Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



jueves, 26 de julio de 2012

20/7/2012 – El Bony del Manyer o Crónica de una obsesión (2ª parte)

Le quedaba a Pep una mina por investigar, el Bony del Manyer cerca del Engorgs en el norte de la Cerdanya. Los documentos hablan de una explotación minera allí pero hasta hora nadie ha podido decir con certeza dónde estaba. “Hay que ir a Meranges”, me dice por teléfono, y me viene a la cabeza la imagen de los Estanys de Malniu, donde no había estado nunca.


Nos cita a las 7 de la mañana. A esa hora, yo todavía no respondo a estímulos así que me pongo en el asiento de atrás para que Pep y Carles puedan hablar tranquilamente de sus pergaminos mientras yo intento recuperar un poco del sueño interrumpido. Llegamos al pueblo de Meranges pero el desvío a los Estanys, lo pasamos de largo y aparcamos en el Pla de Campllong, a la entrada de una pista que se adentra hacia Els Engorgs. “Bueno, tampoco he estado en Els Engorgs”, pienso. Pero veo que desecha esta pista y va por otra de menor entidad. “Daremos mucha vuelta si vamos por Els Engorgs”, explica Pep y me señala unas montañas rojizas detrás de un valle empinado.

Foto tomada nada más salir del coche, cuando aún no sabía qué me iba a deparar el futuro. A la derecha, el valle que lleva a Els Engorgs. Desde el centro hacia la izquierda, el Serrat de l'Agulló, que íbamos a subir hasta arriba.

Pla de Campllong, mirando hacia el sur. En el fondo, Tosa d'Alp

Pero sus intentos de buscar un camino que sube ese valle fracasan y opta por un ataque frontal del Serrat de l’Agulló, subiendo la cuesta en línea recta, primero por un denso bosque de pino negro, luego por una zona de rocas y finalmente por otro bosque más clareado de pino negro. En resumen, más de 700 metros de desnivel de golpe. Ante mis quejas, Pep me argumenta que lo hace por mi bien. “Si hubiéramos ido por otro camino más largo, no habrías llegado hasta el final. Hemos hecho el camino más corto”.
La subida se hace más penosa por el hecho de que llevo unas piedras que recogí la semana pasada en Puymorens para llevar a mi madre y me había olvidado de sacarlas. Resisto la tentación de deshacerme de ellas, sabiendo la ilusión que le hacen esas rocas.

 Els Engorgs

Vista con zoom. La mancha roja es el tejado del refugio

Al final, la infernal subida se acaba y salimos a un lomo. A la derecha se ve Els Engorgs, un circo muy atractivo partido por la mitad por un torrente que oímos incluso desde donde estamos nosotros y, al lado, la barraca que es el refugio. Y abajo a la izquierda, se ven unos prados con las ruinas de una ‘pleta’ o aprisco y unas vacas que pastan tranquilamente.

Las ruinas de la pleta. Adosado, se ve el dibujo circular de una posible barraca

Pero nuestro destino es otro. Pep señala unos picos rojizos y pelados con 300 metros más de subida por delante. A mí no me apetece entrar en ese paisaje marciano y me planto. Al igual que en el Señor de los Anillos, se produce una división de la Comunidad: Carles y Pep continúan arriba y yo busco un flanqueo para luego bajar a la pleta, donde nos reuniremos.

Ante esta vista, yo me negué a seguir subiendo. Cogí el camino que se ve más a la derecha para subir al llano de hierba. La posible zona minera es la roca oscura a la derecha

Bajo cuidadosamente la cuesta hasta llegar al camino de animales que sube a otro lomo ancho desde donde podré bajar al prado. Cuando estoy subiendo, me suena el teléfono. Es Pep. “Desde aquí, vemos unas estructuras al lado de unas piedras oscuras. Estás al lado. Ves a echar un vistazo, hermoso, y de paso coge otra piedra para tu madre, que yo la quiero ver”. ‘Al lado’ quiere decir un desnivel de 100 metros y 15 minutos de subida hasta llegar a lo que parecen ser las ruinas de una barraca, un caos de piedras y algunas zanjas. Le llamo para pasar el informe y cojo una piedra.

Lo que posiblemente fue la barraca de los mineros

Deshago la subida y un camino de vacas me permite evitar una zona de rocas. Finalmente, bajo una cuesta de hierba hasta llegar al prado donde están las vacas. Me pongo bajo la sombra de un pino, saco el almuerzo y me lo como todo. Lo malo es que di la cerveza a Carles para no llevar tanto peso. Si la hubiera tenido yo, también me la habría bebido toda. Después de todo lo que he aguantado, me lo merezco. Habiendo agotado todos mis recursos de entretenimiento, me estiro y dormito. Al cabo de una hora, llegan Pep y Carles. No han visto nada excepto una vista maravillosa del Estany de Calm Colomer y lo más plausible parece ser donde me envió a mí a investigar, lo que indicaría una explotación más bien marginal, nada que ver con la Mina de Puymorens.

Cuando ellos han comido, exploramos la ‘pleta’ y otra más antigua, al lado de una fuente enterrada, donde están las vacas. Iniciamos el descenso, primero siguiendo un barranco, luego un trozo de pista y finalmente, los últimos 300 metros de desnivel por una cuesta empinada por el bosque. Salimos en la pista, delante del único puente que cruza el torrente y a 200 metros del coche. “¿Qué te parece?”, me dice Pep, con una sonrisa de satisfacción. “Más preciso imposible”.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. La parte mía: aprox. 8,5 km; 850 metros de desnivel acumulado.

13/7/2012 – Las Minas de Puymorens o Crónica de una obsesión (1ª parte)

Hace días que no hemos podido salir pero hoy por fin los astros son favorables. Desde hace tiempo, Pep quiere ir a Francia; cerca del Coll de Puymorens había una mina de hierro que abastecía las fraguas de Castellar de n’Hug, Bagà y Ripoll. Carles no puede venir; está tomando unos merecidos días de descanso con su familia en la costa. Hace dos días, el Sr. Rajoy proclamó otra serie de recortes que nos va a hacer más pobres a todos excepto a los responsables de esta crisis, aplaudido por los demás diputados del PP.

Intentando digerir lo que supone vivir en un país en vías de quiebra, Pep y yo ponemos rumbo al norte. Me gusta la Cataluña francesa y tengo ganas de conocerla mejor. Por fin llegamos al Coll de Puymorens. “Nous sommes arrivés”, digo. “Bien. Allons-y, alors”, contesta Pep. Situados culturalmente, tomamos una pista que pasa encima de la pequeña estación de esquí y se encamina hacia el Port d’Envalira.

Rodeados de las montañas majestuosas del Pirineo, vamos subiendo poco a poco entre caballos y vacas y debajo nuestro, ajenos a nuestra conversación, desfila una cola interminable de coches camino de aquella aberración urbanística que es el Pas de la Casa.

Vista de los Pics de Font Negre desde la parte superior de las pistas de esquí

Doblamos una esquina y de repente vemos abajo el edificio (todo un complejo) de la mina moderna, ahora en ruinas. Donde estamos nosotros, hay restos de una explotación más antigua, consistente en pequeños hoyos excavados para sacar el mineral que afloraba a la superficie. Pep está muy emocionado. Por fin tiene delante de sus ojos lo que ha leído tantas veces en los viejos documentos y, en su imaginación, ya está viendo a los arrieros cargando el mineral en los lomos de las mulas y poniendo rumbo al sur, a la comarca nuestra. Me hace subir unos 150 metros hasta llegar al límite de la zona de explotación y luego me hace bajar unos 200 metros por una cuesta precaria, pasando por viejas canteras, hasta llegar al camino principal.

Restos de una antigua explotación

“Esto en los años 50 tiene que haber sido un desastre ecológico de primer orden pero ahora se ha recuperado bastante”, observa Pep. Caminamos hacia el suroeste, pasamos delante de una antigua bocamina, cruzamos un típico torrente pirenaico y yo descanso bajo la única roca que da un poco de sombra mientras Pep continúa un poco más para sacar fotos del edificio de la mina desde el otro lado del valle.

Vista de la Mina de Puymorens, con el edificio y los trabajos de restauración del terreno

Saco una botella de cerveza y volvemos a constatar un hecho incontestable. Si tienes una botella de medio litro de cerveza inglesa, es mejor no compartirla. Pero, puestos a compartirla, es mucho mejor compartirla entre dos que entre tres. La solución podría pasar por declarar abstemio a Carles.

Es hora de volver. Deshacemos el camino hecho pero ahora vamos al edificio de la mina nueva. Es un edificio largo con todas las instalaciones en la planta baja, incluyendo vestuarios y cocina, y, supongo, los dormitorios arriba. Una construcción nueva albergaba una turbina que generaba electricidad para los transportadores que llevaban residuos para llenar la cantera atrás creada por las explotaciones antiguas y para restaurar la zona afectada por la minería.

 Vista del edificio de la mina

Y de las cocinas

Volvemos por la larga pista hasta el coche. En la carretera de bajada a Bourg-Madame, nos cruzamos con un convoy de motoristas, con evidentes señales, principalmente a nivel abdominal, de ser cincuentones, a pesar de los cascos integrales, subidos a unas motos relucientes de grandes dimensiones. “Incroyable”, decimos al unísono.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 12,5 km; 500 metros de desnivel acumulado.

sábado, 14 de julio de 2012

21/06/2012 – Las Bagas de Brocà

Pep me llama; tiene clase de música y tiene que estar en casa puntualmente. “¿Qué te parece si volvemos al Infierno Verde? Aún quedan muchos cabos sueltos”, sugiero. “Vale”, me dice Pep. “Ahí había una mina de hierro cerca del río, a ver si la encontramos”.


El Infierno Verde es un nombre que hemos dado cariñosamente a una gran extensión de bosque que flanquea la ribera sur del río Llobregat entre Guardiola y la carretera de Falgars. Antes debían ser tierras comunales pero cuando se privatizaron, cada una de las grandes casas que iban flanqueando el camí ral de Brocà a La Pobla adquirió el trozo de bosque que tenía en frente. Así, hay una Baga de Cavallera, una Baga de Cal Companyó, una Baga de Vilella y una Baga de l’Espelt y, en cada zona, hay un camino que cruza el río desde cada casa y sube la cuesta, enlazando carboneras. También hay algunos caminos transversales pero el grueso de los caminos son de norte a sur. En unas salidas hace unos años descubrimos un camino que llega hasta arriba, a la pista que viene de Coll de Jou a Collada de Sobirana en Sant Julià de Cerdanyola, pasando por un impresionante desfiladero en un espeso bosque de hayas. También hay unas pistas forestales, algunas muy viejas y otras más nuevas, correspondientes a una explotación agresiva en la parte que todavía es bosque comunal de La Pobla de Lillet.

Su apodo viene primero por su aparente impenetrabilidad y también por su fauna de todos los tamaños. “El paraíso de las garrapatas”, como dice Carles, recordando unos pasajeros que tuvimos que desalojar en una salida, que estaban subiendo nuestros pantalones en busca de la tierna piel de nuestros cuellos. Pero hoy no habrá garrapatas.

El acceso desde el río es difícil por la falta de puentes pero hay un camino que marcha desde la carretera que sube a Sant Julià de Cerdanyola, justo antes de la sexta curva y aquí es donde dejamos el coche.

El camino entra en el bosque, con caminos secundarios que llevan a carboneras. Bordea un precipicio que también es una antigua cantera y luego inicia un descenso hacia el río, donde hay un edificio abandonado llamado el Quiosco, antes utilizado por los pescadores. Oímos unos ladridos como si una jauría de perros salvajes fuera a abalanzarse sobre nosotros. Estamos a punto de adoptar la posición defensiva de los gladiadores como en la película, con la punta de los bastones mirando hacia fuera, cuando nos damos cuenta que son corzos que huyen de nosotros. Un poco más allá, en un extenso llano, hay un horno de cal y al lado, la Font Salada. Pep prueba el agua. “Pues no está muy salada”, dice. Unos segundos después, empieza a escupir y pasa los próximos diez minutos quejándose del regusto de sal que tiene en la boca.

 El Quiosco

Y el horno de cal

Según sus pesquisas en los archivos, la mina de hierro está a unos 10 minutos río arriba de la fuente pero nuestro camino está cortado por unas rocas y no podemos continuar. No queda más remedio que empezar a subir. Nos metemos una vez más en este laberinto, subiendo barrancos y cruzando crestas. Vamos anotando carboneras, algunos caminos conocidos, otros no. Aún estamos muy lejos de entender todo aquello.

Una carbonera típica

Entramos en otro pequeño laberinto dedicado a la explotación del carbón vegetal en la Baga de Vilella y seguimos un camino de cazadores que sale a una parada sobre un pequeño promontorio con vistas despejadas hacia el norte. Aquí almorzamos. Pep nos pone al día de sus investigaciones, que ahora le llevan a Barcelona. También hay otras personas involucradas en su proyecto, con efectos personales positivos, y de repente tengo la visión de una red que va creciendo en distintas direcciones, mucho más allá de tres excéntricos que suben y bajan caminos olvidados, para abarcar un grupo creciente de personas, todas estudiando una pequeña parcela de una de las comarcas menores de Cataluña.

 La vista desde donde comíamos, con el Moixeró, Tancalaporta y el valle del Bastereny

La casa de Vilella al otro lado del río

Hay que pensar en la clase de música y buscamos un camino transversal que nos pueda llevar directamente al coche pero no lo encontramos y acabamos bajando otra vez al horno de cal y el Quiosco. Empieza a hacer mucho calor; vemos un camino muy marcado que empieza a subir y lo tomamos, pensando que es el camino que bajamos. Pero sube y sube. De repente, Pep se para: “Nos estamos desviando. Estamos en el camino equivocado”. “Me da igual”, replico, con la mente obnubilada por el calor y la deshidratación. “Sólo quiero que deje de subir”.

Pero Pep tiene la cabeza más fría. Volvemos a bajar y tomamos un camino transversal que nos lleva al camino correcto y así al coche.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,5 km; 750 metros de desnivel acumulado.