Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



domingo, 1 de marzo de 2026

20/2/2026 – Las terrazas colgantes de l’Albiol

Tras un viernes lluvioso, hoy nos reunimos otra vez con la promesa de un día primaveral. Pol viene a tomar el café pero no viene a caminar. De hecho, no vendrá hasta finales de marzo. Tiene visitas escolares en el Museu de la Mina. Eso sí, me devuelve los mapas. “Están al día”, me asegura.

Pep ya sabía que no vendría Pol y ha decidido volver a Sant Julià de Cerdanyola. Yo pensaba que esas cuestas infernales eran historia pero, ante mi sorpresa, me dice que quedan barracas en la solana encima del valle de l’Albiol. Por esta solana, baja un camino que era utilizado habitualmente por los mineros que vivían en el pueblo para bajar al Collet. Ahora está marcado como parte de la Xarxa Lenta pero, según me informa Pep, no tiene continuidad en el río porque el puente lleva años cerrado, esperando una reparación.

Aparcamos en el lugar de siempre pero, por primera vez desde que venimos aquí, cruzamos el pueblo para ir a La Creu. Caminando por las calles del pueblo, recuerdo con nostalgia los lugares y personas que ya no están: la tienda de Mª Àngels, el bar El Niu, y el olor del humo de leña me transporta a aquellos años en la década de los 90 cuando primero descubrí El Berguedà.


Vistas imponentes desde La Creu

Desde La Creu, continuamos hacia el Cap dels Ruquets. Al llegar al Clot de Pujals, vemos unas piedras sospechosas y Pep decide bajar un poco. Anotamos la primera barraca pero no es el objetivo prioritario de hoy y damos la vuelta. Luego vamos a La Tossa, donde se ha hecho un pequeño camino que lleva a un mirador sin barandillas colgado sobre el abismo, con El Collet abajo y detrás, el valle del Saldes, Ensija y Pedraforca. En teoría, había una barraca por estas cuestas pero no la vemos por ningún lado. Se habrá puesto en una ubicación equivocada.

Volvemos al Cap dels Ruquets y empezamos a bajar por el camino del Collet. Por todas partes se ven pequeños campos con paredes de piedra seca, ahora yermos y poblados por arbustos y encinas que luchan por sobrevivir en la tierra seca. Sin embargo, el camino nos aleja del objetivo que se ha fijado Pep: un arisco que va hacia la cabecera del valle.


Pep resolverá el enigma al pie de las rocas inferiores

No tardamos en dejar el camino para ir bajando los bancales, buscando uno que tenga la continuidad suficiente para llevarnos hacia la pared de roca. Seguro que antes todos los campos estaban conectados por pasos transitables pero, al igual que las terrazas bajo Les Deveses y L’Enzinet, tenemos que progresar buscando sitios donde la pared de piedra seca se ha erosionado y los ciervos han aprovechado esos puntos para crear sus propios caminos.

Llegamos a un bancal largo que nos planta debajo de la pared y ahora toca el proceso contrario: subir por los puntos donde la pared se ha abierto. Llegamos a una pared especialmente alta. Pep sube primero, con cierta dificultad, luego Carles, ayudado por el bastón de Pep, y cuando llego yo, veo que bajan los bastones para que pueda afianzarme. Pero cuando me agarro a los bastones, ellos me cogen por los brazos. “A la de tres”, dice Pep. Entiendo que pretenden subirme como un saco de carbón. “Parad, parad”, les imploro. “Uno, dos …”, continúa Pep. “¡Tengo una lesión!”, grito desesperado. Milagrosamente paran. “En el hombro derecho. Por limpiar el horno”, consigo explicar. “Solo necesito un punto de apoyo. Ya subiré yo”.


El refugio desde el cual se cuidaban los campos

Llegamos a la roca, donde efectivamente hay una balma-refugio que da sentido a todos los campos que vemos a nuestro alrededor. Volvemos a una pequeña plataforma debajo del camino del Collet, con vistas de todo el valle. Aquí comemos.


Nuestro comedor

Y la vista

Para volver, tomamos la pista que regresa al pueblo por el cementerio. Aquí, todos los huertos parecen abandonados. Antes, cuando yo paseaba por aquí los fines de semana, había jubilados de la mina trabajando aquí pero esto fue hace 30 años. Parece que los únicos huertos activos son los que están dentro del perímetro del pueblo.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,7 km; 250 metros de desnivel acumulado.

PD. Cuando llego a casa, miro los mapas de La Nou. Para mi asombro, Pol solo ha marcado los waypoints en el papel. No se ha atrevido a introducir ningún camino nuevo. ¿Qué les pasa a los GenZ?, me pregunto. ¿Tienen papirofobia?

 

lunes, 9 de febrero de 2026

6/2/2026 – La Costa de Viladomat

“¿Has actualizado los mapas?”, pregunto a Pol nada más entrar en el bar. Pol hace un gesto indeterminado con la cabeza que interpreto como un sí. “Bien”, pienso aliviado. “Parece que mis mapas estarán en buenas manos”.

“Por cierto”, digo entre sorbos de café. “¿Habéis leído el blog?”. “Sí, sí”, contestan. “Todo el rato hablando de teleféricos pero no hay ni una sola foto de una base de torre”, critica Pep. “Y la foto de la bocamina de l’Ínsula es diminuta”, añade Carles. “Bueno, si creéis que lo haréis mejor…”, empiezo. “No, no”, se apresuran a decir. “Son puntos menores”, puntualiza Carles. “Para mejorar”, dice Pol. “De buen rollo”, concluye Pep.

Aparcamos en la carretera de La Nou, al lado de la pista que va al Molino de La Nou, ahora dedicado al turismo rural. Llegamos al Torrente de La Nou, anotando un camino que sube al molino. Si no hubiera llovido tanto, cruzar la riera sería un pequeño divertimiento. Pero ahora tiene una profundidad de unos 40 cm, 2 metros de ancho y hay que usar piedras para cruzarla.


El Molí de La Nou y el Santuario detrás

Pep pasa primero, sonriendo como Trump cuando le dieron la medalla del Nobel de la Paz cuando llega al otro lado. El siguiente es Pol, que lleva los mapas. Pero antes de pasar, Pep le hace parar. “Tú puedes caer al agua pero los mapas no”, le advierte, y le hace pasar los mapas. No los soltará hasta acabar la salida. Tanto Pol como Carles cruzan sin novedad y llego yo el último. “¿Por qué siempre espero al final cuando las piedras estarán mojadas y resbaladizas por el paso de botas?”, me pregunto. Me acerco al agua y planifico la ruta: Un paso un poco largo a una piedra grande con arista, luego un giro de 45º a la izquierda a una piedra pequeña, otro giro de 90º a la derecha a otra piedra pequeña y un salto y me planto al otro lado.

Subimos la pista hacia la Collada de Vinyoles. Una escombrera con varias bocaminas hundidas y, encima de la escombrera, un megaspa para jabalís, con baños de fango, troncos para rascarse y, a unos 10 metros, una piscina para acabar de eliminar los parásitos. Todo un lujo.


Vista parcial del spa de los jabalís

Seguimos subiendo. Más escombreras, una cabaña y, al otro lado del torrente, la base de un teleférico. Cuando llegamos a la Collada de Vinyoles, hacemos un flanqueo hacia el norte hasta llegar a la base y luego seguimos un camino, que proponemos como el camino de Vinyoles al molino, hasta llegar a la casa de Vinyoles.


Subiendo la pista a la Collada de Vinyoles


Y la base de teleférico cerca de la casa de Vinyoles.

Ahora Carles tiene una línea que puede proyectar desde esta torre de Vinyoles hasta las bases que visitamos hace dos semanas para buscar las plataformas intermedias. Cruzamos la Collada de Vinyoles, nos situamos en la línea y empezamos a subir. Anotamos tres plataformas de teleférico más hasta cerrar la línea con la primera base que encontramos, la que aún tenía pernos clavados en la roca.

Pero esto no es todo. Resulta que Carles ha visto en los antiguos mapas de 1:50000 que hay una casa arriba de la cuesta llamada La Costa. Vemos un camino que sube y lo seguimos. Lleva a una carbonera, luego a otra, y luego, ya más tapado, a los restos de una barraca. Aquí se pierde. Pep y Carles han ido adelante mientras me quitaba la chaqueta; solo Pol se queda conmigo. La vegetación nos empuja cada vez más hacia el borde y acabamos subiendo una cuesta pedregosa con el abismo a 2 metros a nuestra izquierda. Cuando llego arriba, Carles y Pep se encuentran en una plataforma estrecha con vistas panorámicas pero ninguna casa. Si apenas cabemos nosotros, ¿cómo va a haber una casa? “El mapa lo habrá puesto en el lugar equivocado”, concluye Pep, e inicia la bajada. 


La vista hacia el norte desde el punto más alto de la Costa de Viladomat

Encontramos unas marcas de color azul oscuro que habrán pintado los cazadores, que luego se convierten en un camino cada vez más claro que, tras medio kilómetro de recorrido y 150 metros de desnivel, desemboca en un claro. Me paro y miro a mi alrededor y veo un perno clavado en la roca, y además, las piedras parecen dispuestas de modo de formar una especie de cuadrado, y luego, mirando con más detalle, veo otro perno. Los demás han continuado sin parar. ¿Cómo es que no lo han visto? “¡Pep! ¡Tienes que volver!”, grito. “Aquí hay otra base de teleférico”. Desde muy abajo, oigo a Pep que me dice: “Es la tercera vez que pasas por esa torre desde que venimos aquí, y la segunda vez hoy. ¡Date prisa!”.

Vuelvo a mirar el perno. Recupero la orientación y todo vuelve a ponerse en su sitio. Bajamos la pista, volvemos a cruzar el torrente en el sentido contrario y subimos al coche. Ahora, Pep aparca en el aparcamiento del Santuario. Quiere buscar el “limpia”, el lugar donde se limpiaba el carbón que bajaba de la Mina Ínsula y se quitaban los estériles.

Subimos por los campos hasta encontrar un camino debajo de Cal Lledoner que pasa por encima de una zona llana (ahora un campo) y un antiguo canal de agua. Pep lo considera la posible ubicación del limpia. Cruzamos el torrente y subimos a la Mina de Cal Patzí (hundida), con su poste informativo, y aquí comemos. Hoy es un día soleado y hace una temperatura relativamente benigna.

Para la vuelta, bajamos un camino ancho que va paralelo a la riera. Por la pendiente y la anchura, podría ser una vía. Por arriba y por abajo, hay escombreras extensas, presumiblemente procedentes del limpia y, en la curva de la carretera donde está la Font del Sàlic, una zona aplanada con huecos excavados sugiere la ubicación de la estación de carga y la sala de máquinas que impulsaban nuevamente el teleférico hacia el Llobregat y el ferrocarril.

De vuelta en el aparcamiento, Pep entrega sigilosamente los mapas a Pol y, en voz baja y en catalán, como si yo no iba a entenderlo, le dice: “No los dejes en el maletero otra vez. Ya van 2 salidas”.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,2 km; 325 metros de desnivel acumulado.

PD. En casa, decido investigar el tema de la casa La Costa. En los antiguos mapas de 1:50000, efectivamente, marca La Costa con un cuadrado rojo, que es el símbolo para una casa. Sin embargo, estos mapas copiaron mucho de las Minutas Provinciales de los años 20 y en la Minuta de La Nou, el topónimo La Costa se acompaña de un triángulo negro, que indica una cima. Por lo tanto, algún despistado en los años 30 copió mal la indicación y el error se fue perpetuando a lo largo de las distintas versiones. Misterio resuelto.

 

jueves, 5 de febrero de 2026

30/1/2026 – La Mina Ínsula y Les Agudes

“¿Dónde vamos mañana?”, pregunta Pol el jueves en el WhatsApp del grupo. “Mina Insula y Les Agudes”, contesta Pep. Después de seguir el tramo final de los teleféricos, ahora vamos al origen.

Como Pol tiene el proyecto de catalogar el patrimonio de La Nou, le había dejado los 6 mapas que engloban la mayor parte del municipio, con la condición sine qua non de actualizarlos (y corregirlos si hace falta) con los resultados de cada salida. De hecho, es lo primero que le pregunto con los cafés. “No”, contesta finalmente. “Es que me da mucho respeto tocarlos”. “Es cierto; son documentos únicos, irrepetibles, insustituibles, y su pérdida sería irreparable”, concedo, “pero tienen que mantenerse al día”, insisto.

Aparcamos en el parking del santuario de La Nou con una temperatura exterior de -0,5ºC. El sol todavía no se ha asomado detrás de las montañas. Pep abre la puerta y pone los pies en el suelo. “¡Cuidado!”, avisa. “Esto resbala”. Todo el asfalto del aparcamiento tiene una pátina invisible de hielo y no se fundirá hasta que llegue el sol. Cruzamos cuidadosamente la explanada helada y subimos la carretera al pueblo en un ambiente gélido.


El aspecto actual del Santuario de La Nou

Una vez entrados en el pueblo, tomamos el GR4 que pasa detrás de Cal Patzí y poco después, giramos a la izquierda por un camino que sube la cresta. Aquí, anotamos un teleférico y, debajo de la casa de l’Ínsula, nuestro camino se une con el camino a La Clusa y, después, nuevamente con el GR4 en el Torrent de Cal Patzí. 

Cal Patzí

Este camino lleva a la bocamina de l’Ínsula, con su poste informativo, pero tiene que haber una primera torre del teleférico después de la estación de carga a pie de mina. En mi mapa, hay un pequeño laberinto de caminos que hice solo cuando los mapas todavía estaban en blanco. Dada mi falta de experiencia en aquel tiempo, es muy posible que algunos de los caminos marcados en realidad no lo sean pero aun así, en las cuestas encima del GR, encontramos una formación que podría ser la base de una torre.


La Mina Ínsula. Yo creo que originalmente la entrada era más grande.

Damos la vuelta y seguimos el GR hacia arriba. Escudriño la línea de las montañas donde se ve el claror del sol, esperando que pronto llegará un poco de calor para mis manos y pies, pero el camino se empecina en adentrarse en la sombra y aparecen las primeras placas de nieve. Llegamos a la Mina de Les Agudes, que fue usada principalmente como ventilador para la Mina Ínsula. Todo el recinto ha sido limpiado y consolidado y hay otro poste informativo. Todo esto forma parte de la Ruta Minera de La Nou y, de hecho, aquí hemos llegado al punto final.


La bocamina de Les Agudes

Y el camino de bajada

Seguimos subiendo y entramos en los campos de Les Agudes, con sus curiosas formaciones geológicas. Aquí, donde llega el sol, la nieve se ha fundido, saturando los campos con agua. En las sombras, todavía hay nieve. En el límite superior de los campos, están las ruinas de la casa.


Mirando desde la casa de Les Agudes

Tras las fotografías de rigor, iniciamos el descenso. Volvemos a pasar por la Mina de Les Agudes y tomamos la pista que nos llevará a la casa de Caselles, una casa en ruinas situada en medio de unos prados inmensos. Aquí, con unas temperaturas más benignas, comemos delante de un pequeño estanque y luego volvemos a descender, utilizando en parte un camino que no nos constaba, hasta llegar a la carretera.


Nuestro comedor, con las ruinas de Caselles detrás

Aquí, se ha acondicionado un camino que pasa por los Molinos de La Canal y de l’Avellanosa, molinos sin vivienda y con el espacio justo para la maquinaria. Con tanta humedad y poco sol, ha crecido una vegetación exuberante con plantas típicas de los lugares sombríos, sobre todo helechos y musgo.


El Molino de La Canal

Y el camino de bajada

Cruzamos el torrente a la Gruta del Santuario, construida con un donativo del Conde de Fígols. Durante unos minutos, recreamos en la menta la estampa de los pelegrinos y enfermos tomando las aguas con el traqueteo de las vagonetas pasando por el cable encima. Después de tanta bajada, la subida al parking fue quizás la parte más dura de la salida. “Si conseguían subir estos escalones, es que estaban curados”, comenta Pep.


La Gruta del Santuario

Ya en el parking, con el hielo derretido, Pol nos muestra la imagen de un proyecto para construir un santuario modernista que, afortunadamente, no prosperó.


El proyecto fallido

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7 km; 430 metros de desnivel acumulado.

 

lunes, 26 de enero de 2026

23/1/2026 – Los teleféricos de La Nou

“Trae los mapas de La Nou”, me dice Pep por WhatsApp. Después de varios meses de búsqueda obsesiva en Sant Julià de Cerdanyola, por fin cambiamos de escenario. En la última salida a El Puig, presenté una baja por enfermedad y me perdí un montón de barracas. Pero hoy, volveremos a un municipio que apenas ha figurado en el blog porque mucho se hizo en la era pre-blog. Por fin, mis lectores podrán dejar atrás el mundo claustrofóbico de las barracas y respirar hondo ante unos horizontes más amplios. Y todo ha sido gracias a Pol.

Pol sacó un cero en una de las pruebas físicas de las oposiciones de Mosso y, si todavía quiere aprender cómo dispersar a manifestantes revoltosos, tendrá que esperar a la próxima convocatoria y repetir todo el proceso de nuevo. Pero mientras tanto, le están saliendo proyectos relacionados con lo que ha estudiado y uno de ellos es el catálogo del patrimonio de La Nou.

Con los cafés delante de nosotros, Pep gira hacia mí: “¿Dónde empezamos?”, me pregunta como su segundo de abordo. Repaso mentalmente el municipio. Llevo más de un mes sin caminar por la montaña, así que convendría algún sitio con poco desnivel. “¿Qué te parece la zona del Pla de Clarà?”, propongo, pensando en los grandes prados que se extienden hacia el norte al lado de la carretera. “Excelente elección”, contesta Pep. “Así podemos comenzar con los teleféricos que bajaban el carbón al ferrocarril en las minas de Fígols”. “Quizás me haya equivocado”, pienso mientras caminamos hacia el coche.

Aparcamos en la Creu de Terradelles, al lado de la carretera. Hace frío y la niebla tapa las montañas. Con tanta lluvia, e incluso nieve, hay agua por todas partes. Las rieras bajan caudalosas, brotan las fuentes, la pista que va a Terradelles es un sinfín de charcos y los campos son esponjas que rezuman agua mezclada con fango y excrementos de vaca, formando una capa gruesa resbaladiza que pone en peligro la dignidad personal.


Así empezamos el día

Desde la última vez que estuvimos aquí, han proliferado unos postes indicadores que señalan casas y elementos importantes, incluyendo una Ruta Minera. Dejando a la izquierda la casa de Terradelles, ahora dedicada al turismo rural, continuamos hacia Vinyoles. Guiado por su intuición, Pep deja la pista para adentrarse en el bosque y acaba encontrando los restos de una casa medieval.


Las ruinas de Vinyoles

Llegamos a Vinyoles, con vistas ahora despejadas hacia la gran casa de La Canal en el plano medio y Les Agudes atrás. Pol nos habla de unos plenos municipales de los años 20 en los que los regidores se quejaban del peligro que representaban los cables y vagonetas, que pasaban muy cerca del santuario de la Mare de Déu de Lurdes.


La vista hacia el Valle de Peguera

Y hacia Sobrepuny

Giramos hacia el suroeste, subiendo una pista enfangada que nos lleva a un collado. Desde aquí, sale un camino de cazadores que lleva a la primera torre en la Costa de Viladomat, donde hay una parada. Todo lo que queda ahora es una base cuadrada hecha de piedras y algún perno clavado en la roca que no pudieron sacar. En aquel tiempo, el hierro era demasiado valioso para no reaprovecharlo.

Desde aquí, seguimos un pequeño camino que lleva a la segunda torre. Todo esto lo tenemos en nuestros mapas. Hace unos 20 años, hicimos una batida por las cuestas que bordean la ribera oriental del pantano. Descubrimos un auténtico laberinto de caminos, algunos que llevaban a las redes de carboneras, otros que conectaban los teleféricos, algunos superpuestos y otros independientes, todo ello vertebrado por el camino principal de La Nou a Cercs que pasaba por la Roca Tallada, con un atajo que solo se podía hacer a pie por el Pas del Duc. Mirando este entramado sobre el mapa, todavía me asombra que pudiéramos desentrañar todo esto con los pocos recursos que teníamos entonces.

Desde la tercera torre, utilizamos el camino de Cercs para seguir bajando. Echo de menos las pendientes suaves que recordaba. También tengo la impresión que está todo más tapado pero igual siempre ha sido así. Seguimos bajando y salimos del bosque a las cuestas expuestas de Les Oliveres. Aquí está la quinta torre, a un tiro de piedra del pantano. Hemos bajado 200 metros. Pep propone volver por la mina de piedra. Tras pasar por un horno contiguo para extraer la cal, una vía corta llevaba el material a otro teleférico que lo transportaba hasta el ferrocarril.


El profundo barranco del Torrent del Duc desde el camino a la mina de piedra

Damos la vuelta y subimos en línea recta hasta entroncar nuevamente con el camino de Cercs. Volvemos a entrar en el bosque y empieza una larga subida. Acuso la falta de cardio durante estas semanas. Me sobra ropa y mis piernas me imploran un descanso. Tras 100 metros de desnivel, Carles y Pol se desvían por un camino tenue. Carles piensa que debe haber una torre intermedia entre la tercera y la cuarta. Pep lo duda pero les deja hacer y aprovecho para recuperar fuerzas.

Tardan en volver. Decido probar un silbato que mi mujer me regaló para Reyes y que está pensado específicamente para encontrar a personas perdidas. Soplo con todas mis fuerzas; hasta me duelen los oídos. No hay respuesta. Pep lanza un grito. Tampoco hay respuesta. Vuelvo a probar el silbato. Silencio. Finalmente vuelven. “¿No habéis oído ningún silbato?”, les pregunto. “No, nada”, contesta Carles. “Vaya”, pienso. “O nos estamos volviendo sordos todos o este silbato no funciona”. Nos cuentan que han encontrado una carbonera en el barranco pero ningún teleférico. 

Seguimos subiendo hasta llegar otra vez al collado. Desde aquí, tomamos un camino un poco perdedor hacia el sureste hasta encontrar la pared del teleférico, muy tapada, y luego la vía y el horno y la mina, hundida. Al lado, hay un poste informativo. Cruzamos otro prado esponjoso y en una zona elevada al otro lado, comemos.

Enseguida estamos en la pista de Terradelles y, media hora después, en el coche. La semana que viene, estaré mejor.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,5 km; 370 metros de desnivel acumulado.