12,5 km; 500 metros de desnivel acumulado.

sábado, 14 de julio de 2012

21/06/2012 – Las Bagas de Brocà

Pep me llama; tiene clase de música y tiene que estar en casa puntualmente. “¿Qué te parece si volvemos al Infierno Verde? Aún quedan muchos cabos sueltos”, sugiero. “Vale”, me dice Pep. “Ahí había una mina de hierro cerca del río, a ver si la encontramos”.


El Infierno Verde es un nombre que hemos dado cariñosamente a una gran extensión de bosque que flanquea la ribera sur del río Llobregat entre Guardiola y la carretera de Falgars. Antes debían ser tierras comunales pero cuando se privatizaron, cada una de las grandes casas que iban flanqueando el camí ral de Brocà a La Pobla adquirió el trozo de bosque que tenía en frente. Así, hay una Baga de Cavallera, una Baga de Cal Companyó, una Baga de Vilella y una Baga de l’Espelt y, en cada zona, hay un camino que cruza el río desde cada casa y sube la cuesta, enlazando carboneras. También hay algunos caminos transversales pero el grueso de los caminos son de norte a sur. En unas salidas hace unos años descubrimos un camino que llega hasta arriba, a la pista que viene de Coll de Jou a Collada de Sobirana en Sant Julià de Cerdanyola, pasando por un impresionante desfiladero en un espeso bosque de hayas. También hay unas pistas forestales, algunas muy viejas y otras más nuevas, correspondientes a una explotación agresiva en la parte que todavía es bosque comunal de La Pobla de Lillet.

Su apodo viene primero por su aparente impenetrabilidad y también por su fauna de todos los tamaños. “El paraíso de las garrapatas”, como dice Carles, recordando unos pasajeros que tuvimos que desalojar en una salida, que estaban subiendo nuestros pantalones en busca de la tierna piel de nuestros cuellos. Pero hoy no habrá garrapatas.

El acceso desde el río es difícil por la falta de puentes pero hay un camino que marcha desde la carretera que sube a Sant Julià de Cerdanyola, justo antes de la sexta curva y aquí es donde dejamos el coche.

El camino entra en el bosque, con caminos secundarios que llevan a carboneras. Bordea un precipicio que también es una antigua cantera y luego inicia un descenso hacia el río, donde hay un edificio abandonado llamado el Quiosco, antes utilizado por los pescadores. Oímos unos ladridos como si una jauría de perros salvajes fuera a abalanzarse sobre nosotros. Estamos a punto de adoptar la posición defensiva de los gladiadores como en la película, con la punta de los bastones mirando hacia fuera, cuando nos damos cuenta que son corzos que huyen de nosotros. Un poco más allá, en un extenso llano, hay un horno de cal y al lado, la Font Salada. Pep prueba el agua. “Pues no está muy salada”, dice. Unos segundos después, empieza a escupir y pasa los próximos diez minutos quejándose del regusto de sal que tiene en la boca.

 El Quiosco

Y el horno de cal

Según sus pesquisas en los archivos, la mina de hierro está a unos 10 minutos río arriba de la fuente pero nuestro camino está cortado por unas rocas y no podemos continuar. No queda más remedio que empezar a subir. Nos metemos una vez más en este laberinto, subiendo barrancos y cruzando crestas. Vamos anotando carboneras, algunos caminos conocidos, otros no. Aún estamos muy lejos de entender todo aquello.

Una carbonera típica

Entramos en otro pequeño laberinto dedicado a la explotación del carbón vegetal en la Baga de Vilella y seguimos un camino de cazadores que sale a una parada sobre un pequeño promontorio con vistas despejadas hacia el norte. Aquí almorzamos. Pep nos pone al día de sus investigaciones, que ahora le llevan a Barcelona. También hay otras personas involucradas en su proyecto, con efectos personales positivos, y de repente tengo la visión de una red que va creciendo en distintas direcciones, mucho más allá de tres excéntricos que suben y bajan caminos olvidados, para abarcar un grupo creciente de personas, todas estudiando una pequeña parcela de una de las comarcas menores de Cataluña.

 La vista desde donde comíamos, con el Moixeró, Tancalaporta y el valle del Bastereny

La casa de Vilella al otro lado del río

Hay que pensar en la clase de música y buscamos un camino transversal que nos pueda llevar directamente al coche pero no lo encontramos y acabamos bajando otra vez al horno de cal y el Quiosco. Empieza a hacer mucho calor; vemos un camino muy marcado que empieza a subir y lo tomamos, pensando que es el camino que bajamos. Pero sube y sube. De repente, Pep se para: “Nos estamos desviando. Estamos en el camino equivocado”. “Me da igual”, replico, con la mente obnubilada por el calor y la deshidratación. “Sólo quiero que deje de subir”.

Pero Pep tiene la cabeza más fría. Volvemos a bajar y tomamos un camino transversal que nos lleva al camino correcto y así al coche.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,5 km; 750 metros de desnivel acumulado.

lunes, 18 de junio de 2012

1/6/2012 – El camino de Toses

Pep me llama. “Tenemos que acabar el camino que tú y Carles empezasteis encima de Castellar de n’Hug (ver salida del 2 de septiembre de 2011)”. “Vale”, accedo. “Creo que fue uno de los caminos que utilizaron para traer mineral de hierro a las fraguas desde el Ripollès … ¿Qué? ¿No me vas a poner pegas?”, pregunta Pep, extrañado. “No era mi intención,” contesto. “Pero si te hace sentir más cómodo, te puedo poner un montón”. “No, no, no hace falta”, se apresura a responder Pep.

Aparcamos el coche en el mismo sitio, volvemos a constatar el mismo arranque, empedrado al inicio, pero esta vez continuamos por el camino bajo la carretera.

Aquí se ve claramente el trazado del camino bajo la carretera

Al lado de una barraca, el camino cruza la carretera y sube por la cresta hacia el Pla de la Gran Jaça, ahora más borroso. Anotando ‘paravents’, nos desviamos para inspeccionar una pleta o aprisco de grandes dimensiones y luego seguimos subiendo. El camino acaba difuminándose del todo y la ciencia se abandona a favor de la caza de setas de primavera. Cruzamos la cresta y recuperamos el camino, ahora muy marcado, que pasa encima de las Fontetes de Castellar.

 Carles recoge setas detrás de una orquidea

Les Fontetes de Castellar, con los caminos hechos por las vacas para llegar al agua

Llegamos al Collet de les Fontetes, donde hay un poste indicador de la red Itinerànnia. Se nos abre una vista nueva; abajo, el valle del Rigard, con el pueblo de Nevà; detrás, el Puigmal y las montañas de Nuria y la carretera que va serpenteando hacia la Collada de Toses. A la derecha, prados y pequeños collados con las montañas de Ripoll al fondo. Todo muy agradable y desconocido para todos, por lo menos desde esta perspectiva.

Pep gira a la izquierda y baja con paso firme hacia el pueblo de Toses, que no podemos ver. Pero hoy no hay agenda oculta y no es su intención llegar al pueblo. Almorzamos bajo la sombra de unos pinos, con los Plans de Querol delante. Como sabrán mis lectores asiduos, Pep ha iniciado una nueva etapa de investigador en el Archivo Comarcal. Está acumulando mucha información y es consciente que hay que darle algún tipo de salida que pueda ser accesible al público interesado. Sin embargo, tanto Pep como Carles rehúyen la escritura descriptiva y no tienen ganas de escribir artículos. Con mi manera no lineal de pensar, se me ocurre una manera sencilla de vehicular todo ese conocimiento. Como el viajero del tiempo en el libro de H.G. Wells, que quedaba fijo en el mismo lugar en su máquina mientras el entorno iba cambiando a cámara rápida con el paso del tiempo, le propongo centrarse en lugares geográficos fijos, señalando los cambios producidos en distintos momentos.

Para entonces, la dosis ingerida de cerveza inglesa ha llegado a su sistema nervioso central, desbloqueando vías neuronales. Veo que una maquinaria ha empezado a rodar pero de momento con efectos discretos. Nos ponemos en marcha para iniciar la ruta de vuelta pero antes de llegar al Collet de les Fontetes, Pep se para y sale un chorro imparable de ideas. Y es en ese momento que recuerdo uno de mis verdaderos talentos, no los falsos de la salida del 3 de mayo pasado: el de catalizador, una cosa que por sí sola no sirve para absolutamente nada pero, en las condiciones adecuadas, pone en marcha un proceso que puede tener unos resultados muy fructíferos. Ya había observado ese don en ocasiones anteriores pero lo había olvidado. Tener una nueva prueba de su existencia me da una enorme satisfacción y, todos ahora con un humor excelente, llegamos al Collet de les Fontetes. Allí tomamos otro camino que va hacia un ‘paravent’ que es debidamente anotado.

Paravent; una estructura hecha por los pastores para resguardarse del viento, sin dejar de tener el rebaño siempre a la vista

A partir de aquí, las setas vuelven a cobrar protagonismo mientras bajamos, ya sin camino, hacia una pista. Con las bolsas llenas, seguimos la pista hasta tener la carretera y el coche a la vista.

Belleza efímera: flores de roca. La mejor época para verlas es de mediados de mayo a mediados de junio

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 11,0 km; 660 metros de desnivel acumulado.

PD. El día después, leo en la prensa local que la Vía de Nicolau (ver la salida del 4 de marzo del 2011) está cerrada por un desprendimiento de rocas en uno de los túneles y su reparación supondrá tiempo y dinero. Comunico la noticia por teléfono a Pep. “Sabía que una cosa así ocurriría”, me dice con satisfacción. “Escríbelo en tu blog”. Y así hago.

sábado, 2 de junio de 2012

24/05/2012 – La Canal de la Llorença

La tercera semana de mayo, pillé una gastroenteritis que me dejó postrado en la cama. Mientras purgaba mis pecados (nunca mejor dicho), el 17 de mayo, Pep llevó a Carles a ver minas entre la Pleta Vella y Tosa d’Alp.

La semana siguiente, aún convaleciente, Pep me llama. Sigue inmerso en su diálogo con los notarios del siglo XVIII y XIX y estableciendo conexiones con otro interés suyo, las minas de hierro y las fraguas. Precisamente, en las canales del Moixeró, hubo unos contratos de arrendamiento para la explotación del carbón vegetal destinado a las fraguas que le han dado la idea de continuar con unas incursiones que hicimos en julio del año pasado.

“Tenemos que volver a las carboneras”, me dice por teléfono. Y para animarme a morder el anzuelo, añade: “Sabes que tienes colitas allí”. “No querrás subir la Canal de la Llorença, ¿verdad?”, pregunto, recordando una subida agotadora hace unos cuantos años. “No creo que nos dé tiempo”, me contesta, con voz tranquilizadora.

Volvemos a ser cuatro, con Emili. Aparcamos el coche debajo de la casa de Hospitalet de Roca-Sança e iniciamos la subida por la ruta clásica del Coll de Jou. Antes de llegar a la casa del Claper, giramos a la izquierda por una de mis colitas (ver Glosario) y entramos en el Clot de la Miquela. Allí, hay una bifurcación: un camino marcado baja nuevamente hacia la casa de Hospitalet y otro más tenue entra en la canal. Vamos anotando carboneras, algunas con paredes bien formadas, hasta llegar a la última metida en un hueco bajo las rocas. A pesar de lo escabroso del camino, no deja de ser curioso pensar que esas carboneras probablemente datan del siglo XVIII.

Buscad la línea de árboles en diagonal a la izquierda que sube detrás de las rocas puntiagudas. Aquí es donde nos metimos.

No hay salida y tenemos que deshacer el camino hasta ver la posibilidad de flanquear hacia el Camp del Teixó. Bajamos por el Claper y entramos nuevamente en el Clot de la Miquela, esta vez bajando hacia Hospitalet y luego desviando hacia la derecha.

 Coma Floriu desde el Camp del Teixó

La casa del Claper

Cruzamos la Carena de la Miquela y encaramos el camino de la Canal de la Llorença. “No querrás subir la Canal de la Llorença, ¿verdad?”, vuelvo a preguntar, ansioso. Hasta ahora, me he sorprendido a mí mismo con la energía que tengo, sobre todo teniendo en cuenta cómo me sentía hacía tan sólo un par de días, pero temo no poder afrontar con garantías la subida de esa canal infernal. “Aún hay colitas en el Torrent dels Molins”, me contesta, crípticamente. Efectivamente, en el torrente, sube un camino muy tapado que va enlazando carboneras hasta salir en otro camino despejado por los cazadores que debe venir de una colita mía en la Carena de la Miquela. Giramos hacía la izquierda y al cabo de un rato, salimos al Llís de l’Hospitalet, un lomo despejado, que cruzamos para plantarnos en el camino que marca la entrada en la Canal de la Llorença.

Pep y Emili toman vistas en el Llís de l'Hospitalet. El árbol marca la entrada del camino de la Canal de la Llorença. Detrás, la Roca Gran

“Lo subimos un poco para marcar el inicio en el GPS”, dice Pep. “Lo sabía”, pienso. “Luego querrá subir a Penyes Altes”. El camino sube a media altura por el lado este de la canal. La cosa va bien hasta que el camino empieza a empinarse. Siento que la energía me deja y pierdo a los otros de vista. Heme aquí subiendo penosamente una cuesta pedregosa, solo, abandonado. Ya veo los buitres volando en círculos encima mío, evaluando mi potencial nutricional. Cuando siento que ya no puedo continuar, oigo la voz de Pep que me llama. ¡Ha vuelto para buscarme! Y me acompaña hasta dónde han parado para comer.

Tras el repostaje, me siento con fuerzas para continuar y hacemos unos 100 metros más de desnivel, cruzando un hayedo, hasta Les Planelles, una especie de collado amplio donde el camino nuestro se junta con el camino que sube por el fondo de la canal. Aquí se puede seguir subiendo, ya sin camino, hasta el Collet de la Guilla, muy cerca ya de Penyes Altes.

La Font de l'Hospitalet

Pero no continuamos. Deshacemos el camino hasta la fuente de l’Hospitalet, que tiene un agua deliciosa. Mientras descansamos, observo unas nubes muy oscuras que se asoman detrás de Coma Floriu. “Parece que va a llover”, aventuro, como buen inglés. Pep me mira con el aire de alguien que posee conocimientos superiores. “A lo mejor está lloviendo en Cornualles pero aquí no va a llover”, sentencia.

Al entrar en el pueblo de Bagà, empiezan a caer las primeras gotas.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,9 km; 980 metros de desnivel acumulado.