Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



jueves, 28 de abril de 2016

8/4/2016 – La Riera de Merlès – La Balma de Les Heures

Mal tiempo, Semana Santa y el 90 cumpleaños de mi padre nos han impedido salir hasta hoy. Pep propone continuar subiendo el valle de la Riera de Merlès, reanudando desde donde lo dejó con Carles en marzo. Esto implicaría entrar en el municipio de La Quar, en la zona de Les Heures. Hoy, nos acompaña mi hijo Anthony, que ha subido a Berga para desestresarse. La verdad es que ha aprendido a disfrutar de nuestras salidas y aprovecha la ocasión para escuchar las sabias palabras de Pep.

En el coche, vamos remontando la carretera que bordea la Riera de Merlès. Mientras Pep aparca cerca de la casa de Montclús, Anthony comparte sus reflexiones durante el viaje: “Os hace falta un perro. Una mascota que espere impacientemente el momento de abrir la puerta del coche para salir corriendo a descubrir cosas nuevas”. Nos quedamos pensativos unos segundos. “No”, contesto finalmente. “Para eso no nos hace falta el perro. Ya lo hace Carles”.

Liquidado el tema del perro, cruzamos a la ribera izquierda de la Riera por un puente y vamos caminando hacia el norte por una pista. La estrategia es ir bajando a la Riera cada vez que se ve una extensión importante de roca para ver si hay agujeros. Tras las lluvias del último mes, el agua baja con una alegría que hace muchos meses que no hemos visto.

Uno de los tramos de la Riera de Merlès

Así vamos contando agujeros hasta llegar al Gorg de les Heures, un lugar donde la Riera se estrecha, formando un angosto pasillo y luego se ensancha, con una amplia explanada de roca muy popular en verano para bañarse. Mientras Pep va corriendo de un lado a otro, documentando agujeros de antiguas pasarelas, nosotros le contemplamos desde el puente, compartiendo un pequeño tentempié y conversando. “¡Filistinos!”, nos reprocha cuando llega al puente. “A mí basta la historia para alimentarme”.

La entrada al Gorg de Les Heures

Pero enseguida le pasa la indignación; cruzamos la carretera y entramos en una zona de bosque bajo la casa de Les Heures. Siguiendo el pequeño valle del arroyo, llegamos a unos campos donde el valle se ensancha. Allí hay un cerezo en flor, un roble centenario y, a la derecha, una serie de terrazas con unas construcciones en el hueco de una roca. Es la Balma de Les Heures. Quitando a Pep, ninguno de nosotros había estado aquí antes. Es un entorno idílico, perfecto para picnics. Exploramos el interior de la Balma. Su último uso era como almacén y corral pero Pep está convencido que en la Edad Media, era una vivienda.

 El entorno de la Balma de Les Heures, que se ve al fondo

 Vista del interior

Y desde la 'terraza'

Subimos a una pista detrás de la Balma e iniciamos un largo ascenso con una pendiente suave, primero subiendo el Rec de Les Heures, pasando por el Baga de les Heures y luego entrando en el valle del Torrent Llarg. Esta zona también se escapó de los incendios de 1994 y es un bosque maduro de pino albar. Mientras Pep y Carles van delante, yo sigo unos 50 metros detrás, disfrutando del bosque y el canto de los pájaros. Y detrás mío, viene Anthony, como un alma en pena, arrastrando los pies y consultando su móvil cada 10 minutos. Más tarde, me confesará que aquella pista se le hizo eterna. “Las pistas son para hacer en coche, no para caminar”, sentencia.

Llegamos a un cruce de pistas. Allí hay un estanque con pequeñas carpas rojas. “Alguien vació allí una pecera”, pienso. Pep propone comer en la casa de Puigcercós y continúa por la pista al otro lado del cruce, que sube con bastante pendiente. De repente se para. “No vamos bien”, y damos media vuelta y giramos por la pista que estaba a la izquierda en el cruce, hacia el sur. Salimos del bosque en una especie de planicie, con la casa de Colldesegrià a la vista. “Por aquí hay unas tinas”, musita. “Nunca las he encontrado”, y gira hacia el oeste. Pero al cabo de unos 100 metros, desiste. “No las vamos a encontrar y se nos hará tarde” y da media vuelta. Miro a Pep preocupado. No estamos acostumbrados a tanta indecisión.

Vemos la casa de Puigcercós desde el otro lado del valle. En el fondo, Puigmal nevado

Salimos a la cresta y, al otro lado del valle, vemos la casa de Puigcercós en ruinas, sobre otro llano. “Había que tomar la pista a la derecha en el cruce”, concluye Pep. Continuamos por la pista hacia el sur. “¿Por dónde queréis bajar?”, pregunta Pep. “Podemos bajar por aquí e ir La Mora o continuar un poco más y bajar por Montclús. Los dos sitios me interesan pero por La Mora habrá más asfalto”. “Que haya el mínimo de asfalto”, interpone Anthony. “Pues, en honor a nuestro invitado, así se hará”, dice Pep.

Continuamos por la pista, parando en una explanada de roca para comer. Pasamos bajo una línea de alta tensión y poco después, Pep encara ya la bajada, sin camino como es su costumbre. Vamos bajando como podemos por una pendiente fuerte y rocosa, con plantas espinosas que nos rascan y pinchan. Detrás mío, Anthony intenta buscar la ruta menos dolorosa pero con poca suerte. Está claro que jugar al tenis en Barcelona no prepara para bajar estas cuestas.

Ante sus quejas, desde más abajo Carles contesta: “Es culpa tuya. Tú elegiste venir aquí”. “Sí, ‘mínimo de asfalto’, dijiste”, corroboro. “Con lo bonito que es el asfalto”, concluye Carles. Pero cuando parece que tendremos bajar toda esa cuesta dando tumbos, vemos un camino a unos 200 metros hacia el norte y nos lanzamos directamente hacia él como si fuera una balsa salvavidas. Cuando llegamos, parece hecho más por motos que por personas pero está despejado y nos lleva hacia abajo sin más percances.

Desde allí, Pep nos lleva hacia un rectángulo de piedras en un llano rocoso encima de la casa de Montclús. “Aquí excavaron”, dice Pep. “Había cerámica del siglo IX-X”. Medio kilómetro después, estamos en el coche.

Todo lo que queda de la casa medieval de Montclús

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 17,2 km; 450 metros de desnivel acumulado.

La primavera avanza imparable en Montclús

P.S. El día siguiente, Anthony no se levantó hasta mediodía. Estaba destrozado, pobrecito.

viernes, 15 de abril de 2016

11/3/2016 – La Torre de Merola

La semana pasada, fui a Inglaterra y Pep y Carles repasaron la Riera de Merlès, en la parte que corresponde al municipio de Sagàs. Fue un festival de agujeros, me dijo después Pep, anotando la existencia de molinos medievales desconocidos hasta ahora para la historia local.

Pero para hoy, yo esperaba de Pep una salida más amena. De hecho, hace tiempo había pedido a Pep una salida por la Riera de Merola, ya que la desconocía por completo y el mapa me decía que había cosas interesantes para ver allí.

Hace una temperatura fresca pero sol, lo que augura una temperatura suave a mediodía. Aparcamos delante de la Torre de Merola, a poca distancia de la autovía y cerca de Cal Riera, entre Cal Vidal y Navás. Nada más salir del coche, nos asalta una cacofonía de pájaros pero Pep tiene prisa para mostrarnos el conjunto de la Torre. A pie de pista, hay las ruinas de una casa de pagès y detrás, una hilera de 5 ó 6 tinas enormes, todavía con el revestimiento de cerámica. Evidentemente, era un punto de recogida de la producción de muchas hectáreas a la redonda y eso explica el buen estado de la pista y el puente de obra que cruza la Riera.

Lo que queda de la torre y la iglesia detrás

Detalle de las tinas

Y detrás, dominando el cerro, una pared muy alta (y con un aspecto muy precario, como si pudiera venir abajo en cualquier momento), que es lo que queda de la torre medieval. Con tanta altura, es evidente que su finalidad era mostrar el poder del Señor de la zona, y detrás, una iglesia, muy remodelada pero con orígenes románicos. Pasamos una media hora, como mínimo, recorriendo este conjunto; su visita es muy recomendable.

Seguimos río arriba por la pista. Pasamos por antiguas terrazas de viñedos, ahora convertidas en un bosque maduro de pinos. Aquí no se quemó en 1994. Dejamos el Cementerio de Merola a la derecha y después bajamos a la riera: una presa moderna y una línea de agujeros en la roca, indicando un canal elevado para llevar agua, pero ¿a dónde?

Bosque de pino albar en antiguos viñedos

La presa en la riera

Seguimos subiendo la riera por la pista, la cruzamos a vado y entramos en una zona de antiguos cultivos. Paredes de campos hechas con piedras talladas, seguramente traídas de algún edificio medieval, tinas, la casa de Subirana, muy arreglada pero de evidente factura medieval. 

Pared de un campo hecha con piedras cortadas traídas de algún edificio medieval

Y detrás los restos de un antiguo pueblo medieval del que no se sabe prácticamente nada, con las ruinas de una pequeña iglesia románica con un añadido del siglo XVIII, y detrás una casa de época moderna que parece aprovechar una pared más antigua.

Lo que queda de la iglesia románica con el añadido posterior a la derecha

Aquí hacemos un pequeño alto y repasamos todo el patrimonio histórico que hemos visto en una distancia que no pasa de los 2,5 kilómetros y un desnivel de unos 50 metros. Bien conservado y bien explicado, sería un recorrido muy atractivo para más de un visitante.

Dejamos la pista y buscamos la cresta del Serrat de Sobiraneta, hacia el Hostal de Ferriols, ahora casa de alojamiento rural, y la carretera de Puig-reig. Unos grandes bloques de piedra parecen rodear uno de los cerros con círculos concéntricos. Desconocemos su función.

Para volver, Pep elige otra cresta que baja hacia el sur, dejando la casa de La Frau a la izquierda y luego la casa de Casanova de Merola a la derecha. Parece un camino auténtico; sea como sea, hace las delicias de los motoristas que parecen recorrer toda esta zona como si fuera su patio particular. Suerte que no hay pendientes fuertes y la erosión es mínima.

El camino de bajada

Antes de iniciar el descenso, comemos. Resulta que Pep fue a la charla del cardiólogo el 4 de marzo y sus impresiones nos dan temas para charlar hasta la hora de ponernos en marcha otra vez.

Llega la primavera. Una mariposa (Polygonia c-album; Comma buttefly en inglés) explora las flores de un cerezo

Continuamos por el camino hasta volver a la Riera. Aquí hay una zona muy extensa, bastante llana, divida en campos por muros. Aquí, hace 150 años, el paisaje habría sido muy distinto, con apenas árboles e interminables viñedos. Y cerca ya del Cementerio de Merola, un último descubrimiento: un horno de tejas, todavía bien conservado.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,1 km; 290 metros de desnivel acumulado.

26/2/2016 – La Guàrdia

La semana pasada, además del trazado de la Minuta, Pep había traído un mapa del siglo XIX que mostraba una red de caminos entre Gironella y la Riera de Merlès. En aquella salida, vimos que la Xarxa Lenta actual intenta seguir esa red.

Hoy, Pep tiene que volver antes y además es un día inapacible, frío, y está previsto que llegue una borrasca con lluvia y nieve. Pep propone volver a mirar el mapa antiguo pero desde el santuario de La Guàrdia.

Salimos de Gironella por la zona de las piscinas. Es una carretera que no conocía, muy sinuosa, y va hacia Santa Maria de Merlès, pasando por La Guárdia. Allí aparca Pep, en el cruce con la carretera que sube al Santuario. Al bajar del coche, se oyen muchos pájaros cantar, de especies que no se ven en el Alt Berguedà pero por encima de todo esto, un fuerte olor a purinas (o ‘eau de cochon’ como lo llamamos nosotros cariñosamente).

La primera tarea de hoy es buscar la continuación del camino que seguimos la semana pasada hasta Torvella. Caminamos por la carretera hacia el este, con el frío y el mal olor. Empezamos a ver los rectángulos amarillos de la Xarxa Lenta.

De repente, Pep ve un perfil sospechoso a la izquierda, al otro lado de un campo. Al llegar allí, vemos claramente que es el camino antiguo, ahora convertido en canal para llevar el agua de lluvia. “¿Por qué no se ha marcado esto en la Xarxa Lenta en vez de la carretera?”, nos preguntamos. Lo seguimos hacia el coche, dejándolo poco antes de llegar a la carretera que sube a La Guàrdia. 

El camino antiguo que pasa por La Guàrdia

Damos media vuelta y volvemos hacia el este. Al llegar otra vez a la carretera de Santa de María de Merlès, vemos unas marcas difusas que bajan hacia la derecha y buscan el torrente, evitando el largo rodeo que hace la carretera.

El camino no está muy limpio y las marcas se ven muy de vez en cuando. ¿Qué pasó con la Xarxa Lenta del Baix Berguedà?, nos preguntamos. ¿Se tuvo que hacer de prisa y corriendo? ¿Faltó presupuesto? Ya habíamos visto la semana pasada lo fácil que era perder la Xarxa en un giro repentino.

Con la casa de la Tor Nova a la vista, dejamos el camino y cruzamos la carretera. Buscamos un camino que subiera desde aquí hacia La Guàrdia. Pasamos por La Barraca, una casa en ruinas. Hay pistas pero no se ve un camino claro.

Llegamos a La Guàrdia. Es un lugar pulcro, bien cuidado, que invita a pasear y con unas vistas privilegiadas del Baix Berguedà. Una pequeña vía crucis lleva al penitente hacia la iglesia.  
Una de las columnas de la via crucis y la iglesia

La vista desde arriba, mirando hacia el noroeste, con el pueblo de Gironella y detrás, las montañas de Capolat y Rasos de Peguera

Todo el recinto se ve acondicionado para visitas escolares. Pep aún llegó a conocer al último cura que vivía en la rectoría. Un grupo de buitres sobrevuela la iglesia, buscando comida. A veces, subiendo a Queralt, se les ve pasar muy de cerca.

El cuidado entorno de la iglesia invita a quedarse

Comemos en el camino de bajada desde el santuario, con vistas a Cal Bassacs y Gironella, y detrás, los Rasos de Peguera, medio tapados por las nubes. Después de comer, seguimos bajando y giramos hacia Gonfaus. Pep quiere mostrarnos un horno de tejas. En el camino, cerámica ibérica en el suelo. El horno está casi enterrado bajo la vegetación. Es una estructura grande, aún en buen estado, y si se limpiara, podría ser una atracción turística para las múltiples casas de turismo rural que hay alrededor. Pero a ningún propietario se le ha ocurrido dejarlo visible y visitable.

Parte del horno de tejas

Cruzamos la riera antes de llegar a Gonfaus. Más que una riera es una zanja de drenaje de metro y medio de fondo. Pep y Carles salen de la zanja con cierta dificultad, agarrándose a ramas y piedras. Cuando me toca a mí, con la mano derecha sujeto  una rama y la otra la extiendo para que me ayuden a subir. “Ah, no”, dice Pep, negándose a ayudarme. “¿No tienes una tía que cree que eres una especie de Indiana Jones? Ya saldrás tú solito”. 

Pep y Carles hablan tranquilamente entre ellos mientras me esfuerzo por salir de aquella fosa y cuando por fin lo consigo, ponemos rumbo otra vez hacia La Guàrdia. Como última tarea, Pep quiere encontrar la continuación hacia Gironella del primer camino que encontramos esta mañana. Dejamos los campos para entrar en una zona selvática bajo las rocas de La Guàrdia. Uno no puede dejar de sentir un poco ridículo, peleando con la vegetación a menos de 100 metros de una pista limpia y despejada.

Al final, hasta Pep admite la futilidad del esfuerzo y volvemos a tierras civilizadas, que no volveremos a abandonar hasta llegar al coche.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 10,1 km; 250 metros de desnivel acumulado.

19/2/2016 – Buscando el camino de Gironella

La semana anterior, nos quedamos en casa por mal tiempo, o buen tiempo. Llovió.

Hoy Carles no puede venir. Llegamos a Santa Maria de Merlès con una temperatura de -4ºC. Pep ha pasado a un mapa el trazado de un camino de la Minuta que iba desde Santa Maria de Merlès en línea casi recta a la casa de Salvans, y después a la casa de Biure, camino a Gironella.

Santa Maria de Merlès con el frío de la mañana

Ahora hay una ruta de la Xarxa Lenta que intenta seguirlo pero acaba dando rodeos por las pistas. Después de dejar atrás el núcleo del pueblo, vemos restos del antiguo camino que bordean los campos, que seguimos. Llegamos a la casa de Salabert, ahora convertida en granja de vacas. Desde la entrada, vemos el camino antiguo que bordea la casa por el sur pero es imposible llegar por la vegetación.

La Xarxa Lenta hace tiempo que había marchado por otra pista. La nuestra tiene un rótulo que dice “Camino particular”. “¡Sí, hombre!”, dice Pep, y continuamos. Pasamos por delante de la casa y entramos en los campos. Hay decenas, cientos de vacas y terneras. No parecen tener fin y todas nos miran con mala cara. “No sabéis que allí dice ‘camino particular’”, nos parecen decir.

Ante la presión vacuna, bajamos a la izquierda en cuanto podamos para buscar el camino antiguo. Lo encontramos bordeando el campo, llegamos al Torrent de Pinya, que cruzamos, saliendo a una pista con una flecha blanca sobre un fondo verde. Pep vuelve a sacar su mapa. “Según esto, para llegar a Torvella, hay que subir a la cresta primero por la derecha, como si fuéramos a Sangnari”, dice. Miro por encima de su hombre. “Yo creo que da la vuelta por la izquierda, sin subir, hasta casi llegar al collado de Torvella”.

Siguiendo el camino que baja al Torrent de Pinya

Probamos por la derecha. Aquí no hay nada y volvemos a bajar a la pista. Probamos por la izquierda. Tampoco vemos nada pero por lo menos es un camino limpio. Llegamos a la carretera de Puig-reig y giramos a la derecha para subir a Torvella, donde antes había una torre y una iglesia. Allí vemos como llega el camino antiguo al collado y la seguimos hacia atrás. Se pierde en un campo, justo antes de llegar a la pista. Imposible verlo desde la pista.

Volvemos al collado de Torvella y Pep toma otra pista hacia el noroeste. Ya son pasadas las 12 y hace una temperatura más agradable. Comemos sobre una roca plana, con la casa de Salvans a la vista y una visión de 360º. 

Mirando hacia el norte desde nuestro comedor. Al fondo, Tosa d'Alp 

Llegamos a la casa de Salvans, donde hay un importante cruce de caminos. Un poste de la Xarxa Lenta señala a la izquierda, hacia Biure, y también hacia la derecha, para ir a Santa Maria de Merlès, pero no vemos pintura en el suelo. Pep se inclina por bajar en línea recta; a mí me parece que hay que ir por la derecha, por una pista.

Vamos por la derecha. Pep me muestra las marcas grabadas en la roca de un horno de aceite de enebro pero al pasar la próxima curva, me doy cuenta que me equivoqué de camino. Decenas de novillas de esa peluda raza escocesa con cuernos largos – y cuyo destino es sin duda el matadero – nos miran con ojos hostiles, agrupadas alrededor de un comedero. Intentamos rodearlas pero las rocas nos lo impiden. Levanto nerviosamente los dos primeros dedos en signo de V. “Paz”, les digo. Hasta ahora, este sencillo gesto siempre me ha funcionado. Sea como sea, las novillas se limitan a mirarnos. Y después, Pep encuentra un horno de cal del que no tenía constancia.

El dibujo cortado en la roca por donde bajaba el aceite de enebro después de calentar la madera en unos recipientes colocados sobre los círculos

Sin embargo, nuestro camino no va en la dirección correcta y al final tenemos que dar la vuelta. “Por las vacas, no”, imploro a Pep. Bordeamos un risco hasta encontrar la manera de bajar a la pista siguiente, donde volvemos a encontrar las marcas amarillas de la Xarxa Lenta. Pasamos por la casa de Sangnari, ahora dedicada al turismo rural, donde volvemos a perder la Xarxa Lenta. Bajamos a un torrente y luego subimos peleando por la vegetación hasta llegar a una pista.

La casa de Sangnari

Voy caminando por la pista totalmente desorientado. Veo a lo lejos la casa de Salabert (la del camino particular) pero no sabría decir dónde estoy. De repente, veo un poste con una flecha blanca sobre un fondo verde. “Eso me suena”, digo a Pep. “Menos mal”, me contesta, y bajamos a cruzar el torrente para buscar el camino de esta mañana.
                                   
Deshacemos la ruta. Esta vez conseguimos seguir el camino hasta su empalme con la pista, su trazado camuflado por las zanjas de los campos. Seguimos deshaciendo nuestra ruta hasta llegar a Santa Maria de Merlès. Desde el centro de recuperación de fauna de Camadoca, una cigüeña nos mira, de pie sobre el césped.

La casa de Salabert con el trazado del camino a la izquierda de la pista

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 16,1 km; 370 metros de desnivel acumulado.

5/2/2016 – Sant Marc y Sant Pau de Casserres

Para hoy, Pep propone desplazarnos un poco más arriba y recorrer la zona entre Casserres y Gironella. Concretamente, le interesaba identificar el camino desde Casserres hasta la iglesia de Sant Marc, cerca de Cal Bassacs que, según él, formaba parte de esa enorme red de caminos que irradiaba desde Cardona.

Aparcamos en la cruz de término de Casserres en la carretera a Puig-reig y seguimos un rastro débil de camino por el bosque hacia el noreste. Cruzamos una pista y seguimos por una pista llana hacia un promontorio. Alguien está quemando ramas abajo pero con el potente anticiclón encima nuestro, el humo no consigue levantarse sino que tiene que desplazarse horizontalmente, creando unos efectos interesantes.

El humo crea paisajes misteriosos, mirando hacia el sureste

Llegamos al borde del promontorio y allí hay las marcas inconfundibles de un ‘grau’, un paso creado expresamente para bajar y, en la roca abajo, una ‘potera’, el nombre que Pep ha dado al surco creado por las patas de los animales que recorrieron el camino diariamente siglo tras siglo. “A la primera”, exclama triunfalmente. “No hay duda, somos muy buenos”, corrobora Carles.

El camino queda cortado por unos campos que bordeamos, entrando en un pequeño bosque donde había los leñadores quemando ramas. Allí hay una pequeña pasarela, antes muy usada para cruzar la Riera de Clarà y ahora prácticamente en desuso. El camino que la cruza iba a Cal Bassacs pero vemos otro que sigue bajando por la ribera derecha de la riera. “Este lo usaban los trabajadores para ir a las fábricas de Viladomiu”, nos informa uno de los leñadores, ya de cierta edad.

Al otro lado, una pista nos acaba llevando a la pequeña iglesia románica de Sant Marc. A pesar de verla cada vez que voy por la autovía, nunca la he visitado. Pep nos explica su estructura. Una enorme roca, que seguramente ha bajado desde las rocas detrás, ha sido integrada en la estructura de la iglesia, dándole una forma poco usual.

La iglesia de Sant Marc, cerca de la autovía

Ponemos rumbo hacia el norte. “Lo que yo quería hacer, ya está hecho”; proclama Pep. “El resto del día sólo será para divertirme”. Pasamos por un tramo de bosque paralelo a la autovía. Esta zona se salvó de las llamas de 1994 y tiene el bosque típico de aquí, robles y encinas. Cruzamos la carretera de Gironella a Casserres. Llegamos a una explanada grande, la Roca Llarga.

“Aquí veníamos a jugar cuando era niño”, explica Pep. Cuenta que subía a pie desde Gironella y desde aquí, por primera vez, pudo ver las montañas de Capolat y Espunyola. Durante unos momentos, nos transportamos al pasado e intentamos imaginar – con cierta dificultad, todo sea dicho – a un Pep niño mirando con asombro un horizonte todavía inalcanzable mientras sus compañeros juegan a fútbol.

La Roca Llarga; al fondo, los Rasos de Peguera

Giramos hacia el suroeste y, tras comer en otra explanada de roca, pasamos cerca de la casa de Cal Canudas y su dirt track, templo del motor en el Baix Berguedà, y nos encaminamos hacia Sant Pau. Aquí hay un restaurante en activo, una hospedería que luego fue casa de colonias y ahora está en desuso y al lado, la iglesia románica y la rectoría. Pep nos explica algunos detalles de su interior y luego vamos al castillo, situado detrás de la estatua de una virgen misericordiosa en el jardín.

Entrada de la iglesia de Sant Pau

Colocado sobre paredes de roca vertical, es un emplazamiento perfecto para vigilar todos los caminos que pasaban por allí, pero del castillo no queda nada. Todas las piedras se llevaron para construir otros edificios. Bajamos hacia el pequeño pantano y, desde allí, seguimos nuevamente el curso de la Riera de Clarà. Pasamos por debajo del viaducto de Casserres, utilizado en las clases de arquitectura como ejemplo de cómo no hay que hacer obra pública, dice Pep.

El entorno del castillo de Casserres

El nuevo viaducto, visto desde la riera

Aquí había dos molinos, el Molí de Bernadàs y el Molinet de Vilanova. Pero antes de llegar al primero, la riera se ensancha, formando un estanque. Aquí venía la gente de Casserres a bañarse en verano, dice Pep. Mirando el agua fangosa con una vegetación viscosa y enfermiza en el fondo producida por las purinas de las granjas de cerdos, empiezo a pensar que todos estaríamos mejor si fuéramos vegetarianos.

El Molí de Bernadàs

El primer molino es una casa grande con campos extensos; el segundo es más bien pequeño pero en su interior aún queda una rueda de moler. Pasamos por la casa de Vilanova y seguimos la larga pista hacia el coche. Filas interminables de procesionaria buscan un sitio donde enterrarse en la tierra compactada de la pista mientras miles de orugas muertas muestran el precio del fracaso. Este año, es una auténtica plaga; hasta sale en la tele.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 15,5 km; 315 metros de desnivel acumulado.

miércoles, 10 de febrero de 2016

29/1/1026 – Buscando el camino a Casserres

Hoy volvemos a Puig-reig pero al otro lado de la autovía, esas cuestas castigadas por el fuego que se ven a la derecha al salir del túnel de Viladomiu y antes de cruzar el viaducto. Ni yo ni Carles hemos estado por aquí pero hoy Carles tiene que volver pronto.

El pueblo de Puig-Ruig, mostrando el antiguo emplazamiento del castillo

Aparcamos en la carretera que va a Casserres, en la zona industrial de Puig-reig. Buscamos el principio de la Serra de Cap de Costa, donde sube un GR, que marca el trazado de la Ruta del Románico, una ruta de larga distancia. Pep cree que por esta cuesta iba el camino antiguo a Casserres pero también busca el camino antiguo a Gironella y, tras subir unos 50 metros, cree verlo a la derecha. Nos mete en las terrazas de antiguos viñedos, cubiertos por pinos antes del incendio de 1994 y ahora repoblados por plantas y arbustos de todo tipo, algunos aromáticos y otros que simplemente dejan espinos clavados en nuestra piel.

Un tramo empedrado del GR que sube desde Puig-reig

“No entiendo tanta queja si encima vas a volver a casa perfumado”, dice Pep ante mis protestas por lo hostil del territorio y la falta de camino. Pero incluso él se tiene que rendir a la evidencia y ante la imposibilidad de continuar, nos deja volver al GR.

Una barraca de viña con encina; detrás, el viaducto de la autovía

El GR sale en un llano frente a la gran casa de La Serra, lo cruza y luego continúa subiendo por la cresta. A Pep no le convence su trazado y toma una pista a la derecha que va bordeando la cuesta a media altura, con la autovía debajo nuestro. Llegamos a una señal advirtiendo del peligro de abejas y ya veo las colmenas alineadas en la pista. Freno en seco, dispuesto a no dar un paso más, recordando picaduras en el pasado. “¿No ves que son sólo pallets vacíos?”, me dice Pep incrédulo. “Las abejas no vendrán aquí hasta la primavera”. Bordeo los pallets a una distancia prudencial, mirándolos con desconfianza. “Siempre puede quedar alguna y no les gustan los intrusos”, pienso.

Pep ve algunos restos de un camino antiguo, que podría ser el de Gironella. La pista gira a la izquierda y entra en un valle con una casa y antiguos campos, algunos de ellos utilizados para tirar toda la tierra que se sacó para hacer los túneles de la autovía. Pep quiere mostrarnos la pequeña iglesia románica de Sant Joan Degollat y, después de subir una cuesta sin camino, entramos en un camino muy arreglado con las marcas amarillas de la Xarxa Lenta y que sube desde el Guixaró.

La iglesia románica de Sant Joan Degollat

Antes de llegar a la iglesia, empalma con el GR que seguíamos al principio y que será la ruta de retorno de Carles. Después de inspeccionar la iglesia, Carles se despide de nosotros y continuamos por el GR en el otro sentido, hacia el oeste. Aquí se ve claramente que el trazado es inventado. Nos imaginamos que, tras quedar borrado el crecimiento de la vegetación después de los incendios, los diseñadores de la ruta renunciaron a buscar el trazado antiguo y optaron por la línea recta cuesta arriba como opción más sencilla.

Lo que parece ser un tramo de camino auténtico, en la bajada hacia Sant Marçal

Llegamos arriba, pasamos por las dos casas de Morulls y en el descenso hacia la iglesia de Sant Marçal, el GR parece seguir un camino auténtico para bajar por las rocas. Ya más relajado, de repente Pep empieza a acribillarme de preguntas sobre una charla a la que asistí en el local de mi antiguo (y actual de Pep) profesor de yoga y que se repetirá a principios de marzo.

Me quedo un poco sorprendido. Últimamente, cuando está Carles, siempre están caminando y charlando unos cuantos pasos delante mío, y el tema de la conversación no suele desviarse mucho de sus respectivos hallazgos en los archivos. Pero quizás, estando a solas conmigo, se libera del yugo académico y deja que su mente corra libre por donde le plazca.

La charla en cuestión, aunque la dio un cardiólogo, versaba sobre todo sobre energía, la nuestra. Resulta que somos pequeñas centrales energéticas y, entre muchas otras cosas que dijo, resulta que ahora se empieza a visualizar con instrumentos lo que antes se llamaba aureola y ahora “biocampo” (me encanta esa palabra), que es básicamente energía electromagnética y, sorpresa, sorpresa, el órgano que más energía emite es el corazón. Evidentemente, recomiendo a Pep que vaya a escucharla en marzo.

En ese momento, me llama Carles. Ha llegado al coche. Nos informa que el GR va subiendo y bajando por la cresta y, resumiendo, es muy extraño. Duda de su autenticidad.

Llegamos a la iglesia románica de Sant Marçal, al lado de la carretera de Puig-reig a Casserres, que tiene un amplio porche del siglo XVIII. Tras inspeccionar la iglesia, comemos en el porche, repasando la situación política actual, marcada por un nuevo escándalo de corrupción en el PP.

La iglesia románica de Sant Marçal con su porche

Es hora de volver. Cruzamos la carretera y seguimos el GR por una pista hasta la casa de Vila-Rasa. Tiene una enorme tina que parece una pequeña torre pero nada que indique a Pep una antigüedad anterior al siglo XVII hasta que da la vuelta de la casa y encuentra un trozo de pared del siglo XIV en la cara norte.

La tina de Vila-Rasa. De lo grande que es, parece una torre

Dejamos el GR y continuamos por una pista hacia el sur. Pep quiere bajar por un camino que tenía visto y que nos llevaría a la Riera de la Sala y el polígono industrial donde tenemos el coche. “Espero que encontremos una manera de conectar con ese camino. No creo que podamos bajar por las rocas”, dice Pep. “Me extraña oírte decir esto”, contesto, “tú que siempre encuentras la forma de bajar”. “Ya lo probé una vez”, dice. “Es realmente complicado”.

En eso la pista da un giro brusco hacia el norte y tiene toda la pinta de bajar a la carretera, muy lejos del polígono industrial. Cruzamos un par de campos hasta llegar al borde de las rocas. “Por aquí”, me dice, y señala un paso estrecho. Ayudándome de las manos y el bastón, consigo bajar a lo que habría sido la terraza más alta de un viñedo y ahora convertida en selva.

Pep busca la manera de bajar

Pep encuentra cerámica prehistórica esparcida por el suelo y le invade la euforia. Hacemos un flanqueo difícil. Al otro lado del valle, vemos el camino. “Tenemos que bajar”, dice mientras se asoma al borde. “¿No decías que era demasiado complicado?”, pregunto. “Me refería a bajar a la Riera de la Sala”, aclara. “Aquí, sólo tenemos que bajar 40 metros hasta ese prado y ya estamos en el camino … Además, en el fondo, tú también lo estás deseando”, añade con ironía. Y con eso iniciamos un descenso precario, bajando como podemos un bancal tras otro, buscando las piedras menos inestables. En el camino, más cerámica y antiguas barracas de viña. Aquí había un asentamiento prehistórico.

Llegamos al prado. Un camino limpio y despejado nos lleva a un punto donde podemos cruzar la riera y al otro lado, hay el camino marcado que nos llevará abajo. Alguien ha dedicado tiempo y esfuerzo para arreglarlo, dejando un pasillo limpio entre la vegetación que va bajando suavemente por el lado derecho del valle. Es quizás el mejor momento del día.

El camino de bajada

Llegamos a la Riera de la Sala, ocupada por huertos y barracas de todas las épocas, cruzamos la riera y 10 minutos después, estamos en el coche.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 13,8 km; 310 metros de desnivel acumulado.

22/1/2016 – Santa Maria de Merlès

Para hoy, Pep ha elegido volver a la Riera de Merlès pero más arriba, centrándonos en el pequeño núcleo de Santa Maria. Allí hay la iglesia, la rectoría, la escuela, la casa del maestro, el Ayuntamiento y el Hostal Nou (ahora cerrado al público); la iglesia es del siglo XVIII y el resto del siglo XX.

El pequeño núcleo del municipio de Santa Maria de Merlès con el frío de la mañana

El termómetro del coche marca -3ºC y el sol aún tardará en subir por encima de los cerros del valle. Caminamos hacia el norte por la carretera; a poca distancia, las casas de Escrigues, la Cortada y Cal Masover d’Escrigues, casas enormes con siglos de historia. En el cruce, giramos a la derecha para bajar a la riera. Allí está el molino d’Escrigues, un edificio moderno, pero los agujeros cortados en la roca delatan un origen mucho más antiguo.

 La casa fortificada de La Cortada

El Molino de Escrigues

Caminamos por la ribera aguas abajo hasta llegar a la presa y el canal que lleva agua a una antigua fábrica textil, y al lado, el puente románico. Subimos al núcleo antiguo, con la iglesia románica de Sant Martí y la rectoría antigua. Y encima el castillo, que domina todo el valle desde una roca. Del castillo sólo quedan los restos de una pared; las piedras del resto del castillo, mucho más grande, se habrán utilizado para construir casas a lo largo de la historia. Al pie de la roca, señales de estructuras adosadas de antigüedad indeterminada.

El puente románico de St. Martí

La iglesia antigua de St. Martí con la iglesia moderna de Sta. Maria detrás


Todo lo que queda del castillo

Pep quiere ir más arriba, llegando a la casa fortificada de la Serra de Degollats, antes de bajar otra vez a la riera. Entramos en la umbría. Aquí sólo hay antiguas pistas forestales llenas de zarzas, humedad y frío. Pep quiere salir de esta umbría sin interés lo antes posible pero la cuesta es muy empinada y nos vemos obligados a seguir el zigzag alargado de la pista. Pegando las zarzas con los bastones para abrir paso, lejos del sol, si la semana pasada paseamos por la cara amable del Baix Berguedà, hoy nos toca ver la cara hostil, al menos hasta volver a las zonas soleadas.

Nuestra pista asquerosa se vuelve más despejada, con las huellas de un tractor y finalmente entra en la pista que lleva a la casa de Riambau y poco después, salimos a la carretera.

Giramos a la derecha y caminamos por la carretera hasta llegar a la casa de la Serra de Degollats. Un perro nos ladra histéricamente pero mantiene su distancia. Giramos a la derecha por una pista señalizada que sigue el lomo de la Serra de Sant Joan. El perro deja de seguirnos y vuelve a su puesto de vigilancia, satisfecho de habernos expulsado y salvado la casa de un saqueo seguro.

Con el sol, el camino se va haciendo más amable. Antes de iniciar el descenso, comemos, aprovechando para pasar revista a la actualidad. Sin embargo, cuando el sol se esconde detrás de una nube, la temperatura baja sensiblemente y nos volvemos a poner en marcha. El camino se estrecha y bordea un afloramiento rocoso. Al pasar por un bosque de pinos, vemos interminables hileras de procesionaria que, engañadas por el buen tiempo, han bajado de sus nidos un mes antes de tiempo y están intentando cavar un agujero en la tierra dura y roca del camino. Los restos de otras orugas, congeladas al caer la noche, dan fe del fracaso colectivo.

Llegamos a una carretera asfaltada y cerca, la casa fortificada de La Costa de la Cavalleria. Aquí, en los siglos XVI y XVII, había muchos problemas con bandoleros y las grandes casas tuvieron que convertirse en pequeñas fortalezas.

La Costa de la Cavalleria con su torre fortificada

Nuestro camino se aleja de la carretera y se convierte en una pista. Hace un giro al norte que no nos conviene y Pep toma una pista media borrada hacia el sur que al poco rato se convierte en camino y nos lleva directamente hacia donde queremos, bajando hacia la riera. “Siempre sabe encontrar el camino”, dice Carles maravillado. “Es un don”. “Eso lo sabe hacer cualquiera”, dice Pep, restando importancia al tema.

Entramos en una pista y pasamos por la casa de Cal Sicull, modernizada sin respetar sus elementos originales y con las puertas y ventanas tapiadas con planchas de acero. “A esa casa le han robado el alma”, observa Carles.

Parte del peculiar jardín de La Torre

Llegamos al río y se suceden hornos y agujeros de antiguas pasarelas. Salimos a la carretera y pasamos una fábrica reconvertida en granja de cerdos y, al lado, la casa de La Torre de Merlès, las terrazas de los antiguos campos convertidos en un jardín con césped, lleno de estatuas de todo tipo, desde diosas griegas hasta patos. 

Pasamos por las ruinas del Molí de Mas, mostrando elementos medievales donde han caído los tochos y, al lado, la casa actual y otro jardín lleno de pequeñas estatuas. Al otro lado del río, la inmensa casa del Mas, cuyos orígenes se remontan al siglo XIV. Y un poco más arriba, la presa moderna del molino, construida aprovechando las estacas de la presa medieval. 

El Molino del Mas, en estado ruinoso

La presa del Molino del Mas

Y mirando desde la presa hacia la gran casa del Mas

Y antes de llegar al puente románico de Sant Martí, la fábrica vieja, seguramente textil, ahora abandonada salvo una pequeña parte convertida en vivienda y alimentada por el canal que bordeamos esta mañana cerca del puente románico. Abajo, una señora de mediana edad y con aire de antigua hippie cuida un huerto.

“Todo este valle es un museo al aire libre, cayendo a trozos”, observo a Pep. “Y así, casi todo el Baix Berguedà”, contesta Pep. “El desaprovechamiento es monumental”.


Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 14,6 km; 330 metros de desnivel acumulado.