Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



jueves, 26 de julio de 2012

20/7/2012 – El Bony del Manyer o Crónica de una obsesión (2ª parte)

Le quedaba a Pep una mina por investigar, el Bony del Manyer cerca del Engorgs en el norte de la Cerdanya. Los documentos hablan de una explotación minera allí pero hasta hora nadie ha podido decir con certeza dónde estaba. “Hay que ir a Meranges”, me dice por teléfono, y me viene a la cabeza la imagen de los Estanys de Malniu, donde no había estado nunca.


Nos cita a las 7 de la mañana. A esa hora, yo todavía no respondo a estímulos así que me pongo en el asiento de atrás para que Pep y Carles puedan hablar tranquilamente de sus pergaminos mientras yo intento recuperar un poco del sueño interrumpido. Llegamos al pueblo de Meranges pero el desvío a los Estanys, lo pasamos de largo y aparcamos en el Pla de Campllong, a la entrada de una pista que se adentra hacia Els Engorgs. “Bueno, tampoco he estado en Els Engorgs”, pienso. Pero veo que desecha esta pista y va por otra de menor entidad. “Daremos mucha vuelta si vamos por Els Engorgs”, explica Pep y me señala unas montañas rojizas detrás de un valle empinado.

Foto tomada nada más salir del coche, cuando aún no sabía qué me iba a deparar el futuro. A la derecha, el valle que lleva a Els Engorgs. Desde el centro hacia la izquierda, el Serrat de l'Agulló, que íbamos a subir hasta arriba.

Pla de Campllong, mirando hacia el sur. En el fondo, Tosa d'Alp

Pero sus intentos de buscar un camino que sube ese valle fracasan y opta por un ataque frontal del Serrat de l’Agulló, subiendo la cuesta en línea recta, primero por un denso bosque de pino negro, luego por una zona de rocas y finalmente por otro bosque más clareado de pino negro. En resumen, más de 700 metros de desnivel de golpe. Ante mis quejas, Pep me argumenta que lo hace por mi bien. “Si hubiéramos ido por otro camino más largo, no habrías llegado hasta el final. Hemos hecho el camino más corto”.
La subida se hace más penosa por el hecho de que llevo unas piedras que recogí la semana pasada en Puymorens para llevar a mi madre y me había olvidado de sacarlas. Resisto la tentación de deshacerme de ellas, sabiendo la ilusión que le hacen esas rocas.

 Els Engorgs

Vista con zoom. La mancha roja es el tejado del refugio

Al final, la infernal subida se acaba y salimos a un lomo. A la derecha se ve Els Engorgs, un circo muy atractivo partido por la mitad por un torrente que oímos incluso desde donde estamos nosotros y, al lado, la barraca que es el refugio. Y abajo a la izquierda, se ven unos prados con las ruinas de una ‘pleta’ o aprisco y unas vacas que pastan tranquilamente.

Las ruinas de la pleta. Adosado, se ve el dibujo circular de una posible barraca

Pero nuestro destino es otro. Pep señala unos picos rojizos y pelados con 300 metros más de subida por delante. A mí no me apetece entrar en ese paisaje marciano y me planto. Al igual que en el Señor de los Anillos, se produce una división de la Comunidad: Carles y Pep continúan arriba y yo busco un flanqueo para luego bajar a la pleta, donde nos reuniremos.

Ante esta vista, yo me negué a seguir subiendo. Cogí el camino que se ve más a la izquierda para subir al llano de hierba. La posible zona minera es la roca oscura a la derecha

Bajo cuidadosamente la cuesta hasta llegar al camino de animales que sube a otro lomo ancho desde donde podré bajar al prado. Cuando estoy subiendo, me suena el teléfono. Es Pep. “Desde aquí, vemos unas estructuras al lado de unas piedras oscuras. Estás al lado. Ves a echar un vistazo, hermoso, y de paso coge otra piedra para tu madre, que yo la quiero ver”. ‘Al lado’ quiere decir un desnivel de 100 metros y 15 minutos de subida hasta llegar a lo que parecen ser las ruinas de una barraca, un caos de piedras y algunas zanjas. Le llamo para pasar el informe y cojo una piedra.

Lo que posiblemente fue la barraca de los mineros

Deshago la subida y un camino de vacas me permite evitar una zona de rocas. Finalmente, bajo una cuesta de hierba hasta llegar al prado donde están las vacas. Me pongo bajo la sombra de un pino, saco el almuerzo y me lo como todo. Lo malo es que di la cerveza a Carles para no llevar tanto peso. Si la hubiera tenido yo, también me la habría bebido toda. Después de todo lo que he aguantado, me lo merezco. Habiendo agotado todos mis recursos de entretenimiento, me estiro y dormito. Al cabo de una hora, llegan Pep y Carles. No han visto nada excepto una vista maravillosa del Estany de Calm Colomer y lo más plausible parece ser donde me envió a mí a investigar, lo que indicaría una explotación más bien marginal, nada que ver con la Mina de Puymorens.

Cuando ellos han comido, exploramos la ‘pleta’ y otra más antigua, al lado de una fuente enterrada, donde están las vacas. Iniciamos el descenso, primero siguiendo un barranco, luego un trozo de pista y finalmente, los últimos 300 metros de desnivel por una cuesta empinada por el bosque. Salimos en la pista, delante del único puente que cruza el torrente y a 200 metros del coche. “¿Qué te parece?”, me dice Pep, con una sonrisa de satisfacción. “Más preciso imposible”.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. La parte mía: aprox. 8,5 km; 850 metros de desnivel acumulado.

13/7/2012 – Las Minas de Puymorens o Crónica de una obsesión (1ª parte)

Hace días que no hemos podido salir pero hoy por fin los astros son favorables. Desde hace tiempo, Pep quiere ir a Francia; cerca del Coll de Puymorens había una mina de hierro que abastecía las fraguas de Castellar de n’Hug, Bagà y Ripoll. Carles no puede venir; está tomando unos merecidos días de descanso con su familia en la costa. Hace dos días, el Sr. Rajoy proclamó otra serie de recortes que nos va a hacer más pobres a todos excepto a los responsables de esta crisis, aplaudido por los demás diputados del PP.

Intentando digerir lo que supone vivir en un país en vías de quiebra, Pep y yo ponemos rumbo al norte. Me gusta la Cataluña francesa y tengo ganas de conocerla mejor. Por fin llegamos al Coll de Puymorens. “Nous sommes arrivés”, digo. “Bien. Allons-y, alors”, contesta Pep. Situados culturalmente, tomamos una pista que pasa encima de la pequeña estación de esquí y se encamina hacia el Port d’Envalira.

Rodeados de las montañas majestuosas del Pirineo, vamos subiendo poco a poco entre caballos y vacas y debajo nuestro, ajenos a nuestra conversación, desfila una cola interminable de coches camino de aquella aberración urbanística que es el Pas de la Casa.

Vista de los Pics de Font Negre desde la parte superior de las pistas de esquí

Doblamos una esquina y de repente vemos abajo el edificio (todo un complejo) de la mina moderna, ahora en ruinas. Donde estamos nosotros, hay restos de una explotación más antigua, consistente en pequeños hoyos excavados para sacar el mineral que afloraba a la superficie. Pep está muy emocionado. Por fin tiene delante de sus ojos lo que ha leído tantas veces en los viejos documentos y, en su imaginación, ya está viendo a los arrieros cargando el mineral en los lomos de las mulas y poniendo rumbo al sur, a la comarca nuestra. Me hace subir unos 150 metros hasta llegar al límite de la zona de explotación y luego me hace bajar unos 200 metros por una cuesta precaria, pasando por viejas canteras, hasta llegar al camino principal.

Restos de una antigua explotación

“Esto en los años 50 tiene que haber sido un desastre ecológico de primer orden pero ahora se ha recuperado bastante”, observa Pep. Caminamos hacia el suroeste, pasamos delante de una antigua bocamina, cruzamos un típico torrente pirenaico y yo descanso bajo la única roca que da un poco de sombra mientras Pep continúa un poco más para sacar fotos del edificio de la mina desde el otro lado del valle.

Vista de la Mina de Puymorens, con el edificio y los trabajos de restauración del terreno

Saco una botella de cerveza y volvemos a constatar un hecho incontestable. Si tienes una botella de medio litro de cerveza inglesa, es mejor no compartirla. Pero, puestos a compartirla, es mucho mejor compartirla entre dos que entre tres. La solución podría pasar por declarar abstemio a Carles.

Es hora de volver. Deshacemos el camino hecho pero ahora vamos al edificio de la mina nueva. Es un edificio largo con todas las instalaciones en la planta baja, incluyendo vestuarios y cocina, y, supongo, los dormitorios arriba. Una construcción nueva albergaba una turbina que generaba electricidad para los transportadores que llevaban residuos para llenar la cantera atrás creada por las explotaciones antiguas y para restaurar la zona afectada por la minería.

 Vista del edificio de la mina

Y de las cocinas

Volvemos por la larga pista hasta el coche. En la carretera de bajada a Bourg-Madame, nos cruzamos con un convoy de motoristas, con evidentes señales, principalmente a nivel abdominal, de ser cincuentones, a pesar de los cascos integrales, subidos a unas motos relucientes de grandes dimensiones. “Incroyable”, decimos al unísono.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 12,5 km; 500 metros de desnivel acumulado.

sábado, 14 de julio de 2012

21/06/2012 – Las Bagas de Brocà

Pep me llama; tiene clase de música y tiene que estar en casa puntualmente. “¿Qué te parece si volvemos al Infierno Verde? Aún quedan muchos cabos sueltos”, sugiero. “Vale”, me dice Pep. “Ahí había una mina de hierro cerca del río, a ver si la encontramos”.


El Infierno Verde es un nombre que hemos dado cariñosamente a una gran extensión de bosque que flanquea la ribera sur del río Llobregat entre Guardiola y la carretera de Falgars. Antes debían ser tierras comunales pero cuando se privatizaron, cada una de las grandes casas que iban flanqueando el camí ral de Brocà a La Pobla adquirió el trozo de bosque que tenía en frente. Así, hay una Baga de Cavallera, una Baga de Cal Companyó, una Baga de Vilella y una Baga de l’Espelt y, en cada zona, hay un camino que cruza el río desde cada casa y sube la cuesta, enlazando carboneras. También hay algunos caminos transversales pero el grueso de los caminos son de norte a sur. En unas salidas hace unos años descubrimos un camino que llega hasta arriba, a la pista que viene de Coll de Jou a Collada de Sobirana en Sant Julià de Cerdanyola, pasando por un impresionante desfiladero en un espeso bosque de hayas. También hay unas pistas forestales, algunas muy viejas y otras más nuevas, correspondientes a una explotación agresiva en la parte que todavía es bosque comunal de La Pobla de Lillet.

Su apodo viene primero por su aparente impenetrabilidad y también por su fauna de todos los tamaños. “El paraíso de las garrapatas”, como dice Carles, recordando unos pasajeros que tuvimos que desalojar en una salida, que estaban subiendo nuestros pantalones en busca de la tierna piel de nuestros cuellos. Pero hoy no habrá garrapatas.

El acceso desde el río es difícil por la falta de puentes pero hay un camino que marcha desde la carretera que sube a Sant Julià de Cerdanyola, justo antes de la sexta curva y aquí es donde dejamos el coche.

El camino entra en el bosque, con caminos secundarios que llevan a carboneras. Bordea un precipicio que también es una antigua cantera y luego inicia un descenso hacia el río, donde hay un edificio abandonado llamado el Quiosco, antes utilizado por los pescadores. Oímos unos ladridos como si una jauría de perros salvajes fuera a abalanzarse sobre nosotros. Estamos a punto de adoptar la posición defensiva de los gladiadores como en la película, con la punta de los bastones mirando hacia fuera, cuando nos damos cuenta que son corzos que huyen de nosotros. Un poco más allá, en un extenso llano, hay un horno de cal y al lado, la Font Salada. Pep prueba el agua. “Pues no está muy salada”, dice. Unos segundos después, empieza a escupir y pasa los próximos diez minutos quejándose del regusto de sal que tiene en la boca.

 El Quiosco

Y el horno de cal

Según sus pesquisas en los archivos, la mina de hierro está a unos 10 minutos río arriba de la fuente pero nuestro camino está cortado por unas rocas y no podemos continuar. No queda más remedio que empezar a subir. Nos metemos una vez más en este laberinto, subiendo barrancos y cruzando crestas. Vamos anotando carboneras, algunos caminos conocidos, otros no. Aún estamos muy lejos de entender todo aquello.

Una carbonera típica

Entramos en otro pequeño laberinto dedicado a la explotación del carbón vegetal en la Baga de Vilella y seguimos un camino de cazadores que sale a una parada sobre un pequeño promontorio con vistas despejadas hacia el norte. Aquí almorzamos. Pep nos pone al día de sus investigaciones, que ahora le llevan a Barcelona. También hay otras personas involucradas en su proyecto, con efectos personales positivos, y de repente tengo la visión de una red que va creciendo en distintas direcciones, mucho más allá de tres excéntricos que suben y bajan caminos olvidados, para abarcar un grupo creciente de personas, todas estudiando una pequeña parcela de una de las comarcas menores de Cataluña.

 La vista desde donde comíamos, con el Moixeró, Tancalaporta y el valle del Bastereny

La casa de Vilella al otro lado del río

Hay que pensar en la clase de música y buscamos un camino transversal que nos pueda llevar directamente al coche pero no lo encontramos y acabamos bajando otra vez al horno de cal y el Quiosco. Empieza a hacer mucho calor; vemos un camino muy marcado que empieza a subir y lo tomamos, pensando que es el camino que bajamos. Pero sube y sube. De repente, Pep se para: “Nos estamos desviando. Estamos en el camino equivocado”. “Me da igual”, replico, con la mente obnubilada por el calor y la deshidratación. “Sólo quiero que deje de subir”.

Pero Pep tiene la cabeza más fría. Volvemos a bajar y tomamos un camino transversal que nos lleva al camino correcto y así al coche.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,5 km; 750 metros de desnivel acumulado.

lunes, 18 de junio de 2012

1/6/2012 – El camino de Toses

Pep me llama. “Tenemos que acabar el camino que tú y Carles empezasteis encima de Castellar de n’Hug (ver salida del 2 de septiembre de 2011)”. “Vale”, accedo. “Creo que fue uno de los caminos que utilizaron para traer mineral de hierro a las fraguas desde el Ripollès … ¿Qué? ¿No me vas a poner pegas?”, pregunta Pep, extrañado. “No era mi intención,” contesto. “Pero si te hace sentir más cómodo, te puedo poner un montón”. “No, no, no hace falta”, se apresura a responder Pep.

Aparcamos el coche en el mismo sitio, volvemos a constatar el mismo arranque, empedrado al inicio, pero esta vez continuamos por el camino bajo la carretera.

Aquí se ve claramente el trazado del camino bajo la carretera

Al lado de una barraca, el camino cruza la carretera y sube por la cresta hacia el Pla de la Gran Jaça, ahora más borroso. Anotando ‘paravents’, nos desviamos para inspeccionar una pleta o aprisco de grandes dimensiones y luego seguimos subiendo. El camino acaba difuminándose del todo y la ciencia se abandona a favor de la caza de setas de primavera. Cruzamos la cresta y recuperamos el camino, ahora muy marcado, que pasa encima de las Fontetes de Castellar.

 Carles recoge setas detrás de una orquidea

Les Fontetes de Castellar, con los caminos hechos por las vacas para llegar al agua

Llegamos al Collet de les Fontetes, donde hay un poste indicador de la red Itinerànnia. Se nos abre una vista nueva; abajo, el valle del Rigard, con el pueblo de Nevà; detrás, el Puigmal y las montañas de Nuria y la carretera que va serpenteando hacia la Collada de Toses. A la derecha, prados y pequeños collados con las montañas de Ripoll al fondo. Todo muy agradable y desconocido para todos, por lo menos desde esta perspectiva.

Pep gira a la izquierda y baja con paso firme hacia el pueblo de Toses, que no podemos ver. Pero hoy no hay agenda oculta y no es su intención llegar al pueblo. Almorzamos bajo la sombra de unos pinos, con los Plans de Querol delante. Como sabrán mis lectores asiduos, Pep ha iniciado una nueva etapa de investigador en el Archivo Comarcal. Está acumulando mucha información y es consciente que hay que darle algún tipo de salida que pueda ser accesible al público interesado. Sin embargo, tanto Pep como Carles rehúyen la escritura descriptiva y no tienen ganas de escribir artículos. Con mi manera no lineal de pensar, se me ocurre una manera sencilla de vehicular todo ese conocimiento. Como el viajero del tiempo en el libro de H.G. Wells, que quedaba fijo en el mismo lugar en su máquina mientras el entorno iba cambiando a cámara rápida con el paso del tiempo, le propongo centrarse en lugares geográficos fijos, señalando los cambios producidos en distintos momentos.

Para entonces, la dosis ingerida de cerveza inglesa ha llegado a su sistema nervioso central, desbloqueando vías neuronales. Veo que una maquinaria ha empezado a rodar pero de momento con efectos discretos. Nos ponemos en marcha para iniciar la ruta de vuelta pero antes de llegar al Collet de les Fontetes, Pep se para y sale un chorro imparable de ideas. Y es en ese momento que recuerdo uno de mis verdaderos talentos, no los falsos de la salida del 3 de mayo pasado: el de catalizador, una cosa que por sí sola no sirve para absolutamente nada pero, en las condiciones adecuadas, pone en marcha un proceso que puede tener unos resultados muy fructíferos. Ya había observado ese don en ocasiones anteriores pero lo había olvidado. Tener una nueva prueba de su existencia me da una enorme satisfacción y, todos ahora con un humor excelente, llegamos al Collet de les Fontetes. Allí tomamos otro camino que va hacia un ‘paravent’ que es debidamente anotado.

Paravent; una estructura hecha por los pastores para resguardarse del viento, sin dejar de tener el rebaño siempre a la vista

A partir de aquí, las setas vuelven a cobrar protagonismo mientras bajamos, ya sin camino, hacia una pista. Con las bolsas llenas, seguimos la pista hasta tener la carretera y el coche a la vista.

Belleza efímera: flores de roca. La mejor época para verlas es de mediados de mayo a mediados de junio

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 11,0 km; 660 metros de desnivel acumulado.

PD. El día después, leo en la prensa local que la Vía de Nicolau (ver la salida del 4 de marzo del 2011) está cerrada por un desprendimiento de rocas en uno de los túneles y su reparación supondrá tiempo y dinero. Comunico la noticia por teléfono a Pep. “Sabía que una cosa así ocurriría”, me dice con satisfacción. “Escríbelo en tu blog”. Y así hago.

sábado, 2 de junio de 2012

24/05/2012 – La Canal de la Llorença

La tercera semana de mayo, pillé una gastroenteritis que me dejó postrado en la cama. Mientras purgaba mis pecados (nunca mejor dicho), el 17 de mayo, Pep llevó a Carles a ver minas entre la Pleta Vella y Tosa d’Alp.

La semana siguiente, aún convaleciente, Pep me llama. Sigue inmerso en su diálogo con los notarios del siglo XVIII y XIX y estableciendo conexiones con otro interés suyo, las minas de hierro y las fraguas. Precisamente, en las canales del Moixeró, hubo unos contratos de arrendamiento para la explotación del carbón vegetal destinado a las fraguas que le han dado la idea de continuar con unas incursiones que hicimos en julio del año pasado.

“Tenemos que volver a las carboneras”, me dice por teléfono. Y para animarme a morder el anzuelo, añade: “Sabes que tienes colitas allí”. “No querrás subir la Canal de la Llorença, ¿verdad?”, pregunto, recordando una subida agotadora hace unos cuantos años. “No creo que nos dé tiempo”, me contesta, con voz tranquilizadora.

Volvemos a ser cuatro, con Emili. Aparcamos el coche debajo de la casa de Hospitalet de Roca-Sança e iniciamos la subida por la ruta clásica del Coll de Jou. Antes de llegar a la casa del Claper, giramos a la izquierda por una de mis colitas (ver Glosario) y entramos en el Clot de la Miquela. Allí, hay una bifurcación: un camino marcado baja nuevamente hacia la casa de Hospitalet y otro más tenue entra en la canal. Vamos anotando carboneras, algunas con paredes bien formadas, hasta llegar a la última metida en un hueco bajo las rocas. A pesar de lo escabroso del camino, no deja de ser curioso pensar que esas carboneras probablemente datan del siglo XVIII.

Buscad la línea de árboles en diagonal a la izquierda que sube detrás de las rocas puntiagudas. Aquí es donde nos metimos.

No hay salida y tenemos que deshacer el camino hasta ver la posibilidad de flanquear hacia el Camp del Teixó. Bajamos por el Claper y entramos nuevamente en el Clot de la Miquela, esta vez bajando hacia Hospitalet y luego desviando hacia la derecha.

 Coma Floriu desde el Camp del Teixó

La casa del Claper

Cruzamos la Carena de la Miquela y encaramos el camino de la Canal de la Llorença. “No querrás subir la Canal de la Llorença, ¿verdad?”, vuelvo a preguntar, ansioso. Hasta ahora, me he sorprendido a mí mismo con la energía que tengo, sobre todo teniendo en cuenta cómo me sentía hacía tan sólo un par de días, pero temo no poder afrontar con garantías la subida de esa canal infernal. “Aún hay colitas en el Torrent dels Molins”, me contesta, crípticamente. Efectivamente, en el torrente, sube un camino muy tapado que va enlazando carboneras hasta salir en otro camino despejado por los cazadores que debe venir de una colita mía en la Carena de la Miquela. Giramos hacía la izquierda y al cabo de un rato, salimos al Llís de l’Hospitalet, un lomo despejado, que cruzamos para plantarnos en el camino que marca la entrada en la Canal de la Llorença.

Pep y Emili toman vistas en el Llís de l'Hospitalet. El árbol marca la entrada del camino de la Canal de la Llorença. Detrás, la Roca Gran

“Lo subimos un poco para marcar el inicio en el GPS”, dice Pep. “Lo sabía”, pienso. “Luego querrá subir a Penyes Altes”. El camino sube a media altura por el lado este de la canal. La cosa va bien hasta que el camino empieza a empinarse. Siento que la energía me deja y pierdo a los otros de vista. Heme aquí subiendo penosamente una cuesta pedregosa, solo, abandonado. Ya veo los buitres volando en círculos encima mío, evaluando mi potencial nutricional. Cuando siento que ya no puedo continuar, oigo la voz de Pep que me llama. ¡Ha vuelto para buscarme! Y me acompaña hasta dónde han parado para comer.

Tras el repostaje, me siento con fuerzas para continuar y hacemos unos 100 metros más de desnivel, cruzando un hayedo, hasta Les Planelles, una especie de collado amplio donde el camino nuestro se junta con el camino que sube por el fondo de la canal. Aquí se puede seguir subiendo, ya sin camino, hasta el Collet de la Guilla, muy cerca ya de Penyes Altes.

La Font de l'Hospitalet

Pero no continuamos. Deshacemos el camino hasta la fuente de l’Hospitalet, que tiene un agua deliciosa. Mientras descansamos, observo unas nubes muy oscuras que se asoman detrás de Coma Floriu. “Parece que va a llover”, aventuro, como buen inglés. Pep me mira con el aire de alguien que posee conocimientos superiores. “A lo mejor está lloviendo en Cornualles pero aquí no va a llover”, sentencia.

Al entrar en el pueblo de Bagà, empiezan a caer las primeras gotas.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,9 km; 980 metros de desnivel acumulado.

lunes, 21 de mayo de 2012

11/5/2012 – Las Minas del Catllaràs (3ª parte)

Sólo nos quedaba buscar unas minas pequeñas que había bajo el Coll de la Ceba. La idea era repasar esas minas y de paso visitar el poblado medieval encima de Vallfogona, que yo había visto pero Pep no. Pep y yo llegamos juntos al Mikado pero es evidente que no es a mí que quiere ver. Cuando por fin entra Carles, su cara se ilumina y se lanza a compartir anécdotas notariales y nuevos descubrimientos en el Archivo Comarcal. “Tienes que venir”, me dice Carles, conciliador. “Lo pasarás bien. El Pedrals dice que nos pondrá una cafetera”. El gesto es de agradecer pero no me veo allí, con o sin cafetera.

Aparcamos el coche en la Collada de Falgars y bajamos al Torrent de Vallfogona por un interesante camino que pasa debajo de la pista. Desde allí subimos otra vez al Collet de Saldó y seguimos un camino que nos había quedado pendiente hacia el Clot del Teixó.

 La vista desde el Collet del Saldó hacia Fontanals, el 3 de mayo

La misma vista hoy

Entre las subidas y bajadas puedo resolver una colita que tenía en mi mapa desde hacía 8 ó 9 años. Volvemos a bajar al Torrent de Vallfogona, que remontamos hasta salir al comienzo de la pista que va a la casa de Vallfogona.

Alguien con visión de futuro dejó tirado este 600 en el Clot del Teixó. No cabe duda que será un hallazgo de valor incalculable para los arqueólogos del siglo XXV

Desde allí, arranca el camino antiguo, ahora marcado como parte de la Xarxa Lenta. Es un camino histórico y entronca con otro igual de histórico que va de Vallfogona a Falgars. Pero nosotros cruzamos la pista y seguimos subiendo por un camino que va cortando los bancales de campos. Y allí, resguardadas bajo una pared de roca, vemos las estructuras que delatan la presencia de los restos de casas medievales. Llegamos al llano y buscamos infructuosamente algo que pudiera ser la iglesia de Sant Cristófol.

 Cerámica delatadora de la presencia medieval debajo de Vallfogona

La casa de Vallfogona

Momentáneamente derrotados, buscamos un sitio con sombra para comer, ya que hace mucho calor. Cansado de tantas idas y venidas, me estiro en la hierba, mecido por la voz de Pep que cuenta los negocios de un tal Farguell Canadell, hábil comerciante de tierras. Siento que el sueño empieza a apoderarse de mí cuando de repente oímos un ruido de alguien que intenta abrirse paso por el boj y una voz femenina que dice “¿Hola?”. Nos miramos con asombro; estamos en la quinta puñeta y es raro que tengamos compañía. Al cabo de pocos segundos, emerge una joven más bien rellena, muy alejada del porte atlético que uno esperaría ver por aquí, con una botella de agua en una mano y un GPS en la otra. “Lo siento”, dice, “pensaba que erais mi compañero” y cruza el llano detrás nuestro sin dirigirnos más la palabra, metiendo la cabeza en los arbustos cada 20 metros, hasta desaparecer en el bosque. Supusimos que estaba haciendo geocaching.

Es hora de continuar y buscamos la pista que va al Camp de l’Ermità y luego al Coll de la Ceba, parando en la Font de Fontanals de la Pobla, una fuente restaurada con buen gusto y un agua fresquísima.

 La Font de Fontanals de la Pobla

Vista del Cadí desde el Coll de la Ceba

Desde el Coll de la Ceba, bajamos hacia la zona llamada la Cort dels Porcs. Había 3 minas por aquí pero sólo encontramos la última, la Mina Concepción. Aquí hay las ruinas de una barraca, la mina cercana pero ahora hundida y una pista que marcha hacia el oeste y seguramente era la vía utilizada para sacar el carbón. Yo había venido aquí sólo hace bastantes años y había que tenido que dar la vuelta en la pista al no poder cruzar un barranco.

Llegamos al mismo barranco, donde el agua ha cortado una profunda zanja, antiguamente salvada por un puente de madera del que sólo quedan cuatro troncos rotos y podridos. Pep tampoco se atreve a cruzarlo y damos media vuelta. Continuamos bajando por el camino, saliendo finalmente en el cruce de pistas para ir a Vallfogona. Desde aquí, caminamos por la pista hasta Falgars. Un autocar acaba de descargar pasajeros en el Santuario.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 11,4 km; 970 metros de desnivel acumulado.

miércoles, 16 de mayo de 2012

3/5/2012 – Las Minas del Catllaràs (2ª parte)

Propuse a Pep que volviéramos a las minas del Catllaràs. Había una zona entre el camino de Falgars y la pista del Xalet del Catllaràs que estaba prácticamente en blanco en nuestros mapas y en algún punto estaba la Mina de l’Artiga de Capdevila.


Pep ha descubierto los libros notariales del siglo XVII y XVIII que ha cedido el Registro de la Propiedad al Archivo Comarcal, repletos de información sobre compraventas de terrenos, hipotecas y préstamos y su entusiasmo se ha contagiado a Carles, que está investigando para un capítulo del libro de La Valldan. En el Mikado, intercambian anécdotas y trucos para sacar datos pero no puedo evitar la sensación que esto no va conmigo.

Aparcamos el coche en La Pobla y emprendemos el GR4 hacia Falgars. En el Primer Grau, tomamos el camino hacia la izquierda, ahora parte de la Xarxa Lenta y que, en teoría, nos tendría que llevar directamente a la zona minera.

Camino desde el Primer Grau

Mientras flanqueamos hacia el Regatell, confieso a Carles que no me siento capaz de pasar horas leyendo esos documentos. “No te preocupes, Steve”, me consuela. “Tienes muchos talentos”. “¿Ah sí?”, replico. “Pues cuando paremos para comer, me los vas a decir todos”.

Con la autoestima más alta, cruzo el Regatell con paso esperanzado y firme. La Xarxa Lenta marca hacia la izquierda pero nosotros seguimos un camino hacia la derecha y entramos en la zona llamada Les Marrades. Siguiendo pistas y fragmentos de caminos, llegamos al Collet del Saldó, donde Pep ve un camino que baja hacia atrás y lleva a Carles (el actual portador del GPS) para marcarlo. Solo en el Collet, me entretengo a mirar el paisaje y escuchar los pájaros, luego fotografío unas flores y finalmente como un sándwich. Aún no han vuelto. ¿Habrán decidido pasar de mí y buscar caminos por su cuenta? Pero cuando estoy a punto de dar el paso irrevocable de marcharme de ese lugar, oigo sus voces. Me cuentan que han seguido un camino importante que precisamente da al lugar su topónimo, Les Marrades o camino con muchas eses.

 Genciana acaule en el Collet del Saldó

Falgars con Pedraforca detrás

Desde el Collet del Saldó, subimos por un camino hasta llegar a la pista del Xalet de Catllaràs. Pasamos por la Mina del Cable, esta vez sin el toro. Allí, vemos nuevamente las marcas de la Xarxa Lenta que seguramente bajarán a la Mina de l’Artiga de Capdevila.

 Pep con el pose clásico del excursionista curtido desde el túnel del Cable

 La bocamina de El Cable
Arranque del teleférico hacia El Empalme en la carretera de La Pobla

En un collado, paramos para comer y una vez acabados, saco la libreta. “Empecemos”, conmino a Carles. Más que talentos, me enumera una serie de cualidades y defectos. Resulta que soy sensible pero pasota, constante pero errático. Cierro la libreta con irritación. Así no vamos a aclarar nada.

Volvemos a las marcas de la Xarxa Lenta. Empieza como un camino amplio que va pasando por las torres del teleférico. Al cabo de un rato, divide. Un camino no señalizado continúa hasta entrar en los campos de la Artiga. El otro, marcado pero más estrecho y empinado, pasa por más torres hasta llegar a la mina, que está situada en una explanada amplia. Desde la bocamina, sale una riera y con lo verde que está todo y el sonido del agua, da un aire muy apacible.

 La Mina de l'Artiga de Capdevila

Base de una de las torres del teleférico

El camino de la Xarxa Lenta sigue bajando hasta entrar en los campos que ocupan huecos entre un caos de rocas. No deja de impresionar ver hilera tras hilera de campos, con los muros de los bancales formados por grandes bloques de piedra recogidos de las cuestas.

Campos de l'Artiga de Capdevila

En un collado, el camino entra con una categoría indiscutible en el Rec del Serrat Pinós hasta salir a la pista de La Pobla. Caminamos por la pista hasta entrar en La Pobla de Lillet por el barrio de Corominas.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,1 km; 900 metros de desnivel acumulado.

viernes, 4 de mayo de 2012

26/4/2012 – Cuatro hombres y un perro en Sant Jaume de Frontanyà

La semana siguiente, voy a Inglaterra, todavía en pleno duelo por mi GPS, que ya debe estar marcando tracks en el Cielo. Pep y Carles salieron ese jueves a mirar caminos entre Santa Magdalena y La Ribera, a caballo entre los municipios de Vilada y Castell de l’Areny.


Cuando vuelvo a Berga, aprieto el botón de encendido del GPS con una última esperanza. Para mi sorpresa, me vuelve a saludar con su alegre pitido de arranque y se enciende la pantalla. Toco los botones; pitan y también cambian la pantalla. Voy corriendo a mostrarlo a mi mujer. “¡Mira! ¡Está vivo!”, grito, con una alegría incontenible. Me explica que lo desmontó y lo dejó un día entero al sol, hasta que hubiera desaparecido toda una neblina de agua en la pantalla. Entre sus muchos talentos, ahora tiene otro: sanadora de GPS.

Hablando con Pep, le propongo la zona entre Sant Jaume de Frontanyà y la Moreta. Aún no estaba todo aclarado allí y nuestras incursiones en la zona de Sant Esteve de la Riba habían despertado su interés por la zona. Emili está recuperado y se une a nosotros.
Aparcamos el coche en el parking del pueblo de Sant Jaume. Al pasar delante del hostal de Cal Marxandó, se nos engancha un perro que nos acompañará con un silencio total. Si está esperando un tranquilo paseo por el pueblo con unos jubilados, le va a salir bastante mal la jugada.

Nuestro acompañante espontáneo

Entramos en el camino antiguo que pasa delante del Molí de Quirze, haciendo un breve desvío para inspeccionar la casa de Cal Volant y Cal Cristí. Debajo del molino y el núcleo de Canemars, tenía una colita (ver Glosario) que sabía que era el arranque de un camino importante. Como quizás recordarán mis lectores, Carles y yo habíamos ido en varias ocasiones a la zona entre Moreta, Palmerola y Puigmiró con sólo un éxito parcial pero tenía la esperanza de que esa colita permitiría aclarar al menos la zona entre Pomeroles y Moreta.

La iglesia de Sant Jaume de Frontanyà vista desde el sur

Entramos en la susodicha colita y, tras cruzar rieras y crestas, nos lleva directamente a Pomeroles. Cruzamos la pista y encontramos enseguida la continuación del camino, que nos llevaría a la Baga de Pomeroles y luego al Bosc de Moreta.

Ya salen prímulas en las zonas de sombra

Aunque surgen algunas colitas nuevas, todo se hace con una facilidad sorprendente. Es como si sólo hiciera falta la presencia de Pep para aclararlo todo.

Pep y Carles estudian el mapa de 1951

“Bueno, por fin tus misterios se resuelven”, me dice Pep.
“Cierto”, concedo, “pero han salido colitas nuevas”.
“Son cosas menores”.
“Pero algún día habrá que hacerlas”.
“Lo importante es saber los caminos principales”, tercia Carles.
Pep me dirige una sonrisa de padre orgulloso.
“Pues sí que lo tienes indoctrinado”, digo, celoso.
“Será un digno sucesor mío”, replica Pep.

Intento asumir con serenidad mi condición de desheredado mientras continuamos por una pista hacia la casa de Moreta. Al entrar en la pista principal, giramos a la izquierda al Molino de Moreta y almorzamos en unas rocas al lado de la riera, tirando trocitos de pan a los peces y trozos algo más grandes al perro. El perro no consigue encontrar un sitio donde sentarse y pasa todo el rato de pie. Su incomodidad acaba contagiándose a nosotros y nos levantamos.

La presa del Molino de Moreta

Ponemos rumbo a Canemars, pasando por la casa de Les Feixes. Pep anota unos agujeros cortados en las rocas en dos puntos de la riera, indicativos de presas. Entramos en los campos de Les Feixes. Con lo verde que está todo, con una temperatura ideal, el ruido del agua cercana, es realmente agradable caminar por aquí. Encontramos los restos de la casa enterrados bajo la vegetación y continuamos, desviándonos por el antiguo camino de Vila-rasa, que pasa a un lado y luego al otro de la pista.

El Gorg dels Matxos, entre Les Feixes y Canemars

Las ruinas de la casa de Vila-rasa tienen cierto aire de castillo escocés, construido sobre un montículo.

Lo que queda de Vila-rasa

El nombre indica que la zona estaba habitada en la Edad Media. Está rodeada de campos con buena tierra y una fuente abundante cerca. El perro se estira bajo la sombra de un cerezo, implorándonos con los ojos de quedarnos un rato más.

El perro intenta convencernos que es hora de la siesta

Pero nosotros no hemos venido aquí para hacer vacaciones y continuamos. Resignado, el perro se levanta y nos sigue. Anotamos la antigua mina de carbón y ponemos rumbo a Sant Jaume, donde llegamos una hora después.

El perro se despide aliviado de nosotros delante de Cal Marxandó

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 12,6 km; 700 metros de desnivel acumulado.