Ya falta
poco para Navidad y vengo al Mikado con una novedad. Desde el verano, noto que mi postura ha empeorado y, para corregirla, empecé Feldenkrais (buscadlo en
Wikipedia). Efectivamente, me está ayudando a mejorar la postura y los
músculos, al cambiar de posición, producen molestias y decido hacerme unas
resonancias de la columna, para ver cómo está la cosa ya que tengo cierta edad.
El día
antes, recogí los resultados y, una vez descifrado el lenguaje médico, me
pintaron un cuadro mucho peor de lo que me imaginaba en base a las sensaciones
que tenía. El día 2 de enero, tengo hora con el traumatólogo para que me lo
ponga todo dentro de un contexto y proponga un tratamiento. Pero, mientras tanto,
me siento delante de mi café con una sensación de gran fragilidad. Lo explico a
Pep y le pido una salida sin sobresaltos, ya que una de las cosas en que
hicieron hincapié mis lecturas es que se debe evitar caminar sobre terreno
irregular.
Aparcamos en
el mismo sitio, encima del Molí de Traserra. Nada más bajar del coche, Carles
nos informa que renuncia al mando, que es muy estresante y, con su carácter tan
conciliador, dar órdenes se le da fatal.
Hoy hará mejor
día que la semana pasada y dedicamos la primera parte a seguir un camino
marcado que parece buscar las casas agrupadas alrededor de Cal Majoral. Luego
bajamos hacia la Rasa de Traserra, que cruzamos debajo del molino. Seguimos
bajando y entramos en el camino que dejamos sin explorar el otro día. Con tanta
explotación forestal antigua, el camino se acaba perdiendo pero no sin antes
haber descubierto las ruinas de una casa a media cuesta, de nombre desconocido.
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Bajando a la riera desde el molino |
Seguimos
bajando por un terreno muy irregular. Tengo la sensación que mi cuello bambolea como esos perros que antes se ponían en los coches, y que
puede separarse de mis hombros en cualquier momento.
Llegamos a
la casa de Taupera, un paraíso de fin de semana, y allí vemos un posible camino
que baja a la Riera de l’Hospital, la misma que fluye debajo de Torrents. Sin
embargo, el camino desparece al poco rato para convertirse en una pista
abandonada invadida por las zarzas. Pep va abriendo camino delante y yo sigo en
la última posición; es un progreso lento pero bastante cómodo para mí.
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Cal Taupera |
Sin embargo,
nos va alejando del objetivo que Pep ha elegido para hoy, que es la casa de
Cervins. Baja a la pequeña riera y sube por el otro lado, agarrándose a troncos
y rocas para superar la fuerte pendiente inicial, seguido de Carles. “¿No
tenemos otra opción?”, pregunto desde el otro lado. “No tengo problemas para
seguir bajando esta pista”. “No hay elección”, contesta Pep. Me pongo en manos
de Dios y cruzo la riera, intentando no hacer caso a la ansiedad creciente.
Nos alejamos
de la riera y entramos en una pista que nos lleva a Cervins, una casa en buen
estado pero no habitada de forma permanente. Aquí damos la vuelta y seguimos
una pista que va hacia el norte, pero resulta que la pista no nos va a llevar a
buen puerto porque gira hacia la izquierda, alejándonos del coche. Subimos una
cuesta sin camino, con fuerte pendiente. Ni siquiera encontrar los restos de un
camino aligera la subida y vuelvo a oír las pulsaciones en los oídos.
Entramos en
otra pista que, esta vez sí, va hacia el norte y pronto vemos una casa y ruidos
de gente trabajando. “La carretera no estará lejos”, pienso. “Estamos
salvados”. Pep consulta el mapa que tiene Carles en su teléfono. “Nos hemos
equivocado de valle”, me dice. “Es el siguiente”. “O sea, ¿todo esto lo hemos
hecho para nada?”, pregunto. “Así es”, contesta. Y me señala la cresta al otro lado del
valle. “Si dependiera de mí, subiría hasta arriba de esa sierra y luego iría de
llano hasta la carretera. Pero te dejo elegir. Podemos hacer esto o rodear la
sierra por abajo por la pista y luego subir el valle hasta el molino”. “Te lo
digo cuando estemos abajo”, le contesto. “Pero que sepáis que no estoy en mi
mejor momento”.
Giramos casi
180 grados y tomamos una pista para bajar el valle, que resulta ser la Rasa de
la Boixadera en lugar de la Rasa de Traserra. Cuando llegamos abajo, miro hacia
arriba la cuesta que nos tocaría subir según el plan de Pep, otra vez sin
camino. Repaso mi estado mental, que no está para tirar cohetes, y tomo mi
decisión. “Volvamos por las pistas”, le digo. Y así hacemos.
Con eso, damos por
concluida la salida de hoy. 9 km; 310 metros de desnivel acumulado.