Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



jueves, 14 de julio de 2016

20/5/2106 – Llinars (El Castillo del Grau)

La semana siguiente fui a Inglaterra y Carles y Pep hicieron una última salida a la Riera de Merlès, recorriendo el camino de la Minuta desde el puente de Montclús hasta el castillo de Llucà. “Muchos kilómetros de pista”, me dirá Carles después.

Ha llegado el momento de cambiar de sitio. “Que decida Carles”, me dijo Pep por teléfono. Llamo a Carles. “¿Dónde quieres ir?”, le pregunto. “Conozco muy poco la zona de Llinars y Castellar del Riu”, me dice, después de pensarlo unos minutos. Llamo a Pep: “Me dice Llinars y Castellar del Riu”. “Muy bien. Así repasamos,” me contesta Pep.

Hace bastantes años, antes de empezar el blog, hicimos un repaso de la zona de Llinars, incluyendo el valle que separa las casas de La Corba y Matamala, por un lado, y las de Cal Valentí y Can Garrigas, por otro lado. Es una zona bastante agreste pero en aquella ocasión, tuvimos la sensación de haberle hecho un buen repaso y que quedaba poco más por hacer.

Aparcamos al lado de la iglesia de Sant Iscle. Hace tiempo que no venimos aquí y hay un cambio que se ve enseguida y que domina todo el valle: una cantera de yeso que ha convertido los campos debajo de la casa de Balcells en una importante explotación a cielo abierto. Los del camping deben estar encantados.

La iglesia de Sant Iscle

Desde la iglesia, tomamos la pista que va hacia la casa de La Grau, pasando por el Coll de Cabramorta. Con las lluvias recientes, está todo muy verde (quitando la cantera) y aún no hace mucho calor. Así da gusto caminar por la montaña.

Al situarnos bajo la casa de La Grau, vemos un camino que sube en diagonal y lo seguimos. Es un camino nuevo para nosotros y nos deja justo en el collado al lado de la casa y vemos su continuación que baja al otro lado. “Tantos años viniendo aquí”, lamenta Pep. “Lo teníamos delante de los ojos y no lo hemos sabido ver hasta hoy”.

No seguimos la continuación; nos apartaría demasiado de la ruta que Pep tenía planeada pero, para proseguir la educación de Carles, visitamos los restos del castillo medieval, que ocupaba el pequeño promontorio delante de la casa y, cuando no estaban los árboles, permitiría dominar toda la zona con la vista.

Lo que queda del castillo del Grau

Dejando un camino tenue que tampoco habíamos visto antes, continuamos por el camino que nos lleva a la Palanca de Sant Lleir, un paso que permite cruzar el Aigua de la Corba y que sería uno de los caminos para ir a Matamala. Nos desviamos para ir a Cal Verge, una cueva aprovechada para hacer una pequeña vivienda debajo del camino que arranca desde la Palanca de Sant Lleir para bajar hacia la casa de La Ribera. Ocupa una pequeña repisa con un precipicio a 10 metros de las paredes de la casa. La vista sería espectacular si no fuera por los árboles que obstruyen todo.

Cal Verge

Volvemos atrás e intentamos conectar con el camino que sube a Matamala. No lo encontramos. Un camino aparentemente surgido de la nada muere en una carbonera y volvemos a subir sin camino hasta llegar a la pista. Giramos a la izquierda para buscar el fondo del valle del Aigua de la Corba. Desde aquí sale un camino que recorre una faja de tierra por el lado norte del valle, saliendo en la pista debajo de la casa de Cal Valentí. Tras unos primeros momentos de confusión por no encontrar la entrada del camino, tapada por un pequeño corrimiento de tierras, cruzamos la riera y entramos en la estrecha faja que recorre la roca en ligero ascenso. Es tenue pero se sigue bien. ¡Qué recuerdos me trae de tiempos pasados cuando éramos jóvenes y guapos y muchos mapas todavía estaban en blanco!

Justo antes de entrar en la pista, vemos un camino que baja a la izquierda y que tampoco conocíamos. ¿Pero estábamos ciegos hace 10 años? Está claro que esta zona no la tenemos tan resuelta como pensábamos. Comemos cerca de la pista, a la sombra de unos árboles, que el sol ya pica.

Pep no me deja explorar este camino nuevo sino que baja por el otro lado de la cresta para mostrar a Carles la vía de tren que se hizo para bajar los troncos de los bosques de Catllarí hasta un aserradero en la carretera actual de Sant Llorenç de Morunys. Esta vía va hacia el final de la cresta pero antes de llegar, se supone por un error de cálculo, hace un zigzag con unas curvas muy cerradas hasta salir a la construcción donde había un teleférico. Todavía me cuesta pensar cómo consiguieron maniobrar los vagones con esos troncos enormes por las curvas. Y la bronca que le habría tocado al ingeniero responsable del error debe haber sido tremenda.

 La estructura del teleférico

Y la vista con la nueva cantera. Abajo, la iglesia de Sant Iscle y Busa detrás

Una vez inspeccionado el edificio del teleférico, intentando no mirar la caída de 200 metros limpios a mi derecha, retrocedemos y luego bajamos sin camino hasta empalmar con la pista encima de la casa de La Grau. Media hora después, estamos en el coche.


Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,3 km; 380 metros de desnivel acumulado.

6/5/2016 – La Riera de Merlès – Buscando el camino de Alpens

Pablo, un sobrino de mi mujer, ha venido de Chile para hacer un recorrido turístico por Europa y no se le ha ocurrido mejor sitio donde empezar que Berga, ciudad perdida en el interior profundo de ese pequeño país llamado Cataluña. Y tal es la fama de mi blog en Chile que está impaciente por acompañarnos en una salida y conocer en persona a sus protagonistas tan peculiares.

Empezamos con un tiempo muy incierto que es el preludio de varios días de lluvia. Pep quería volver al Pont de Roma. En enero de 2010, hicimos algunas salidas por esta zona, siguiendo algunos caminos hacia Tor de l’Espà. Ahora, quería ir más hacia el norte, buscando los grandes caminos hacia Alpens y Ripoll.

Aparcamos en la carretera, cerca del Pont de Roma. Antes de iniciar la caminada, inspeccionamos los alrededores, encontrando los agujeros de una antigua presa en las rocas. Luego toca una nueva mirada al puente. Con la perspectiva que le da la experiencia, Pep detecta unas piedras de factura medieval en la base de las columnas. Este concepto “medieval” todavía es muy nuevo para Pablo y mira con un interés renovado estas piedras bien talladas y alineadas.

Más agujeros en la Riera de Merlès

Caminamos por la pista que sigue el Torrent de Roma. Después de dejar atrás los edificios, entramos en un terreno incierto. Cruzamos antiguos campos; es muy difícil saber si los caminos que vemos son auténticos o hechos por las vacas. Y además los árboles anulan cualquier vista que podamos tener del entorno. Nuestro mundo se circunscribe a unos 200 metros a la redonda.

Subiendo la pista desde el Pont de Roma

Cruzamos un torrente, siguiendo un camino con un aspecto más genuino que luego da paso a otra pista antigua. Al final, Pep se cansa y sube en línea recta. Llegamos a una pista importante pero no podemos pasar. Una valla con tres líneas de alambre de púas nos barre el paso.

Pep se sienta y consulta todos los mapas que tiene a su disposición: los míos de 1:5000, el mapa del Alpina y el mapa antiguo del Ejército de Carles. Tras varios minutos de estudio intenso, emite sus conclusiones: “Esta pista viene de Tor d’Espà pero yo quería entrar en ella más arriba. Nos hemos equivocado de pista en el Pont de Roma”.

O sea, todo lo que hemos hecho hasta ahora ha sido una pérdida de tiempo. ¿Y por qué habla de “nosotros” si el único que se ha equivocado es él? Pero, en honor a nuestro invitado, reprimo estos pensamientos y sigo a los demás, que van subiendo al lado de la valla, buscando algún sitio donde pasar. De repente, aparece un surco profundo que marcha hacia la izquierda, el oeste. “Eso sí que es un camino”, proclama Pep. “No esos rastros sin categoría que hemos seguido hasta ahora”.

El camino, bastante tapado, desemboca en una pista tras unos 200 metros y continuamos hacia el oeste. Saco el GPS y miro el track. Veo una línea más o menos recta que va en un sentido, una curva hacia arriba y luego otra línea más o menos recta pero en el sentido contrario, paralela a la primera. No puedo callar más mi irritación: “Esto es absurdo. Mi sobrino político no ha hecho 13.000 kilómetros para vagar sin rumbo por el bosque”. “Si quieres hacer rutas bonitas, ya sabes dónde están”, replica Pep. “Tú mismo”. No queriendo ser el centro de una disputa, Pablo se apresura a intervenir: “No se preocupen. Me gusta estar aquí. En Chile, tengo que hacer muchos kilómetros para ver tantos árboles juntos”: En eso se pone a llover. Pep, previsor a pesar de todo, ha traído un paraguas para Pablo y los demás nos ponemos nuestros chubasqueros.

Conclave bajo la lluvia

Por suerte, la lluvia dura poco y continuamos. Salimos a una pista más importante y poco después, un llano con algunas ruinas. Es la casa de Roma. La pista le pasó por encima. Pep inspecciona los restos, visiblemente satisfecho. “¿Sabéis cuántos años he esperado para encontrar esta casa?”, nos pregunta retóricamente. “Esta es la pista que teníamos que haber seguido desde el Pont de Roma”. 

Esto es lo que queda de la casa de Roma

Continuamos un poco más por la pista y luego damos la vuelta hacia el Collet de Villegues. Aquí, hacia el sureste, marcha el valle que, enlazando torrentes, lleva a Alpens. “Es uno de los caminos más importantes de la zona”, afirma Pep. “Nos contemplan siglos de historia”. “Sí, pero ahora es una vulgar pista como cualquier otra”, contesto. Delante, tenemos la casa de Can Cases, un poco dilapidada pero todavía en pie y con signos evidentes de ser usada por los leñadores como refugio.

Can Cases

Damos la vuelta y, en el cruce encima del Collet de Villegues, tomamos la otra pista que marcha hacia el Tor d’Espà, la que tiene el alambre de púas. Al llegar al punto donde no pudimos pasar, vemos las ruinas de una casa, la Casa de la Fusta, y, 5 metros más allá, una abertura creada en la valla para que pudieran pasar las personas. Ironías de la vida.

Nos desviamos de la pista para pasar por las casas de Coma Ermada y Coma de Grau, donde comemos. No deja de ser curioso que aquí, ahora totalmente desierto, donde solo se ve bosque, antes había una pequeña comunidad dispersa. Continuamos hacia el Pont de Roma, enlazando con el camino de Tor d’Espà, ahora marcado como continuación en el Lluçanès de la Xarxa Lenta berguedana y que seguimos en la salida del 29 de enero de 2010. Las huellas de las motos todavía se ven tan profundas como hace 6 años.

La gran casa de Boatella vista al bajar hacia el Pont de Roma

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 12,4 km; 400 metros de desnivel acumulado.

lunes, 4 de julio de 2016

29/4/2016 – Salselles (Buscando el camino del Lluçanés)

Para hoy, Pep propone ir hacia el sur en vez del norte. Y yo le propongo que sigamos la pista que recorre la ribera sur del Torrent de Salselles en vez de la ribera norte. Igual nos sale alguna cosa nueva e interesante.

Aparcamos en el mismo sitio que la semana pasada, encima del puente que pasa por el camping. Sin embargo, ha llovido estos días y al entrar en la pista, que pasa por la umbría, se nota sus efectos enseguida, con muchos tramos fangosos.

Como he elegido yo la ruta, no tengo derecho a quejarme, me recuerda Pep, y vamos progresando intentando no hundirnos en el barro. En todo el recorrido hasta el puente que cruza el Torrente, sólo vemos un camino, que Pep no duda en descalificar como forestal. Sin embargo, al bajar el track al mapa, pienso que podría ser el camino a la casa de Angelats.

Al llegar al puente, giramos hacia el sur y pasamos por las ruinas de Angelats. La pista continúa hacia el sur pero Pep quiere ir hacia el este, a la casa de Vila-d’heures. Pasamos por el bosque, siguiendo los postes de hormigón que marcan el límite del municipio de Borredà hasta llegar a una pista transversal.

Giramos a la izquierda y llegamos a un cruce importante donde vemos los postes de la Xarxa Lenta. Carles saca el mapa antiguo del ejército, previo al vuelo de los americanos, que se basó en los mapas de las Minutas para cartografiar los caminos. Por lo visto, donde estamos ahora era un camino importante que cortaba la curva de la Riera de Merlès y venía del Pont de Montclús rumbo al Lluçanés.


Salselles desde la pista camino a La Roqueta. Al fondo, las montañas del Valle de la Portella

Pero ahora es una pista. Giramos hacia el norte. El mapa marca una línea de casas. A la primera, Cal Bermelló, le pasó la pista por encima y sólo queda una línea tenue de piedras que marcaba el perímetro de la casa. Después, Cal Perot y Cal Rabat, unas casas pobres en ruinas y apenas visibles en la vegetación, hasta llegar a La Roqueta, también en ruinas, pero con vistas bonitas. 

La casa de La Roqueta

Comemos sobre una explanada rocosa mirando hacia el Lluçanés, una tierra de bosques, casas con campos y cerros suaves y ondulantes, y detrás las montañas del Ripollés. “No lo mires mucho”, me dice Pep. “Esto es tierra prohibida para nosotros. Allí no tenemos nada que hacer”. Propone volver a Salselles por el Collet del Boix y el Serrat del Cel.

El Lluçanés. Aquí no tenemos jurisdicción

Avanzamos un poco más hacia el norte, hasta llegar a un cruce de pistas y luego bajamos por un camino a la izquierda. Aquí entramos en un pequeño laberinto bajo la casa de La Roqueta que algún día habrá que desentrañar. Vamos dejando arranques de camino que Pep no quiere seguir porque no van en la dirección que él quiere. Es muy confuso todo.

Por fin, un camino más claro nos deja en el Collet del Boix pero allí el camino vuelve a perderse. Vagamos bajo la Carena de la Pica, buscando algo que se pareciera a un camino que nos podría llevar a Salselles. Finalmente, entre terrazas de antiguos campos, vemos algo que podría ser un camino y lo seguimos. Ya a las puertas del pequeño pueblo, Pep me señala una piedra, que sería la base de una cruz de término. Volvemos al Camping por la pista de la semana pasada, pero sin ninguna película que comentar, se me hace mucho más larga.

La base de la cruz de término

En toda la salida de hoy, he tenido la clara sensación de que alguien en algún momento decidió deliberadamente convertir en pistas forestales todos los caminos públicos marcados en la Minuta, sin duda con la loable intención de mejorar las comunicaciones. El resultado es una bonita red de pistas para hacer en 4x4 pero yo me voy de aquí con cierta insatisfacción.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 12 km; 290 metros de desnivel acumulado.

22/04/2016 – Salselles (Caminos a la Boatella)

Hoy por fin toca Salselles. Lo había propuesto ya a principios de año como lugar a visitar. Se trata de una antigua parroquia incorporada al municipio de Borredà, bordeando la ribera izquierda de la Riera de Merlès. La Minuta de Borredà, muestra unos cuantos caminos y tenía la esperanza de que algunos todavía se conservaran como tales.

Subiendo la carretera al lado de la Riera de Merlès, aún paramos un par de veces para mirar agujeros en la roca. Desde su desembocadura en el río Llobregat hasta el límite norte del municipio de Borredà, la riera está llena de molinos.

Aparcamos cerca del puente que va la camping del Merlès. Debajo, más agujeros en la roca y, un poco más abajo, los restos de la balsa y obrador del molino. Aguas arriba, se ve la casa del molino de Vilardell. Este molino marcó el límite sur de nuestra campaña en Boatella en el invierno de 2009-2010, cuando decidí empezar el blog.

El molino de Vilardell

Emprendemos la larga pista desde el camping hacia el pequeño pueblo de Salselles y, mientras andamos, Pep nos cuenta la película biográfica de Marcelino Sanz de Sautuola, miembro de la alta burguesía asturiana y descubridor científico de las pinturas rupestres de Altamira.

Su descubrimiento fue rechazado por la comunidad científica del tiempo, encabezada por el francés Cartailhac, y por poco no le acusaron de fraude. También tuvo en contra a la Iglesia y quedó desacreditado en la sociedad. No fue hasta 20 años después, ya muerto, que se descubrieron pinturas similares en Francia y se reconoció la autenticidad de las pinturas españolas.

“Si eso me pasara a mí y supiera que tengo razón, no me afectaría lo que pensaran los demás”, concluye Pep. “No me lo creo”, contesto. “Tienes que situarte en el contexto del siglo XIX. Estar bien considerado en la sociedad formaba parte de tu identidad. Sin nuestros conceptos del siglo XXI, estaríamos igual que todos los demás”.

Pero Pep tiene una fe enorme en su autonomía intelectual y no se deja convencer. En eso llegamos a Salselles. Pasamos por las ruinas de una casa grande y llegamos a la iglesia. Antes de la puerta, unas columnas cuadradas que habrían formado una especie de pasillo. Entramos en la iglesia. Encima de la puerta, lo que habría sido el coro, luego una gran nave con arcos labrados, una pequeña capilla a la izquierda, luego el edificio se vuelve a ensanchar, acabando con un espacio donde habría estado el altar y el pulpito del cura.

Nos acercamos a Salselles

Mirando los distintos elementos, Pep empieza a leernos la historia de la iglesia. “Hubo una iglesia románica original, orientada de este a oeste. Luego, en el siglo XVII o XVIII, hubo una gran ampliación. Se cambió la orientación de norte a sur, creando el altar y las capillas con estilo gótico. Se aprovechó la puerta original de la iglesia para conectar una rectoría. Más tarde, en el siglo XIX, se hizo el coro y, al final de todo, las columnas fuera. “Resumiendo”, digo, cuando ya llevamos 40 minutos aquí, “alguien se gastó mucha pasta para estar más cerca de Dios”. “Piensa que aquí era un santuario y venía gente a hacer retiros. Eso explica la casa detrás, que seguramente era una hospedería”, añade Pep.

El interior de la iglesia, mirando hacia el sur

Y mirando hacia el norte

Mientras Pep y Carles siguen inspeccionando el resto del pequeño núcleo, yo les espero a la entrada del camino que quería seguir, al lado de Can Pou, escuchando los pájaros, que por aquí hay muchos. Cuando por fin salen, Pep retoma un tema ya conocido: “No entiendo porqué vienes con nosotros si no te interesa la historia”. Intento adoptar un ademán digno: “Me debo a mis lectores. El blog cumple una función informativa imprescindible”. “Tu blog es puro cotilleo”, dice Pep, despectivamente. “Apenas dedicas dos líneas a las cosas realmente importantes. Además”, concluye, “está todo distorsionado. Es como leer un partido del Barça en la prensa deportiva de Madrid”. “Te equivocas”, contesto. “Son precisamente esos detalles humanos que le dan al blog su interés. Y que conste que no cuento nada que no haya pasado”.

Seguimos el camino hacia el norte. Es un camino auténtico que va directamente hacia Boatella. En las pendientes, las motos han cortado profundos surcos. Cruzamos una pista y continuamos por el camino hasta llegar a la casa de La Pica. “Aquí hay paredes medievales”, dice Pep. “Parece una torre. Pero, ¿por qué una torre aquí, en medio de un valle? Me empieza a gustar esta zona”.

La casa de La Pica. Observad las ampliaciones sucesivas; la parte a la izquierda parece la más antigua

Continuamos hacia el norte por una pista, hasta salir a otra pista que recorre la cresta, la Carena de la Riera. A partir de aquí, hay caminos que bajan hacia Boatella pero ya no los seguimos sino que giramos hacia el oeste. Aquí comemos. Carles estudia el mapa del Alpina. En la Serra de Vila-seca, hay tres casas colocadas prácticamente en línea.

Continuando por la pista, pasamos delante de una casa nueva llamada La Xuriguera. Está equipada como casa rural de lujo, con piscina, terraza y un extenso jardín. “No quiero ni pensar cuánto debe costar alquilarla”, pienso. 

La Xuriguera ... para una boda inolvidable, por ejemplo

Llegamos a una curva de la pista, con la casa de La Serra a la vista. Con Carles como guía, subimos hacia el Serrat de la Atalaia y caminamos por la cresta, confiando en encontrar pronto la primera casa. Vemos bosque pero ninguna casa. Empiezan a verse antiguos campos pero todavía no hay ninguna casa. Se nos acaba la cresta y por fin encontramos un camino, que luego empalma con otro y que algún día habrá que explorar en profundidad. Salimos a una zona despejada y vemos otra cresta al norte, al otro lado del valle. Hemos ido en la dirección contraria. “Suerte que no llevaba yo el mapa”, pienso. “La bronca que me habría caído”.

Conseguimos llegar a la casa de Vila-Seca, todavía habitable pero sin modernizar. Aquí llega la cresta que teníamos que haber seguido. “Aquí hay trabajo”, dice Pep, satisfecho. Una vez más, tengo que constatar mi papel de catalizador. Y luego Pep dice que no sabe porqué vengo. ¡Mi presencia es absolutamente necesaria! Gracias a mi sugerencia de la Riera de Merlès, ha descubierto infinidad de molinos y agujeros en las rocas. Y ahora aquí, en Salselles, se le ha abierto un mundo nuevo y ya sabe dónde venir el próximo invierno.

La casa de Vila-Seca, más auténtica 

Con esos pensamientos, bajamos lo que queda de la cuesta y seguimos la pista hasta el camping. Nada más llegar al coche, empieza a tronar.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 13,8 km; 320 metros de desnivel acumulado.

15/4/2016 – La Riera de Merlès (Puigcercós)

“¿Dónde vamos?”, pregunto a Pep, ya en el coche. “Hoy, vamos a donde no quisisteis ir la semana pasada: Mora Vella. ¡La banca siempre gana!”, proclama triunfalmente.

Aparcamos delante de la pista de Les Heures. Pasamos nuevamente debajo de la Balma de Les Heures pero esta vez no paramos sino que cruzamos el Rec de Les Heures y continuamos hacia el sur por lo que parece ser un camino ancho, pero es difícil saberlo. Esta zona está llena de pistas antiguas que se han naturalizado. Un corzo se va corriendo, con un ruido de ramas rotas.

Salimos del bosque a la vista de Mora Vella o Mora de Dalt, ahora en ruinas. Pep inspecciona la pared norte; las piedras en la base podrían ser medievales, dice. Mientras Pep y Carles intercambian comentarios sobre las maravillas de esta casa, paso al otro lado. Me parecen ver unas piedras que tienen un aspecto raro en la pared. “Aquí también hay algo que deberías mirar”, aviso a Pep. Cuando llega, clava la vista en el suelo, donde hay una piedra con un agujero que yo ni siquiera había visto. “Una piedra de prensa medieval. Excelente hallazgo”, dice Pep. “Supongo que te referías a esto, ¿no?”. “Por supuesto”, miento. Señalo la pared detrás como si quisiera descartar definitivamente algo que evidentemente no podía ser: “Y esta pared, ¿qué te parece?”. Pep le dedica una mirada breve. “Nada. Todo de época moderna”.

Retrocedemos hasta una pista que nos sube al Serrat dels Corbs, el mismo sitio donde acabamos la semana pasada antes de iniciar la bajada. Al otro lado del valle, vemos otra vez la casa de Puigcercós, nuestro destino. Giramos hacia el norte y dejamos la pista principal para tomar otra secundaria que planea debajo de la cresta. Cuando muere al cabo de 500 metros, inicia un camino despejado que bordea el valle del Torrent Llarg sin subidas ni bajadas, salvando una cuesta empinada y boscosa. Es quizás el momento más relajante del día.

El camino que va a Puigcercós

Empieza a hacer calor y nos quitamos los jerseys. Nuestro camino muere en una fuente desde la cual arranca una corta pista de desembosque que entra en aquella pista que pareció tan interminable a mi hijo la semana pasada. Subimos al cruce del estanque y tomamos la única pista que quedaba, a la derecha, y al cabo de media hora nos plantamos en la casa.

Comemos bajo una encina al lado de la casa. Aquí es más montañoso, lo que ha propiciado la supervivencia de caminos. Hemos visto el arranque de algunos caminos más que Pep ya está reservando para el próximo invierno. Con las ruinas de la casa delante, nos transportamos mentalmente a un pasado remoto. “La verdad, no me veo corriendo detrás de aquel corzo con una lanza en la mano”, admite Pep. “No haría falta. Ya haría 20 años que nos hubiéramos muerto”, le contesto. “Y Carles sería un anciano”.

Las ruinas de la casa de Puigcercós

Empieza a soplar el viento y es hora de ponerse en marcha. Vamos por una pista que sigue el valle del Rec de Les Heures hasta llegar a una cresta, donde vemos un camino que la cruza. Giramos para bajar. Es un camino que también eligen las motos y la erosión ha dejado profundos surcos en algunos tramos de mucho pendiente. Eso de las motos es cada vez más polémico. Dejando de lado el aspecto legal, hay gente que dice que las motos ayudan a conservar los caminos y otros que dicen que los estropean. Pero lo cierto es que no hay la misma permisividad de antes y los forestales empiezan a denunciar a los motoristas que circulan por los senderos.

Llegamos al camino antiguo de la Riera de Merlès, ligeramente al norte de la casa de Les Heures. 

El camino antiguo de Les Heures

Bajamos a la riera. Allí, hay el molino de Vilartimó, con la casa arreglada arriba y la estructura del molino abajo, colgado sobre el agua, con una evidente factura medieval, dice Pep. Un poco más arriba, la presa del molino, y un poco más abajo, la presa del cercano molino de Les Heures. Cruzamos saltando las rocas y subimos a la pista al otro lado, en la ribera izquierda, y empezamos a bajar.

 El viejo molino de Vilartimó

Y la vista mirando río abajo

Pasamos delante del molino de Les Heures y poco después, el puente de las Goles de Les Heures, que cruzamos. Diez minutos después, estamos en el coche. La cantidad de molinos que hay en esta riera no deja de asombrarme. Algún día, alguien tendrá que hacer un estudio serio sobre el tema.

El molino de Les Heures

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 14,3 km; 450 metros de desnivel acumulado.

jueves, 28 de abril de 2016

8/4/2016 – La Riera de Merlès – La Balma de Les Heures

Mal tiempo, Semana Santa y el 90 cumpleaños de mi padre nos han impedido salir hasta hoy. Pep propone continuar subiendo el valle de la Riera de Merlès, reanudando desde donde lo dejó con Carles en marzo. Esto implicaría entrar en el municipio de La Quar, en la zona de Les Heures. Hoy, nos acompaña mi hijo Anthony, que ha subido a Berga para desestresarse. La verdad es que ha aprendido a disfrutar de nuestras salidas y aprovecha la ocasión para escuchar las sabias palabras de Pep.

En el coche, vamos remontando la carretera que bordea la Riera de Merlès. Mientras Pep aparca cerca de la casa de Montclús, Anthony comparte sus reflexiones durante el viaje: “Os hace falta un perro. Una mascota que espere impacientemente el momento de abrir la puerta del coche para salir corriendo a descubrir cosas nuevas”. Nos quedamos pensativos unos segundos. “No”, contesto finalmente. “Para eso no nos hace falta el perro. Ya lo hace Carles”.

Liquidado el tema del perro, cruzamos a la ribera izquierda de la Riera por un puente y vamos caminando hacia el norte por una pista. La estrategia es ir bajando a la Riera cada vez que se ve una extensión importante de roca para ver si hay agujeros. Tras las lluvias del último mes, el agua baja con una alegría que hace muchos meses que no hemos visto.

Uno de los tramos de la Riera de Merlès

Así vamos contando agujeros hasta llegar al Gorg de les Heures, un lugar donde la Riera se estrecha, formando un angosto pasillo y luego se ensancha, con una amplia explanada de roca muy popular en verano para bañarse. Mientras Pep va corriendo de un lado a otro, documentando agujeros de antiguas pasarelas, nosotros le contemplamos desde el puente, compartiendo un pequeño tentempié y conversando. “¡Filistinos!”, nos reprocha cuando llega al puente. “A mí basta la historia para alimentarme”.

La entrada al Gorg de Les Heures

Pero enseguida le pasa la indignación; cruzamos la carretera y entramos en una zona de bosque bajo la casa de Les Heures. Siguiendo el pequeño valle del arroyo, llegamos a unos campos donde el valle se ensancha. Allí hay un cerezo en flor, un roble centenario y, a la derecha, una serie de terrazas con unas construcciones en el hueco de una roca. Es la Balma de Les Heures. Quitando a Pep, ninguno de nosotros había estado aquí antes. Es un entorno idílico, perfecto para picnics. Exploramos el interior de la Balma. Su último uso era como almacén y corral pero Pep está convencido que en la Edad Media, era una vivienda.

 El entorno de la Balma de Les Heures, que se ve al fondo

 Vista del interior

Y desde la 'terraza'

Subimos a una pista detrás de la Balma e iniciamos un largo ascenso con una pendiente suave, primero subiendo el Rec de Les Heures, pasando por el Baga de les Heures y luego entrando en el valle del Torrent Llarg. Esta zona también se escapó de los incendios de 1994 y es un bosque maduro de pino albar. Mientras Pep y Carles van delante, yo sigo unos 50 metros detrás, disfrutando del bosque y el canto de los pájaros. Y detrás mío, viene Anthony, como un alma en pena, arrastrando los pies y consultando su móvil cada 10 minutos. Más tarde, me confesará que aquella pista se le hizo eterna. “Las pistas son para hacer en coche, no para caminar”, sentencia.

Llegamos a un cruce de pistas. Allí hay un estanque con pequeñas carpas rojas. “Alguien vació allí una pecera”, pienso. Pep propone comer en la casa de Puigcercós y continúa por la pista al otro lado del cruce, que sube con bastante pendiente. De repente se para. “No vamos bien”, y damos media vuelta y giramos por la pista que estaba a la izquierda en el cruce, hacia el sur. Salimos del bosque en una especie de planicie, con la casa de Colldesegrià a la vista. “Por aquí hay unas tinas”, musita. “Nunca las he encontrado”, y gira hacia el oeste. Pero al cabo de unos 100 metros, desiste. “No las vamos a encontrar y se nos hará tarde” y da media vuelta. Miro a Pep preocupado. No estamos acostumbrados a tanta indecisión.

Vemos la casa de Puigcercós desde el otro lado del valle. En el fondo, Puigmal nevado

Salimos a la cresta y, al otro lado del valle, vemos la casa de Puigcercós en ruinas, sobre otro llano. “Había que tomar la pista a la derecha en el cruce”, concluye Pep. Continuamos por la pista hacia el sur. “¿Por dónde queréis bajar?”, pregunta Pep. “Podemos bajar por aquí e ir La Mora o continuar un poco más y bajar por Montclús. Los dos sitios me interesan pero por La Mora habrá más asfalto”. “Que haya el mínimo de asfalto”, interpone Anthony. “Pues, en honor a nuestro invitado, así se hará”, dice Pep.

Continuamos por la pista, parando en una explanada de roca para comer. Pasamos bajo una línea de alta tensión y poco después, Pep encara ya la bajada, sin camino como es su costumbre. Vamos bajando como podemos por una pendiente fuerte y rocosa, con plantas espinosas que nos rascan y pinchan. Detrás mío, Anthony intenta buscar la ruta menos dolorosa pero con poca suerte. Está claro que jugar al tenis en Barcelona no prepara para bajar estas cuestas.

Ante sus quejas, desde más abajo Carles contesta: “Es culpa tuya. Tú elegiste venir aquí”. “Sí, ‘mínimo de asfalto’, dijiste”, corroboro. “Con lo bonito que es el asfalto”, concluye Carles. Pero cuando parece que tendremos bajar toda esa cuesta dando tumbos, vemos un camino a unos 200 metros hacia el norte y nos lanzamos directamente hacia él como si fuera una balsa salvavidas. Cuando llegamos, parece hecho más por motos que por personas pero está despejado y nos lleva hacia abajo sin más percances.

Desde allí, Pep nos lleva hacia un rectángulo de piedras en un llano rocoso encima de la casa de Montclús. “Aquí excavaron”, dice Pep. “Había cerámica del siglo IX-X”. Medio kilómetro después, estamos en el coche.

Todo lo que queda de la casa medieval de Montclús

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 17,2 km; 450 metros de desnivel acumulado.

La primavera avanza imparable en Montclús

P.S. El día siguiente, Anthony no se levantó hasta mediodía. Estaba destrozado, pobrecito.

viernes, 15 de abril de 2016

11/3/2016 – La Torre de Merola

La semana pasada, fui a Inglaterra y Pep y Carles repasaron la Riera de Merlès, en la parte que corresponde al municipio de Sagàs. Fue un festival de agujeros, me dijo después Pep, anotando la existencia de molinos medievales desconocidos hasta ahora para la historia local.

Pero para hoy, yo esperaba de Pep una salida más amena. De hecho, hace tiempo había pedido a Pep una salida por la Riera de Merola, ya que la desconocía por completo y el mapa me decía que había cosas interesantes para ver allí.

Hace una temperatura fresca pero sol, lo que augura una temperatura suave a mediodía. Aparcamos delante de la Torre de Merola, a poca distancia de la autovía y cerca de Cal Riera, entre Cal Vidal y Navás. Nada más salir del coche, nos asalta una cacofonía de pájaros pero Pep tiene prisa para mostrarnos el conjunto de la Torre. A pie de pista, hay las ruinas de una casa de pagès y detrás, una hilera de 5 ó 6 tinas enormes, todavía con el revestimiento de cerámica. Evidentemente, era un punto de recogida de la producción de muchas hectáreas a la redonda y eso explica el buen estado de la pista y el puente de obra que cruza la Riera.

Lo que queda de la torre y la iglesia detrás

Detalle de las tinas

Y detrás, dominando el cerro, una pared muy alta (y con un aspecto muy precario, como si pudiera venir abajo en cualquier momento), que es lo que queda de la torre medieval. Con tanta altura, es evidente que su finalidad era mostrar el poder del Señor de la zona, y detrás, una iglesia, muy remodelada pero con orígenes románicos. Pasamos una media hora, como mínimo, recorriendo este conjunto; su visita es muy recomendable.

Seguimos río arriba por la pista. Pasamos por antiguas terrazas de viñedos, ahora convertidas en un bosque maduro de pinos. Aquí no se quemó en 1994. Dejamos el Cementerio de Merola a la derecha y después bajamos a la riera: una presa moderna y una línea de agujeros en la roca, indicando un canal elevado para llevar agua, pero ¿a dónde?

Bosque de pino albar en antiguos viñedos

La presa en la riera

Seguimos subiendo la riera por la pista, la cruzamos a vado y entramos en una zona de antiguos cultivos. Paredes de campos hechas con piedras talladas, seguramente traídas de algún edificio medieval, tinas, la casa de Subirana, muy arreglada pero de evidente factura medieval. 

Pared de un campo hecha con piedras cortadas traídas de algún edificio medieval

Y detrás los restos de un antiguo pueblo medieval del que no se sabe prácticamente nada, con las ruinas de una pequeña iglesia románica con un añadido del siglo XVIII, y detrás una casa de época moderna que parece aprovechar una pared más antigua.

Lo que queda de la iglesia románica con el añadido posterior a la derecha

Aquí hacemos un pequeño alto y repasamos todo el patrimonio histórico que hemos visto en una distancia que no pasa de los 2,5 kilómetros y un desnivel de unos 50 metros. Bien conservado y bien explicado, sería un recorrido muy atractivo para más de un visitante.

Dejamos la pista y buscamos la cresta del Serrat de Sobiraneta, hacia el Hostal de Ferriols, ahora casa de alojamiento rural, y la carretera de Puig-reig. Unos grandes bloques de piedra parecen rodear uno de los cerros con círculos concéntricos. Desconocemos su función.

Para volver, Pep elige otra cresta que baja hacia el sur, dejando la casa de La Frau a la izquierda y luego la casa de Casanova de Merola a la derecha. Parece un camino auténtico; sea como sea, hace las delicias de los motoristas que parecen recorrer toda esta zona como si fuera su patio particular. Suerte que no hay pendientes fuertes y la erosión es mínima.

El camino de bajada

Antes de iniciar el descenso, comemos. Resulta que Pep fue a la charla del cardiólogo el 4 de marzo y sus impresiones nos dan temas para charlar hasta la hora de ponernos en marcha otra vez.

Llega la primavera. Una mariposa (Polygonia c-album; Comma buttefly en inglés) explora las flores de un cerezo

Continuamos por el camino hasta volver a la Riera. Aquí hay una zona muy extensa, bastante llana, divida en campos por muros. Aquí, hace 150 años, el paisaje habría sido muy distinto, con apenas árboles e interminables viñedos. Y cerca ya del Cementerio de Merola, un último descubrimiento: un horno de tejas, todavía bien conservado.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,1 km; 290 metros de desnivel acumulado.

26/2/2016 – La Guàrdia

La semana pasada, además del trazado de la Minuta, Pep había traído un mapa del siglo XIX que mostraba una red de caminos entre Gironella y la Riera de Merlès. En aquella salida, vimos que la Xarxa Lenta actual intenta seguir esa red.

Hoy, Pep tiene que volver antes y además es un día inapacible, frío, y está previsto que llegue una borrasca con lluvia y nieve. Pep propone volver a mirar el mapa antiguo pero desde el santuario de La Guàrdia.

Salimos de Gironella por la zona de las piscinas. Es una carretera que no conocía, muy sinuosa, y va hacia Santa Maria de Merlès, pasando por La Guárdia. Allí aparca Pep, en el cruce con la carretera que sube al Santuario. Al bajar del coche, se oyen muchos pájaros cantar, de especies que no se ven en el Alt Berguedà pero por encima de todo esto, un fuerte olor a purinas (o ‘eau de cochon’ como lo llamamos nosotros cariñosamente).

La primera tarea de hoy es buscar la continuación del camino que seguimos la semana pasada hasta Torvella. Caminamos por la carretera hacia el este, con el frío y el mal olor. Empezamos a ver los rectángulos amarillos de la Xarxa Lenta.

De repente, Pep ve un perfil sospechoso a la izquierda, al otro lado de un campo. Al llegar allí, vemos claramente que es el camino antiguo, ahora convertido en canal para llevar el agua de lluvia. “¿Por qué no se ha marcado esto en la Xarxa Lenta en vez de la carretera?”, nos preguntamos. Lo seguimos hacia el coche, dejándolo poco antes de llegar a la carretera que sube a La Guàrdia. 

El camino antiguo que pasa por La Guàrdia

Damos media vuelta y volvemos hacia el este. Al llegar otra vez a la carretera de Santa de María de Merlès, vemos unas marcas difusas que bajan hacia la derecha y buscan el torrente, evitando el largo rodeo que hace la carretera.

El camino no está muy limpio y las marcas se ven muy de vez en cuando. ¿Qué pasó con la Xarxa Lenta del Baix Berguedà?, nos preguntamos. ¿Se tuvo que hacer de prisa y corriendo? ¿Faltó presupuesto? Ya habíamos visto la semana pasada lo fácil que era perder la Xarxa en un giro repentino.

Con la casa de la Tor Nova a la vista, dejamos el camino y cruzamos la carretera. Buscamos un camino que subiera desde aquí hacia La Guàrdia. Pasamos por La Barraca, una casa en ruinas. Hay pistas pero no se ve un camino claro.

Llegamos a La Guàrdia. Es un lugar pulcro, bien cuidado, que invita a pasear y con unas vistas privilegiadas del Baix Berguedà. Una pequeña vía crucis lleva al penitente hacia la iglesia.  
Una de las columnas de la via crucis y la iglesia

La vista desde arriba, mirando hacia el noroeste, con el pueblo de Gironella y detrás, las montañas de Capolat y Rasos de Peguera

Todo el recinto se ve acondicionado para visitas escolares. Pep aún llegó a conocer al último cura que vivía en la rectoría. Un grupo de buitres sobrevuela la iglesia, buscando comida. A veces, subiendo a Queralt, se les ve pasar muy de cerca.

El cuidado entorno de la iglesia invita a quedarse

Comemos en el camino de bajada desde el santuario, con vistas a Cal Bassacs y Gironella, y detrás, los Rasos de Peguera, medio tapados por las nubes. Después de comer, seguimos bajando y giramos hacia Gonfaus. Pep quiere mostrarnos un horno de tejas. En el camino, cerámica ibérica en el suelo. El horno está casi enterrado bajo la vegetación. Es una estructura grande, aún en buen estado, y si se limpiara, podría ser una atracción turística para las múltiples casas de turismo rural que hay alrededor. Pero a ningún propietario se le ha ocurrido dejarlo visible y visitable.

Parte del horno de tejas

Cruzamos la riera antes de llegar a Gonfaus. Más que una riera es una zanja de drenaje de metro y medio de fondo. Pep y Carles salen de la zanja con cierta dificultad, agarrándose a ramas y piedras. Cuando me toca a mí, con la mano derecha sujeto  una rama y la otra la extiendo para que me ayuden a subir. “Ah, no”, dice Pep, negándose a ayudarme. “¿No tienes una tía que cree que eres una especie de Indiana Jones? Ya saldrás tú solito”. 

Pep y Carles hablan tranquilamente entre ellos mientras me esfuerzo por salir de aquella fosa y cuando por fin lo consigo, ponemos rumbo otra vez hacia La Guàrdia. Como última tarea, Pep quiere encontrar la continuación hacia Gironella del primer camino que encontramos esta mañana. Dejamos los campos para entrar en una zona selvática bajo las rocas de La Guàrdia. Uno no puede dejar de sentir un poco ridículo, peleando con la vegetación a menos de 100 metros de una pista limpia y despejada.

Al final, hasta Pep admite la futilidad del esfuerzo y volvemos a tierras civilizadas, que no volveremos a abandonar hasta llegar al coche.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,1 km; 250 metros de desnivel acumulado.