“Trae los mapas de La Nou”, me dice Pep por WhatsApp. Después de varios meses de búsqueda obsesiva en Sant Julià de Cerdanyola, por fin cambiamos de escenario. En la última salida a El Puig, presenté una baja por enfermedad y me perdí un montón de barracas. Pero hoy, volveremos a un municipio que apenas ha figurado en el blog porque mucho se hizo en la era pre-blog. Por fin, mis lectores podrán dejar atrás el mundo claustrofóbico de las barracas y respirar hondo ante unos horizontes más amplios. Y todo ha sido gracias a Pol.
Pol sacó un cero en una de las pruebas físicas de las oposiciones de Mosso y, si todavía quiere aprender cómo dispersar a manifestantes revoltosos, tendrá que esperar a la próxima convocatoria y repetir todo el proceso de nuevo. Pero mientras tanto, le están saliendo proyectos relacionados con lo que ha estudiado y uno de ellos es el catálogo del patrimonio de La Nou.
Con los cafés delante de nosotros, Pep gira hacia mí: “¿Dónde empezamos?”, me pregunta como su segundo de abordo. Repaso mentalmente el municipio. Llevo más de un mes sin caminar por la montaña, así que convendría algún sitio con poco desnivel. “¿Qué te parece la zona del Pla de Clarà?”, propongo, pensando en los grandes prados que se extienden hacia el norte al lado de la carretera. “Excelente elección”, contesta Pep. “Así podemos comenzar con los teleféricos que bajaban el carbón al ferrocarril en las minas de Fígols”. “Quizás me haya equivocado”, pienso mientras caminamos hacia el coche.
Aparcamos en la Creu de Terradelles, al lado de la carretera. Hace frío y la niebla tapa las montañas. Con tanta lluvia, e incluso nieve, hay agua por todas partes. Las rieras bajan caudalosas, brotan las fuentes, la pista que va a Terradelles es un sinfín de charcos y los campos son esponjas que rezuman agua mezclada con fango y excrementos de vaca, formando una capa gruesa resbaladiza que pone en peligro la dignidad personal.
| Así empezamos el día |
Desde la última vez que estuvimos aquí, han proliferado unos postes indicadores que señalan casas y elementos importantes, incluyendo una Ruta Minera. Dejando a la izquierda la casa de Terradelles, ahora dedicada al turismo rural, continuamos hacia Vinyoles. Guiado por su intuición, Pep deja la pista para adentrarse en el bosque y acaba encontrando los restos de una casa medieval.
| Las ruinas de Vinyoles |
Llegamos a Vinyoles, con vistas ahora despejadas hacia la gran casa de La Canal en el plano medio y Les Agudes atrás. Pol nos habla de unos plenos municipales de los años 20 en los que los regidores se quejaban del peligro que representaban los cables y vagonetas, que pasaban muy cerca del santuario de la Mare de Déu de Lurdes.
| La vista hacia el Valle de Peguera |
| Y hacia Sobrepuny |
Giramos hacia el suroeste, subiendo una pista enfangada que nos lleva a un collado. Desde aquí, sale un camino de cazadores que lleva a la primera torre en la Costa de Viladomat, donde hay una parada. Todo lo que queda ahora es una base cuadrada hecha de piedras y algún perno clavado en la roca que no pudieron sacar. En aquel tiempo, el hierro era demasiado valioso para no reaprovecharlo.
Desde aquí, seguimos un pequeño camino que lleva a la segunda torre. Todo esto lo tenemos en nuestros mapas. Hace unos 20 años, hicimos una batida por las cuestas que bordean la ribera oriental del pantano. Descubrimos un auténtico laberinto de caminos, algunos que llevaban a las redes de carboneras, otros que conectaban los teleféricos, algunos superpuestos y otros independientes, todo ello vertebrado por el camino principal de La Nou a Cercs que pasaba por la Roca Tallada, con un atajo que solo se podía hacer a pie por el Pas del Duc. Mirando este entramado sobre el mapa, todavía me asombra que pudiéramos desentrañar todo esto con los pocos recursos que teníamos entonces.
Desde la tercera torre, utilizamos el camino de Cercs para seguir bajando. Echo de menos las pendientes suaves que recordaba. También tengo la impresión que está todo más tapado pero igual siempre ha sido así. Seguimos bajando y salimos del bosque a las cuestas expuestas de Les Oliveres. Aquí está la quinta torre, a un tiro de piedra del pantano. Hemos bajado 200 metros. Pep propone volver por la mina de piedra. Tras pasar por un horno contiguo para extraer la cal, una vía corta llevaba el material a otro teleférico que lo transportaba hasta el ferrocarril.
| El profundo barranco del Torrent del Duc desde el camino a la mina de piedra |
Damos la vuelta y subimos en línea recta hasta entroncar nuevamente con el camino de Cercs. Volvemos a entrar en el bosque y empieza una larga subida. Acuso la falta de cardio durante estas semanas. Me sobra ropa y mis piernas me imploran un descanso. Tras 100 metros de desnivel, Carles y Pol se desvían por un camino tenue. Carles piensa que debe haber una torre intermedia entre la tercera y la cuarta. Pep lo duda pero les deja hacer y aprovecho para recuperar fuerzas.
Tardan en volver. Decido probar un silbato que mi mujer me regaló para Reyes y que está pensado específicamente para encontrar a personas perdidas. Soplo con todas mis fuerzas; hasta me duelen los oídos. No hay respuesta. Pep lanza un grito. Tampoco hay respuesta. Vuelvo a probar el silbato. Silencio. Finalmente vuelven. “¿No habéis oído ningún silbato?”, les pregunto. “No, nada”, contesta Carles. “Vaya”, pienso. “O nos estamos volviendo sordos todos o este silbato no funciona”. Nos cuentan que han encontrado una carbonera en el barranco pero ningún teleférico.
Seguimos
subiendo hasta llegar otra vez al collado. Desde aquí, tomamos un camino un
poco perdedor hacia el sureste hasta encontrar la pared del teleférico, muy
tapada, y luego la vía y el horno y la mina, hundida. Al lado, hay un poste
informativo. Cruzamos otro prado esponjoso y en una zona elevada al otro lado,
comemos.
Enseguida estamos en la pista de Terradelles y, media hora después, en el coche. La semana que viene, estaré mejor.
Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,5 km; 370 metros de desnivel acumulado.